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Consuelo
Фандом: Jujutsu Kaisen
Создан: 28.04.2026
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ДрамаАнгстHurt/ComfortCharacter studyСмерть персонажаСеттинг оригинального произведенияТрагедияПропущенная сценаРомантикаAUПовседневностьФлаффЗанавесочная историяFix-it
El peso del infinito
El callejón estaba sumido en un silencio antinatural, uno de esos que solo quedan después de que la muerte ha reclamado su parte. El aire todavía vibraba con los restos de energía maldita, un rastro amargo y metálico que se pegaba a la garganta. Satoru Gojo permanecía de pie, con las manos manchadas de la sangre de la única persona que alguna vez lo llamó por su nombre sin títulos, sin reverencias y sin miedo.
Suguru Geto estaba muerto. Y él, el chamán más fuerte de la era moderna, el hombre que poseía los Seis Ojos y el Infinito, se sentía más vacío que el espacio que separaba sus manos de la realidad.
Satoru no se movía. Su mirada, oculta tras la venda negra, estaba fija en el punto donde el cuerpo de su mejor amigo había exhalado su último suspiro. Había sido necesario. Había sido un acto de misericordia, de justicia y de castigo, todo mezclado en un nudo ciego de dolor. Pero saber que era lo correcto no servía de nada cuando el alma se sentía como si hubiera sido arrancada de cuajo.
A lo lejos, el eco de unos pasos rompió el silencio sepulcral. No eran pasos lentos ni cautelosos; eran rápidos, erráticos, cargados de una urgencia que Satoru reconoció de inmediato.
—¡Gojo! ¡Satoru!
La voz de Utahime Iori rasgó el aire. Ella venía corriendo, con su traje de miko ondeando y sus botas golpeando con fuerza el pavimento irregular. Estaba agitada, con el cabello negro violáceo ligeramente desordenado y esa cicatriz que cruzaba su nariz acentuada por la palidez de su rostro.
Satoru no se dio la vuelta. Se quedó allí, rígido como una estatua de mármol, sintiendo cómo el mundo empezaba a desmoronarse a su alrededor.
Utahime se detuvo a pocos metros de él. Sus pulmones ardían por el esfuerzo, pero el frío que emanaba de la figura de Satoru la dejó helada. Ella sabía lo que había pasado. Todos lo sabían. La ejecución de Geto era inminente desde hacía años, pero nadie esperaba que fuera Satoru quien tuviera que asestar el golpe final. O quizás, todos sabían que solo él podía hacerlo.
—Satoru... —susurró ella, su voz perdiendo la dureza con la que solía reprenderlo.
Él no respondió. Sus hombros, siempre erguidos con una arrogancia casi divina, temblaron apenas un milímetro. Fue un detalle que solo alguien que lo conociera bien podría notar.
Utahime caminó hacia él, ignorando el protocolo, ignorando sus propias disputas y esas bromas pesadas que siempre terminaban con ella gritándole. En ese momento, no era el "Hechicero Más Fuerte" quien estaba frente a ella. Era el chico que había perdido su brújula, el hombre que acababa de asesinar su propio corazón.
—Vete de aquí, Utahime —dijo él. Su voz sonó rota, despojada de su habitual tono cantarín y burlón. Era una voz muerta.
—No me voy a ir —respondió ella con firmeza, acortando la distancia—. Shoko está... ella no puede venir ahora. Está en la morgue, tratando de procesarlo a su manera. Pero yo estoy aquí.
—No necesito a nadie —insistió Satoru, aunque sus manos empezaron a cerrarse en puños tan apretados que sus nudillos se tornaron blancos—. Soy el más fuerte, ¿recuerdas? Esto no es nada.
Utahime soltó un suspiro tembloroso y, sin pedir permiso, rodeó la figura alta de Gojo hasta quedar frente a él. Él bajó la cabeza, evitando su mirada, pero ella pudo ver cómo la venda negra estaba ligeramente humedecida.
—Deja de mentir, idiota —dijo ella, con una suavidad que le dolió más que cualquier insulto—. Deja de ser "el más fuerte" por un maldito segundo.
