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Secretos Revelados

Фандом: Toradora

Создан: 15.04.2026

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РомантикаПовседневностьHurt/ComfortФлаффЗанавесочная историяСеттинг оригинального произведенияCharacter study
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El aroma de la salsa de soja y el vapor del arroz

El sol de la tarde se filtraba a través de las cortinas del salón de Ryuuji Takasu, proyectando largas sombras doradas sobre el suelo de madera. En el ambiente flotaba el aroma familiar de la cena en preparación, pero había algo distinto ese día. No era el olor a jengibre o a cebolleta, sino una tensión eléctrica, un silencio que pesaba más de lo habitual.

Taiga Aisaka estaba sentada en la mesa del comedor, con el mentón apoyado en sus manos y una expresión de fastidio que, para cualquiera que no fuera Ryuuji, resultaría intimidante. Sin embargo, para él, ese ceño fruncido era tan cotidiano como el cepillarse los dientes.

—Oye, perro tonto —murmuró Taiga sin levantar la vista—. Se está quemando algo.

Ryuuji dio un respingo, sacudiendo la espátula con nerviosismo.

—¡No se está quemando nada, Taiga! Solo estoy reduciendo la salsa —respondió él, aunque su voz sonó un poco más aguda de lo normal—. Deberías estar agradecida de que sigo cocinando para ti a pesar de que ya ni siquiera vives en el apartamento de al lado técnicamente.

Taiga resopló y se levantó de la silla, arrastrando los pies hasta la cocina. Se detuvo justo al lado de Ryuuji, observando la sartén con ojos críticos. Él podía sentir el calor que emanaba de ella, un calor que no tenía nada que ver con los fogones. Desde hacía unas semanas, la cercanía de la "Tigre Compacto" le provocaba una arritmia extraña, un nudo en el estómago que no podía atribuir a ninguna indigestión.

—Te tiemblan las manos —observó Taiga, entrecerrando los ojos—. ¿Es que por fin te has vuelto loco de tanto limpiar motas de polvo invisibles?

—No me tiemblan las manos —mintió él, apretando el mango de la sartén con más fuerza—. Es solo que... he tenido mucho trabajo escolar.

Taiga no respondió de inmediato. Se quedó allí, de pie, invadiendo su espacio personal de esa manera tan suya, sin pedir permiso. Ryuuji bajó la vista y notó que ella llevaba una de sus bufandas viejas, una que él le había prestado hacía meses y que ella nunca había devuelto. Le quedaba grande, ocultando la mitad de su rostro, pero permitiendo que sus ojos marrones brillaran con una intensidad que lo desarmaba.

—Ryuuji —dijo ella, esta vez con una voz inusualmente suave.

—¿Qué pasa?

—Tengo hambre. Pero no de comida.

Ryuuji dejó la espátula sobre el reposaplatos y se giró hacia ella, confundido.

—¿De qué estás hablando? ¿Quieres ir a la tienda de conveniencia?

—¡Eres un idiota! —gritó Taiga de repente, dándole un pisotón que lo hizo saltar—. ¡Un absoluto y completo idiota con cara de delincuente!

—¡Ay! ¡¿Y eso por qué ha sido?! —se quejó él, frotándose el pie—. Estábamos hablando tranquilamente.

—¡Porque no entiendes nada! —Taiga apretó los puños a los costados, con la cara tornándose de un rojo escarlata que rivalizaba con el color de su chaqueta—. Llevamos meses así. Ayudándonos con Minorin, ayudándonos con Kitamura... pero ya no están aquí, ¿verdad? Es solo... somos solo nosotros.

El silencio volvió a caer sobre la cocina, pero esta vez era asfixiante. Ryuuji sintió que el aire se volvía espeso. Ella tenía razón. El "pacto" original, aquel en el que ambos se ayudaban a conquistar a sus respectivos mejores amigos, se había desmoronado hacía tiempo, dejando al descubierto una estructura mucho más sólida y aterradora que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

—Taiga... —empezó él, dando un paso hacia ella—. Yo también lo siento.

