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Фандом: CORTIS
Создан: 17.04.2026
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El Vértice de la Tentación
El silencio en el apartamento de CORTIS se sentía denso, casi sólido, como si las paredes mismas estuvieran conteniendo el aliento ante lo que ocurría en la cocina. La luz de la tarde se filtraba de manera oblicua, bañando la escena en tonos dorados que resaltaban la palidez elegante de Juhoon y la vitalidad desbordante de Keonho. Seonghyeon, a un costado, observaba con una mezcla de fascinación y posesividad, permitiendo que el maknae tomara la iniciativa, pero manteniendo su presencia como una sombra protectora y demandante.
Keonho, con esa chispa traviesa en sus ojos grandes y brillantes, rompió la última barrera de espacio personal. Sus manos, grandes y firmes en comparación con la estructura ósea más fina de Juhoon, se deslizaron bajo el borde de la camiseta de su hyung. El contraste era evidente: la piel de Keonho, tonificada por su complexión de nadador, se sentía cálida contra la suavidad casi de porcelana de Juhoon. Lentamente, con una sonrisa que mezclaba la adoración con la malicia, subió la prenda hasta exponer el torso delgado y la cintura estrecha del mayor.
—Nuestra princesa de CORTIS está temblando —susurró Keonho, su voz era un ronroneo profundo que vibraba en el aire—. ¿Es por el frío o porque te gusta que te toquemos así?
Juhoon no respondió de inmediato. Sus ojos, usualmente misteriosos y profundos, estaban nublados por una neblina de confusión y deseo. Cuando los dedos de Keonho alcanzaron sus pezones, Juhoon soltó un jadeo entrecortado. El maknae comenzó a jugar con ellos, pellizcando y masajeando con una destreza que contrastaba con su corta edad. La sensación fue como un disparo de adrenalina que recorrió la columna de Juhoon, obligándolo a arquear la espalda.
—Ah... Keonho... —el gemido de Juhoon fue suave, pero cargado de una vulnerabilidad que solo ellos tenían el privilegio de presenciar.
Involuntariamente, las caderas de Juhoon comenzaron a buscar el contacto. Se balanceó hacia adelante, presionando su pelvis contra el cuerpo atlético de Keonho. En la zona baja de su cuerpo, la anatomía única de Juhoon comenzó a reaccionar de forma abrumadora. El calor se concentró en su interior, una pulsación rítmica y demandante que lo hacía sentirse pesado y, al mismo tiempo, flotando. Su vagina, oculta tras la tela de sus pantalones, comenzó a humedecerse, una sensación pegajosa y cálida que lo avergonzaba y lo excitaba a partes iguales.
Keonho se separó apenas unos centímetros, rompiendo el contacto visual para admirar el movimiento errático de las caderas de Juhoon. Su sonrisa se ensanchó, mostrando esa expresión juguetona que tanto irritaba y atraía a los demás.
—Mira esto —comentó Keonho, dirigiendo su mirada hacia Seonghyeon antes de volver a Juhoon—. Te mueves como si estuvieras desesperado, Hyung. ¿Tanto necesitas que te llenemos?
—Cállate... —logró articular Juhoon, aunque su voz carecía de autoridad. Sus facciones suaves estaban encendidas por un rubor intenso que se extendía hasta su cuello largo.
Sin darle tregua, Keonho se inclinó y hundió el rostro en la curva del cuello de Juhoon. Sus besos eran voraces, marcando la piel clara con una posesividad que dejaría huellas por días. Juhoon soltaba sonidos guturales, una mezcla de quejidos y suspiros, mientras sentía los labios y la lengua del menor reclamando territorio.
Mientras su boca seguía ocupada en el cuello, una de las manos de Keonho descendió con lentitud tortuosa. No soltó el pecho de Juhoon, continuando la estimulación rítmica de un pezón, mientras la otra mano se deslizaba por debajo de la pretina del pantalón. El roce de los dedos de Keonho contra la tela de la ropa interior de Juhoon fue el detonante final.
Juhoon estaba empapado. La humedad había traspasado la fina seda de sus bragas, creando una mancha de calor que Keonho no tardó en descubrir. Al entrar en contacto con ese lugar, el maknae soltó un gruñido de pura satisfacción masculina.
—Estás tan mojado, Juhoon-ah —murmuró contra su piel, su aliento caliente enviando escalofríos por todo el cuerpo del mayor—. Es increíble lo mucho que te afectamos. ¿En qué estás pensando ahora mismo? ¿En cómo se siente mi mano o en lo mucho que quieres que Seonghyeon también te toque?
