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Celosa y Enamorada
Фандом: Jujutsu Kaisen
Создан: 27.04.2026
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РомантикаАнгстHurt/ComfortСеттинг оригинального произведенияРевностьДрамаCharacter study
Humo y el Infinito
El humo del cigarrillo se arremolinaba frente a los ojos de Shoko Ieiri, creando una barrera gris entre ella y el resto del mundo. Estaba sentada en los escalones de la entrada de la morgue, su santuario personal, pero hoy ni siquiera el olor a formaldehído y la paz de los muertos lograban calmar la tormenta que rugía en su pecho.
Hacía años que Shoko había perfeccionado el arte de la indiferencia. Como la única médico del Colegio Técnico de Magia de Tokio, había visto demasiados cuerpos destrozados y demasiadas esperanzas rotas como para permitirse el lujo de las emociones intensas. Sin embargo, ver a Mei Mei —con esa trenza celeste cayendo perfectamente sobre su hombro y esa sonrisa que solo hablaba de dinero y poder— pegada al costado de Satoru Gojo durante todo el día, había roto su fachada.
No era solo que estuvieran hablando. Era la risa de Satoru, ese sonido cristalino y molesto que parecía llenar cada rincón de la academia. Era la forma en que Mei Mei inclinaba la cabeza, aparentemente coqueteando, mientras Gojo gesticulaba con esa energía infantil que solo él poseía.
—Dinero y poder —susurró Shoko, dándole una calada profunda a su cigarrillo—. Eso es lo único que le importa a esa mujer. ¿Y él? Él es un idiota que cae en cualquier juego.
Shoko se frotó las ojeras bajo sus ojos. Se sentía cansada, pero no era el cansancio de una noche sin dormir por el trabajo. Era un agotamiento emocional que no sabía que era capaz de sentir.
—¡Shoko! ¡Te encontré!
La voz de Gojo rompió el silencio del patio. Shoko no se molestó en girar la cabeza. Escuchó sus pasos rítmicos, la seguridad de alguien que sabe que el mundo entero está a sus pies. Satoru se dejó caer a su lado con una gracia sobrenatural, sus largas piernas estiradas frente a él. Llevaba su venda habitual, pero Shoko sabía que, detrás de ella, esos Seis Ojos la estaban analizando.
—Llevas aquí fuera una hora —dijo Gojo, su tono era inusualmente suave, carente de su habitual arrogancia juguetona—. Y ni siquiera has entrado a revisar los informes de los nuevos alumnos. ¿Pasa algo?
Shoko exhaló una nube de humo directamente hacia él, sabiendo que el Infinito la detendría antes de tocar su rostro.
—Nada que te interese, Gojo. Vuelve con Mei Mei, seguro tiene alguna tarifa que discutir contigo.
Gojo ladeó la cabeza, una pequeña sonrisa confusa bailando en sus labios.
—¿Mei? Oh, sí, estábamos hablando de un contrato de recomendación para los de primer año. Ya sabes cómo es ella, no da un paso sin cobrar por el aire que respira. Pero, ¿por qué suena como si quisieras lanzarme un bisturí a la garganta?
—No seas ridículo —respondió ella, apagando el cigarrillo contra el escalón de piedra—. Simplemente estoy ocupada. Vete.
Shoko se levantó, sacudiendo su bata blanca, pero antes de que pudiera dar un paso, sintió una mano firme y cálida rodeando su muñeca. No era una presión dolorosa, pero era ineludible. Gojo también se había puesto en pie, su altura de casi dos metros proyectando una sombra alargada sobre ella.
—No te vas a ir así —dijo él, y esta vez no había rastro de broma en su voz—. Te conozco desde que teníamos quince años, Shoko. Sé cuándo estás ignorando al mundo y sé cuándo me estás ignorando a mí. ¿Qué hice ahora?
—No has hecho nada, Satoru. Ese es el problema —soltó ella, tratando de zafarse de su agarre sin éxito—. Siempre eres el centro de atención, siempre el más fuerte, siempre rodeado de gente que quiere algo de ti. Y yo estoy harta de ser solo la que cura tus heridas cuando regresas de jugar a ser un dios.
Gojo frunció el ceño, su expresión oculta tras la venda, pero la tensión en su mandíbula era evidente.
