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Una noche confusa

Фандом: Toradora

Создан: 18.04.2026

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РомантикаДрамаПовседневностьЗанавесочная историяЗлоупотребление алкоголемСеттинг оригинального произведенияHurt/Comfort
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Frutas Prohibidas y Verdades Desnudas

El apartamento de los Takasu solía ser un refugio de calma doméstica, un santuario de olor a detergente barato y comida casera. Pero esa noche, el aire se sentía distinto, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de la nuca de Ryuuji se erizara. Yasuko se había marchado a toda prisa hacia el bar, tropezando con sus propios tacones y dejando tras de sí un rastro de perfume dulce y una bolsa de papel sobre la mesa de la cocina que no debería haber estado allí.

—¡Ryuuji! ¡Tengo una sed que me muero! —exclamó Taiga, dejándose caer pesadamente en el cojín del suelo.

Habían terminado de cenar hacía apenas unos minutos. El Tigre de Bolsillo estaba de un humor particularmente irritable, incluso para sus estándares habituales. Ryuuji, concentrado en secar los platos con una precisión casi quirúrgica, apenas alzó la vista.

—Hay té en la nevera, Taiga. O agua. No seas tan vaga —respondió él, moviendo el trapo con ritmo constante.

Taiga resopló, sus mejillas inflándose como las de un hámster furioso. Se puso en pie y caminó hacia la mesa, donde la bolsa de Yasuko reposaba entreabierta. Sus ojos se iluminaron al ver unas botellas de cristal esmerilado con etiquetas de colores vibrantes y dibujos de frutas exóticas.

—¡Oh! Yasuko dejó esto. Parece zumo de mango y fresa —dijo ella, agarrando la primera botella.

Antes de que Ryuuji pudiera advertirle que Yasuko rara vez compraba algo que no tuviera algún tipo de "truco" para adultos, Taiga ya había desenroscado la tapa y se había empinado la mitad del contenido.

—¡Espera, Taiga! —Ryuuji dejó el plato y se acercó rápidamente—. Déjame ver eso.

Taiga bajó la botella, soltando un suspiro de satisfacción, aunque sus ojos parpadearon un par de veces más de lo normal. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave casi al instante.

—Está... está muy dulce. Y quema un poquito, pero es refrescante —dijo ella, extendiéndole una segunda botella que había sacado de la bolsa—. Prueba, perro tonto. Tienes la cara de siempre, como si estuvieras estreñido. Esto te relajará.

Ryuuji frunció el ceño, tomando la botella. La etiqueta estaba en un idioma que no terminaba de comprender, algo sobre "Cóctel Tropical Premium", pero el porcentaje de alcohol estaba oculto tras una pegatina de oferta. Pensó que, si Taiga lo estaba bebiendo como si fuera agua, no podía ser tan fuerte. Además, el calor de la cocina lo tenía agotado. Le dio un sorbo largo, sintiendo un dulzor empalagoso seguido de una calidez abrasadora que bajó por su garganta como lava líquida.

—Sabe extraño... —murmuró Ryuuji, mirando el líquido—. Taiga, creo que esto no es solo zumo.

—No seas tan aguafiestas —respondió ella, soltando una risita que sonó demasiado aguda—. Me siento... flotando. Como si mi cabeza fuera un globo de helio.

Pasaron diez minutos. El silencio de la casa empezó a llenarse con los sonidos de la televisión, pero ninguno de los dos prestaba atención a la pantalla. Ryuuji sintió que sus párpados pesaban y que el control que siempre ejercía sobre su postura se desvanecía. Se sentó en el suelo, cerca de Taiga, y de repente el espacio entre ellos le pareció demasiado grande y, a la vez, peligrosamente pequeño.

Taiga, por su parte, ya no estaba sentada con su habitual rigidez defensiva. Se movía con una soltura inusual, balanceándose de un lado a otro. De pronto, se arrastró por el suelo hasta quedar a escasos centímetros de Ryuuji.

—Ryuuji —susurró ella, estirando una mano para tocarle la mejilla. Sus dedos estaban calientes—. Tienes los ojos muy raros hoy. Más de lo normal. Pareces un delincuente que quiere robarme el corazón... o el pudín.

Ryuuji soltó una carcajada ronca, una que no habría salido de su garganta en condiciones normales. La habitación empezaba a dar vueltas de una manera lenta y mareante, pero no era desagradable.