—Yo... yo no puedo... —Juhoon cerró los ojos con fuerza, sacudiendo la cabeza. Sus caderas no se detenían, frotándose casi frenéticamente contra la palma de Keonho, buscando alivio para la hinchazón que sentía entre las piernas. Su coño estaba sensible al extremo, cada roce de la tela contra su clítoris se sentía como una descarga de placer puro que lo hacía perder el sentido de la realidad.
Keonho comenzó a masajear su clítoris por encima de la tela húmeda. Sus movimientos eran circulares y firmes, aplicando la presión justa para que Juhoon se retorciera en sus brazos.
—Dilo —ordenó Keonho, su tono volviéndose más demandante—. Di que eres nuestra pequeña princesa sucia. Di que te encanta que tu coño esté así por nosotros.
Juhoon soltó un grito ahogado, su cabeza cayendo hacia atrás mientras Seonghyeon aprovechaba para sostenerlo por los hombros, anclándolo en su lugar. La dinámica de poder en la cocina había cambiado por completo; ya no eran solo compañeros de grupo, eran depredadores y su presa consentida.
—Me gusta... —susurró Juhoon, las lágrimas de excitación asomando en las esquinas de sus ojos—. Me gusta que me toques así... por favor, no pares.
—No tengo intención de parar —respondió Keonho, aumentando la velocidad del masaje—. De hecho, James y Martin no volverán pronto. Tenemos mucho tiempo para ver qué tan lejos puedes llegar antes de que te rompas.
La mano de Keonho seguía trabajando con una insistencia deliciosa, disfrutando de cómo el cuerpo de Juhoon reaccionaba a cada estímulo. La piel de Juhoon se sentía eléctrica, cada terminación nerviosa disparando señales de placer que lo hacían sentir más vivo que nunca. La calidez del lugar, la proximidad de los cuerpos y el sonido de sus respiraciones agitadas creaban una sinfonía de deseo que amenazaba con consumir la calma que quedaba en el apartamento.
Seonghyeon, que hasta entonces había permanecido en un silencio observador, deslizó una mano por el brazo de Juhoon, apretando con suavidad pero firmeza.
—Keonho tiene razón —dijo Seonghyeon, su voz limpia y elegante ahora teñida de una oscuridad profunda—. Te ves tan bien así, deshecho. Eres nuestro, Juhoon. Nunca lo olvides.
Juhoon solo pudo asentir, perdido en el torbellino de sensaciones que Keonho provocaba con sus dedos. El placer era una ola que lo arrastraba, y por primera vez, no tenía ningún deseo de luchar contra la corriente.
Keonho, con esa chispa traviesa en sus ojos grandes y brillantes, rompió la última barrera de espacio personal. Sus manos, grandes y firmes en comparación con la estructura ósea más fina de Juhoon, se deslizaron bajo el borde de la camiseta de su hyung. El contraste era evidente: la piel de Keonho, tonificada por su complexión de nadador, se sentía cálida contra la suavidad casi de porcelana de Juhoon. Lentamente, con una sonrisa que mezclaba la adoración con la malicia, subió la prenda hasta exponer el torso delgado y la cintura estrecha del mayor.
—Nuestra princesa de CORTIS está temblando —susurró Keonho, su voz era un ronroneo profundo que vibraba en el aire—. ¿Es por el frío o porque te gusta que te toquemos así?
Juhoon no respondió de inmediato. Sus ojos, usualmente misteriosos y profundos, estaban nublados por una neblina de confusión y deseo. Cuando los dedos de Keonho alcanzaron sus pezones, Juhoon soltó un jadeo entrecortado. El maknae comenzó a jugar con ellos, pellizcando y masajeando con una destreza que contrastaba con su corta edad. La sensación fue como un disparo de adrenalina que recorrió la columna de Juhoon, obligándolo a arquear la espalda.
—Ah... Keonho... —el gemido de Juhoon fue suave, pero cargado de una vulnerabilidad que solo ellos tenían el privilegio de presenciar.
Involuntariamente, las caderas de Juhoon comenzaron a buscar el contacto. Se balanceó hacia adelante, presionando su pelvis contra el cuerpo atlético de Keonho. En la zona baja de su cuerpo, la anatomía única de Juhoon comenzó a reaccionar de forma abrumadora. El calor se concentró en su interior, una pulsación rítmica y demandante que lo hacía sentirse pesado y, al mismo tiempo, flotando. Su vagina, oculta tras la tela de sus pantalones, comenzó a humedecerse, una sensación pegajosa y cálida que lo avergonzaba y lo excitaba a partes iguales.