—¿De qué estás hablando? Tú no eres solo eso. Eres la única persona que realmente me entiende, junto con... —Se detuvo, el nombre de Suguru siempre flotando como un fantasma entre ellos, pero decidió no mencionarlo—. Eres mi pilar, Shoko.
—¡Pues no quiero ser un pilar! —exclamó ella, girándose para enfrentarlo, sus ojos castaños encendidos por una rabia que llevaba conteniendo horas—. ¡Estoy harta de verte reír con Mei Mei como si nada importara! ¡Estoy harta de fingir que no me importa que cualquier mujer pueda acercarse a ti mientras yo me quedo en las sombras de esta morgue esperando a que decidas aparecer!
El silencio que siguió fue sepulcral. Shoko respiraba con dificultad, dándose cuenta de que acababa de derribar el muro que le había tomado diez años construir. El aire entre ellos parecía vibrar. Gojo no se movió, su mano seguía sujetando su muñeca, pero su agarre se volvió más suave, casi una caricia.
—Shoko... —murmuró él, su voz apenas un susurro—. ¿Estás celosa?
—No es celos, idiota —dijo ella, aunque las lágrimas de frustración empezaban a nublar su vista—. Es que te quiero. Y me duele verte actuar como si fueras intocable incluso para mí.
Satoru Gojo, el hombre más fuerte del mundo, el chamán que podía manipular el espacio y el tiempo, se quedó paralizado. Por un momento, el Infinito que siempre lo separaba de todo lo demás pareció desvanecerse. Lentamente, llevó su mano libre a su rostro y se subió la venda, revelando esos ojos azul cielo que brillaban con una intensidad abrumadora.
—Nunca has estado en las sombras para mí —dijo Gojo, dando un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. Siempre has sido la única luz constante. Pero soy un tonto, Shoko. Pensé que preferías que guardáramos las distancias, que estar conmigo era una carga que no querías llevar.
—Eres un tonto —confirmó ella con una risa amarga—, el tonto más grande del mundo.
Gojo no esperó más. Acunó el rostro de Shoko entre sus manos, sus dedos largos acariciando el lunar bajo su ojo derecho. Se inclinó, y esta vez no hubo técnica de maldición, no hubo barreras, no hubo nada que los separara.
El beso fue explosivo, una liberación de años de tensión acumulada, de palabras no dichas y de miedos compartidos. Shoko rodeó el cuello de Gojo con sus brazos, hundiendo sus dedos en su cabello blanco y sedoso, mientras él la estrechaba contra su cuerpo con una urgencia que delataba cuánto había deseado este momento él también. Era un beso que sabía a tabaco y a aire fresco, a desesperación y a alivio.
Cuando finalmente se separaron para tomar aire, Gojo apoyó su frente contra la de ella. Sus ojos azules estaban fijos en los de ella, llenos de una vulnerabilidad que no mostraba ante nadie más.
—Mei Mei puede quedarse con todo el dinero del mundo —susurró Gojo con una sonrisa traviesa, recuperando un poco de su chispa habitual—, pero yo ya tengo el tesoro más valioso aquí mismo.
Shoko soltó un suspiro, apoyando su cabeza en el hombro de Satoru. Por primera vez en mucho tiempo, el peso en su pecho había desaparecido.
—Si vuelves a coquetear con ella por un descuento en misiones, te juro que te haré la autopsia estando vivo —amenazó ella, aunque su tono era cálido.
Gojo soltó una carcajada que resonó en todo el patio, abrazándola con más fuerza.
—Prometido. A partir de ahora, solo tengo ojos para mi doctora favorita.
Shoko sonrió para sí misma, cerrando los ojos. Sabía que el mundo de la hechicería seguiría siendo una pesadilla, que las maldiciones seguirían acechando y que el futuro era incierto. Pero en ese momento, envuelta en los brazos del hombre más fuerte y más idiota del mundo, sintió que finalmente había encontrado la cura para su propia soledad.
—Más te vale, Satoru —dijo ella en voz baja—. Porque no pienso dejar que te vayas a ninguna parte sin mí.
