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Noche estriper
Фандом: Kengan ashura
Создан: 14.04.2026
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La Danza del Demonio Hermoso: Deseo Bajo las Luces de Neón
El aire en el distrito de entretenimiento de Tokio estaba cargado de humedad y el aroma dulzón del tabaco barato. Lihito, con una sonrisa de oreja a oreja y los pulgares enganchados en los bolsillos de su pantalón, caminaba con paso decidido hacia un callejón iluminado por luces de neón violeta.
—¡Vamos, Ohma! ¡Yamashita-san! —exclamó Lihito, dándose la vuelta para instarlos a apurarse—. Me han dicho que este lugar es legendario. Los miembros del Gremio Kengan han organizado un evento especial para recaudar fondos... ¡o algo así! ¡Dicen que las modelos son de otro mundo!
Yamashita Kazuo se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo, visiblemente nervioso.
—Lihito-kun, no estoy seguro de que esto sea apropiado para alguien de mi edad —balbuceó el hombre mayor, aunque sus ojos escudriñaban el cartel luminoso con una mezcla de curiosidad y pavor.
Ohma Tokita caminaba unos pasos por detrás, con las manos en los bolsillos y una expresión de fastidio absoluto. Sus músculos se tensaban bajo su ropa casual; preferiría estar entrenando o comiendo carne que en un club nocturno.
—Esto es una pérdida de tiempo —gruñó Ohma—. Solo acepté porque dijiste que habría comida gratis después.
—¡Y la habrá! —rio Lihito mientras empujaba las pesadas puertas de terciopelo del local—. Pero primero, ¡disfrutemos del espectáculo!
Al entrar, la oscuridad los envolvió, rota únicamente por focos de luz carmesí que apuntaban hacia un escenario circular con varios tubos de acero pulido. El lugar estaba abarrotado. Para sorpresa de los recién llegados, el público era variado, pero había una energía eléctrica, casi animal, en el ambiente.
De repente, la música estalló. Un ritmo de bajo pesado y sensual que hacía vibrar el suelo. Un presentador con una voz sospechosamente parecida a la de Jerry Tyson gritó por el micrófono.
—¡Damas, caballeros y depravados de todas las edades! ¡Bienvenidos a la noche de gala del Kengan! ¡Preparen sus billetes!
Cuando las luces se encendieron sobre el escenario, Lihito se quedó petrificado. Sus ojos se abrieron tanto que parecían salirse de sus órbitas y su mandíbula cayó literalmente.
—¿Qué... qué es esto? —tartamudeó Lihito, señalando al escenario.
No había mujeres. En su lugar, un grupo de luchadores conocidos estaban allí, vestidos con ropas de cuero, encaje y seda. Himuro Ryo guiñaba un ojo a la multitud mientras se desabrochaba el chaleco; Kaneda Suekichi, extrañamente tranquilo, realizaba movimientos fluidos; e incluso Okubo Naoya intentaba hacer un baile cómico pero sorprendentemente atlético. En una esquina, Inaba Ryo dejaba que su largo cabello se deslizara por el tubo como si fuera una criatura de pesadilla pero extrañamente erótica.
—¡Son hombres! —gritó Lihito, horrorizado—. ¡Me engañaron! ¡Es un espectáculo de strippers masculinos!
Ohma no dijo nada. Su mirada se fijó en el centro del escenario. Allí, bajo un foco de luz blanca que lo hacía parecer un ángel caído, estaba Kiryu Setsuna.
Setsuna vestía una camisa de seda blanca entreabierta y unos pantalones negros ajustados que remarcaban cada línea de sus piernas. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros, y sus ojos, esos ojos llenos de una locura devota, se clavaron instantáneamente en Ohma entre la multitud.
—Vaya, vaya... —murmuró Raian Kure desde una mesa VIP cercana, mientras Tomoko, la secretaria obsesionada con el "amor entre hombres", tomaba fotos frenéticamente con una cámara profesional—. Parece que el "Hermoso Demonio" tiene una audiencia especial esta noche.