Keonho se separó apenas unos centímetros, rompiendo el contacto visual para admirar el movimiento errático de las caderas de Juhoon. Su sonrisa se ensanchó, mostrando esa expresión juguetona que tanto irritaba y atraía a los demás.
—Mira esto —comentó Keonho, dirigiendo su mirada hacia Seonghyeon antes de volver a Juhoon—. Te mueves como si estuvieras desesperado, Hyung. ¿Tanto necesitas que te llenemos?
—Cállate... —logró articular Juhoon, aunque su voz carecía de autoridad. Sus facciones suaves estaban encendidas por un rubor intenso que se extendía hasta su cuello largo.
Sin darle tregua, Keonho se inclinó y hundió el rostro en la curva del cuello de Juhoon. Sus besos eran voraces, marcando la piel clara con una posesividad que dejaría huellas por días. Juhoon soltaba sonidos guturales, una mezcla de quejidos y suspiros, mientras sentía los labios y la lengua del menor reclamando territorio.
Mientras su boca seguía ocupada en el cuello, una de las manos de Keonho descendió con lentitud tortuosa. No soltó el pecho de Juhoon, continuando la estimulación rítmica de un pezón, mientras la otra mano se deslizaba por debajo de la pretina del pantalón. El roce de los dedos de Keonho contra la tela de la ropa interior de Juhoon fue el detonante final.
Juhoon estaba empapado. La humedad había traspasado la fina seda de sus bragas, creando una mancha de calor que Keonho no tardó en descubrir. Al entrar en contacto con ese lugar, el maknae soltó un gruñido de pura satisfacción masculina.
—Estás tan mojado, Juhoon-ah —murmuró contra su piel, su aliento caliente enviando escalofríos por todo el cuerpo del mayor—. Es increíble lo mucho que te afectamos. ¿En qué estás pensando ahora mismo? ¿En cómo se siente mi mano o en lo mucho que quieres que Seonghyeon también te toque?
—Yo... yo no puedo... —Juhoon cerró los ojos con fuerza, sacudiendo la cabeza. Sus caderas no se detenían, frotándose casi frenéticamente contra la palma de Keonho, buscando alivio para la hinchazón que sentía entre las piernas. Su coño estaba sensible al extremo, cada roce de la tela contra su clítoris se sentía como una descarga de placer puro que lo hacía perder el sentido de la realidad.
Keonho comenzó a masajear su clítoris por encima de la tela húmeda. Sus movimientos eran circulares y firmes, aplicando la presión justa para que Juhoon se retorciera en sus brazos.
—Dilo —ordenó Keonho, su tono volviéndose más demandante—. Di que eres nuestra pequeña princesa sucia. Di que te encanta que tu coño esté así por nosotros.
Juhoon soltó un grito ahogado, su cabeza cayendo hacia atrás mientras Seonghyeon aprovechaba para sostenerlo por los hombros, anclándolo en su lugar. La dinámica de poder en la cocina había cambiado por completo; ya no eran solo compañeros de grupo, eran depredadores y su presa consentida.
—Me gusta... —susurró Juhoon, las lágrimas de excitación asomando en las esquinas de sus ojos—. Me gusta que me toques así... por favor, no pares.
—No tengo intención de parar —respondió Keonho, aumentando la velocidad del masaje—. De hecho, James y Martin no volverán pronto. Tenemos mucho tiempo para ver qué tan lejos puedes llegar antes de que te rompas.
La mano de Keonho seguía trabajando con una insistencia deliciosa, disfrutando de cómo el cuerpo de Juhoon reaccionaba a cada estímulo. La piel de Juhoon se sentía eléctrica, cada terminación nerviosa disparando señales de placer que lo hacían sentir más vivo que nunca. La calidez del lugar, la proximidad de los cuerpos y el sonido de sus respiraciones agitadas creaban una sinfonía de deseo que amenazaba con consumir la calma que quedaba en el apartamento.
Seonghyeon, que hasta entonces había permanecido en un silencio observador, deslizó una mano por el brazo de Juhoon, apretando con suavidad pero firmeza.
—Keonho tiene razón —dijo Seonghyeon, su voz limpia y elegante ahora teñida de una oscuridad profunda—. Te ves tan bien así, deshecho. Eres nuestro, Juhoon. Nunca lo olvides.
Juhoon solo pudo asentir, perdido en el torbellino de sensaciones que Keonho provocaba con sus dedos. El placer era una ola que lo arrastraba, y por primera vez, no tenía ningún deseo de luchar contra la corriente.
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