El sol empezaba a ponerse sobre la academia, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y naranjas. Allí, entre los muros de piedra y el silencio de la tarde, dos almas que habían cargado con el peso del mundo finalmente habían encontrado un lugar donde simplemente ser ellos mismos. Sin títulos, sin poderes, solo Shoko y Satoru, sellando una promesa que ni el tiempo ni el destino podrían romper fácilmente.
Hacía años que Shoko había perfeccionado el arte de la indiferencia. Como la única médico del Colegio Técnico de Magia de Tokio, había visto demasiados cuerpos destrozados y demasiadas esperanzas rotas como para permitirse el lujo de las emociones intensas. Sin embargo, ver a Mei Mei —con esa trenza celeste cayendo perfectamente sobre su hombro y esa sonrisa que solo hablaba de dinero y poder— pegada al costado de Satoru Gojo durante todo el día, había roto su fachada.
No era solo que estuvieran hablando. Era la risa de Satoru, ese sonido cristalino y molesto que parecía llenar cada rincón de la academia. Era la forma en que Mei Mei inclinaba la cabeza, aparentemente coqueteando, mientras Gojo gesticulaba con esa energía infantil que solo él poseía.
—Dinero y poder —susurró Shoko, dándole una calada profunda a su cigarrillo—. Eso es lo único que le importa a esa mujer. ¿Y él? Él es un idiota que cae en cualquier juego.
Shoko se frotó las ojeras bajo sus ojos. Se sentía cansada, pero no era el cansancio de una noche sin dormir por el trabajo. Era un agotamiento emocional que no sabía que era capaz de sentir.
—¡Shoko! ¡Te encontré!
La voz de Gojo rompió el silencio del patio. Shoko no se molestó en girar la cabeza. Escuchó sus pasos rítmicos, la seguridad de alguien que sabe que el mundo entero está a sus pies. Satoru se dejó caer a su lado con una gracia sobrenatural, sus largas piernas estiradas frente a él. Llevaba su venda habitual, pero Shoko sabía que, detrás de ella, esos Seis Ojos la estaban analizando.
—Llevas aquí fuera una hora —dijo Gojo, su tono era inusualmente suave, carente de su habitual arrogancia juguetona—. Y ni siquiera has entrado a revisar los informes de los nuevos alumnos. ¿Pasa algo?
Shoko exhaló una nube de humo directamente hacia él, sabiendo que el Infinito la detendría antes de tocar su rostro.
—Nada que te interese, Gojo. Vuelve con Mei Mei, seguro tiene alguna tarifa que discutir contigo.
Gojo ladeó la cabeza, una pequeña sonrisa confusa bailando en sus labios.
—¿Mei? Oh, sí, estábamos hablando de un contrato de recomendación para los de primer año. Ya sabes cómo es ella, no da un paso sin cobrar por el aire que respira. Pero, ¿por qué suena como si quisieras lanzarme un bisturí a la garganta?
—No seas ridículo —respondió ella, apagando el cigarrillo contra el escalón de piedra—. Simplemente estoy ocupada. Vete.
Shoko se levantó, sacudiendo su bata blanca, pero antes de que pudiera dar un paso, sintió una mano firme y cálida rodeando su muñeca. No era una presión dolorosa, pero era ineludible. Gojo también se había puesto en pie, su altura de casi dos metros proyectando una sombra alargada sobre ella.
—No te vas a ir así —dijo él, y esta vez no había rastro de broma en su voz—. Te conozco desde que teníamos quince años, Shoko. Sé cuándo estás ignorando al mundo y sé cuándo me estás ignorando a mí. ¿Qué hice ahora?
—No has hecho nada, Satoru. Ese es el problema —soltó ella, tratando de zafarse de su agarre sin éxito—. Siempre eres el centro de atención, siempre el más fuerte, siempre rodeado de gente que quiere algo de ti. Y yo estoy harta de ser solo la que cura tus heridas cuando regresas de jugar a ser un dios.
Gojo frunció el ceño, su expresión oculta tras la venda, pero la tensión en su mandíbula era evidente.
—¿De qué estás hablando? Tú no eres solo eso. Eres la única persona que realmente me entiende, junto con... —Se detuvo, el nombre de Suguru siempre flotando como un fantasma entre ellos, pero decidió no mencionarlo—. Eres mi pilar, Shoko.
