Fanfy
.studio
Загрузка...
Фоновое изображение
← Назад
0 лайков

Celos Infinitos

Фандом: Jujutsu Kaisen

Создан: 21.04.2026

Теги

РомантикаПовседневностьФлаффЮморCharacter studyРевностьСеттинг оригинального произведенияЗанавесочная историяДрамаHurt/ComfortСтёб
Содержание

El azul del cielo y el verde de la envidia

Satoru Gojo era, por definición y decreto del destino, un hombre que lo tenía todo. Poseía los Seis Ojos, la Técnica de Maldición Ilimitada y una cuenta bancaria que haría palidecer a cualquier alto mando del mundo de la hechicería. Se alzaba a 190 centímetros del suelo, mirando al resto de la humanidad desde una cúspide de perfección física y espiritual. Se suponía que él era la medida de todas las cosas, el eje sobre el que giraba el equilibrio del mundo. Un ser tan elevado no debería, bajo ninguna circunstancia, verse afectado por las trivialidades del corazón humano.

Sin embargo, ahí estaba él, apoyado contra la pared de piedra de uno de los pasillos de la Academia de Hechicería de Tokio, con su venda negra cubriendo sus ojos pero no su creciente irritación.

A unos metros de distancia, en el patio interior, Shoko Ieiri compartía un cigarrillo —algo que Satoru siempre le reprochaba, aunque ella nunca escuchaba— con Kiyotaka Ijichi.

Lo que realmente hacía que a Satoru se le revolviera el estómago no era el humo del tabaco, sino la sonrisa. Shoko, la mujer que siempre parecía cargar con el cansancio de mil cadáveres sobre sus hombros, la doctora de ojos ojerosos y expresión apática, estaba riendo. No era una risa forzada ni una mueca de cortesía profesional. Era una risa genuina, ligera, provocada por algo que el escuálido y nervioso Ijichi acababa de decir mientras sostenía una carpeta de informes.

— Es ridículo —susurró Satoru para sí mismo, apretando los puños dentro de los bolsillos de su abrigo negro—. Absolutamente patético.

Satoru analizó la escena con la precisión de sus Seis Ojos. Podía ver el flujo de energía maldita de ambos, la tensión en los hombros de Ijichi (que siempre parecía estar a un segundo de un colapso nervioso) y la relajación inusual en la postura de Shoko. Ella se inclinó un poco hacia adelante, tocando ligeramente el brazo de Ijichi para enfatizar un punto en su conversación.

Ese pequeño contacto físico fue como una chispa en un barril de pólvora.

Gojo sintió una oleada de calor que no tenía nada que ver con su técnica de Rojo. Era una molestia punzante, un impulso irracional de caminar hacia ellos, interponerse en su línea de visión y, tal vez, lanzar un "Púrpura" directo a la cara de Ijichi, solo para ver si el hombre podía ser más pálido de lo que ya era.

— Oh, Satoru, te ves más aterrador de lo habitual. ¿A quién estás planeando asesinar con la mirada?

Satoru dio un respingo, aunque no lo demostró físicamente. Utahime Iori caminaba por el pasillo con su habitual expresión de desprecio hacia él.

— No seas tonta, Utahime —respondió Gojo, recuperando instantáneamente su tono juguetón y despreocupado—. Solo estaba admirando el paisaje. El clima está precioso hoy, ¿no crees?

— Estás mirando a Shoko e Ijichi como si fueran una maldición de grado especial que necesita ser exorcizada de inmediato —observó ella, deteniéndose a su lado y mirando hacia el patio—. ¿Qué pasa? ¿Te molesta que ella tenga amigos que no sean un dolor de cabeza como tú?

— No sé de qué hablas. Yo soy un encanto —dijo Satoru, ajustándose la venda—. Simplemente me pregunto qué asuntos tan importantes tiene que discutir la mejor médico del mundo con un asistente que se asusta de su propia sombra. Deberían estar trabajando.

Utahime soltó una risa seca.

— Estás celoso. El gran Gojo Satoru tiene celos de Ijichi. Esto es oro puro.

— ¡No estoy celoso! —exclamó él, quizás demasiado alto—. Soy el más fuerte. Los hombres fuertes no sienten celos. Es una ley de la física.

— Pues parece que tu física tiene algunas fallas —concluyó Utahime mientras seguía su camino—. Deberías revisarte eso, Satoru. Te vas a morder la lengua y te vas a envenenar.

Gojo la ignoró. Su atención volvió a centrarse en el patio. Shoko acababa de apagar su cigarrillo y le estaba entregando un pequeño papel a Ijichi, quien asintió con una reverencia exagerada y una sonrisa tímida.

Satoru no pudo aguantar más. Se despegó de la pared con la elegancia de un depredador y caminó hacia ellos. Cada paso era medido, imponente, aunque trataba de mantener esa aura de "soy un tipo relajado" que tanto cultivaba.

