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De vuelta
Фандом: Jujutsu Kaisen
Создан: 27.04.2026
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Humo, Cenizas y el Azul del Infinito
El olor a formol y cigarrillos baratos siempre había sido la fragancia personal de Shoko Ieiri. En la penumbra de su laboratorio subterráneo, el silencio solía ser su único compañero, interrumpido ocasionalmente por el zumbido de las luces fluorescentes o el sonido de un bisturí chocando contra una bandeja de metal. Sin embargo, esa noche, el aire se sentía diferente. Había una presión en la atmósfera, una vibración eléctrica que erizaba los vellos de su nuca.
Shoko exhaló una larga nube de humo, observando cómo se disipaba bajo la luz blanca. Tenía las ojeras más marcadas que de costumbre; los últimos meses habían sido un desfile interminable de cadáveres y heridos, una procesión de tragedia que parecía no tener fin. Pero entonces, la puerta se abrió.
No fue el golpe violento de un enemigo, ni el chirrido cauteloso de un asistente. Fue un movimiento fluido, casi imperceptible, seguido de una presencia que llenaba cada rincón de la habitación, desplazando la melancolía con una arrogancia familiar y luminosa.
— He vuelto, Shoko. ¿Me extrañaste?
La doctora no se movió de inmediato. Mantuvo el cigarrillo entre sus labios un segundo más antes de girar la silla giratoria. Allí estaba él.
Satoru Gojo no parecía el hombre que había sido sellado en el Reino de la Prisión. O quizás, lo parecía demasiado. Seguía midiendo sus imponentes 190 centímetros, su cabello blanco desafiaba la gravedad con esa textura puntiaguda que ella tantas veces había tenido ganas de despeinar, y su uniforme negro estaba impecable. Pero algo en su mirada, ahora que no llevaba la venda, era distinto. Sus ojos, ese azul infinito que contenía el cielo y el cosmos, brillaban con una intensidad renovada, una amalgama de poder absoluto y una madurez forjada en el aislamiento dimensional.
Shoko lo recorrió con la mirada, desde los zapatos oscuros hasta la punta de sus cabellos albinos. Se veía más fuerte, si es que eso era posible, pero también había una chispa de algo nuevo en sus facciones. Para su propio fastidio interno, Shoko tuvo que admitir que el encierro le había sentado extrañamente bien. Estaba... irritantemente guapo.
— Llegas tarde, Satoru —dijo ella, su voz arrastrada y tranquila, ocultando el vuelco que su corazón acababa de dar—. La cena se enfrió hace meses.
Gojo soltó una risita juguetona y caminó hacia ella con esa zancada elegante que lo caracterizaba. Se detuvo a escasos centímetros, invadiendo su espacio personal con la confianza de quien se sabe dueño del mundo.
— El tiempo es relativo ahí dentro, ya sabes —respondió él, inclinándose un poco para quedar a la altura de sus ojos—. Pero debo decir que este lugar sigue oliendo igual de mal. Deberías comprar un humidificador, Shoko. O dejar de fumar.
— Y tú deberías dejar de ser un idiota, pero ambos sabemos que ninguna de las dos cosas va a pasar —replicó ella, aunque una pequeña sonrisa curvó sus labios.
Satoru se sentó en el borde de la mesa de metal, balanceando una pierna con despreocupación. A pesar de su actitud casual, sus ojos no dejaban de analizarla. Se fijó en el lunar bajo su ojo derecho, en el cansancio acumulado en su rostro y en la forma en que sus manos temblaban apenas un milímetro al sostener el cigarrillo.
— Han pasado muchas cosas, ¿verdad? —El tono de Gojo bajó una octava, volviéndose inusualmente serio—. Nanami... los chicos...
Shoko bajó la mirada, apagando la colilla en un cenicero rebosante.
— Demasiadas, Satoru. No ha sido fácil mantener los pedazos unidos mientras tú estabas tomando unas vacaciones en ese cubo.
— Lo siento —susurró él. Era una disculpa genuina, desprovista de su habitual máscara de superioridad—. Pero ya estoy aquí. Y voy a terminar con esto.
Shoko se levantó de su asiento y caminó hacia un pequeño refrigerador donde guardaba muestras, pero también algunas latas de café frío. Sacó una y se la lanzó. Gojo la atrapó en el aire sin siquiera mirar, gracias a sus Seis Ojos.