Satoru soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que se quebró a la mitad.
—Si dejo de serlo... ¿qué queda de mí? Solo soy una herramienta para este mundo de hechicería. Si no soy el más fuerte, no soy nada.
—Eres Satoru Gojo —replicó Utahime, dando un paso más y colocando una mano vacilante sobre su brazo—. Y acabas de matar a tu mejor amigo. Tienes derecho a estar destrozado.
Esa frase fue la grieta final en la presa.
Satoru se llevó las manos a la cara y se arrancó la venda con un movimiento brusco. Sus ojos azules, esos Seis Ojos que veían todo, desde los átomos hasta el flujo del espacio-tiempo, estaban inundados de lágrimas que se negaban a caer. Eran dos cielos tormentosos, cargados de una angustia que ninguna técnica maldita podía repeler.
—Lo maté, Utahime —sollozó, y el sonido fue tan crudo que ella sintió un nudo en el estómago—. Tuve que hacerlo... y él me sonrió. Al final, me sonrió como si nada hubiera cambiado.
—Lo sé —murmuró ella, sintiendo que sus propias lágrimas amenazaban con salir—. Lo sé, Satoru.
Gojo se derrumbó. Sus rodillas fallaron y cayó hacia adelante, pero no llegó al suelo. Utahime lo recibió, sosteniendo el peso de sus 190 centímetros con una fuerza que no sabía que poseía. Él escondió el rostro en el pecho de la mujer, enterrando su frente en las telas rojas y blancas de su atuendo de miko.
En ese rincón oscuro de Shinjuku, el hombre que podía mover montañas y distorsionar el vacío se convirtió en un niño asustado. Sus sollozos eran roncos, profundos, como si cada uno de ellos le arrancara un pedazo de alma. Sus manos se aferraron a la espalda de Utahime, arrugando su ropa con desesperación, buscando un anclaje en medio de la tormenta.
Utahime no dijo nada más. No había palabras que pudieran arreglar lo que se había roto esa tarde. Simplemente pasó sus brazos alrededor de su cuello y lo estrechó contra ella, acariciando su cabello blanco con una ternura que guardaba bajo llave en su día a día.
—Llora —susurró ella, sintiendo el calor de las lágrimas de Satoru empapando su ropa—. No hay nadie mirando. Solo estoy yo.
—Duele... —logró articular él entre espasmos—. Utahime, duele tanto que preferiría que me hubieran arrancado el corazón.
—Es el precio de haberlo querido tanto —respondió ella, cerrando los ojos y dejando que una lágrima rodara por su propia mejilla—. Pero no tienes que cargarlo solo.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas. El mundo exterior seguía girando; los coches pasaban por las avenidas cercanas, la gente ajena al mundo de las maldiciones seguía con sus vidas, y el cielo empezaba a teñirse de un púrpura melancólico. Pero dentro de ese pequeño círculo formado por ellos dos, el tiempo se había detenido.
Poco a poco, los sollozos de Satoru fueron disminuyendo hasta convertirse en respiraciones pesadas y erráticas. No se separó de ella de inmediato. Parecía encontrar en el aroma a incienso y madera de Utahime la única paz que el mundo le permitía tener en ese momento.
—Me odias —dijo él finalmente, con la voz apagada, todavía sin levantar la cabeza—. Siempre dices que me odias y que soy un irrespetuoso.
Utahime soltó una pequeña risa triste, continuando el movimiento de sus dedos entre los mechones blancos de Satoru.
—Casi siempre lo eres —admitió ella—. Eres insoportable, arrogante y me sacas de quicio cada vez que abres la boca. Pero no te odio, Satoru. Nunca podría odiarte de verdad, y menos hoy.
Satoru se separó lentamente, limpiándose los ojos con el dorso de la mano. Sus ojos azules estaban enrojecidos, pero la mirada frenética de hace un momento se había calmado, sustituida por una fatiga existencial que lo hacía parecer mucho mayor de lo que era.
—Gracias, Utahime —dijo, mirándola directamente a los ojos. Por una vez, no había rastro de burla ni de superioridad en su expresión—. No sé qué habría hecho si... si me hubiera quedado solo aquí.
