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Pensamientos intrusivos

Фандом: Toradora

Создан: 22.04.2026

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Dragones, Tigres y el Olor a Limpiador de Suelos

La luna colgaba sobre los tejados de Ohashi como una tajada de melón pálido, bañando de una luz irreal el pequeño apartamento de los Aisaka. Dentro, el silencio era casi absoluto, roto únicamente por el zumbido lejano de un refrigerador y el suave crujido de las sábanas. Taiga Aisaka estaba tumbada boca arriba, con los ojos clavados en las sombras que el mobiliario proyectaba sobre el techo.

Hacía apenas unas semanas, su vida era un caos solitario de cajas de mudanza, comida precocinada y una furia sorda contra el mundo. Ahora, el caos seguía ahí, pero tenía un nombre propio y un par de ojos que daban miedo a cualquiera que no lo conociera.

Ryuuji Takasu.

Taiga se giró sobre su costado, abrazando con fuerza a su peluche de tigre. Suspiró, y el aire salió de sus pulmones con una mezcla de frustración y desconcierto. Todo había empezado con una carta de amor en el maletín equivocado y un intento de asesinato con una espada de madera, y ahora, de alguna manera inexplicable, ese chico de mirada criminal se había convertido en el eje sobre el que giraba su día a día.

—Es un perro —susurró Taiga para sí misma, como si necesitara reafirmar su dominio sobre la situación—. Solo es un perro tonto que sabe cocinar y limpiar.

Pero incluso mientras lo decía, sabía que no era tan sencillo. Su mente retrocedió a la cena de esa noche. Ryuuji había preparado estofado. No era simplemente comida; era algo que te hacía sentir que el pecho se calentaba desde dentro, algo que te hacía olvidar, aunque fuera por un momento, que vivías en un apartamento demasiado grande para una sola persona que no sabía ni cómo encender la estufa.

Se incorporó un poco, apoyándose en los codos. La ventana mostraba el balcón vecino, el de los Takasu. Estaba tan cerca que casi podía saltar. De hecho, lo hacía casi a diario. Era una proximidad física que reflejaba la extraña simbiosis en la que se habían sumergido. Ella lo ayudaba a acercarse a Minorin, y él la ayudaba con Kitamura. Un intercambio justo. Un pacto entre caballeros... o entre un dragón y un tigre de bolsillo.

—¿Por qué es tan amable conmigo? —se preguntó, frunciendo el ceño.

Taiga no estaba acostumbrada a la amabilidad sin condiciones. En su experiencia, la gente se alejaba cuando ella mostraba los colmillos, o intentaba controlarla hasta que ella estallaba. Pero Ryuuji era diferente. Él veía sus estallidos, sus desastres domésticos y su incapacidad para ser "normal", y simplemente suspiraba, tomaba una escoba y se ponía a limpiar.

Se levantó de la cama, incapaz de conciliar el sueño. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío mientras caminaba hacia la cocina. Al encender la luz, la pulcritud del lugar la golpeó. Ryuuji había estado allí esa tarde. Había sacado brillo a la encimera y organizado las latas de comida que ella solía dejar esparcidas. El olor a desinfectante con aroma a limón todavía flotaba en el aire, una firma invisible de su presencia.

—Es un maníaco del orden —refunfuñó ella, aunque sus dedos acariciaron la superficie lisa de la mesa—. Un maníaco obsesivo.

Se sentó en una de las sillas y apoyó la barbilla en las manos. Recordó la forma en que él la miraba cuando ella hablaba de Kitamura. Había una chispa de... ¿qué era? ¿Determinación? ¿Resignación? Ryuuji se esforzaba tanto por su felicidad que a veces Taiga se sentía pequeña, y no solo por su estatura. Se sentía pequeña ante la magnitud de su generosidad.

—No debería acostumbrarme a esto —se dijo en voz alta, su voz resonando en la cocina vacía—. Un día se cansará. Se dará cuenta de que soy una carga y se irá a limpiar el apartamento de alguien que no sea un desastre.

Ese pensamiento le provocó una punzada extraña en el estómago, algo parecido al hambre pero mucho más agudo. No era miedo a perder su ayuda; era miedo a perder ese hilo invisible que los unía.

De repente, un ruido en el balcón la sobresaltó. Taiga se puso en pie de un salto, agarrando lo primero que encontró a mano: un cucharón de madera. Caminó con sigilo hacia el ventanal y descorrió la cortina.

Allí, en el balcón de al lado, estaba Ryuuji. Llevaba su pijama de cuadros y parecía estar peleando con una manta que intentaba colgar. Al verla, se detuvo en seco, con una expresión de sorpresa que lo hacía parecer más un cachorro asustado que un delincuente juvenil.

Ryuuji abrió la puerta corredera de su balcón y se asomó.

—¿Taiga? ¿Qué haces despierta a estas horas? —preguntó él en un susurro fuerte.

Taiga abrió su propia puerta, dejando que el aire fresco de la noche entrara en la habitación.

