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Anhelando el Infinito

Фандом: Jujutsu Kaisen

Создан: 20.04.2026

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Destilados, Cicatrices y el Infinito

El humo del cigarrillo de Shoko se elevaba perezosamente hacia el techo del bar, mezclándose con la tenue luz ambarina que bañaba el local. Era un rincón escondido en Shinjuku, uno de esos lugares donde los hechiceros de grado especial o los simples trabajadores agotados podían desaparecer del mapa por unas horas. Shoko Ieiri, con sus ojeras más marcadas que de costumbre y su bata blanca colgada en el respaldo de la silla, suspiró mientras observaba el líquido ámbar en su vaso.

—Si vuelvo a ver un cadáver con restos de energía maldita de grado uno esta semana, juro que me tomaré unas vacaciones permanentes en una isla sin cobertura —dijo Shoko, dejando que el humo escapara de sus labios.

Frente a ella, Utahime Iori asintió con fervor, aunque su postura seguía siendo rígida, incluso con una jarra de cerveza a medio terminar frente a ella. Vestía su tradicional atuendo de miko, destacando entre la decoración moderna del bar. La cicatriz que cruzaba su nariz parecía brillar ligeramente bajo las luces de neón.

—Al menos tus pacientes no te contestan, Shoko —replicó Utahime con un deje de amargura—. Mis alumnos en Kioto están en esa edad en la que creen que lo saben todo, y Gojo... Gojo no ayuda. Ese idiota apareció ayer en medio de mi clase solo para presumir un souvenir de Sendai. ¡Interrumpió una lección de barreras para hablar de dulces!

En ese momento, una risa melódica y calculada interrumpió la queja. Mei Mei, sentada con una elegancia que rozaba lo aristocrático, movió su trenza celeste hacia atrás, dejando al descubierto su ojo gris. Su atuendo negro azabache contrastaba con la calidez del lugar. Sostenía una copa de vino tinto como si fuera un trofeo.

—El tiempo es dinero, Utahime —comentó Mei Mei con una sonrisa enigmática—. Y Satoru es, posiblemente, el activo más valioso de este país. Aunque entiendo que su personalidad puede resultar... costosa para los nervios.

Shoko arqueó una ceja, mirando a Mei Mei por encima de sus ojeras.

—Hablas de él como si fuera una inversión, Mei. Pero todas sabemos que, a pesar de ser un dolor de cabeza, es el único que nos mantiene cuerdas en este mundo de locos. O al menos, el único que sobrevive lo suficiente para que nos acostumbremos a su cara.

Utahime resopló, bebiendo un largo trago de su cerveza.

—Es un ególatra. Un niño grande con demasiado poder. No entiendo cómo alguien puede tomarlo en serio.

—Sin embargo —intervino Mei Mei, inclinándose hacia adelante, sus ojos grises brillando con una chispa de malicia—, te pones muy roja cada vez que ese "niño grande" se inclina para susurrarte algo al oído, Utahime. ¿Es irritación o es que el valor de sus acciones está subiendo en tu mercado interno?

Utahime casi se atraganta con la cerveza. Tosió con fuerza, su rostro adquiriendo un tono carmesí que rivalizaba con los detalles rojos de su hakama.

—¡Es irritación! ¡Pura y simple falta de respeto! —exclamó, golpeando la mesa con suavidad—. Es tan... tan exasperante. Siempre rompe el espacio personal, siempre cree que tiene derecho a entrar en cualquier sitio porque es "el más fuerte".

Shoko soltó una risita seca, una que rara vez dejaba salir.

—Curioso. A mí me pasa lo contrario. Conmigo es extrañamente silencioso a veces. Se sienta en la morgue, me mira trabajar y no dice nada. Es el único momento en que puedo ver al Satoru que conocí en la escuela, antes de que el mundo se volviera tan pesado para él.

Mei Mei observó a sus dos acompañantes, evaluando la situación como quien analiza un contrato de alto riesgo.

—Interesante —murmuró Mei Mei—. Shoko busca la nostalgia del pasado, Utahime lucha contra la tensión del presente. Yo, por otro lado, prefiero mirar hacia el futuro. Un hombre con su capacidad financiera y su linaje es el socio ideal. Y no puedo negar que estéticamente es... una pieza de colección.

El ambiente en la mesa cambió de repente. La fatiga del trabajo pareció evaporarse, reemplazada por una tensión eléctrica mucho más personal. Utahime dejó su vaso y miró a Mei Mei con los ojos entrecerrados.

—¿Estás diciendo que te interesa Gojo por algo más que sus cuentas bancarias? —preguntó la profesora de Kioto.

—El dinero es la base de cualquier relación sólida —respondió Mei Mei con calma—, pero no soy ciega. Satoru posee una belleza que es difícil de ignorar, incluso para alguien tan pragmática como yo. Esos ojos... bueno, tienen un valor incalculable.

Shoko encendió otro cigarrillo, observando a las otras dos.

—Vaya. Así que esto es lo que pasa cuando nos juntamos después de las diez de la noche. Se caen las máscaras.

—No es una máscara, Shoko —dijo Utahime, tratando de recuperar la compostura—. Es solo que... después de tantos años de aguantar sus bromas, una empieza a preguntarse por qué se molesta tanto en llamar mi atención. Y si soy sincera, cuando no está cerca, el silencio es... un poco molesto.

—Lo que Utahime intenta decir, entre sus balbuceos de miko estricta —añadió Shoko, mirando al techo—, es que el albino nos tiene a todas un poco descolocadas. Yo lo conozco mejor que nadie. Sé lo que piensa antes de que lo diga. Sé cuándo su sonrisa es real y cuándo es solo una técnica de defensa más. Y hay algo en esa vulnerabilidad oculta que... bueno, es difícil de ignorar.