Utahime le devolvió la mirada con seriedad, colocando una mano sobre su mejilla, justo sobre la cicatriz que él solía ignorar o mencionar solo para molestarla.
—No estás solo, aunque te empeñes en creer que tu fuerza te aísla de todos —le recordó ella—. Tienes a Shoko, tienes a tus alumnos... y me tienes a mí, aunque sea para gritarte cuando te pases de listo.
Satoru esbozó una sonrisa mínima, una sombra de su antiguo yo, pero era real. Se puso de pie con cierta dificultad, sintiendo el cuerpo pesado como si estuviera hecho de plomo. Recogió su venda del suelo y se la colocó de nuevo, ocultando esos ojos que veían demasiado.
—Supongo que tengo que ir a informar a los altos mandos —suspiró, recuperando parte de su postura habitual, aunque sus manos seguían temblando levemente.
—Pueden esperar —dijo Utahime, cruzándose de brazos—. Primero vamos a buscar algo de beber. Y no acepto un no por respuesta. Necesitas salir de este lugar.
Satoru la miró por un momento. La estricta y tradicional Utahime Iori le estaba ofreciendo una escapatoria, una pequeña tregua antes de volver a ponerse la máscara del hombre más fuerte del mundo.
—Está bien —aceptó él—. Pero que conste que yo invito. No quiero que luego digas que los de Tokio somos unos tacaños.
Utahime rodó los ojos, pero en el fondo sintió un inmenso alivio al escuchar ese pequeño destello de su personalidad habitual.
—Eres un idiota, Satoru Gojo.
—Lo sé, Utahime. Lo sé.
Caminaron juntos hacia la salida del callejón. Satoru mantuvo una distancia prudencial, pero de vez en cuando, el dorso de su mano rozaba el de ella, una confirmación silenciosa de que seguía allí, de que el suelo no se lo había tragado.
El peso del infinito seguía sobre sus hombros, y la ausencia de Suguru sería un agujero negro en su vida que nunca llegaría a cerrarse del todo. Pero esa tarde, gracias a la mujer que caminaba a su lado, Satoru Gojo comprendió que incluso el hombre más fuerte necesitaba, de vez en cuando, un lugar donde poder romperse sin miedo a que el mundo se acabara.
Y Utahime, con su paso firme y su corazón compasivo, estaba dispuesta a ser ese lugar todas las veces que fuera necesario.
Suguru Geto estaba muerto. Y él, el chamán más fuerte de la era moderna, el hombre que poseía los Seis Ojos y el Infinito, se sentía más vacío que el espacio que separaba sus manos de la realidad.
Satoru no se movía. Su mirada, oculta tras la venda negra, estaba fija en el punto donde el cuerpo de su mejor amigo había exhalado su último suspiro. Había sido necesario. Había sido un acto de misericordia, de justicia y de castigo, todo mezclado en un nudo ciego de dolor. Pero saber que era lo correcto no servía de nada cuando el alma se sentía como si hubiera sido arrancada de cuajo.
A lo lejos, el eco de unos pasos rompió el silencio sepulcral. No eran pasos lentos ni cautelosos; eran rápidos, erráticos, cargados de una urgencia que Satoru reconoció de inmediato.
—¡Gojo! ¡Satoru!
La voz de Utahime Iori rasgó el aire. Ella venía corriendo, con su traje de miko ondeando y sus botas golpeando con fuerza el pavimento irregular. Estaba agitada, con el cabello negro violáceo ligeramente desordenado y esa cicatriz que cruzaba su nariz acentuada por la palidez de su rostro.
Satoru no se dio la vuelta. Se quedó allí, rígido como una estatua de mármol, sintiendo cómo el mundo empezaba a desmoronarse a su alrededor.
Utahime se detuvo a pocos metros de él. Sus pulmones ardían por el esfuerzo, pero el frío que emanaba de la figura de Satoru la dejó helada. Ella sabía lo que había pasado. Todos lo sabían. La ejecución de Geto era inminente desde hacía años, pero nadie esperaba que fuera Satoru quien tuviera que asestar el golpe final. O quizás, todos sabían que solo él podía hacerlo.
