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Фандом: Jujutsu Kaisen
Создан: 22.04.2026
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Pétalos de Invierno en el Mercado de Kioto
El aire de la mañana en el Kioto de finales del siglo XIX era un látigo helado que cortaba la piel, pero Megumi Fushiguro apenas lo sentía. O quizás, simplemente estaba demasiado acostumbrado al entumecimiento. Se ajustó el cuello de su desgastado kimono, tratando de ocultar el rastro violáceo que la mano de Noritoshi había dejado en su cuello la noche anterior. No había sido un golpe fuerte, solo un recordatorio de quién era el dueño de la casa cuando Megumi no había servido el té a la temperatura exacta.
A sus veinte años, Megumi cargaba con la fatiga de un hombre que hubiera vivido tres vidas. Vendido a los catorce para saldar las deudas de juego de una familia que prefirió el dinero a su sangre, se encontró encadenado a la frialdad de la casa Kamo. Noritoshi, un alfa de linaje respetable pero de corazón árido, lo veía como una transacción completada. Megumi le había dado lo que necesitaba: un heredero. Una vez que el pequeño Haru nació, Megumi pasó a ser poco más que un mueble en la mansión, uno que se podía golpear si estorbaba.
—¿Mami? —La vocecita de Haru lo sacó de sus pensamientos.
El niño, de apenas cinco años, tironeaba de su manga. Era la viva imagen de su padre: el mismo cabello negro azabache, la misma estructura ósea aristocrática, pero cuando levantaba la vista, eran los ojos verdes de Megumi los que brillaban con una inocencia que el omega temía ver morir.
—Ya casi llegamos, Haru —susurró Megumi, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Portate bien en el mercado y quizás podamos comprar un pequeño dulce de arroz si nos sobra algo de cambio.
Haru asintió con entusiasmo. Para el niño, el mercado era una aventura; para Megumi, era el único momento de libertad, el único respiro de la vigilancia silenciosa de Noritoshi, quien pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa, atendiendo negocios o perdiéndose en burdeles donde los omegas no tenían ojos tristes que le recordaran su propia crueldad.
El mercado bullía de actividad. El olor a pescado fresco, especias, madera quemada y el aroma dulzón de los nísperos llenaba el aire. Megumi caminaba con la cabeza baja, evitando las miradas de otros omegas y betas. Sabía lo que decían de él: "El omega de porcelana de los Kamo", decían algunos con envidia por su supuesta vida de lujos; otros, más perceptivos, bajaban la voz al ver la palidez extrema de su rostro y la forma en que siempre cubría su piel.
Se detuvo frente a un puesto de telas y suministros generales. Necesitaba hilo para remendar las túnicas de Noritoshi antes de que este regresara de su viaje a la capital.
—¡Vaya! Si no es la visión más hermosa que ha cruzado este mercado hoy.
La voz era profunda, vibrante y cargada de una energía que Megumi no estaba acostumbrado a procesar. Levantó la vista, sorprendido.
Detrás del mostrador de madera, un joven alfa lo observaba con una sonrisa radiante que parecía desafiar el frío del invierno. Era alto, notablemente más alto que Noritoshi, con hombros anchos y un cuerpo trabajado que sugería años de esfuerzo físico. Su cabello era de un tono rosado inusual, brillante como los cerezos en flor, y su piel tenía un tono bronceado saludable.
Megumi parpadeó, desconcertado. No era común que un alfa le hablara de esa manera, y mucho menos uno tan... vital.
—¿Desea algo en particular, joven señor? ¿O solo ha venido a hacerme el día más brillante con su presencia? —El alfa se apoyó en el mostrador, inclinándose un poco hacia adelante.
Megumi sintió un calor repentino subir por su cuello, oculto bajo la tela.
—Busco... hilo de seda negro. Resistente —logró decir, su voz apenas un susurro.
—Hilo de seda para el caballero —dijo el alfa, moviéndose con una agilidad felina para buscar entre sus estantes—. Tengo el mejor de la región. Soy Yuji, por cierto. Yuji Itadori.