Setsuna comenzó a moverse. No era un baile tosco; era una exhibición de gracia sobrehumana. Se aferró al tubo y subió con una facilidad pasmosa, girando su cuerpo en posiciones provocativas que desafiaban la gravedad. Sus músculos se marcaban bajo la fina tela, y cada movimiento estaba cargado de una intención lasciva dirigida exclusivamente a un hombre en la sala.
—Ohma... —susurró Setsuna desde el escenario, aunque su voz se perdió en la música.
Con un movimiento fluido, Setsuna se desabrochó los botones restantes de la camisa. La prenda se deslizó por sus hombros, revelando un torso perfectamente esculpido, pálido y brillante por el sudor. Con una sonrisa juguetona, lanzó la camisa hacia el público. El trozo de seda voló sobre las cabezas hasta que alguien la atrapó entre gritos de júbilo.
Ohma sintió un calor extraño subiendo por su cuello. No era el calor de la batalla, sino algo más denso, algo que lo hacía apretar los puños.
—Ese maldito loco —masculló Ohma, pero no apartó la vista.
Setsuna continuó su descenso por el tubo, girando lentamente mientras bajaba hasta quedar de rodillas en el suelo. Sus movimientos eran felinos, gateando de manera sexual hacia el borde del escenario donde los clientes, poseídos por el frenesí del espectáculo, extendían billetes.
Setsuna se puso de rodillas frente a un grupo de espectadores. Con un tirón seco y experto, se despojó de los pantalones, quedando únicamente en una tanga diminuta que dejaba muy poco a la imaginación. El público rugió. Varios hombres y mujeres se acercaron para colocar dinero en la estrecha banda de tela que rodeaba su cadera.
Setsuna aceptaba el dinero con una mirada de éxtasis, pero antes de alejarse, gateó directamente hacia la sección donde estaba Ohma. Se detuvo justo frente a él, apoyando las manos en el borde del escenario y arqueando la espalda de una forma pecaminosa.
—¿No tienes nada para mí, Ohma? —preguntó Setsuna con voz jadeante, sus ojos brillando con una intensidad febril.
Ohma estaba paralizado. El olor a sudor y perfume de Setsuna lo golpeó de frente. El público alrededor estaba fuera de sí; la depravación era palpable.
Setsuna regresó al tubo, subiendo de nuevo para un gran final. Se colgó solo con las piernas, dejando su cuerpo caer hacia atrás, y con una lentitud tortuosa, comenzó a deslizar la tanga hacia abajo. La multitud gritaba, pidiendo más, exigiendo la desnudez total.
Cuando la prenda finalmente se desprendió, Setsuna la lanzó con precisión quirúrgica. La tela voló por el aire y, casi por instinto, Ohma extendió la mano y la atrapó en el aire.
El silencio pareció caer sobre Ohma, a pesar del ruido ensordecedor. Tenía la prenda de Setsuna en su mano, aún tibia.
En ese momento, el ambiente se volvió caótico. Varios miembros del público, excitados más allá de lo razonable por la desnudez total del luchador, intentaron saltar al escenario para tocar a Setsuna.
—¡Es mío! —gritó un hombre ebrio, tratando de subir.
—¡Queremos más! —exclamaban otros, extendiendo las manos hacia el cuerpo desnudo de Kiryu.
La vista de otros hombres intentando ponerle las manos encima a Setsuna hizo que algo estallara dentro de Ohma. No era justicia, no era honor; era una posesividad primitiva que nunca antes había sentido con tal fuerza.
—¡Quítense de en medio! —rugió Ohma.
En un parpadeo, Ohma saltó sobre la mesa de Yamashita, usándola como trampolín para aterrizar en medio del escenario. Antes de que el primer acosador pudiera tocar la piel de Setsuna, Ohma le propinó un empujón que lo mandó volando de regreso a las sillas.
Setsuna, aún desnudo y jadeante, miró a Ohma con una mezcla de sorpresa y adoración pura.
—Ohma... has venido a reclamarme —susurró, envolviendo sus brazos alrededor del cuello del luchador.
—Cállate —dijo Ohma con voz ronca.