—¡Eso te pregunto yo, perro tonto! —replicó ella, agitando el cucharón—. ¿Qué haces ahí fuera? ¿Estás intentando espiar mis sueños con tus ojos de asesino?

Ryuuji suspiró, esa exhalación larga y paciente que siempre lograba irritarla y calmarla al mismo tiempo.

—No podía dormir. Pensé que el aire fresco me ayudaría. Además, vi una mancha en esta manta que no me dejaba tranquilo.

Taiga puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos, aunque no entró de nuevo.

—Eres un enfermo, Ryuuji. Una mancha no es razón para estar levantado a las dos de la mañana.

—Y tú no tienes razón para estar armada con un cucharón —señaló él, con una pequeña sonrisa asomando en las comisuras de sus labios—. ¿Has tenido una pesadilla?

—¡No! —mintió ella rápidamente, sintiendo que sus mejillas se calentaban—. Solo... estaba pensando.

Ryuuji se apoyó en la barandilla, mirando hacia el horizonte donde las luces de la ciudad comenzaban a desvanecerse.

—¿Sobre Kitamura? —preguntó con suavidad.

Taiga guardó silencio por un momento. Kitamura. Su príncipe, su luz. Pero en ese instante, la imagen del chico de las gafas parecía extrañamente lejana, como una fotografía en un libro que no había abierto en mucho tiempo.

—No exactamente —admitió ella, bajando el cucharón—. Estaba pensando en nuestro trato. En por qué te molestas tanto por alguien como yo.

Ryuuji se giró para mirarla. La luz de la luna hacía que sus ojos, normalmente intimidantes, se vieran profundos y serenos.

—Ya te lo dije, Taiga. Somos el Dragón y el Tigre. Desde tiempos antiguos, se dice que el dragón es el único capaz de estar a la par con el tigre. Si tú eres el Tigre de Bolsillo, supongo que mi destino es estar ahí para asegurarme de que no te muerdas la lengua o te mueras de hambre.

—Eso es una tontería —dijo ella, aunque su corazón dio un vuelco extraño—. Es una excusa cursi que sacaste de algún manga barato.

—Tal vez —concedió él—, pero funciona, ¿no? Además, no es una molestia. Me gusta cocinar para alguien que realmente disfruta la comida. Aunque seas una malagradecida que me patea las espinillas.

—¡Te pateo porque te lo mereces! —exclamó Taiga, aunque sin verdadera saña.

Se quedaron en silencio un rato, compartiendo la quietud de la madrugada. No era un silencio incómodo; era el tipo de silencio que solo existe entre personas que se han visto en sus peores momentos y han decidido no salir corriendo.

—Oye, Ryuuji... —comenzó ella, mirando sus propios pies.

—¿Dime?

—Mañana... —Se detuvo, buscando las palabras—. Mañana quiero que hagas ese arroz con tortilla. El que tiene la salsa especial.

Ryuuji soltó una risita corta, una que sonaba cálida y genuina.

—Está bien, jefa. Haré el arroz con tortilla. Pero a cambio, tienes que prometerme que intentarás no dejar la ropa sucia tirada en el pasillo.

—No prometo nada —sentenció ella, recuperando su tono altivo—. Ahora vete a dormir. Tus ojos dan más miedo cuando tienes ojeras.

—Buenas noches, Taiga.

—Buenas noches, perro.

Taiga cerró la puerta del balcón y corrió las cortinas, pero no volvió inmediatamente a la cama. Se quedó allí, apoyada contra el cristal, escuchando cómo Ryuuji hacía lo mismo en su lado.

Su relación era extraña, sí. Era ruidosa, violenta a veces, y carecía de toda la elegancia que ella imaginaba que debería tener un romance o incluso una amistad normal. Pero mientras caminaba de regreso a su habitación, sintiendo el aroma a limpio de su hogar, Taiga se dio cuenta de algo que no admitiría en voz alta ni aunque la amenazaran con quitarle todos sus dulces.

No se sentía sola. Por primera vez en mucho tiempo, el enorme apartamento no se sentía como una caja vacía, sino como un lugar donde alguien entraría por la mañana para abrir las ventanas y dejar entrar la luz.

Se deslizó bajo las sábanas y cerró los ojos. Ya no pensaba en Kitamura, ni en sus padres, ni en el vacío que solía perseguirla. Pensaba en el estofado, en el brillo de las encimeras y en el chico de los ojos de dragón que vivía a un salto de distancia.

—Un dragón y un tigre... —susurró, dejando que el sueño finalmente la reclamara—. Qué combinación tan estúpida.

Pero mientras se dormía, una pequeña y casi imperceptible sonrisa se dibujó en su rostro, una que nadie vería, pero que lo decía todo. El pacto estaba sellado, no por la necesidad de conquistar a otros, sino por la inexplicable fortuna de haberse encontrado en medio del caos.

A la mañana siguiente, el despertador no sería necesario. El sonido rítmico de un cuchillo picando verduras en la cocina de al lado sería suficiente para recordarle que el mundo seguía girando, y que ella ya no tenía que enfrentarlo sola.
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