Megumi no respondió con su nombre. No se sentía con derecho a poseer uno fuera de las paredes de su prisión. Simplemente observó cómo Yuji regresaba con varios carretes. El alfa no dejaba de sonreír, pero su mirada, aunque coqueta, tenía una calidez que no resultaba amenazante.
Yuji solía pasar sus días bromeando con las omegas que frecuentaban el mercado, regalando cumplidos fáciles y sonrisas encantadoras. Era un soltero codiciado, un espíritu libre que disfrutaba del juego de la seducción. Pero al ver a Megumi, algo en su instinto de alfa dio un vuelco. No era solo la belleza etérea del omega —esa piel de alabastro y esos ojos esmeralda que parecían contener un océano de penas—, sino el aura de fragilidad contenida que lo rodeaba.
—¿Es para usted? —preguntó Yuji, bajando un poco el tono, notando al niño que se escondía detrás de las piernas de Megumi—. Tienes un hijo muy fuerte, se parece mucho a ti en los ojos.
—Es idéntico a su padre —corrigió Megumi de inmediato, casi como un acto de defensa mecánica.
—No lo sé —insistió Yuji, extendiendo una mano para ofrecerle el hilo—. Sus ojos tienen esa misma luz especial. Aunque los tuyos parecen estar escondidos tras una tormenta.
Megumi extendió la mano para tomar el carrete y sus dedos rozaron los de Yuji. Fue un contacto breve, apenas un segundo, pero fue suficiente para que una descarga eléctrica recorriera su columna. La piel de Yuji estaba caliente, llena de vida.
—¿Cuánto... cuánto es? —preguntó Megumi, retirando la mano como si se hubiera quemado.
—Para alguien tan apuesto, hoy es cortesía de la casa —dijo Yuji con un guiño.
—No puedo aceptar eso —respondió Megumi, buscando con manos temblorosas las monedas en su pequeña bolsa—. Mi esposo no... no le gustaría que aceptara regalos de extraños.
La mención del "esposo" hizo que la sonrisa de Yuji flaqueara por una fracción de segundo, pero no desapareció. Sus ojos se posaron por un momento en el cuello del omega, donde el borde del kimono se había movido apenas unos milímetros, revelando la sombra de un hematoma. El corazón de Yuji se apretó.
—Entiendo —dijo Yuji, su voz ahora más suave, más seria—. Entonces, digamos que es un descuento por ser mi cliente favorito del día. Solo son dos monedas de cobre.
Megumi depositó las monedas sobre el mostrador y se apresuró a tomar la mano de Haru.
—Gracias, señor Itadori.
—¡Yuji! —exclamó el alfa mientras Megumi se alejaba—. ¡Llámame Yuji! ¡Y vuelve pronto! ¡Me aseguraré de tener las mejores sedas esperando por ti!
Megumi no miró atrás, pero sintió la mirada de Yuji quemándole la espalda hasta que desapareció entre la multitud. Su corazón latía con una fuerza desconocida. Por primera vez en años, alguien lo había mirado no como un objeto, no como un útero para parir herederos, sino como alguien digno de un cumplido, de una sonrisa... de belleza.
—Mami, ese señor era amable —dijo Haru mientras caminaban de regreso a la sombría mansión.
—Sí, Haru. Era muy amable.
***
Los días siguientes fueron una tortura de rutina y silencio. Noritoshi regresó de su viaje de un humor particularmente volátil. Se quejó de la comida, se quejó de los ruidos de Haru y, finalmente, se desquitó con Megumi cuando este no encontró sus gemelos de plata con la rapidez que el alfa exigía.
Un bofetón seco resonó en la habitación. Megumi cayó al suelo, su mejilla ardiendo, pero no emitió ni un solo quejido. Haru estaba en la habitación contigua y Megumi prefería morir antes de que su hijo lo escuchara llorar.
—Eres un inútil —escupió Noritoshi, ajustándose la túnica—. No sé para qué pagué tanto por ti. Ni siquiera puedes mantener el orden en una casa pequeña. Mañana saldré de nuevo. Asegúrate de que mis cosas estén listas.
