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Parejas Disparejas

Фандом: Jujutsu Kaisen

Создан: 24.04.2026

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РомантикаПовседневностьФлаффЮморСеттинг оригинального произведенияЗанавесочная историяCharacter studyHurt/Comfort
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Martinis de Energía Maldita y Corazones Obstinados

El olor a antiséptico y café cargado siempre impregnaba la oficina de Shoko Ieiri. Era un espacio que, a pesar de su frialdad clínica, se había convertido en el refugio predilecto para las mujeres del Colegio Técnico de Magia de Tokio. Sobre una de las camillas metálicas, Nobara Kugisaki balanceaba sus piernas con impaciencia, mientras que Maki Zenin permanecía apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y esa expresión de eterna suficiencia que solo ella sabía portar.

Shoko, con sus ojeras características y la bata blanca ligeramente arrugada, terminó de anotar unos datos en la ficha de Nobara.

—Presión estable, reflejos excelentes y niveles de energía maldita dentro de los parámetros esperados —dijo Shoko, dejando escapar un bostezo largo—. Estás bien, Kugisaki. Maki, tú no necesitas que te diga que estás más fuerte que un roble, pero el chequeo trimestral es obligatorio por protocolo.

—Protocolos aburridos —bufó Nobara, saltando de la camilla—. Pero bueno, al menos es un descanso de los entrenamientos de Panda. ¿Podemos hablar de cosas importantes ahora? Porque siento que si no saco esto de mi sistema, voy a exorcizar a alguien que no se lo merece.

Maki arqueó una ceja, ajustándose las gafas.

—¿Problemas en el paraíso con el "recipiente"? —preguntó con un tono burlón, aunque había una chispa de curiosidad genuina en sus ojos.

Nobara soltó un suspiro dramático y se dejó caer de nuevo en la camilla, cubriéndose la cara con las manos.

—¡Es que Itadori es un idiota! —exclamó—. Es dulce, sí. Es atento, claro. Pero tiene la inteligencia emocional de un cachorro de Golden Retriever. El otro día intenté que tuviéramos una cena "normal" en Ginza. Me arreglé, me puse ese vestido que me costó medio sueldo de hechicera... ¿y qué hizo él? Se pasó toda la noche hablando de una nueva técnica de artes marciales que vio en una película de serie B y luego me preguntó si quería ir a un buffet de albóndigas porque "tenía mucha hambre". ¡Albóndigas, Maki!

Shoko soltó una risa seca mientras encendía un cigarrillo, olvidando convenientemente las reglas de no fumar en la enfermería.

—Al menos te escucha —comentó la doctora, exhalando el humo hacia el techo—. Podría ser peor. Podría ser Satoru.

Maki y Nobara guardaron silencio un segundo. Hablar de Gojo Satoru siempre era entrar en terreno pantanoso, especialmente para Shoko, quien lo conocía desde que eran adolescentes.

—¿Sigue siendo un dolor de cabeza? —preguntó Maki, suavizando su postura.

—Satoru no es un dolor de cabeza, es una migraña crónica con complejos de Dios —respondió Shoko con una sonrisa lánguida—. El otro día apareció en mi oficina a las tres de la mañana solo porque "tenía antojo de dulces de Sendai" y quería que lo acompañara. Le recordé que tenía tres autopsias pendientes y me dijo que las maldiciones podían esperar, pero que su azúcar en sangre no. Es un niño atrapado en el cuerpo del hombre más fuerte del mundo. A veces olvido por qué sigo aguantando sus desplantes.

—Porque lo quieres, aunque te cueste admitirlo —pinchó Nobara con una sonrisa pícara.

Shoko se encogió de hombros, sin negar ni confirmar.

—Es un idiota —concluyó la doctora—. Pero es mi idiota. Ahora, Maki, no te hagas la desentendida. ¿Cómo va todo con el chico de la palabra maldita? No, espera, él no es el tuyo... es el otro, ¿verdad? El del abrigo largo y las ojeras casi tan grandes como las mías.

Maki se tensó visiblemente. El nombre de Yuta Okkotsu parecía tener el poder de descolocar incluso a la mujer más pragmática de la institución.

—Yuta es... —Maki hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Es demasiado amable. A veces me desespera.

—¿Demasiado amable? —Nobara se inclinó hacia adelante, interesada—. ¡Eso es un cumplido, Maki! Ojalá Itadori fuera la mitad de considerado que Okkotsu.

—No lo entiendes, Nobara —replicó Maki, frunciendo el ceño—. Intento entrenar con él y se contiene. Le digo que me golpee con todo lo que tiene, que no voy a romperme, y él me mira con esos ojos de cordero degollado y me pide perdón antes de siquiera levantar la espada. ¡Perdón! ¡Estamos en una escuela de hechicería, no en un club de té!

—Él solo se preocupa por ti —dijo Shoko, observando la reacción de Maki con diversión—. Yuta te idolatra. Para él, eres la persona que lo salvó cuando no tenía nada. Es normal que tenga miedo de lastimarte.

—Pues que pierda el miedo —gruñó Maki, aunque un ligero rubor cruzó sus mejillas—. El otro día intentó prepararme el almuerzo. Estaba lleno de cosas saludables porque dice que "necesito recuperar energías". Fue... aceptable. Pero luego se pasó veinte minutos preguntándome si la sal estaba en su punto justo. ¡Es agotador!