—¡Pues no quiero ser un pilar! —exclamó ella, girándose para enfrentarlo, sus ojos castaños encendidos por una rabia que llevaba conteniendo horas—. ¡Estoy harta de verte reír con Mei Mei como si nada importara! ¡Estoy harta de fingir que no me importa que cualquier mujer pueda acercarse a ti mientras yo me quedo en las sombras de esta morgue esperando a que decidas aparecer!
El silencio que siguió fue sepulcral. Shoko respiraba con dificultad, dándose cuenta de que acababa de derribar el muro que le había tomado diez años construir. El aire entre ellos parecía vibrar. Gojo no se movió, su mano seguía sujetando su muñeca, pero su agarre se volvió más suave, casi una caricia.
—Shoko... —murmuró él, su voz apenas un susurro—. ¿Estás celosa?
—No es celos, idiota —dijo ella, aunque las lágrimas de frustración empezaban a nublar su vista—. Es que te quiero. Y me duele verte actuar como si fueras intocable incluso para mí.
Satoru Gojo, el hombre más fuerte del mundo, el chamán que podía manipular el espacio y el tiempo, se quedó paralizado. Por un momento, el Infinito que siempre lo separaba de todo lo demás pareció desvanecerse. Lentamente, llevó su mano libre a su rostro y se subió la venda, revelando esos ojos azul cielo que brillaban con una intensidad abrumadora.
—Nunca has estado en las sombras para mí —dijo Gojo, dando un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. Siempre has sido la única luz constante. Pero soy un tonto, Shoko. Pensé que preferías que guardáramos las distancias, que estar conmigo era una carga que no querías llevar.
—Eres un tonto —confirmó ella con una risa amarga—, el tonto más grande del mundo.
Gojo no esperó más. Acunó el rostro de Shoko entre sus manos, sus dedos largos acariciando el lunar bajo su ojo derecho. Se inclinó, y esta vez no hubo técnica de maldición, no hubo barreras, no hubo nada que los separara.
El beso fue explosivo, una liberación de años de tensión acumulada, de palabras no dichas y de miedos compartidos. Shoko rodeó el cuello de Gojo con sus brazos, hundiendo sus dedos en su cabello blanco y sedoso, mientras él la estrechaba contra su cuerpo con una urgencia que delataba cuánto había deseado este momento él también. Era un beso que sabía a tabaco y a aire fresco, a desesperación y a alivio.
Cuando finalmente se separaron para tomar aire, Gojo apoyó su frente contra la de ella. Sus ojos azules estaban fijos en los de ella, llenos de una vulnerabilidad que no mostraba ante nadie más.
—Mei Mei puede quedarse con todo el dinero del mundo —susurró Gojo con una sonrisa traviesa, recuperando un poco de su chispa habitual—, pero yo ya tengo el tesoro más valioso aquí mismo.
Shoko soltó un suspiro, apoyando su cabeza en el hombro de Satoru. Por primera vez en mucho tiempo, el peso en su pecho había desaparecido.
—Si vuelves a coquetear con ella por un descuento en misiones, te juro que te haré la autopsia estando vivo —amenazó ella, aunque su tono era cálido.
Gojo soltó una carcajada que resonó en todo el patio, abrazándola con más fuerza.
—Prometido. A partir de ahora, solo tengo ojos para mi doctora favorita.
Shoko sonrió para sí misma, cerrando los ojos. Sabía que el mundo de la hechicería seguiría siendo una pesadilla, que las maldiciones seguirían acechando y que el futuro era incierto. Pero en ese momento, envuelta en los brazos del hombre más fuerte y más idiota del mundo, sintió que finalmente había encontrado la cura para su propia soledad.
—Más te vale, Satoru —dijo ella en voz baja—. Porque no pienso dejar que te vayas a ninguna parte sin mí.
El sol empezaba a ponerse sobre la academia, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y naranjas. Allí, entre los muros de piedra y el silencio de la tarde, dos almas que habían cargado con el peso del mundo finalmente habían encontrado un lugar donde simplemente ser ellos mismos. Sin títulos, sin poderes, solo Shoko y Satoru, sellando una promesa que ni el tiempo ni el destino podrían romper fácilmente.
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