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Hinata Hyüga Sakura Haruno pareja
Фандом: Naruto
Создан: 14.04.2026
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El Banquete de la Perdición en la Aldea de la Hoja
La paz en Konoha solía ser sinónimo de tranquilidad, pero para Sakura Haruno y Hinata Hyūga, la calma se había convertido en una trampa insaciable. Todo comenzó con una misión de rango C en las fronteras del País del Fuego, donde recuperaron un pergamino antiguo que, según las leyendas, contenía el secreto de la vitalidad eterna. Sin embargo, al abrirlo, una neblina púrpura las envolvió, dejando un rastro de aroma dulce y una sensación de vacío en sus estómagos que ninguna comida normal parecía capaz de llenar.
Al principio, fue casi una broma entre ellas. Sakura, siempre consciente de su dieta y de su entrenamiento físico, comenzó a pedir raciones dobles en Ichiraku Ramen. Hinata, cuya timidez solía refrenar su apetito frente a los demás, se encontró devorando platos enteros de rollos de canela y boles de arroz sin apenas masticar.
—¿No te sientes... extraña, Hinata? —preguntó Sakura, mientras se llevaba a la boca el quinto tazón de ramen de cerdo extra grande. Sus mejillas, usualmente afiladas y definidas, mostraban ahora una redondez inusual, y su banda ninja se sentía ligeramente más ajustada alrededor de su frente.
—Tengo... mucha hambre, Sakura-san —respondió Hinata, cuya voz sonaba ahogada. Sus dedos temblaban mientras alcanzaba otro plato de dango. Sus ropas habituales de los Hyūga, diseñadas para la agilidad, comenzaban a tensarse peligrosamente sobre sus caderas y abdomen—. Siento que, si dejo de comer, mi cuerpo se desvanecerá.
No sabían que el pergamino estaba maldito por un antiguo demonio del hambre. El hechizo no solo aumentaba el apetito, sino que aceleraba el metabolismo de una manera perversa: cada caloría ingerida se transformaba instantáneamente en masa corporal, pero una masa que no otorgaba fuerza, sino un peso muerto y asfixiante.
Pasaron tres días. La situación se volvió crítica. Sakura ya no podía vestir su uniforme de kunoichi; la tela roja se había rasgado por las costuras laterales, obligándola a usar una túnica médica de emergencia que apenas cubría su nueva y voluminosa figura. Sus brazos, antes fibrosos por el control de chakra, eran ahora gruesos y pesados. El simple acto de caminar hacia la cocina de su casa la dejaba sin aliento.
—Necesitamos... ayuda —jadeó Sakura, sentada en el suelo de su sala, rodeada de envoltorios de comida rápida y cajas de pizza vacías. Su vientre se desbordaba sobre sus piernas, impidiéndole levantarse—. Pero no puedo... dejar de masticar.
Hinata estaba en una situación similar en el complejo Hyūga. Su padre, Hiashi, miraba con horror cómo su heredera se transformaba en una figura irreconocible. Hinata ya no podía usar el Puño Suave; sus dedos eran demasiado gruesos para golpear los puntos de presión con precisión, y su Byakugan solo le servía para localizar dónde habían guardado las provisiones de invierno del clan.
—¡Hinata, detente! —exclamó Hanabi, tratando de arrebatarle un saco de castañas asadas—. ¡Te vas a hacer daño!
—¡Suéltalo! —rugió Hinata con una ferocidad que nunca había mostrado—. ¡Duele! ¡El vacío dentro de mí duele!
La compulsión era absoluta. El chakra de ambas estaba siendo drenado para procesar la inmensa cantidad de materia que ingerían, creando un círculo vicioso. Cuanto más comían, más crecían; cuanto más crecían, más energía necesitaba su cuerpo para sostenerse, lo que provocaba más hambre.
Para el quinto día, la tragedia era inevitable. Sakura y Hinata se habían reunido en el hospital de Konoha, no como médicos o pacientes comunes, sino como sujetos de un fenómeno que Tsunade no lograba comprender. Estaban instaladas en una sala de entrenamiento amplia, la única con espacio suficiente para sus cuerpos, que ahora ocupaban casi la mitad del recinto.
—¡Es una maldición de expansión de materia! —gritó Tsunade, golpeando la mesa de diagnóstico—. Si no encontramos el contrahechizo en el pergamino original, sus órganos no podrán soportar la presión del tejido adiposo.
Pero era demasiado tarde. El deseo de comer había superado la capacidad de razonar. Sakura, con el rostro hinchado y los ojos casi ocultos por sus mejillas, devoraba barriles de sopa que los ayudantes del hospital traían sin cesar. A su lado, Hinata era una montaña de carne que apenas podía emitir sonidos articulados, solo gemidos de necesidad.