Noritoshi salió de la habitación, cerrando la puerta con un estruendo que hizo vibrar las paredes de papel. Megumi se quedó en el suelo, respirando agitadamente. Se tocó la mejilla y sintió la hinchazón. Cerró los ojos y, de la nada, la imagen de un cabello rosado y una sonrisa brillante apareció en su mente.
"Vuelve pronto", había dicho aquel alfa.
A la mañana siguiente, después de que Noritoshi se marchara, Megumi se miró al espejo. El golpe era visible, pero podía ocultarlo con un poco de polvo de arroz y el cabello suelto. Normalmente, se habría quedado encerrado, pero algo dentro de él, una chispa de rebeldía que creía extinguida, lo impulsó a salir.
—Haru, vamos al mercado —dijo, con una determinación que sorprendió incluso al niño.
El camino fue más rápido esta vez. Megumi no se detuvo en los puestos de comida ni de herramientas. Fue directo al puesto de Yuji.
Cuando llegó, Yuji estaba atendiendo a una omega joven que reía tontamente ante sus bromas. Megumi sintió una punzada extraña en el pecho —algo parecido a la envidia— y estuvo a punto de dar media vuelta. Pero Yuji lo vio. Su rostro se iluminó de una manera que hizo que la omega que estaba allí fuera olvidada al instante.
—¡Has vuelto! —Yuji saltó prácticamente sobre el mostrador para acercarse a él—. Sabía que vendrías. Estaba empezando a pensar que el hilo negro no era suficiente excusa para...
Yuji se detuvo en seco. A pesar del polvo de arroz, la cercanía le permitió ver la ligera asimetría en el rostro de Megumi y la tensión en sus hombros. Su aroma, que antes era de sándalo suave, ahora estaba impregnado de un miedo rancio y dolor.
—¿Qué pasó? —La voz de Yuji ya no era juguetona. Era baja, peligrosa, el tono de un alfa que detecta una herida en algo que instintivamente desea proteger.
—Nada, me tropecé en la oscuridad —mintió Megumi, bajando la vista—. Solo venía a... necesito más hilo.
Yuji no le creyó ni por un segundo. Extendió una mano, queriendo tocar la mejilla de Megumi, pero se detuvo a medio camino cuando vio al omega encogerse por instinto. El corazón de Yuji se rompió un poco.
—Ese "tropezón" tiene forma de mano —susurró Yuji, ignorando a los demás clientes que comenzaban a murmurar—. Escúchame... no tienes que fingir conmigo.
—Usted no entiende, señor Itadori —dijo Megumi, su voz temblando—. No sabe quién es mi esposo, no sabe lo que significa mi familia...
—Sé lo que veo —interrumpió Yuji, dando un paso más hacia su espacio personal, rodeándolo con un aroma a canela y sol que hizo que las rodillas de Megumi flaquearan—. Veo a alguien que es demasiado hermoso para vivir entre sombras. Veo a alguien que merece que lo cuiden, no que lo rompan.
Megumi levantó la vista y se encontró con los ojos de Yuji. No había lástima en ellos, solo una admiración genuina y una promesa de seguridad que Megumi nunca había conocido.
—¿Por qué me dice estas cosas? —preguntó Megumi, las lágrimas comenzando a nublar su visión—. Apenas me conoce. Coquetea con todos en este mercado...
Yuji soltó una pequeña risa amarga y se rascó la nuca.
—Es cierto, me gusta hablar con la gente, me gusta que se sientan bien. Pero nunca me había quedado sin palabras hasta que te vi. Con los demás es un juego, Megumi. Contigo... contigo siento que finalmente he encontrado algo que no sabía que estaba buscando.
Megumi se quedó sin aliento al escuchar su nombre en los labios de Yuji. Sonaba como una oración, no como una orden.
—Mi nombre es Megumi —susurró, entregándole su identidad por primera vez en años.