— Sé que vas a pelear contra Sukuna —dijo ella, dándole la espalda—. Sé que eres el único que puede hacerlo. Pero antes de que te vayas a intentar salvar el mundo otra vez, hay algo que tienes que saber. Algo que no podía decirte a través de un sello.
Satoru abrió la lata con un chasquido metálico, pero no bebió. La seriedad en la voz de Shoko lo puso en alerta.
— ¿Es sobre Megumi? ¿O sobre Geto? —preguntó, su voz volviéndose gélida al mencionar el nombre de su antiguo amigo.
— No —Shoko se giró, cruzando los brazos sobre su bata blanca. Sus ojos castaños se encontraron con el azul eléctrico de él—. Es sobre nosotros. O mejor dicho, sobre lo que dejaste atrás antes de Shibuya.
Gojo frunció el ceño, confundido por un instante. Su mente, capaz de procesar billones de datos por segundo, empezó a repasar cada encuentro, cada conversación, cada momento compartido con la única persona que realmente lo conocía desde su juventud.
— Shoko... ¿de qué estás hablando?
La doctora suspiró, sintiendo que el peso en su pecho era más difícil de manejar que cualquier autopsia. Se acercó a él y, rompiendo su usual indiferencia, puso una mano sobre el brazo de Gojo.
— Aquella noche, antes de que todo se fuera al infierno... cuando viniste a mi oficina a quejarte de los altos mandos y terminamos bebiendo más de la cuenta —ella hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. No fue solo el alcohol, Satoru. Al menos no para mí.
Gojo se quedó inmóvil. El Infinito que siempre lo rodeaba parecía haber flaqueado por un microsegundo. Recordaba esa noche. Recordaba el calor de la piel de Shoko, la vulnerabilidad que ambos habían mostrado por primera vez en años, y cómo el silencio de la academia se había llenado de promesas mudas.
— Shoko, yo... —intentó decir, pero ella lo interrumpió.
— No he terminado. Satoru, estoy embarazada.
El silencio que siguió fue absoluto. Ni siquiera el zumbido de las luces parecía atreverse a romper la tensión. Gojo Satoru, el chamán más fuerte de la era moderna, el hombre que podía manipular el espacio y el tiempo a su antojo, se quedó completamente petrificado. Sus ojos se abrieron de par en par, y por un momento, la imagen del cielo en sus iris pareció nublarse.
— ¿Tú... qué? —logró articular, su voz apenas un susurro quebrado.
— Tres meses —continuó ella, manteniendo una entereza admirable aunque sus rodillas amenazaban con fallar—. Iba a decírtelo el día de Shibuya. Te busqué, pero ya te habías ido a la estación. Y luego... luego simplemente desapareciste dentro de ese objeto maldito.
Gojo bajó de la mesa, sus pies tocando el suelo con un golpe sordo. Se acercó a ella, sus manos temblando visiblemente. Con una lentitud casi dolorosa, extendió los dedos y los posó sobre el vientre de Shoko, todavía plano bajo el jersey azul y la bata de laboratorio.
A través de su técnica, Gojo no solo sintió la energía maldita de Shoko. Sintió algo más. Una chispa minúscula, un núcleo de energía que vibraba con una frecuencia que reconoció de inmediato. Era una mezcla de la calma medicinal de Shoko y la tormenta indomable que era su propia esencia.
— Es... es real —dijo él, y una sonrisa, una de verdad, no la que usaba para irritar a sus enemigos, iluminó su rostro—. Shoko, hay una vida aquí. Nuestra.
— Sí, idiota —dijo ella, sintiendo finalmente las lágrimas agolparse en sus ojos—. Hay una vida. Y por eso mismo, más te vale no morir contra Sukuna. Porque no pienso criar a un mini-Satoru yo sola. No creo que el mundo soporte a dos de ustedes sin que el padre esté ahí para poner orden.
Gojo soltó una carcajada, una llena de alivio y una determinación feroz. Envolvió a Shoko en sus brazos, apretándola contra su pecho. Ella hundió el rostro en el cuello de su abrigo negro, aspirando ese aroma a aire limpio y poder que siempre emanaba de él.
— No voy a morir —prometió él contra su cabello castaño—. Antes tenía que ganar por el bien del mundo de la hechicería. Ahora tengo una razón mucho más importante. Voy a barrer el suelo con ese Rey de las Maldiciones y volveré para cambiar pañales. Te lo juro por el Infinito.
Shoko se separó un poco, limpiándose una lágrima traicionera con el dorso de la mano.