—Y tú estás muy... juguetona —dijo él, perdiendo el hilo de sus propios pensamientos—. Normalmente me estarías pateando las espinillas por decirte algo así.

—Es que... —Taiga se acercó más, apoyando su frente contra el hombro de Ryuuji. Él pudo oler el aroma frutal del licor mezclado con el champú de vainilla de ella—. Es que estoy cansada de patear, Ryuuji. Es agotador ser un tigre todo el tiempo. A veces solo quiero ser... un gato pequeño.

Ryuuji sintió un vuelco en el corazón. Sus inhibiciones se desmoronaban como un castillo de naipes bajo la lluvia. Sin pensarlo, rodeó los hombros de Taiga con su brazo, atrayéndola hacia él. Ella no se quejó; al contrario, se acurrucó contra su pecho, soltando un suspiro tembloroso.

—¿Sabes qué es lo malo de este zumo? —preguntó Ryuuji, su voz volviéndose más profunda, más honesta—. Que me hace querer decir cosas que se supone que debo guardar bajo llave.

—Dilas —retó Taiga, alzando la cabeza. Sus ojos estaban nublados por el alcohol, pero brillaban con una intensidad cruda—. Di algo que me haga querer golpearte o... o besarte.

El aire en el pequeño salón se volvió pesado. Ryuuji la miró, perdiéndose en la profundidad de sus pupilas. Ya no veía a la "Tigre Compacto" que aterrorizaba al instituto; veía a la chica que se quedaba dormida en su mesa, a la que necesitaba que él le preparara el desayuno, a la que se había convertido en el centro de su universo sin que él se diera cuenta.

—Estoy harto de ayudar al "plan" —soltó Ryuuji de repente, las palabras escapando antes de que pudiera detenerlas—. Estoy harto de Kitamura, de Minorin... de todo eso. Solo quiero estar aquí. Contigo. Limpiando tus desastres para siempre.

Taiga se quedó inmóvil. Una sonrisa pequeña y algo triste cruzó sus labios.

—Eres un idiota, Ryuuji. Un perro tonto y obsesivo —dijo ella, subiendo sus manos hasta el cuello de la camisa de él, tirando ligeramente hacia abajo—. ¿Crees que no me doy cuenta? Cada vez que me miras así... me duele. Porque sé que somos el tigre y el dragón, y se supone que debemos estar juntos, pero tú sigues mirando hacia otro lado.

—No estoy mirando hacia otro lado ahora —respondió él, su voz apenas un susurro.

La distancia desapareció antes de que alguno de los dos pudiera procesar la gravedad de lo que estaba ocurriendo. Fue Taiga quien cerró el espacio primero, impulsada por esa valentía ebria que borra las consecuencias. Sus labios se encontraron de una manera torpe, con sabor a fresas artificiales y una urgencia desesperada que los dejó sin aliento.

Ryuuji, perdiendo por completo el control de su juicio, respondió al beso con una intensidad que lo sorprendió a él mismo. Sus manos, que siempre habían sido cuidadosas y protectoras, ahora buscaban aferrarse a ella como si fuera su único ancla en un mar que se agitaba violentamente. La derribó suavemente sobre el tatami, quedando él sobre ella, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado.

—Taiga... esto... no deberíamos... —trató de articular Ryuuji, aunque su cuerpo se negaba a separarse.

—Cállate —le interrumpió ella, sus ojos fijos en los de él, desbordando una honestidad que solo la embriaguez y el amor reprimido podían producir—. No digas que es el alcohol. No te atrevas a decir mañana que fue por esas botellas. Si vas a hacer esto, hazlo porque me quieres. Porque me deseas tanto como yo a ti.

Ryuuji sintió que una barrera interna se rompía definitivamente. El respeto, el miedo al rechazo, las complicaciones de sus amistades... todo se disolvió en el calor de ese momento.

—Te quiero —dijo él, y por primera vez, las palabras no pesaron; lo liberaron—. Te quiero tanto que me asusta, Taiga.

—Entonces no tengas miedo —susurró ella, rodeando su cuello con los brazos y tirando de él hacia abajo nuevamente.

El beso esta vez fue diferente. Ya no era torpe ni exploratorio; era una colisión de sentimientos que habían estado hirviendo a fuego lento durante meses. La lengua de Ryuuji delineó los labios de Taiga, pidiendo permiso, y ella se lo concedió con un gemido suave que se perdió en el silencio de la noche.