—Megumi —repitió Yuji, y su sonrisa regresó, esta vez más suave, más privada—. Es un nombre precioso. Significa "bendición", ¿verdad?
Megumi asintió levemente.
—Ven conmigo un momento —dijo Yuji, señalando la parte trasera de su puesto, un pequeño rincón cubierto por telas—. Tengo algo que te ayudará con ese golpe. Es un ungüento que prepara mi abuelo, es casi milagroso.
—No debería... —comenzó Megumi, pero Haru ya se había adelantado, atraído por unos juguetes de madera que Yuji tenía en una repisa baja.
—Solo será un momento. Haru estará bien aquí —insistió Yuji.
Megumi lo siguió a la pequeña zona privada. El espacio era estrecho, obligándolos a estar muy cerca el uno del otro. Yuji sacó un pequeño frasco de cerámica y, con una delicadeza infinita, tomó un poco de la crema con sus dedos.
—¿Me permites? —preguntó, esperando la aprobación del omega.
Megumi asintió, cerrando los ojos. Sintió los dedos de Yuji rozar su piel. Eran cálidos y su tacto era tan ligero como el ala de una mariposa. El dolor punzante comenzó a ceder ante el frescor del ungüento, pero fue el calor de la presencia de Yuji lo que realmente comenzó a sanar algo dentro de él.
—Eres tan joven —murmuró Yuji, su rostro a escasos centímetros del de Megumi—. No deberías cargar con el peso del mundo en tus hombros.
—No tuve opción —respondió Megumi, abriendo los ojos. Sus rostros estaban tan cerca que podía sentir el aliento de Yuji—. Mi familia... las deudas...
—Siempre hay opciones, Megumi. A veces solo necesitamos a alguien que nos ayude a ver la puerta de salida.
Por un momento, el tiempo se detuvo. El bullicio del mercado se desvaneció, dejando solo el sonido de sus respiraciones acompasadas. Yuji acunó el rostro de Megumi con ambas manos, pulgares acariciando sus pómulos con una ternura que hizo que Megumi sollozara silenciosamente.
—No llores —pidió Yuji, acercando su frente a la de él—. No soporto verte llorar.
—Nadie me ha tratado así nunca —confesó Megumi, aferrándose a las muñecas de Yuji como si fueran su único ancla en una tormenta.
—Entonces me encargaré de que te acostumbres —prometió el alfa—. No soy un hombre rico, Megumi. No tengo una mansión ni sirvientes. Solo tengo este puesto y mis manos para trabajar. Pero te prometo que, si alguna vez decides que ya has tenido suficiente de esa casa, nunca te faltará un lugar donde seas amado.
Megumi se apartó suavemente, asustado por la magnitud de sus propias emociones. Era una locura. Era peligroso. Si Noritoshi se enteraba, ambos estarían muertos. Pero al mirar a Yuji, al sentir la honestidad que emanaba de él, Megumi sintió por primera vez en seis años que no estaba solo.
—Tengo que irme —dijo Megumi, recomponiéndose y limpiándose las lágrimas—. Haru me espera.
—Lo sé —dijo Yuji, dándole espacio pero manteniendo su mirada fija en él—. Pero volverás, ¿verdad?
Megumi se detuvo en la entrada del pequeño rincón y miró a Yuji. El sol se filtraba a través de las telas, creando un aura dorada alrededor del alfa de cabello rosado.
—Sí —respondió Megumi con una pequeña, casi imperceptible sonrisa—. Volveré.
Cuando Megumi salió del puesto con Haru de la mano, el mundo ya no parecía tan gris. El frío seguía allí, y sabía que regresaría a una casa donde el silencio era una ley y el dolor una costumbre. Pero ahora guardaba un secreto. En medio del caos del mercado de Kioto, había encontrado un sol personal llamado Yuji, y por primera vez, el omega que había sido vendido y roto empezó a creer que quizás, solo quizás, su historia no tenía por qué terminar en las sombras.