—¿Sentir el qué? —desafió ella, aunque su labio inferior temblaba levemente—. ¿Sentir que te molesta que esté siempre aquí? ¿Que soy una carga?

—No —dijo Ryuuji con firmeza, acortando la distancia que los separaba—. Siento que ya no puedo mirarte de la misma forma. Siento que cuando no estás en el apartamento, el lugar se siente demasiado grande, demasiado vacío. Siento que... cuando sonríes por algo que yo hice, es el único momento del día en que realmente me siento feliz.

Taiga retrocedió un paso, chocando contra el mostrador. Sus ojos se abrieron de par en par, perdiendo por un momento su ferocidad característica.

—Eso es... muy cursi —susurró ella, aunque no apartó la mirada—. Es asquerosamente cursi, Ryuuji.

—Lo sé —admitió él con una sonrisa triste—. Pero es la verdad.

—¿Incluso si soy violenta? —preguntó ella en voz baja.

—Incluso entonces.

—¿Incluso si no sé hacer nada por mí misma y dependo de ti para todo?

—Especialmente entonces —respondió Ryuuji, dejando que su mano se acercara a la mejilla de ella, deteniéndose justo antes de tocarla—. Porque me gusta que me necesites. Pero me gusta más cuando simplemente estás a mi lado.

Taiga cerró los ojos y, para sorpresa de Ryuuji, fue ella quien cerró la distancia, apoyando su mejilla contra la palma de su mano. Su piel estaba fría, pero su respiración era cálida y agitada.

—No te acostumbres a esto —advirtió ella, aunque su tono carecía de mordida—. Sigo siendo la Tigre Compacto. Si me haces daño, te morderé hasta que no queden ni tus huesos de perro.

—Lo tengo claro —rio él suavemente, sintiendo que un peso inmenso se levantaba de sus hombros.

—Y Ryuuji... —Ella abrió los ojos, mirándolo con una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. La salsa de verdad se está quemando ahora.

Ryuuji soltó un grito ahogado y se giró rápidamente hacia el fuego. Una pequeña columna de humo negro empezaba a elevarse de la sartén.

—¡Maldición! —exclamó, apartando la sartén del fuego—. ¡Todo por tu culpa, Taiga! ¡Me has distraído con tus sentimientos!

—¡¿Mi culpa?! —gritó ella, recuperando su energía habitual y dándole un golpe en la espalda—. ¡Tú eres el que se puso a dar discursos románticos en medio de la cena! ¡Cocina de nuevo, perro tonto! ¡Tengo hambre!

Ryuuji suspiró, pero no pudo evitar que una sonrisa cruzara su rostro mientras empezaba a limpiar el desastre. La dinámica no había cambiado del todo; seguían siendo ellos, con sus gritos, sus insultos y su torpeza social. Sin embargo, algo fundamental se había movido. El elefante en la habitación ya no estaba escondido; ahora tenía nombre y apellidos, y aunque todavía les asustaba pronunciarlos, el aire en el pequeño apartamento se sentía, por primera vez en mucho tiempo, completamente limpio.

—Oye, Ryuuji —dijo Taiga desde la mesa, después de unos minutos de silencio productivo.

—¿Sí?

—Gracias.

—¿Por qué? —preguntó él sin dejar de picar verduras.

—Por no dejarme sola. Aunque seas un delincuente con ojos de asesino, eres el único que sabe cómo cuidar a un tigre.

Ryuuji se detuvo un momento, miró hacia la mesa y vio a Taiga observando el horizonte a través de la ventana, con una expresión de paz que rara vez se permitía.

—No te preocupes —respondió él en un susurro que esperaba que ella oyera—. No tengo intención de ir a ningún lado.

La cena se sirvió tarde esa noche, y aunque el arroz estaba un poco pegajoso y la carne sabía ligeramente a quemado, ninguno de los dos se quejó. En la pequeña mesa de los Takasu, entre el vapor y el aroma a soja, dos corazones habían decidido, finalmente, dejar de huir el uno del otro.
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