Mei Mei dejó su copa sobre la mesa, el sonido del cristal resonando en el silencio que se había formado entre las tres.

—Parece que tenemos un conflicto de intereses —dijo la mujer de cabello celeste, su sonrisa volviéndose más afilada—. Y yo odio perder en los negocios, especialmente cuando el premio es tan exclusivo.

Utahime se cruzó de brazos, su carácter estricto saliendo a flote, pero esta vez con un matiz de competitividad que Shoko no le conocía.

—Él necesita a alguien que lo ponga en su sitio, no a alguien que lo vea como un fajo de billetes o como un recuerdo de la adolescencia —sentenció Utahime.

—¿Ah, sí? —Shoko exhaló el humo lentamente—. Satoru no quiere que lo pongan en su sitio, Utahime. Ya tiene a todo el mundo de la hechicería intentando hacer eso. Él quiere a alguien con quien no tenga que ser "el más fuerte". Y esa persona soy yo.

Mei Mei soltó una carcajada suave, un sonido que denotaba una confianza absoluta.

—Están siendo muy sentimentales. Satoru Gojo es un hombre que lo tiene todo, por lo tanto, solo alguien que pueda ofrecerle algo que no se pueda comprar con energía maldita o con recuerdos puede captar su interés a largo plazo. La eficiencia y el poder atraen al poder.

Utahime miró a ambas, su corazón latiendo con una mezcla de indignación y una determinación que no sentía desde sus días como estudiante.

—Esto es ridículo —dijo Utahime, aunque no se movió de su asiento—. Estamos hablando de Gojo como si fuera un trofeo.

—Es el trofeo más grande del mundo de la hechicería, querida —respondió Mei Mei—. No nos engañemos. Las tres hemos sentido esa gravedad que él genera. No es solo su técnica de Infinito; es él.

Shoko apagó su cigarrillo en el cenicero, sus ojos castaños brillando con una intensidad inusual. La somnolencia habitual había desaparecido.

—Bien. Si vamos a ser honestas, hagámoslo bien. Si alguna de ustedes cree que tiene una oportunidad con él, adelante. Pero dudo que puedan seguirle el ritmo.

—¿Es un desafío, Shoko? —preguntó Mei Mei, entornando los ojos.

—Tómalo como quieras —respondió la doctora—. Pero Satoru siempre vuelve a mí cuando necesita curarse. Y no hablo solo de heridas físicas.

Utahime se levantó de la mesa, ajustando su cinta de miko con un gesto decidido.

—Yo lo veo casi todas las semanas por asuntos escolares. Y aunque me saque de quicio, siempre se asegura de que sea yo quien lo acompañe a ciertas misiones. No dejaré que su arrogancia gane, pero tampoco dejaré que ustedes se queden con la última palabra.

Mei Mei permaneció sentada, observando a sus dos "rivales" con una calma gélida.

—Esto se está poniendo interesante. El mercado está fluctuando. Supongo que la próxima vez que nos veamos, alguna tendrá más que contar que simples quejas laborales.

El camarero se acercó tímidamente a la mesa, sintiendo la presión en el aire que solo tres mujeres de tal calibre podían generar.

—¿Desean algo más, señoras? —preguntó con voz temblorosa.

—Trae otra ronda —dijo Shoko, sin apartar la vista de Mei Mei y Utahime—. La noche apenas comienza, y parece que tenemos mucho que planear.

Utahime volvió a sentarse, su mirada fija en la cicatriz de su propio reflejo en el vaso de cerveza. Mei Mei jugaba con una de sus trenzas, calculando mentalmente sus próximos movimientos. Shoko, por su parte, simplemente sonrió con amargura y diversión.

—¿Saben qué es lo peor? —preguntó Shoko mientras el camarero servía los tragos.

—¿Qué? —preguntaron las otras dos al unísono.

—Que ese idiota probablemente ya sepa que estamos hablando de él. Sus Seis Ojos son una maldición para la privacidad.

Mei Mei se encogió de hombros.

—Si lo sabe, entonces el juego ya ha comenzado. Y a Satoru le encantan los juegos.

—Pues que se prepare —murmuró Utahime, bebiendo de un trago lo que quedaba en su vaso—, porque no pienso facilitarle las cosas.

El bar continuó con su murmullo habitual, ajeno a que en esa mesa pequeña, tres de las mujeres más poderosas e influyentes del mundo de la hechicería acababan de declarar una guerra silenciosa. Una competencia por el corazón —o al menos la atención exclusiva— del hombre que se creía inalcanzable.

Shoko miró su teléfono. Un mensaje de Gojo acababa de llegar: "¿Sigues despierta, Shoko? Compré demasiado postre, ¿quieres un poco?".

Ella mostró la pantalla a las otras dos.

—Ven —dijo Shoko con una sonrisa triunfal—. Siempre vuelve.

Utahime apretó los puños y Mei Mei simplemente arqueó una ceja, evaluando el primer movimiento del albino. La velada tranquila se había transformado en el prólogo de una batalla que no se libraría con técnicas malditas, sino con miradas, silencios y una estrategia que ni el mismísimo Rey de las Maldiciones podría prever.

—Que gane la que mejor sepa manejar el Infinito —concluyó Mei Mei, brindando al aire.

La noche en Shinjuku era joven, y por primera vez en mucho tiempo, Satoru Gojo no era el único que tenía el control de la situación. O al menos, eso era lo que ellas querían creer mientras el alcohol y la ambición empezaban a surtir efecto.
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