Yuji lo vio alejarse, sus manos aún conservando el aroma a sándalo y la suavidad de la piel de Megumi. Suspiró, una chispa de determinación encendiéndose en sus ojos café. No sabía quién era ese "esposo", pero sabía una cosa: no iba a dejar que ese omega de ojos verdes se marchitara en la oscuridad.
—Hasta pronto, Megumi —susurró para sí mismo, mientras comenzaba a planear cómo rescatar a su bendición.
A sus veinte años, Megumi cargaba con la fatiga de un hombre que hubiera vivido tres vidas. Vendido a los catorce para saldar las deudas de juego de una familia que prefirió el dinero a su sangre, se encontró encadenado a la frialdad de la casa Kamo. Noritoshi, un alfa de linaje respetable pero de corazón árido, lo veía como una transacción completada. Megumi le había dado lo que necesitaba: un heredero. Una vez que el pequeño Haru nació, Megumi pasó a ser poco más que un mueble en la mansión, uno que se podía golpear si estorbaba.
—¿Mami? —La vocecita de Haru lo sacó de sus pensamientos.
El niño, de apenas cinco años, tironeaba de su manga. Era la viva imagen de su padre: el mismo cabello negro azabache, la misma estructura ósea aristocrática, pero cuando levantaba la vista, eran los ojos verdes de Megumi los que brillaban con una inocencia que el omega temía ver morir.
—Ya casi llegamos, Haru —susurró Megumi, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Portate bien en el mercado y quizás podamos comprar un pequeño dulce de arroz si nos sobra algo de cambio.
Haru asintió con entusiasmo. Para el niño, el mercado era una aventura; para Megumi, era el único momento de libertad, el único respiro de la vigilancia silenciosa de Noritoshi, quien pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa, atendiendo negocios o perdiéndose en burdeles donde los omegas no tenían ojos tristes que le recordaran su propia crueldad.
El mercado bullía de actividad. El olor a pescado fresco, especias, madera quemada y el aroma dulzón de los nísperos llenaba el aire. Megumi caminaba con la cabeza baja, evitando las miradas de otros omegas y betas. Sabía lo que decían de él: "El omega de porcelana de los Kamo", decían algunos con envidia por su supuesta vida de lujos; otros, más perceptivos, bajaban la voz al ver la palidez extrema de su rostro y la forma en que siempre cubría su piel.
Se detuvo frente a un puesto de telas y suministros generales. Necesitaba hilo para remendar las túnicas de Noritoshi antes de que este regresara de su viaje a la capital.
—¡Vaya! Si no es la visión más hermosa que ha cruzado este mercado hoy.
La voz era profunda, vibrante y cargada de una energía que Megumi no estaba acostumbrado a procesar. Levantó la vista, sorprendido.
Detrás del mostrador de madera, un joven alfa lo observaba con una sonrisa radiante que parecía desafiar el frío del invierno. Era alto, notablemente más alto que Noritoshi, con hombros anchos y un cuerpo trabajado que sugería años de esfuerzo físico. Su cabello era de un tono rosado inusual, brillante como los cerezos en flor, y su piel tenía un tono bronceado saludable.
Megumi parpadeó, desconcertado. No era común que un alfa le hablara de esa manera, y mucho menos uno tan... vital.
—¿Desea algo en particular, joven señor? ¿O solo ha venido a hacerme el día más brillante con su presencia? —El alfa se apoyó en el mostrador, inclinándose un poco hacia adelante.
Megumi sintió un calor repentino subir por su cuello, oculto bajo la tela.
—Busco... hilo de seda negro. Resistente —logró decir, su voz apenas un susurro.
—Hilo de seda para el caballero —dijo el alfa, moviéndose con una agilidad felina para buscar entre sus estantes—. Tengo el mejor de la región. Soy Yuji, por cierto. Yuji Itadori.
Megumi no respondió con su nombre. No se sentía con derecho a poseer uno fuera de las paredes de su prisión. Simplemente observó cómo Yuji regresaba con varios carretes. El alfa no dejaba de sonreír, pero su mirada, aunque coqueta, tenía una calidez que no resultaba amenazante.