—Satoru... —susurró ella, su voz perdiendo la dureza con la que solía reprenderlo.
Él no respondió. Sus hombros, siempre erguidos con una arrogancia casi divina, temblaron apenas un milímetro. Fue un detalle que solo alguien que lo conociera bien podría notar.
Utahime caminó hacia él, ignorando el protocolo, ignorando sus propias disputas y esas bromas pesadas que siempre terminaban con ella gritándole. En ese momento, no era el "Hechicero Más Fuerte" quien estaba frente a ella. Era el chico que había perdido su brújula, el hombre que acababa de asesinar su propio corazón.
—Vete de aquí, Utahime —dijo él. Su voz sonó rota, despojada de su habitual tono cantarín y burlón. Era una voz muerta.
—No me voy a ir —respondió ella con firmeza, acortando la distancia—. Shoko está... ella no puede venir ahora. Está en la morgue, tratando de procesarlo a su manera. Pero yo estoy aquí.
—No necesito a nadie —insistió Satoru, aunque sus manos empezaron a cerrarse en puños tan apretados que sus nudillos se tornaron blancos—. Soy el más fuerte, ¿recuerdas? Esto no es nada.
Utahime soltó un suspiro tembloroso y, sin pedir permiso, rodeó la figura alta de Gojo hasta quedar frente a él. Él bajó la cabeza, evitando su mirada, pero ella pudo ver cómo la venda negra estaba ligeramente humedecida.
—Deja de mentir, idiota —dijo ella, con una suavidad que le dolió más que cualquier insulto—. Deja de ser "el más fuerte" por un maldito segundo.
Satoru soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que se quebró a la mitad.
—Si dejo de serlo... ¿qué queda de mí? Solo soy una herramienta para este mundo de hechicería. Si no soy el más fuerte, no soy nada.
—Eres Satoru Gojo —replicó Utahime, dando un paso más y colocando una mano vacilante sobre su brazo—. Y acabas de matar a tu mejor amigo. Tienes derecho a estar destrozado.
Esa frase fue la grieta final en la presa.
Satoru se llevó las manos a la cara y se arrancó la venda con un movimiento brusco. Sus ojos azules, esos Seis Ojos que veían todo, desde los átomos hasta el flujo del espacio-tiempo, estaban inundados de lágrimas que se negaban a caer. Eran dos cielos tormentosos, cargados de una angustia que ninguna técnica maldita podía repeler.
—Lo maté, Utahime —sollozó, y el sonido fue tan crudo que ella sintió un nudo en el estómago—. Tuve que hacerlo... y él me sonrió. Al final, me sonrió como si nada hubiera cambiado.
—Lo sé —murmuró ella, sintiendo que sus propias lágrimas amenazaban con salir—. Lo sé, Satoru.
Gojo se derrumbó. Sus rodillas fallaron y cayó hacia adelante, pero no llegó al suelo. Utahime lo recibió, sosteniendo el peso de sus 190 centímetros con una fuerza que no sabía que poseía. Él escondió el rostro en el pecho de la mujer, enterrando su frente en las telas rojas y blancas de su atuendo de miko.
En ese rincón oscuro de Shinjuku, el hombre que podía mover montañas y distorsionar el vacío se convirtió en un niño asustado. Sus sollozos eran roncos, profundos, como si cada uno de ellos le arrancara un pedazo de alma. Sus manos se aferraron a la espalda de Utahime, arrugando su ropa con desesperación, buscando un anclaje en medio de la tormenta.
Utahime no dijo nada más. No había palabras que pudieran arreglar lo que se había roto esa tarde. Simplemente pasó sus brazos alrededor de su cuello y lo estrechó contra ella, acariciando su cabello blanco con una ternura que guardaba bajo llave en su día a día.
—Llora —susurró ella, sintiendo el calor de las lágrimas de Satoru empapando su ropa—. No hay nadie mirando. Solo estoy yo.
—Duele... —logró articular él entre espasmos—. Utahime, duele tanto que preferiría que me hubieran arrancado el corazón.