—Sakura... —susurró Hinata, su voz apenas un silbido entre capas de grasa—. Siento... que voy a estallar. Mi chakra... está hirviendo.
Sakura intentó mover una mano para tocar a su amiga, pero su brazo era tan pesado que apenas pudo desplazarlo unos centímetros. El control de chakra, la especialidad de la pelirrosa, comenzó a fallar. Al no tener una salida física a través del ejercicio o el combate, la energía acumulada por la comida y el chakra concentrado empezaron a generar una presión interna insoportable.
—Mi cuerpo... no aguanta más —lloró Sakura, mientras se metía un último trozo de pan en la boca. Su piel estaba tan tensa que brillaba bajo las luces del hospital, adquiriendo un tono violáceo—. Hinata, perdóname... no pude... curarnos.
El aire en la habitación se volvió denso. El chakra de ambas comenzó a fluctuar violentamente, emitiendo chispas azules y blancas. Los médicos retrocedieron, presintiendo el desastre. La masa corporal de las dos kunoichis había llegado al límite absoluto de la física humana. Sus corazones latían con un estruendo que se oía en todo el pasillo, rítmico y desesperado.
—¡Evacuen el ala este! —ordenó Shizune, pero sus palabras se perdieron en un sonido sordo, un crujido de huesos y tela.
Primero fue Hinata. El sello del Byakugan en su frente brilló con una intensidad cegadora antes de apagarse para siempre. Su cuerpo, incapaz de contener la presión de la expansión mágica y el chakra desbocado, cedió. No hubo sangre al principio, solo una onda expansiva de energía pura y materia que derribó las paredes de la sala.
—¡Hinata! —gritó Sakura, aunque su voz fue engullida por su propia agonía.
Segundos después, el cuerpo de Sakura Haruno siguió el mismo destino. La fuerza del impacto fue tan grande que una parte del hospital colapsó. El hambre, finalmente, se detuvo, pero el precio fue el fin de dos de las kunoichis más brillantes de la aldea.
Cuando el humo y el polvo se asentaron, no quedaba nada en la sala más que el silencio sepulcral y los restos del pergamino maldito, que ahora yacía en el suelo, cerrado y esperando a su próxima víctima. La Aldea de la Hoja guardó luto durante años por la pérdida de Sakura y Hinata, víctimas de una gula que no fue suya, sino de una oscuridad antigua que devoró sus vidas antes de que pudieran pedir ayuda. Su muerte fue un recordatorio sombrío de que, en el mundo ninja, a veces los enemigos más peligrosos no son los que llevan armas, sino los que atacan desde los impulsos más básicos del alma humana.
Al principio, fue casi una broma entre ellas. Sakura, siempre consciente de su dieta y de su entrenamiento físico, comenzó a pedir raciones dobles en Ichiraku Ramen. Hinata, cuya timidez solía refrenar su apetito frente a los demás, se encontró devorando platos enteros de rollos de canela y boles de arroz sin apenas masticar.
—¿No te sientes... extraña, Hinata? —preguntó Sakura, mientras se llevaba a la boca el quinto tazón de ramen de cerdo extra grande. Sus mejillas, usualmente afiladas y definidas, mostraban ahora una redondez inusual, y su banda ninja se sentía ligeramente más ajustada alrededor de su frente.
—Tengo... mucha hambre, Sakura-san —respondió Hinata, cuya voz sonaba ahogada. Sus dedos temblaban mientras alcanzaba otro plato de dango. Sus ropas habituales de los Hyūga, diseñadas para la agilidad, comenzaban a tensarse peligrosamente sobre sus caderas y abdomen—. Siento que, si dejo de comer, mi cuerpo se desvanecerá.
No sabían que el pergamino estaba maldito por un antiguo demonio del hambre. El hechizo no solo aumentaba el apetito, sino que aceleraba el metabolismo de una manera perversa: cada caloría ingerida se transformaba instantáneamente en masa corporal, pero una masa que no otorgaba fuerza, sino un peso muerto y asfixiante.
Pasaron tres días. La situación se volvió crítica. Sakura ya no podía vestir su uniforme de kunoichi; la tela roja se había rasgado por las costuras laterales, obligándola a usar una túnica médica de emergencia que apenas cubría su nueva y voluminosa figura. Sus brazos, antes fibrosos por el control de chakra, eran ahora gruesos y pesados. El simple acto de caminar hacia la cocina de su casa la dejaba sin aliento.
—Necesitamos... ayuda —jadeó Sakura, sentada en el suelo de su sala, rodeada de envoltorios de comida rápida y cajas de pizza vacías. Su vientre se desbordaba sobre sus piernas, impidiéndole levantarse—. Pero no puedo... dejar de masticar.