Yuji solía pasar sus días bromeando con las omegas que frecuentaban el mercado, regalando cumplidos fáciles y sonrisas encantadoras. Era un soltero codiciado, un espíritu libre que disfrutaba del juego de la seducción. Pero al ver a Megumi, algo en su instinto de alfa dio un vuelco. No era solo la belleza etérea del omega —esa piel de alabastro y esos ojos esmeralda que parecían contener un océano de penas—, sino el aura de fragilidad contenida que lo rodeaba.
—¿Es para usted? —preguntó Yuji, bajando un poco el tono, notando al niño que se escondía detrás de las piernas de Megumi—. Tienes un hijo muy fuerte, se parece mucho a ti en los ojos.
—Es idéntico a su padre —corrigió Megumi de inmediato, casi como un acto de defensa mecánica.
—No lo sé —insistió Yuji, extendiendo una mano para ofrecerle el hilo—. Sus ojos tienen esa misma luz especial. Aunque los tuyos parecen estar escondidos tras una tormenta.
Megumi extendió la mano para tomar el carrete y sus dedos rozaron los de Yuji. Fue un contacto breve, apenas un segundo, pero fue suficiente para que una descarga eléctrica recorriera su columna. La piel de Yuji estaba caliente, llena de vida.
—¿Cuánto... cuánto es? —preguntó Megumi, retirando la mano como si se hubiera quemado.
—Para alguien tan apuesto, hoy es cortesía de la casa —dijo Yuji con un guiño.
—No puedo aceptar eso —respondió Megumi, buscando con manos temblorosas las monedas en su pequeña bolsa—. Mi esposo no... no le gustaría que aceptara regalos de extraños.
La mención del "esposo" hizo que la sonrisa de Yuji flaqueara por una fracción de segundo, pero no desapareció. Sus ojos se posaron por un momento en el cuello del omega, donde el borde del kimono se había movido apenas unos milímetros, revelando la sombra de un hematoma. El corazón de Yuji se apretó.
—Entiendo —dijo Yuji, su voz ahora más suave, más seria—. Entonces, digamos que es un descuento por ser mi cliente favorito del día. Solo son dos monedas de cobre.
Megumi depositó las monedas sobre el mostrador y se apresuró a tomar la mano de Haru.
—Gracias, señor Itadori.
—¡Yuji! —exclamó el alfa mientras Megumi se alejaba—. ¡Llámame Yuji! ¡Y vuelve pronto! ¡Me aseguraré de tener las mejores sedas esperando por ti!
Megumi no miró atrás, pero sintió la mirada de Yuji quemándole la espalda hasta que desapareció entre la multitud. Su corazón latía con una fuerza desconocida. Por primera vez en años, alguien lo había mirado no como un objeto, no como un útero para parir herederos, sino como alguien digno de un cumplido, de una sonrisa... de belleza.
—Mami, ese señor era amable —dijo Haru mientras caminaban de regreso a la sombría mansión.
—Sí, Haru. Era muy amable.
***
Los días siguientes fueron una tortura de rutina y silencio. Noritoshi regresó de su viaje de un humor particularmente volátil. Se quejó de la comida, se quejó de los ruidos de Haru y, finalmente, se desquitó con Megumi cuando este no encontró sus gemelos de plata con la rapidez que el alfa exigía.
Un bofetón seco resonó en la habitación. Megumi cayó al suelo, su mejilla ardiendo, pero no emitió ni un solo quejido. Haru estaba en la habitación contigua y Megumi prefería morir antes de que su hijo lo escuchara llorar.
—Eres un inútil —escupió Noritoshi, ajustándose la túnica—. No sé para qué pagué tanto por ti. Ni siquiera puedes mantener el orden en una casa pequeña. Mañana saldré de nuevo. Asegúrate de que mis cosas estén listas.
Noritoshi salió de la habitación, cerrando la puerta con un estruendo que hizo vibrar las paredes de papel. Megumi se quedó en el suelo, respirando agitadamente. Se tocó la mejilla y sintió la hinchazón. Cerró los ojos y, de la nada, la imagen de un cabello rosado y una sonrisa brillante apareció en su mente.
