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Excusas Médicas

Фандом: Jujutsu Kaisen

Создан: 27.04.2026

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Bajo el Microscopio de lo Infinito

El olor a antiséptico y café frío era la fragancia permanente en la oficina de Shoko Ieiri. Para cualquier otro, aquel ambiente cargado de silencio y luz fluorescente resultaría deprimente, casi sepulcral. Para ella, era su santuario. Shoko dejó escapar un suspiro cansado, frotándose las ojeras profundas que enmarcaban sus ojos castaños. El trabajo de médico en la Academia de Hechicería de Tokio no era apto para corazones sensibles, y mucho menos para aquellos que apreciaban un horario de sueño regular.

Se ajustó la bata blanca sobre su jersey azul de cuello alto y consultó el reloj de pared. Un ligero destello de anticipación, casi imperceptible para cualquiera que no la conociera a fondo, cruzó su mirada. Era ese día del mes. El día en que la rutina dejaba de ser tediosa para convertirse en un placer culposo.

—Llegas tarde, Satoru —dijo Shoko sin levantar la vista de sus expedientes, aunque sabía perfectamente que él ya estaba allí.

El espacio frente a su escritorio, antes vacío, se vio ocupado de repente por una figura imponente. Gojo Satoru, el hechicero más fuerte del mundo, le dedicó una sonrisa radiante que parecía fuera de lugar en aquella lúgubre morgue convertida en consultorio.

—¡Vaya, Shoko! Qué poca fe me tienes —exclamó él con su tono juguetón habitual, estirando sus largos brazos por encima de su cabeza—. Solo me detuve a comprar unos dulces de edición limitada en Harajuku. ¿Quieres uno?

—Pasa a la camilla —respondió ella, ignorando el envoltorio colorido que él agitaba frente a su rostro—. Sabes el protocolo. Incluso "el más fuerte" necesita demostrar que su cuerpo no se está cayendo a pedazos bajo toda esa presión de energía maldita.

Gojo soltó una carcajada y se dirigió a la camilla con la familiaridad de quien es dueño del lugar. Se quitó la venda de los ojos, revelando esos orbes color cielo que parecían contener el universo mismo. Shoko siempre pensaba que era una lástima que los ocultara, aunque entendía las razones tácticas.

—Es un fastidio, pero si es para que dejes de fruncir el ceño, lo haré —insistió Gojo, comenzando a desabotonar su abrigo negro de cuello alto—. Aunque sabes que el Infinito me protege de casi todo.

—El Infinito no previene el agotamiento celular ni las fluctuaciones de energía en tus órganos internos —replicó ella, acercándose con un estetoscopio—. Quítate la parte superior.

Para Shoko, este era el momento culminante. Observó con una calma profesional fingida cómo Satoru se deshacía de su chaqueta y la camiseta negra que llevaba debajo. El torso de Gojo era, en una palabra, una obra maestra. No era el cuerpo de un culturista, sino el de un atleta de élite: músculos largos, definidos y funcionales. Cada fibra de su abdomen estaba marcada con precisión, y sus hombros eran lo suficientemente anchos como para cargar con el peso del mundo de la hechicería, algo que, de hecho, hacía a diario.

Shoko se puso los guantes de látex. El chasquido del material contra su piel fue el único sonido en la habitación por un momento.

—Voy a auscultarte. Quédate quieto —ordenó ella.

Se acercó más de lo estrictamente necesario. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Satoru. Apoyó el diafragma del estetoscopio contra su pecho, justo sobre el músculo pectoral izquierdo. El latido de Gojo era rítmico, fuerte y extrañamente calmado.

—Tu corazón late muy lento para alguien que acaba de pelear con una maldición de grado especial hace dos horas —comentó Shoko, deslizando el estetoscopio por su torso.

—Es el control, Shoko. Todo es control —respondió él, mirándola con curiosidad—. ¿Algún problema, doctora? Te noto muy concentrada hoy.

—Solo hago mi trabajo, Satoru. No hables, necesito escuchar tus pulmones.

Shoko aprovechó la instrucción para rodearlo. Colocó una mano firme sobre su hombro para posicionarlo, deleitándose con la firmeza del músculo bajo su palma. Sus dedos se deslizaron "accidentalmente" por la curva de su espalda mientras movía el instrumento. Gojo era una contradicción: su piel era suave, casi perfecta gracias a la técnica de maldición inversa, pero la estructura debajo era puro acero.

—Respira hondo —dijo ella, apoyando su mano libre en el costado de Gojo, justo sobre las costillas inferiores.

Él obedeció, y Shoko sintió cómo su caja torácica se expandía bajo su tacto. Era una sensación embriagadora. Para el resto del mundo, Gojo Satoru era un dios, una fuerza de la naturaleza intocable. Pero aquí, en la penumbra de su clínica, bajo sus manos expertas, él era simplemente un hombre. Un hombre de carne y hueso que ella podía explorar centímetro a centímetro bajo la excusa de la medicina.