Sin esperar un segundo más, Ohma cargó a Setsuna sobre su hombro, ignorando las protestas del público y las miradas atónitas de Lihito y Yamashita. Con pasos pesados y decididos, atravesó el escenario y se adentró tras las cortinas del camerino de los strippers, cerrando la puerta de un golpe y echando el cerrojo.
El interior del camerino era pequeño, iluminado por bombillas amarillentas y lleno de espejos, maquillaje y restos de ropa. Ohma soltó a Setsuna, quien aterrizó suavemente sobre un sofá de terciopelo rojo gastado.
Setsuna no intentó cubrirse. Se recostó, ofreciendo su cuerpo desnudo a la mirada ardiente de Ohma, con una sonrisa triunfal en los labios.
—Sabía que no podrías resistirte —dijo Setsuna, pasando su lengua por sus labios—. El Dios de la Guerra no puede ignorar a su devoto.
Ohma se acercó lentamente, su sombra cubriendo al hombre en el sofá. Su respiración era pesada, y el deseo que había estado reprimiendo durante todo el espectáculo finalmente se desbordó.
—Me molestó verte ahí fuera —admitió Ohma, su voz era un gruñido bajo—. Ver a todos esos idiotas mirándote... me dio ganas de romperles el cuello.
Setsuna soltó una risita melodiosa, extendiendo una mano para acariciar la mandíbula de Ohma.
—Entonces demuéstramelo. Hazme olvidar que ellos estuvieron allí. Hazme sentir solo tu fuerza.
Ohma no necesitó que se lo dijera dos veces. Se inclinó sobre él, atrapando los labios de Setsuna en un beso violento y hambriento, mientras sus manos buscaban la piel caliente y sudorosa del "Hermoso Demonio". El espectáculo afuera continuaba, pero en la penumbra del camerino, solo existían ellos dos, entregados a un tipo de combate mucho más íntimo y devastador.
—Eres un problema, Setsuna —susurró Ohma contra su piel, mientras sus manos recorrían sus caderas.
—Tu problema, Ohma —respondió Setsuna, gimiendo de placer mientras se entregaba por completo al hombre que consideraba su dios.
En el exterior, Lihito seguía tratando de procesar lo que acababa de ver, mientras Yamashita Kazuo simplemente se cubría los ojos, preguntándose cómo su vida había llegado a ese punto. Pero dentro de aquel camerino, el calor solo estaba comenzando a subir.
—¡Vamos, Ohma! ¡Yamashita-san! —exclamó Lihito, dándose la vuelta para instarlos a apurarse—. Me han dicho que este lugar es legendario. Los miembros del Gremio Kengan han organizado un evento especial para recaudar fondos... ¡o algo así! ¡Dicen que las modelos son de otro mundo!
Yamashita Kazuo se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo, visiblemente nervioso.
—Lihito-kun, no estoy seguro de que esto sea apropiado para alguien de mi edad —balbuceó el hombre mayor, aunque sus ojos escudriñaban el cartel luminoso con una mezcla de curiosidad y pavor.
Ohma Tokita caminaba unos pasos por detrás, con las manos en los bolsillos y una expresión de fastidio absoluto. Sus músculos se tensaban bajo su ropa casual; preferiría estar entrenando o comiendo carne que en un club nocturno.
—Esto es una pérdida de tiempo —gruñó Ohma—. Solo acepté porque dijiste que habría comida gratis después.
—¡Y la habrá! —rio Lihito mientras empujaba las pesadas puertas de terciopelo del local—. Pero primero, ¡disfrutemos del espectáculo!
Al entrar, la oscuridad los envolvió, rota únicamente por focos de luz carmesí que apuntaban hacia un escenario circular con varios tubos de acero pulido. El lugar estaba abarrotado. Para sorpresa de los recién llegados, el público era variado, pero había una energía eléctrica, casi animal, en el ambiente.
De repente, la música estalló. Un ritmo de bajo pesado y sensual que hacía vibrar el suelo. Un presentador con una voz sospechosamente parecida a la de Jerry Tyson gritó por el micrófono.
—¡Damas, caballeros y depravados de todas las edades! ¡Bienvenidos a la noche de gala del Kengan! ¡Preparen sus billetes!