"Vuelve pronto", había dicho aquel alfa.
A la mañana siguiente, después de que Noritoshi se marchara, Megumi se miró al espejo. El golpe era visible, pero podía ocultarlo con un poco de polvo de arroz y el cabello suelto. Normalmente, se habría quedado encerrado, pero algo dentro de él, una chispa de rebeldía que creía extinguida, lo impulsó a salir.
—Haru, vamos al mercado —dijo, con una determinación que sorprendió incluso al niño.
El camino fue más rápido esta vez. Megumi no se detuvo en los puestos de comida ni de herramientas. Fue directo al puesto de Yuji.
Cuando llegó, Yuji estaba atendiendo a una omega joven que reía tontamente ante sus bromas. Megumi sintió una punzada extraña en el pecho —algo parecido a la envidia— y estuvo a punto de dar media vuelta. Pero Yuji lo vio. Su rostro se iluminó de una manera que hizo que la omega que estaba allí fuera olvidada al instante.
—¡Has vuelto! —Yuji saltó prácticamente sobre el mostrador para acercarse a él—. Sabía que vendrías. Estaba empezando a pensar que el hilo negro no era suficiente excusa para...
Yuji se detuvo en seco. A pesar del polvo de arroz, la cercanía le permitió ver la ligera asimetría en el rostro de Megumi y la tensión en sus hombros. Su aroma, que antes era de sándalo suave, ahora estaba impregnado de un miedo rancio y dolor.
—¿Qué pasó? —La voz de Yuji ya no era juguetona. Era baja, peligrosa, el tono de un alfa que detecta una herida en algo que instintivamente desea proteger.
—Nada, me tropecé en la oscuridad —mintió Megumi, bajando la vista—. Solo venía a... necesito más hilo.
Yuji no le creyó ni por un segundo. Extendió una mano, queriendo tocar la mejilla de Megumi, pero se detuvo a medio camino cuando vio al omega encogerse por instinto. El corazón de Yuji se rompió un poco.
—Ese "tropezón" tiene forma de mano —susurró Yuji, ignorando a los demás clientes que comenzaban a murmurar—. Escúchame... no tienes que fingir conmigo.
—Usted no entiende, señor Itadori —dijo Megumi, su voz temblando—. No sabe quién es mi esposo, no sabe lo que significa mi familia...
—Sé lo que veo —interrumpió Yuji, dando un paso más hacia su espacio personal, rodeándolo con un aroma a canela y sol que hizo que las rodillas de Megumi flaquearan—. Veo a alguien que es demasiado hermoso para vivir entre sombras. Veo a alguien que merece que lo cuiden, no que lo rompan.
Megumi levantó la vista y se encontró con los ojos de Yuji. No había lástima en ellos, solo una admiración genuina y una promesa de seguridad que Megumi nunca había conocido.
—¿Por qué me dice estas cosas? —preguntó Megumi, las lágrimas comenzando a nublar su visión—. Apenas me conoce. Coquetea con todos en este mercado...
Yuji soltó una pequeña risa amarga y se rascó la nuca.
—Es cierto, me gusta hablar con la gente, me gusta que se sientan bien. Pero nunca me había quedado sin palabras hasta que te vi. Con los demás es un juego, Megumi. Contigo... contigo siento que finalmente he encontrado algo que no sabía que estaba buscando.
Megumi se quedó sin aliento al escuchar su nombre en los labios de Yuji. Sonaba como una oración, no como una orden.
—Mi nombre es Megumi —susurró, entregándole su identidad por primera vez en años.
—Megumi —repitió Yuji, y su sonrisa regresó, esta vez más suave, más privada—. Es un nombre precioso. Significa "bendición", ¿verdad?
Megumi asintió levemente.
—Ven conmigo un momento —dijo Yuji, señalando la parte trasera de su puesto, un pequeño rincón cubierto por telas—. Tengo algo que te ayudará con ese golpe. Es un ungüento que prepara mi abuelo, es casi milagroso.