—Es el precio de haberlo querido tanto —respondió ella, cerrando los ojos y dejando que una lágrima rodara por su propia mejilla—. Pero no tienes que cargarlo solo.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas. El mundo exterior seguía girando; los coches pasaban por las avenidas cercanas, la gente ajena al mundo de las maldiciones seguía con sus vidas, y el cielo empezaba a teñirse de un púrpura melancólico. Pero dentro de ese pequeño círculo formado por ellos dos, el tiempo se había detenido.
Poco a poco, los sollozos de Satoru fueron disminuyendo hasta convertirse en respiraciones pesadas y erráticas. No se separó de ella de inmediato. Parecía encontrar en el aroma a incienso y madera de Utahime la única paz que el mundo le permitía tener en ese momento.
—Me odias —dijo él finalmente, con la voz apagada, todavía sin levantar la cabeza—. Siempre dices que me odias y que soy un irrespetuoso.
Utahime soltó una pequeña risa triste, continuando el movimiento de sus dedos entre los mechones blancos de Satoru.
—Casi siempre lo eres —admitió ella—. Eres insoportable, arrogante y me sacas de quicio cada vez que abres la boca. Pero no te odio, Satoru. Nunca podría odiarte de verdad, y menos hoy.
Satoru se separó lentamente, limpiándose los ojos con el dorso de la mano. Sus ojos azules estaban enrojecidos, pero la mirada frenética de hace un momento se había calmado, sustituida por una fatiga existencial que lo hacía parecer mucho mayor de lo que era.
—Gracias, Utahime —dijo, mirándola directamente a los ojos. Por una vez, no había rastro de burla ni de superioridad en su expresión—. No sé qué habría hecho si... si me hubiera quedado solo aquí.
Utahime le devolvió la mirada con seriedad, colocando una mano sobre su mejilla, justo sobre la cicatriz que él solía ignorar o mencionar solo para molestarla.
—No estás solo, aunque te empeñes en creer que tu fuerza te aísla de todos —le recordó ella—. Tienes a Shoko, tienes a tus alumnos... y me tienes a mí, aunque sea para gritarte cuando te pases de listo.
Satoru esbozó una sonrisa mínima, una sombra de su antiguo yo, pero era real. Se puso de pie con cierta dificultad, sintiendo el cuerpo pesado como si estuviera hecho de plomo. Recogió su venda del suelo y se la colocó de nuevo, ocultando esos ojos que veían demasiado.
—Supongo que tengo que ir a informar a los altos mandos —suspiró, recuperando parte de su postura habitual, aunque sus manos seguían temblando levemente.
—Pueden esperar —dijo Utahime, cruzándose de brazos—. Primero vamos a buscar algo de beber. Y no acepto un no por respuesta. Necesitas salir de este lugar.
Satoru la miró por un momento. La estricta y tradicional Utahime Iori le estaba ofreciendo una escapatoria, una pequeña tregua antes de volver a ponerse la máscara del hombre más fuerte del mundo.
—Está bien —aceptó él—. Pero que conste que yo invito. No quiero que luego digas que los de Tokio somos unos tacaños.
Utahime rodó los ojos, pero en el fondo sintió un inmenso alivio al escuchar ese pequeño destello de su personalidad habitual.
—Eres un idiota, Satoru Gojo.
—Lo sé, Utahime. Lo sé.
Caminaron juntos hacia la salida del callejón. Satoru mantuvo una distancia prudencial, pero de vez en cuando, el dorso de su mano rozaba el de ella, una confirmación silenciosa de que seguía allí, de que el suelo no se lo había tragado.
El peso del infinito seguía sobre sus hombros, y la ausencia de Suguru sería un agujero negro en su vida que nunca llegaría a cerrarse del todo. Pero esa tarde, gracias a la mujer que caminaba a su lado, Satoru Gojo comprendió que incluso el hombre más fuerte necesitaba, de vez en cuando, un lugar donde poder romperse sin miedo a que el mundo se acabara.
Y Utahime, con su paso firme y su corazón compasivo, estaba dispuesta a ser ese lugar todas las veces que fuera necesario.
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