Cuando las luces se encendieron sobre el escenario, Lihito se quedó petrificado. Sus ojos se abrieron tanto que parecían salirse de sus órbitas y su mandíbula cayó literalmente.
—¿Qué... qué es esto? —tartamudeó Lihito, señalando al escenario.
No había mujeres. En su lugar, un grupo de luchadores conocidos estaban allí, vestidos con ropas de cuero, encaje y seda. Himuro Ryo guiñaba un ojo a la multitud mientras se desabrochaba el chaleco; Kaneda Suekichi, extrañamente tranquilo, realizaba movimientos fluidos; e incluso Okubo Naoya intentaba hacer un baile cómico pero sorprendentemente atlético. En una esquina, Inaba Ryo dejaba que su largo cabello se deslizara por el tubo como si fuera una criatura de pesadilla pero extrañamente erótica.
—¡Son hombres! —gritó Lihito, horrorizado—. ¡Me engañaron! ¡Es un espectáculo de strippers masculinos!
Ohma no dijo nada. Su mirada se fijó en el centro del escenario. Allí, bajo un foco de luz blanca que lo hacía parecer un ángel caído, estaba Kiryu Setsuna.
Setsuna vestía una camisa de seda blanca entreabierta y unos pantalones negros ajustados que remarcaban cada línea de sus piernas. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros, y sus ojos, esos ojos llenos de una locura devota, se clavaron instantáneamente en Ohma entre la multitud.
—Vaya, vaya... —murmuró Raian Kure desde una mesa VIP cercana, mientras Tomoko, la secretaria obsesionada con el "amor entre hombres", tomaba fotos frenéticamente con una cámara profesional—. Parece que el "Hermoso Demonio" tiene una audiencia especial esta noche.
Setsuna comenzó a moverse. No era un baile tosco; era una exhibición de gracia sobrehumana. Se aferró al tubo y subió con una facilidad pasmosa, girando su cuerpo en posiciones provocativas que desafiaban la gravedad. Sus músculos se marcaban bajo la fina tela, y cada movimiento estaba cargado de una intención lasciva dirigida exclusivamente a un hombre en la sala.
—Ohma... —susurró Setsuna desde el escenario, aunque su voz se perdió en la música.
Con un movimiento fluido, Setsuna se desabrochó los botones restantes de la camisa. La prenda se deslizó por sus hombros, revelando un torso perfectamente esculpido, pálido y brillante por el sudor. Con una sonrisa juguetona, lanzó la camisa hacia el público. El trozo de seda voló sobre las cabezas hasta que alguien la atrapó entre gritos de júbilo.
Ohma sintió un calor extraño subiendo por su cuello. No era el calor de la batalla, sino algo más denso, algo que lo hacía apretar los puños.
—Ese maldito loco —masculló Ohma, pero no apartó la vista.
Setsuna continuó su descenso por el tubo, girando lentamente mientras bajaba hasta quedar de rodillas en el suelo. Sus movimientos eran felinos, gateando de manera sexual hacia el borde del escenario donde los clientes, poseídos por el frenesí del espectáculo, extendían billetes.
Setsuna se puso de rodillas frente a un grupo de espectadores. Con un tirón seco y experto, se despojó de los pantalones, quedando únicamente en una tanga diminuta que dejaba muy poco a la imaginación. El público rugió. Varios hombres y mujeres se acercaron para colocar dinero en la estrecha banda de tela que rodeaba su cadera.
Setsuna aceptaba el dinero con una mirada de éxtasis, pero antes de alejarse, gateó directamente hacia la sección donde estaba Ohma. Se detuvo justo frente a él, apoyando las manos en el borde del escenario y arqueando la espalda de una forma pecaminosa.
—¿No tienes nada para mí, Ohma? —preguntó Setsuna con voz jadeante, sus ojos brillando con una intensidad febril.
Ohma estaba paralizado. El olor a sudor y perfume de Setsuna lo golpeó de frente. El público alrededor estaba fuera de sí; la depravación era palpable.