— Más te vale. Y Satoru... —lo miró fijamente—, te ves diferente. Más... presente.
— El Reino de la Prisión me dio mucho tiempo para pensar —admitió él, acariciando la mejilla de la doctora—. Pensé en lo que significa ser el más fuerte. Pensé en Geto. Y pensé mucho en ti. Me di cuenta de que ser un dios es aburrido si no tienes un hogar al cual regresar. Tú eres mi hogar, Shoko. Siempre lo has sido.
La indiferencia habitual de Shoko se había desvanecido por completo. En ese momento, no eran la mejor médico del mundo de la hechicería y el chamán más poderoso; eran simplemente Shoko y Satoru, dos sobrevivientes de una generación diezmada que acababan de encontrar un ancla en medio de la tempestad.
— Tienes que prepararte —dijo ella, recuperando un poco de su compostura profesional—. Los alumnos están esperando. Yuta y Hakari están ansiosos, y ni hablemos de Itadori.
— Lo sé —Gojo se ajustó el cuello de su abrigo, su aura cambiando de nuevo a esa confianza electrizante—. Pero primero necesitaba esto. Necesitaba saber por qué estoy luchando realmente.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro.
— Shoko.
— ¿Dime?
— Cuando todo esto termine... —hizo una pausa, y sus ojos azules brillaron con una promesa antigua—, vamos a dejar de fumar y de beber café frío. Vamos a hacer las cosas bien.
— Solo gana, Satoru —respondió ella con un suspiro—. Solo vuelve a casa.
Gojo asintió y desapareció en un parpadeo, dejando tras de sí un rastro de ozono y una esperanza que Shoko no había sentido en años. Ella volvió a sentarse en su silla, tocándose el vientre con suavidad. El laboratorio ya no se sentía tan frío, y el olor a formol parecía haber sido reemplazado por la promesa de un cielo despejado.
— Escuchaste a tu padre, ¿verdad? —susurró Shoko a la nada—. Es un presumido, un tonto y un dolor de cabeza... pero es el hombre más fuerte del mundo. Y va a volver por nosotros.
Afuera, el mundo se preparaba para la batalla final. Pero dentro de ese laboratorio, en el corazón de la escuela de hechicería de Tokio, una pequeña luz comenzaba a brillar, desafiando a las sombras que amenazaban con consumirlo todo. Shoko Ieiri, por primera vez en mucho tiempo, cerró los ojos y se permitió dormir unos minutos, soñando no con cadáveres, sino con ojos azules y cabellos blancos corriendo por un campo que ya no conocía la guerra.
Shoko exhaló una larga nube de humo, observando cómo se disipaba bajo la luz blanca. Tenía las ojeras más marcadas que de costumbre; los últimos meses habían sido un desfile interminable de cadáveres y heridos, una procesión de tragedia que parecía no tener fin. Pero entonces, la puerta se abrió.
No fue el golpe violento de un enemigo, ni el chirrido cauteloso de un asistente. Fue un movimiento fluido, casi imperceptible, seguido de una presencia que llenaba cada rincón de la habitación, desplazando la melancolía con una arrogancia familiar y luminosa.
— He vuelto, Shoko. ¿Me extrañaste?
La doctora no se movió de inmediato. Mantuvo el cigarrillo entre sus labios un segundo más antes de girar la silla giratoria. Allí estaba él.
Satoru Gojo no parecía el hombre que había sido sellado en el Reino de la Prisión. O quizás, lo parecía demasiado. Seguía midiendo sus imponentes 190 centímetros, su cabello blanco desafiaba la gravedad con esa textura puntiaguda que ella tantas veces había tenido ganas de despeinar, y su uniforme negro estaba impecable. Pero algo en su mirada, ahora que no llevaba la venda, era distinto. Sus ojos, ese azul infinito que contenía el cielo y el cosmos, brillaban con una intensidad renovada, una amalgama de poder absoluto y una madurez forjada en el aislamiento dimensional.
Shoko lo recorrió con la mirada, desde los zapatos oscuros hasta la punta de sus cabellos albinos. Se veía más fuerte, si es que eso era posible, pero también había una chispa de algo nuevo en sus facciones. Para su propio fastidio interno, Shoko tuvo que admitir que el encierro le había sentado extrañamente bien. Estaba... irritantemente guapo.
— Llegas tarde, Satoru —dijo ella, su voz arrastrada y tranquila, ocultando el vuelco que su corazón acababa de dar—. La cena se enfrió hace meses.