Hinata estaba en una situación similar en el complejo Hyūga. Su padre, Hiashi, miraba con horror cómo su heredera se transformaba en una figura irreconocible. Hinata ya no podía usar el Puño Suave; sus dedos eran demasiado gruesos para golpear los puntos de presión con precisión, y su Byakugan solo le servía para localizar dónde habían guardado las provisiones de invierno del clan.
—¡Hinata, detente! —exclamó Hanabi, tratando de arrebatarle un saco de castañas asadas—. ¡Te vas a hacer daño!
—¡Suéltalo! —rugió Hinata con una ferocidad que nunca había mostrado—. ¡Duele! ¡El vacío dentro de mí duele!
La compulsión era absoluta. El chakra de ambas estaba siendo drenado para procesar la inmensa cantidad de materia que ingerían, creando un círculo vicioso. Cuanto más comían, más crecían; cuanto más crecían, más energía necesitaba su cuerpo para sostenerse, lo que provocaba más hambre.
Para el quinto día, la tragedia era inevitable. Sakura y Hinata se habían reunido en el hospital de Konoha, no como médicos o pacientes comunes, sino como sujetos de un fenómeno que Tsunade no lograba comprender. Estaban instaladas en una sala de entrenamiento amplia, la única con espacio suficiente para sus cuerpos, que ahora ocupaban casi la mitad del recinto.
—¡Es una maldición de expansión de materia! —gritó Tsunade, golpeando la mesa de diagnóstico—. Si no encontramos el contrahechizo en el pergamino original, sus órganos no podrán soportar la presión del tejido adiposo.
Pero era demasiado tarde. El deseo de comer había superado la capacidad de razonar. Sakura, con el rostro hinchado y los ojos casi ocultos por sus mejillas, devoraba barriles de sopa que los ayudantes del hospital traían sin cesar. A su lado, Hinata era una montaña de carne que apenas podía emitir sonidos articulados, solo gemidos de necesidad.
—Sakura... —susurró Hinata, su voz apenas un silbido entre capas de grasa—. Siento... que voy a estallar. Mi chakra... está hirviendo.
Sakura intentó mover una mano para tocar a su amiga, pero su brazo era tan pesado que apenas pudo desplazarlo unos centímetros. El control de chakra, la especialidad de la pelirrosa, comenzó a fallar. Al no tener una salida física a través del ejercicio o el combate, la energía acumulada por la comida y el chakra concentrado empezaron a generar una presión interna insoportable.
—Mi cuerpo... no aguanta más —lloró Sakura, mientras se metía un último trozo de pan en la boca. Su piel estaba tan tensa que brillaba bajo las luces del hospital, adquiriendo un tono violáceo—. Hinata, perdóname... no pude... curarnos.
El aire en la habitación se volvió denso. El chakra de ambas comenzó a fluctuar violentamente, emitiendo chispas azules y blancas. Los médicos retrocedieron, presintiendo el desastre. La masa corporal de las dos kunoichis había llegado al límite absoluto de la física humana. Sus corazones latían con un estruendo que se oía en todo el pasillo, rítmico y desesperado.
—¡Evacuen el ala este! —ordenó Shizune, pero sus palabras se perdieron en un sonido sordo, un crujido de huesos y tela.
Primero fue Hinata. El sello del Byakugan en su frente brilló con una intensidad cegadora antes de apagarse para siempre. Su cuerpo, incapaz de contener la presión de la expansión mágica y el chakra desbocado, cedió. No hubo sangre al principio, solo una onda expansiva de energía pura y materia que derribó las paredes de la sala.
—¡Hinata! —gritó Sakura, aunque su voz fue engullida por su propia agonía.
Segundos después, el cuerpo de Sakura Haruno siguió el mismo destino. La fuerza del impacto fue tan grande que una parte del hospital colapsó. El hambre, finalmente, se detuvo, pero el precio fue el fin de dos de las kunoichis más brillantes de la aldea.
Cuando el humo y el polvo se asentaron, no quedaba nada en la sala más que el silencio sepulcral y los restos del pergamino maldito, que ahora yacía en el suelo, cerrado y esperando a su próxima víctima. La Aldea de la Hoja guardó luto durante años por la pérdida de Sakura y Hinata, víctimas de una gula que no fue suya, sino de una oscuridad antigua que devoró sus vidas antes de que pudieran pedir ayuda. Su muerte fue un recordatorio sombrío de que, en el mundo ninja, a veces los enemigos más peligrosos no son los que llevan armas, sino los que atacan desde los impulsos más básicos del alma humana.
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