— ¡Ijichi-kun! —exclamó Satoru, apareciendo de repente detrás del asistente, haciendo que el pobre hombre saltara casi diez centímetros del suelo—. Qué sorpresa verte por aquí. ¿No deberías estar organizando mi agenda para la misión de mañana? ¿O es que Shoko te ha contratado como su nuevo modelo de anatomía?

Ijichi se giró, temblando visiblemente.

— ¡G-Gojo-san! No, yo solo... la doctora Ieiri me estaba pidiendo unos resultados de laboratorio de la semana pasada y...

— Ya veo, ya veo —lo interrumpió Satoru, pasando un brazo por encima de los hombros de Ijichi, apretando un poco más de lo necesario—. Pero pareces muy ocupado charlando. Shoko es una mujer muy ocupada, ¿sabes? No querríamos quitarle su valioso tiempo con... nimiedades.

Shoko exhaló un suspiro de humo residual y miró a Gojo con sus ojos entrecerrados, el lunar bajo su ojo derecho pareciendo acentuarse con su gesto de aburrimiento.

— Déjalo en paz, Satoru —dijo ella con su voz ronca y calmada—. Ijichi solo estaba siendo amable. Me trajo un café y estábamos comentando lo mal que hueles a dulces hoy.

— ¿Huelo a dulces? ¡Es un cumplido! —Gojo soltó a Ijichi, quien aprovechó para retroceder un par de pasos—. Pero dime, Ijichi, ¿de qué te reías tanto? No sabía que eras un comediante en tus ratos libres.

— No era nada, señor... de verdad —balbuceó Ijichi, ajustándose las gafas—. Solo un comentario sobre... sobre los informes.

— Los informes, claro —Satoru se inclinó hacia adelante, su rostro a pocos centímetros del de Ijichi. A pesar de la venda, el asistente sintió la presión abrumadora de los Seis Ojos escaneando su alma—. Deben ser informes muy divertidos. ¿Por qué no me los enseñas? Me vendría bien una risa.

— Satoru, basta —intervino Shoko, dando un paso hacia adelante y colocándose entre ambos—. Estás asustándolo y no tengo ganas de tratar un ataque de ansiedad ahora mismo. Ijichi, puedes irte. Gracias por el café.

— ¡Sí! ¡Con su permiso! —Ijichi no esperó una segunda invitación. Desapareció por el pasillo a una velocidad que rivalizaba con la técnica de desplazamiento de Gojo.

Satoru se quedó ahí, de pie frente a Shoko, con los brazos cruzados. El silencio se extendió entre ellos, roto solo por el sonido del viento entre los árboles del campus.

— Eres un idiota —dijo Shoko finalmente, buscando otro cigarrillo en el bolsillo de su bata blanca.

— Soy el más fuerte —corrigió él automáticamente.

— Eres el más fuerte, y el más infantil —ella encendió el cigarrillo y lo miró fijamente—. ¿Qué te pasa? Has estado actuando como un niño al que le han quitado su juguete favorito desde que llegaste.

— No sé a qué te refieres —mintió Satoru, mirando hacia otro lado—. Simplemente me preocupa la eficiencia de la Academia. Si todos se ponen a charlar en los pasillos, las maldiciones ganarán por abandono.

— Claro, porque tú eres el ejemplo máximo de eficiencia y seriedad —ironizó ella—. Satoru, nos conocemos desde hace años. Sé perfectamente cuándo estás irritado. ¿Es por Ijichi? ¿Te molesta que hable con él?

— ¿Molestarme? ¡Por favor! —Satoru soltó una risa forzada—. Ijichi es... es Ijichi. Es como un mueble funcional. No me molesta que hables con los muebles, Shoko. Me preocupa que pierdas el tiempo.

Shoko dio una calada larga y soltó el humo lentamente. Se acercó a él, obligándolo a bajar la vista. A pesar de que ella era alta, Satoru seguía sacándole una cabeza de ventaja.

— Me gusta hablar con él porque es normal —explicó ella con suavidad—. No intenta salvar el mundo cada cinco minutos, no tiene un ego del tamaño del monte Fuji y, sobre todo, no intenta ocultar lo que siente detrás de una máscara de bufón.

Esas palabras golpearon a Satoru más fuerte que cualquier ataque físico. Se quedó mudo por un momento, la confianza flaqueando bajo la mirada analítica de su compañera.

— Yo no oculto nada —murmuró finalmente, su voz perdiendo parte de su teatralidad.

— Oh, sí lo haces —Shoko extendió una mano y, por un breve segundo, Satoru pensó que iba a tocarle la mejilla. En cambio, ella simplemente ajustó el cuello de su abrigo negro—. Estás tan acostumbrado a estar en la cima, a ser el "intocable" con tu Infinito, que te olvidas de que algunas cosas no se pueden mantener a raya con energía maldita.

Satoru sintió que el nudo en su estómago se apretaba.

— Él te hizo reír —soltó él, la verdad escapando de sus labios antes de que pudiera detenerla—. Yo siempre trato de hacerte reír con mis bromas y mis tonterías, y tú solo me miras como si fuera un bicho raro. Pero él dice dos palabras y tú sonríes como si... como si no estuvieras cansada de todo esto por un momento.