Gojo soltó una risita juguetona y caminó hacia ella con esa zancada elegante que lo caracterizaba. Se detuvo a escasos centímetros, invadiendo su espacio personal con la confianza de quien se sabe dueño del mundo.
— El tiempo es relativo ahí dentro, ya sabes —respondió él, inclinándose un poco para quedar a la altura de sus ojos—. Pero debo decir que este lugar sigue oliendo igual de mal. Deberías comprar un humidificador, Shoko. O dejar de fumar.
— Y tú deberías dejar de ser un idiota, pero ambos sabemos que ninguna de las dos cosas va a pasar —replicó ella, aunque una pequeña sonrisa curvó sus labios.
Satoru se sentó en el borde de la mesa de metal, balanceando una pierna con despreocupación. A pesar de su actitud casual, sus ojos no dejaban de analizarla. Se fijó en el lunar bajo su ojo derecho, en el cansancio acumulado en su rostro y en la forma en que sus manos temblaban apenas un milímetro al sostener el cigarrillo.
— Han pasado muchas cosas, ¿verdad? —El tono de Gojo bajó una octava, volviéndose inusualmente serio—. Nanami... los chicos...
Shoko bajó la mirada, apagando la colilla en un cenicero rebosante.
— Demasiadas, Satoru. No ha sido fácil mantener los pedazos unidos mientras tú estabas tomando unas vacaciones en ese cubo.
— Lo siento —susurró él. Era una disculpa genuina, desprovista de su habitual máscara de superioridad—. Pero ya estoy aquí. Y voy a terminar con esto.
Shoko se levantó de su asiento y caminó hacia un pequeño refrigerador donde guardaba muestras, pero también algunas latas de café frío. Sacó una y se la lanzó. Gojo la atrapó en el aire sin siquiera mirar, gracias a sus Seis Ojos.
— Sé que vas a pelear contra Sukuna —dijo ella, dándole la espalda—. Sé que eres el único que puede hacerlo. Pero antes de que te vayas a intentar salvar el mundo otra vez, hay algo que tienes que saber. Algo que no podía decirte a través de un sello.
Satoru abrió la lata con un chasquido metálico, pero no bebió. La seriedad en la voz de Shoko lo puso en alerta.
— ¿Es sobre Megumi? ¿O sobre Geto? —preguntó, su voz volviéndose gélida al mencionar el nombre de su antiguo amigo.
— No —Shoko se giró, cruzando los brazos sobre su bata blanca. Sus ojos castaños se encontraron con el azul eléctrico de él—. Es sobre nosotros. O mejor dicho, sobre lo que dejaste atrás antes de Shibuya.
Gojo frunció el ceño, confundido por un instante. Su mente, capaz de procesar billones de datos por segundo, empezó a repasar cada encuentro, cada conversación, cada momento compartido con la única persona que realmente lo conocía desde su juventud.
— Shoko... ¿de qué estás hablando?
La doctora suspiró, sintiendo que el peso en su pecho era más difícil de manejar que cualquier autopsia. Se acercó a él y, rompiendo su usual indiferencia, puso una mano sobre el brazo de Gojo.
— Aquella noche, antes de que todo se fuera al infierno... cuando viniste a mi oficina a quejarte de los altos mandos y terminamos bebiendo más de la cuenta —ella hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. No fue solo el alcohol, Satoru. Al menos no para mí.
Gojo se quedó inmóvil. El Infinito que siempre lo rodeaba parecía haber flaqueado por un microsegundo. Recordaba esa noche. Recordaba el calor de la piel de Shoko, la vulnerabilidad que ambos habían mostrado por primera vez en años, y cómo el silencio de la academia se había llenado de promesas mudas.
— Shoko, yo... —intentó decir, pero ella lo interrumpió.
— No he terminado. Satoru, estoy embarazada.
El silencio que siguió fue absoluto. Ni siquiera el zumbido de las luces parecía atreverse a romper la tensión. Gojo Satoru, el chamán más fuerte de la era moderna, el hombre que podía manipular el espacio y el tiempo a su antojo, se quedó completamente petrificado. Sus ojos se abrieron de par en par, y por un momento, la imagen del cielo en sus iris pareció nublarse.
— ¿Tú... qué? —logró articular, su voz apenas un susurro quebrado.
— Tres meses —continuó ella, manteniendo una entereza admirable aunque sus rodillas amenazaban con fallar—. Iba a decírtelo el día de Shibuya. Te busqué, pero ya te habías ido a la estación. Y luego... luego simplemente desapareciste dentro de ese objeto maldito.