Setsuna regresó al tubo, subiendo de nuevo para un gran final. Se colgó solo con las piernas, dejando su cuerpo caer hacia atrás, y con una lentitud tortuosa, comenzó a deslizar la tanga hacia abajo. La multitud gritaba, pidiendo más, exigiendo la desnudez total.
Cuando la prenda finalmente se desprendió, Setsuna la lanzó con precisión quirúrgica. La tela voló por el aire y, casi por instinto, Ohma extendió la mano y la atrapó en el aire.
El silencio pareció caer sobre Ohma, a pesar del ruido ensordecedor. Tenía la prenda de Setsuna en su mano, aún tibia.
En ese momento, el ambiente se volvió caótico. Varios miembros del público, excitados más allá de lo razonable por la desnudez total del luchador, intentaron saltar al escenario para tocar a Setsuna.
—¡Es mío! —gritó un hombre ebrio, tratando de subir.
—¡Queremos más! —exclamaban otros, extendiendo las manos hacia el cuerpo desnudo de Kiryu.
La vista de otros hombres intentando ponerle las manos encima a Setsuna hizo que algo estallara dentro de Ohma. No era justicia, no era honor; era una posesividad primitiva que nunca antes había sentido con tal fuerza.
—¡Quítense de en medio! —rugió Ohma.
En un parpadeo, Ohma saltó sobre la mesa de Yamashita, usándola como trampolín para aterrizar en medio del escenario. Antes de que el primer acosador pudiera tocar la piel de Setsuna, Ohma le propinó un empujón que lo mandó volando de regreso a las sillas.
Setsuna, aún desnudo y jadeante, miró a Ohma con una mezcla de sorpresa y adoración pura.
—Ohma... has venido a reclamarme —susurró, envolviendo sus brazos alrededor del cuello del luchador.
—Cállate —dijo Ohma con voz ronca.
Sin esperar un segundo más, Ohma cargó a Setsuna sobre su hombro, ignorando las protestas del público y las miradas atónitas de Lihito y Yamashita. Con pasos pesados y decididos, atravesó el escenario y se adentró tras las cortinas del camerino de los strippers, cerrando la puerta de un golpe y echando el cerrojo.
El interior del camerino era pequeño, iluminado por bombillas amarillentas y lleno de espejos, maquillaje y restos de ropa. Ohma soltó a Setsuna, quien aterrizó suavemente sobre un sofá de terciopelo rojo gastado.
Setsuna no intentó cubrirse. Se recostó, ofreciendo su cuerpo desnudo a la mirada ardiente de Ohma, con una sonrisa triunfal en los labios.
—Sabía que no podrías resistirte —dijo Setsuna, pasando su lengua por sus labios—. El Dios de la Guerra no puede ignorar a su devoto.
Ohma se acercó lentamente, su sombra cubriendo al hombre en el sofá. Su respiración era pesada, y el deseo que había estado reprimiendo durante todo el espectáculo finalmente se desbordó.
—Me molestó verte ahí fuera —admitió Ohma, su voz era un gruñido bajo—. Ver a todos esos idiotas mirándote... me dio ganas de romperles el cuello.
Setsuna soltó una risita melodiosa, extendiendo una mano para acariciar la mandíbula de Ohma.
—Entonces demuéstramelo. Hazme olvidar que ellos estuvieron allí. Hazme sentir solo tu fuerza.
Ohma no necesitó que se lo dijera dos veces. Se inclinó sobre él, atrapando los labios de Setsuna en un beso violento y hambriento, mientras sus manos buscaban la piel caliente y sudorosa del "Hermoso Demonio". El espectáculo afuera continuaba, pero en la penumbra del camerino, solo existían ellos dos, entregados a un tipo de combate mucho más íntimo y devastador.
—Eres un problema, Setsuna —susurró Ohma contra su piel, mientras sus manos recorrían sus caderas.
—Tu problema, Ohma —respondió Setsuna, gimiendo de placer mientras se entregaba por completo al hombre que consideraba su dios.
En el exterior, Lihito seguía tratando de procesar lo que acababa de ver, mientras Yamashita Kazuo simplemente se cubría los ojos, preguntándose cómo su vida había llegado a ese punto. Pero dentro de aquel camerino, el calor solo estaba comenzando a subir.
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