Nobara soltó una carcajada limpia, haciendo que Maki le lanzara una mirada asesina.

—¡Son todos unos casos perdidos! —gritó Nobara—. Itadori con su falta de tacto, Gojo con su egocentrismo infinito y Okkotsu con su exceso de precaución. ¿Es que no hay un punto medio en este colegio?

—Somos hechiceros, Kugisaki —dijo Shoko, apagando el cigarrillo en un cenicero oculto bajo su escritorio—. Nadie que esté cuerdo elige este trabajo. Por extensión, nadie que esté cuerdo sale con nosotros.

—Aun así —continuó Nobara, suavizando el tono—, Itadori me trajo una de esas cremas para la cara que mencioné solo una vez hace meses. Ni siquiera recordaba habérselo dicho. Apareció con la bolsa y me dijo: "Vi esto y pensé que te haría feliz".

—Yuta me compró unas gafas nuevas —admitió Maki en voz baja, casi inaudible—. Las mías se habían rayado en la última misión. No me dijo nada, solo las dejó en mi casillero con una nota que decía "Para que sigas viendo el futuro que vas a construir". Es un cursi de mierda.

Shoko sonrió, apoyando la barbilla en su mano.

—Satoru me trajo flores ayer —confesó la doctora—. No eran flores compradas. Eran flores silvestres que recogió en algún lugar de la montaña mientras estaba en una misión. Estaban un poco marchitas, pero dijo que combinaban con el color de mis ojos cuando estoy cansada.

Las tres mujeres se quedaron en silencio por un momento, cada una perdida en sus propios pensamientos. La enfermería, que usualmente era un lugar de dolor y recuperación, se sentía ahora como un pequeño oasis de humanidad en medio de la guerra constante contra las maldiciones.

—A veces me pregunto si esto vale la pena —dijo Nobara, mirando sus uñas perfectamente pintadas—. El riesgo, el miedo... y luego tener que lidiar con estos hombres que no saben ni cómo combinar una corbata.

—Vale la pena —respondió Maki con firmeza—. Porque cuando el mundo se va al carajo, ellos son los únicos que están ahí para cubrirnos la espalda. Aunque Yuta sea un llorón a veces.

—Y aunque Satoru sea un exhibicionista —añadió Shoko.

—Y aunque Itadori coma como un animal —remató Nobara.

De repente, la puerta de la enfermería se abrió de par en par. Yuji Itadori asomó la cabeza, con su energía habitual y esa sonrisa que parecía iluminar hasta el rincón más oscuro.

—¡Nobara! ¡Maki-san! ¡Ieiri-san! —exclamó emocionado—. Fushiguro y yo vamos a ir a probar un nuevo puesto de ramen que abrieron cerca de la estación. ¡Dicen que el caldo es increíble! ¿Quieren venir? ¡Yuta también viene, está esperando afuera!

Maki y Nobara se miraron. La queja de hacía unos minutos parecía haberse evaporado en el aire.

—¿Ramen? —Nobara se puso de pie, fingiendo desinterés—. Supongo que no tengo nada mejor que hacer. Pero tú invitas, Itadori. Por lo de las albóndigas.

—¡Claro! —Yuji rió, rascándose la nuca sin entender muy bien a qué se refería.

Maki se levantó con elegancia, ajustándose la chaqueta del uniforme.

—Iré para asegurarme de que Okkotsu no pida perdón cada vez que sorba los fideos —dijo con tono severo, aunque sus ojos decían otra cosa.

Shoko las vio salir, observando cómo Yuji saludaba efusivamente a las dos estudiantes. Antes de cerrar la puerta, el joven se detuvo.

—¡Ah, Ieiri-san! Gojo-sensei dijo que la vería en la azotea en diez minutos. Dice que trajo algo llamado "el postre definitivo" y que si no llega pronto, se lo comerá él solo.

Shoko suspiró, pero una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

—Ese idiota... —murmuró—. Dile que ya voy.

Cuando la enfermería quedó en silencio, Shoko se levantó y se quitó la bata. Se miró en el espejo, arreglándose un poco el cabello castaño. Tenía ojeras, estaba cansada y el mundo exterior estaba lleno de monstruos, pero mientras tuviera a esos idiotas cerca, el peso de la hechicería se sentía un poco más ligero.

Salió de la oficina, apagando las luces. En el pasillo, pudo escuchar las voces distantes de Nobara regañando a Yuji por algo trivial y la voz suave de Yuta tratando de mediar. Era el caos de siempre, el desastre cotidiano de sus vidas, y por primera vez en mucho tiempo, Shoko se sintió completamente en paz.

Porque al final del día, entre rituales malditos y heridas de batalla, lo que las mantenía en pie no era solo su fuerza, sino esos corazones obstinados que, a pesar de todo, seguían latiendo por ellas.

—Bueno —se dijo a sí misma mientras subía las escaleras hacia la azotea—, veamos qué tan "definitivo" es ese postre.

Arriba, el cielo de Tokio comenzaba a teñirse de naranja y violeta. Allí, apoyado contra la barandilla con su venda característica y una caja de dulces en la mano, la esperaba el hombre más fuerte del mundo. Y Shoko, con su paso tranquilo y su indiferencia fingida, caminó hacia él, lista para otra noche de quejas, risas y ese extraño amor que solo los hechiceros podían comprender.
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