Shoko se quedó en silencio, sorprendida por la honestidad repentina del hombre frente a ella. El gran Gojo Satoru, el chamán que podía reescribir la realidad, estaba admitiendo que se sentía desplazado por un asistente administrativo.

— Satoru —dijo ella, su tono suavizándose—, Ijichi me hizo reír porque me contó que accidentalmente le envió un meme de gatos al Director Yaga en lugar de un informe de daños. Fue una situación absurda y humana.

— Yo puedo ser absurdo y humano —insistió él, sonando peligrosamente como un adolescente herido.

— Tú eres un semidiós que se olvida de bajar a la tierra —replicó ella—. Si quieres que me ría contigo, o que pase tiempo contigo, no necesitas actuar como un matón con los demás. Solo tienes que... estar presente. Sin el personaje del "más fuerte".

Gojo suspiró, dejando caer los hombros. Por un momento, la barrera del Infinito que siempre mantenía activa pareció vibrar, no por un ataque externo, sino por la agitación interna.

— Es difícil —confesó—. Si no soy el más fuerte, ¿qué soy?

— Eres mi amigo, Satoru. Aunque a veces seas un dolor de cabeza insoportable.

Shoko terminó su cigarrillo y lo aplastó bajo su zapato de tacón. Se dio la vuelta para regresar a la morgue, pero antes de alejarse, se detuvo y miró por encima del hombro.

— Y por cierto, no necesitas lanzarle un Púrpura a Ijichi. El pobre hombre ya tiene suficiente con tener que conducir para ti todos los días. Eso es un castigo peor que la muerte.

Satoru se quedó solo en el patio. El sentimiento de irritación había disminuido, reemplazado por una extraña mezcla de alivio y melancolía. Se quitó la venda por un momento, permitiendo que sus ojos azul claro captaran la luz del atardecer. El iris, que parecía contener el cielo mismo, se entrecerró mientras observaba la silueta de Shoko desapareciendo por la puerta.

— El hombre más fuerte del mundo, ¿eh? —se burló de sí mismo en voz baja.

Se puso la venda de nuevo, recuperando su compostura. No podía evitarlo; la posesividad era parte de su naturaleza. Quería ser el sol en el sistema solar de todos los que le rodeaban, especialmente en el de ella. Ver a alguien más recibiendo esa calidez, aunque fuera por un segundo, le resultaba insoportable.

Caminó hacia la salida, decidido a encontrar a Ijichi. No para amenazarlo (bueno, quizás solo un poco), sino para exigirle que le comprara esos dulces de edición limitada que solo se vendían en el otro extremo de la ciudad. Después de todo, si iba a ser el hombre más celoso del mundo, al menos obtendría algo de azúcar de ello.

Mientras caminaba, se cruzó con un grupo de estudiantes. Itadori, Megumi y Nobara lo saludaron con curiosidad.

— ¡Gojo-sensei! —exclamó Itadori—. ¿Pasa algo? Se ve... extraño. Como si estuviera planeando una travesura.

— ¡Nada de eso, Yuuji! —respondió Satoru con su habitual alegría sobreactuada—. Solo estoy disfrutando de mi juventud. ¡Por cierto, Megumi!

El chico de cabello oscuro lo miró con sospecha.

— ¿Qué quiere ahora?

— Si alguna vez ves a Ijichi, dile que estoy muy, muy interesado en esos "informes divertidos" de los que hablaba con Shoko. ¡Es una orden de maestro!

Sin esperar respuesta, Gojo se alejó tarareando una melodía, dejando a sus alumnos confundidos.

— Definitivamente ha perdido la cabeza —comentó Nobara, cruzándose de brazos.

— Siempre ha estado así —suspiró Megumi.

Lejos de allí, en su oficina, Shoko Ieiri se sentó frente a su escritorio y miró una pequeña foto vieja que guardaba en el cajón superior. Era de sus días de estudiante: Geto, Gojo y ella. Satoru aparecía haciendo una mueca ridícula, mientras ella intentaba mantener la cara seria.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

— Celoso de Ijichi... —murmuró, negando con la cabeza—. Realmente eres un caso perdido, Satoru.

El hombre más fuerte del mundo podía tener el poder de destruir naciones, pero seguía siendo incapaz de ocultar que, en el fondo, solo quería ser el centro del universo de una sola persona. Y aunque él no lo supiera, o no se atreviera a creerlo, en ese pequeño y caótico mundo de la hechicería, siempre tendría un lugar que nadie más, ni siquiera un amable asistente con memes de gatos, podría arrebatarle.

Satoru Gojo era el más fuerte, el más celoso y, a su manera retorcida y deslumbrante, el más leal de los hombres. Y mientras caminaba por las calles de Tokio, ya planeando cómo interrumpir la próxima charla de Shoko con un despliegue innecesario de fuegos artificiales o dulces caros, se sintió, por una vez, extrañamente humano.
Содержание

Хотите создать свой фанфик?

Зарегистрируйтесь на Fanfy и создавайте свои собственные истории!

Создать свой фанфик