Las manos de Ryuuji se deslizaron por la cintura de Taiga, sintiendo la calidez de su piel a través de la fina tela de su camiseta de dormir. Cada caricia enviaba una descarga eléctrica que nublaba aún más su juicio. Taiga, por su parte, se movía bajo él con una impaciencia que rozaba la desesperación, sus dedos enredándose en el cabello azulado de Ryuuji, tirando con fuerza.

—Ryuuji... más... —pidió ella, su voz quebrada.

En ese instante, ambos cruzaron una línea invisible. El entorno desapareció. Ya no importaba que estuvieran en el suelo de la sala, ni que Yasuko pudiera volver en cualquier momento, ni que al día siguiente el mundo siguiera girando con sus complicadas reglas sociales. Solo existían el calor del otro, el latido compartido y esa verdad desnuda que el licor de frutas había desenterrado.

Sus ropas empezaron a estorbar, siendo descartadas con una torpeza febril. Ryuuji besó el cuello de Taiga, descendiendo por su clavícula, marcando su territorio con una posesividad que nunca se había permitido sentir. Taiga arqueó la espalda, soltando suspiros que eran música para los oídos de Ryuuji, nombres y promesas susurradas en la penumbra.

Fue un acto de entrega total, de una vulnerabilidad que los despojó de sus máscaras habituales. En la bruma de sus sentidos, se encontraron no como el dragón y el tigre de las leyendas, sino como dos jóvenes asustados y profundamente enamorados que finalmente habían encontrado el camino hacia el otro.

Sin embargo, a medida que el clímax de sus emociones y sensaciones los envolvía, la conciencia empezaba a flaquear bajo el peso del agotamiento y el alcohol. El mundo se volvió borroso, las luces de la ciudad que se filtraban por la ventana se convirtieron en manchas de color, y el calor sofocante dio paso a una pesadez reconfortante.

Ryuuji se dejó caer al lado de Taiga, jadeando, su piel sudorosa pegada a la de ella. Taiga buscó su mano, entrelazando sus dedos con una fuerza sorprendente para alguien de su tamaño.

—No te vayas... —murmuró ella, sus ojos ya cerrándose, vencida por el sueño inducido por la bebida.

—Nunca —respondió Ryuuji, besando sus nudillos antes de que la oscuridad también lo reclamara a él.

El silencio volvió al apartamento, pero ya no era el mismo silencio de antes. El aire seguía cargado, pero ahora era el peso de lo irreversible. Las botellas vacías sobre la mesa eran testigos mudos de la noche en que el Tigre y el Dragón dejaron de pelear para empezar a pertenecerse.

Horas más tarde, el sonido de la llave en la cerradura anunció el regreso de Yasuko. Ella entró tarareando una melodía alegre, con el maquillaje algo corrido pero de buen humor.

—¡Ya llegué! Siento haberme olvidado las bebidas, espero que no las hayan...

Su voz se apagó al entrar al salón. La luz de la luna iluminaba la escena: dos cuerpos entrelazados bajo una manta que apenas los cubría, restos de ropa esparcidos por el suelo y un par de botellas vacías sobre la mesa. Yasuko se llevó las manos a las mejillas, sus ojos abriéndose de par en par.

—¡Oh, cielos! —susurró, una mezcla de horror y una extraña alegría maternal cruzando su rostro—. Esas bebidas... tenían un grado alcohólico del veinte por ciento. ¡Eran para las chicas del bar!

Miró a Ryuuji y a Taiga, que dormían profundamente, ajenos al caos que les esperaba al despertar. Yasuko suspiró, caminando de puntillas para recoger las botellas y apagar la luz de la cocina que Ryuuji había dejado encendida.

—Bueno... supongo que ya no hay vuelta atrás para ustedes dos —murmuró para sí misma, con una sonrisa melancólica—. Mañana va a ser un día muy, muy largo.

Se retiró a su habitación, dejando a los dos jóvenes en su burbuja de inconsciencia. En el suelo del salón, Ryuuji apretó inconscientemente la mano de Taiga durante el sueño, y ella, en respuesta, se acurrucó más cerca de su calor. Habían cruzado el punto de no retorno, y aunque el despertar sería doloroso, confuso y lleno de explicaciones imposibles, en lo más profundo de su ser, ambos sabían que esa era la única forma en que su historia podía continuar. El destino, ayudado por un error de Yasuko y un poco de licor de frutas, finalmente les había obligado a quitarse las armaduras.
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