—Parece que tus pulmones están limpios —murmuró ella, alejándose un poco solo para volver a acercarse con el esfigmomanómetro—. Brazo derecho, por favor.

Gojo extendió su brazo largo y musculoso. Shoko envolvió el brazalete alrededor de su bíceps, apretando un poco más de lo necesario mientras palpaba el pulso en la sangría del brazo. Sus dedos rozaron la piel cálida de Satoru, deteniéndose un segundo de más en la parte interna de su codo.

—Tienes la presión perfecta —dijo Shoko, anotando algo en una libreta de forma distraída—. Ahora, necesito revisar la movilidad de tus articulaciones. Después de la técnica de expansión de dominio, a veces hay rigidez residual.

—¿Rigidez? ¿Yo? —Gojo soltó una risita—. Shoko, soy la persona más flexible que conoces.

—Eso es lo que vamos a comprobar. Túmbate.

Él se recostó en la camilla, ocupándola casi por completo debido a su estatura de casi dos metros. Shoko se situó a su lado y comenzó a manipular sus brazos, elevándolos, rotándolos. Sus manos recorrían los tríceps de Gojo, sintiendo la densidad de las fibras. Luego pasó a sus piernas. Levantó una de sus piernas largas, flexionando la rodilla contra el pecho de él.

—¿Duele aquí? —preguntó ella, presionando su muslo con firmeza.

—Para nada. Se siente... bien, en realidad. Tienes manos fuertes —comentó Gojo con total naturalidad, manteniendo sus ojos azules fijos en el techo, totalmente ajeno a la descarga de adrenalina que Shoko estaba experimentando.

Para Satoru, esto era simplemente "parte del proceso". Confiaba plenamente en Shoko; eran compañeros desde la adolescencia, los únicos que quedaban de una era que se sentía como un sueño lejano. Si Shoko necesitaba presionar sus músculos o palpar su abdomen para asegurarse de que estaba en condiciones de seguir siendo el pilar del mundo, él se dejaba hacer. Jamás se le ocurrió que su vieja amiga pudiera estar disfrutando de la vista y el tacto de su anatomía.

Shoko pasó a la palpación abdominal. Se colocó al costado de la camilla y puso ambas manos sobre el vientre plano de Gojo. Sus dedos se hundieron levemente en la musculatura definida.

—Relaja los músculos, Satoru. No puedo sentir nada si estás tan tenso.

—No estoy tenso, es que estos abdominales son de piedra por naturaleza —bromeó él, aunque exhaló para permitirle trabajar.

Shoko deslizó sus manos lentamente hacia abajo, recorriendo las líneas de su vientre hasta el borde de sus pantalones negros. Podía sentir el vello fino de su piel y la vibración de su risa contenida. Era un deleite sensorial que la mantenía cuerda durante el resto del mes. Era su pequeña recompensa por todas las autopsias horribles y las noches en vela curando a estudiantes heridos.

—Todo parece estar en orden —dijo finalmente Shoko, retirando las manos con una renuencia que esperaba que él no notara.

Se dio la vuelta para recoger sus instrumentos, tratando de estabilizar su propia respiración. Gojo se sentó en la camilla y comenzó a vestirse con la misma agilidad despreocupada con la que hacía todo.

—¿Ves? Te dije que no tenías de qué preocuparte —dijo él, volviéndose a poner la venda sobre los ojos, ocultando de nuevo ese azul infinito—. Soy invencible.

—Nadie es invencible, Satoru. Ni siquiera tú —replicó ella, recuperando su tono indiferente y cínico—. Pero por ahora, estás apto para seguir causando problemas.

Gojo saltó de la camilla y se acercó a la puerta, pero se detuvo un momento. Se giró hacia ella con una sonrisa ladeada.

—Sabes, Shoko... —hizo una pausa, y por un segundo ella temió que se hubiera dado cuenta de sus intenciones—. Eres la única persona a la que dejo que me toque así. Supongo que por eso eres la mejor.

Shoko encendió un cigarrillo, a pesar de que estaba prohibido en la clínica, y exhaló una nube de humo gris.

—Solo soy la única que sabe dónde presionar para que te quejes, idiota. Vete ya, tengo trabajo.

—¡Nos vemos el próximo mes, doctora! —exclamó él antes de desaparecer en un parpadeo, dejando tras de sí solo el aroma a azúcar y el vacío de su ausencia.

Shoko se quedó sola en el silencio de la oficina. Miró sus manos, que aún conservaban el rastro del calor de Gojo, y se permitió una pequeña y rara sonrisa. El trabajo de médica era agotador, sí. Pero definitivamente tenía sus privilegios. Se sentó en su escritorio, tomó un sorbo de su café ahora helado y comenzó a redactar el informe, ya contando mentalmente los días que faltaban para el próximo chequeo mensual.

—Realmente es un espécimen fascinante —susurró para sí misma, mientras el humo del cigarrillo bailaba bajo la luz fluorescente.
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