—No debería... —comenzó Megumi, pero Haru ya se había adelantado, atraído por unos juguetes de madera que Yuji tenía en una repisa baja.
—Solo será un momento. Haru estará bien aquí —insistió Yuji.
Megumi lo siguió a la pequeña zona privada. El espacio era estrecho, obligándolos a estar muy cerca el uno del otro. Yuji sacó un pequeño frasco de cerámica y, con una delicadeza infinita, tomó un poco de la crema con sus dedos.
—¿Me permites? —preguntó, esperando la aprobación del omega.
Megumi asintió, cerrando los ojos. Sintió los dedos de Yuji rozar su piel. Eran cálidos y su tacto era tan ligero como el ala de una mariposa. El dolor punzante comenzó a ceder ante el frescor del ungüento, pero fue el calor de la presencia de Yuji lo que realmente comenzó a sanar algo dentro de él.
—Eres tan joven —murmuró Yuji, su rostro a escasos centímetros del de Megumi—. No deberías cargar con el peso del mundo en tus hombros.
—No tuve opción —respondió Megumi, abriendo los ojos. Sus rostros estaban tan cerca que podía sentir el aliento de Yuji—. Mi familia... las deudas...
—Siempre hay opciones, Megumi. A veces solo necesitamos a alguien que nos ayude a ver la puerta de salida.
Por un momento, el tiempo se detuvo. El bullicio del mercado se desvaneció, dejando solo el sonido de sus respiraciones acompasadas. Yuji acunó el rostro de Megumi con ambas manos, pulgares acariciando sus pómulos con una ternura que hizo que Megumi sollozara silenciosamente.
—No llores —pidió Yuji, acercando su frente a la de él—. No soporto verte llorar.
—Nadie me ha tratado así nunca —confesó Megumi, aferrándose a las muñecas de Yuji como si fueran su único ancla en una tormenta.
—Entonces me encargaré de que te acostumbres —prometió el alfa—. No soy un hombre rico, Megumi. No tengo una mansión ni sirvientes. Solo tengo este puesto y mis manos para trabajar. Pero te prometo que, si alguna vez decides que ya has tenido suficiente de esa casa, nunca te faltará un lugar donde seas amado.
Megumi se apartó suavemente, asustado por la magnitud de sus propias emociones. Era una locura. Era peligroso. Si Noritoshi se enteraba, ambos estarían muertos. Pero al mirar a Yuji, al sentir la honestidad que emanaba de él, Megumi sintió por primera vez en seis años que no estaba solo.
—Tengo que irme —dijo Megumi, recomponiéndose y limpiándose las lágrimas—. Haru me espera.
—Lo sé —dijo Yuji, dándole espacio pero manteniendo su mirada fija en él—. Pero volverás, ¿verdad?
Megumi se detuvo en la entrada del pequeño rincón y miró a Yuji. El sol se filtraba a través de las telas, creando un aura dorada alrededor del alfa de cabello rosado.
—Sí —respondió Megumi con una pequeña, casi imperceptible sonrisa—. Volveré.
Cuando Megumi salió del puesto con Haru de la mano, el mundo ya no parecía tan gris. El frío seguía allí, y sabía que regresaría a una casa donde el silencio era una ley y el dolor una costumbre. Pero ahora guardaba un secreto. En medio del caos del mercado de Kioto, había encontrado un sol personal llamado Yuji, y por primera vez, el omega que había sido vendido y roto empezó a creer que quizás, solo quizás, su historia no tenía por qué terminar en las sombras.
Yuji lo vio alejarse, sus manos aún conservando el aroma a sándalo y la suavidad de la piel de Megumi. Suspiró, una chispa de determinación encendiéndose en sus ojos café. No sabía quién era ese "esposo", pero sabía una cosa: no iba a dejar que ese omega de ojos verdes se marchitara en la oscuridad.
—Hasta pronto, Megumi —susurró para sí mismo, mientras comenzaba a planear cómo rescatar a su bendición.
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