Gojo bajó de la mesa, sus pies tocando el suelo con un golpe sordo. Se acercó a ella, sus manos temblando visiblemente. Con una lentitud casi dolorosa, extendió los dedos y los posó sobre el vientre de Shoko, todavía plano bajo el jersey azul y la bata de laboratorio.
A través de su técnica, Gojo no solo sintió la energía maldita de Shoko. Sintió algo más. Una chispa minúscula, un núcleo de energía que vibraba con una frecuencia que reconoció de inmediato. Era una mezcla de la calma medicinal de Shoko y la tormenta indomable que era su propia esencia.
— Es... es real —dijo él, y una sonrisa, una de verdad, no la que usaba para irritar a sus enemigos, iluminó su rostro—. Shoko, hay una vida aquí. Nuestra.
— Sí, idiota —dijo ella, sintiendo finalmente las lágrimas agolparse en sus ojos—. Hay una vida. Y por eso mismo, más te vale no morir contra Sukuna. Porque no pienso criar a un mini-Satoru yo sola. No creo que el mundo soporte a dos de ustedes sin que el padre esté ahí para poner orden.
Gojo soltó una carcajada, una llena de alivio y una determinación feroz. Envolvió a Shoko en sus brazos, apretándola contra su pecho. Ella hundió el rostro en el cuello de su abrigo negro, aspirando ese aroma a aire limpio y poder que siempre emanaba de él.
— No voy a morir —prometió él contra su cabello castaño—. Antes tenía que ganar por el bien del mundo de la hechicería. Ahora tengo una razón mucho más importante. Voy a barrer el suelo con ese Rey de las Maldiciones y volveré para cambiar pañales. Te lo juro por el Infinito.
Shoko se separó un poco, limpiándose una lágrima traicionera con el dorso de la mano.
— Más te vale. Y Satoru... —lo miró fijamente—, te ves diferente. Más... presente.
— El Reino de la Prisión me dio mucho tiempo para pensar —admitió él, acariciando la mejilla de la doctora—. Pensé en lo que significa ser el más fuerte. Pensé en Geto. Y pensé mucho en ti. Me di cuenta de que ser un dios es aburrido si no tienes un hogar al cual regresar. Tú eres mi hogar, Shoko. Siempre lo has sido.
La indiferencia habitual de Shoko se había desvanecido por completo. En ese momento, no eran la mejor médico del mundo de la hechicería y el chamán más poderoso; eran simplemente Shoko y Satoru, dos sobrevivientes de una generación diezmada que acababan de encontrar un ancla en medio de la tempestad.
— Tienes que prepararte —dijo ella, recuperando un poco de su compostura profesional—. Los alumnos están esperando. Yuta y Hakari están ansiosos, y ni hablemos de Itadori.
— Lo sé —Gojo se ajustó el cuello de su abrigo, su aura cambiando de nuevo a esa confianza electrizante—. Pero primero necesitaba esto. Necesitaba saber por qué estoy luchando realmente.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro.
— Shoko.
— ¿Dime?
— Cuando todo esto termine... —hizo una pausa, y sus ojos azules brillaron con una promesa antigua—, vamos a dejar de fumar y de beber café frío. Vamos a hacer las cosas bien.
— Solo gana, Satoru —respondió ella con un suspiro—. Solo vuelve a casa.
Gojo asintió y desapareció en un parpadeo, dejando tras de sí un rastro de ozono y una esperanza que Shoko no había sentido en años. Ella volvió a sentarse en su silla, tocándose el vientre con suavidad. El laboratorio ya no se sentía tan frío, y el olor a formol parecía haber sido reemplazado por la promesa de un cielo despejado.
— Escuchaste a tu padre, ¿verdad? —susurró Shoko a la nada—. Es un presumido, un tonto y un dolor de cabeza... pero es el hombre más fuerte del mundo. Y va a volver por nosotros.
Afuera, el mundo se preparaba para la batalla final. Pero dentro de ese laboratorio, en el corazón de la escuela de hechicería de Tokio, una pequeña luz comenzaba a brillar, desafiando a las sombras que amenazaban con consumirlo todo. Shoko Ieiri, por primera vez en mucho tiempo, cerró los ojos y se permitió dormir unos minutos, soñando no con cadáveres, sino con ojos azules y cabellos blancos corriendo por un campo que ya no conocía la guerra.
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