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Soy una furina de nivel máximo?
Фандом: Genshin impact
Создан: 28.04.2026
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¿Es este el escenario de mi sentencia o mi propio escenario?
El silencio en el Palacio de Mermonia era absoluto, roto únicamente por el tictac rítmico de un reloj de pared que parecía marcar el pulso de una ciudad entera. Para cualquier habitante de Fontaine, este era el santuario de la Arconte Hydro, la digna y extravagante Focalors. Pero para el joven que acababa de abrir los ojos frente al espejo del tocador, era el inicio de una crisis existencial de proporciones celestiales.
Se llevó las manos a la cara, esperando sentir la aspereza de la piel descuidada de un universitario que había pasado demasiadas horas farmeando materiales de ascensión. En su lugar, sus dedos rozaron una piel de porcelana, suave y fría. Bajó la vista y soltó un grito que se quedó atrapado en su garganta.
Llevaba un elegante frac azul cobalto, chorreras de encaje blanco y unos pantalones cortos que dejaban ver unas piernas delgadas cubiertas por medias asimétricas. Pero lo más impactante no era la ropa, sino el peso de una visión Hydro que colgaba de su cintura y, sobre todo, la melena bicolor que caía sobre sus hombros.
—No puede ser... —susurró. Su voz no era la suya. Era aguda, melodiosa, con un matiz teatral que conocía demasiado bien—. ¡Soy Furina!
Se levantó de un salto, tropezando con sus propios tacones. Como fan acérrimo de Genshin Impact, había gastado todos sus protogemas, ahorros y tiempo en llevar a Furina al nivel 90, con su arma "Esplendor de las Aguas Silentes" refinada y sus seis constelaciones desbloqueadas. Recordaba haber cerrado los ojos tras completar el Abismo con ella, exhausto pero satisfecho. Y ahora, parecía que el juego le había devuelto el favor de la manera más literal posible.
Caminó hacia el espejo de cuerpo entero. La imagen que le devolvió el reflejo era la de la Furina que todos conocían: la "Regente de todas las aguas", con su sombrero de copa y su mirada heterocromática. Pero al concentrarse, sintió algo más. No era solo el cuerpo. Podía sentir una presión inmensa en su pecho, una reserva de energía elemental tan vasta que sentía que podría inundar las Planicies de la Sal con un solo chasquido de dedos.
—Tengo sus estadísticas... —murmuró, cerrando los ojos para visualizar su estado. En su mente, aparecieron los números: Vida máxima por encima de los 40,000, una Probabilidad de Crítico perfecta, Daño Crítico devastador. No era una Furina normal. Era la Furina "C6R5" que él mismo había construido con tanto esmero—. Soy un monstruo de poder en el cuerpo de una chica de anime.
El pánico inicial comenzó a ser reemplazado por una realización emocionante. Si él estaba aquí, en el cuerpo de Furina, ¿dónde estaba la verdadera Furina? Según el canon del juego, la Furina que el mundo veía era solo una humana maldita con la inmortalidad, representando un papel para engañar al orden celestial, mientras la verdadera divinidad esperaba su momento.
—Espera —se dijo a sí mismo, empezando a caminar de un lado a otro de la habitación—. Si yo soy esta Furina... ¿significa que soy el reemplazo? No, eso no puede ser. Si la historia sigue su curso, ella está sufriendo ahora mismo. Está sola en su habitación, llorando o comiendo pasteles para olvidar que lleva quinientos años fingiendo ser alguien que no es.
Su corazón, ahora el de una chica pero con la voluntad de un protector, dio un vuelco. Él amaba a Furina. No solo por su diseño o sus habilidades, sino por su sacrificio. La idea de que ella estuviera en algún lugar de este palacio, cargando con el peso del mundo mientras él disfrutaba de sus poderes de "personaje maxeado", le resultaba insoportable.
—Tengo que encontrarla —declaró con determinación, aunque su voz sonó un poco más dramática de lo que pretendía—. Y cuando la encuentre... nadie volverá a hacerla llorar. Ni Neuvillette, ni Arlecchino, ni el mismísimo Celestia.
Salió de la habitación con paso firme, pero se detuvo en seco al ver una bandeja de postres sobre una mesa cercana. Había macarons de colores, pequeñas tartas de crema y milhojas que desprendían un aroma celestial. Su estómago rugió.
—Bueno... —cogió un macaron de color azul y se lo metió en la boca—. Un héroe no puede luchar con el estómago vacío. ¡Por los siete, esto está delicioso!
Mientras masticaba con alegría, balanceando los pies de forma inconsciente, se dio cuenta de que su personalidad se estaba mezclando un poco con la de la Furina jugable: traviesa, amante de los dulces y un poco exagerada. Pero no le importaba. Si tenía que ser una "Fufu" tonta para acercarse a la verdadera, lo haría con gusto.
Caminó por los pasillos del Palacio de Mermonia. Los guardias de la Gestión de la Construcción se cuadraban ante su paso, con el rostro lleno de respeto y temor. Él les devolvía el saludo con un gesto vago de la mano, tratando de mantener la fachada de la Arconte Hydro.
—¡Saludos, mis fieles súbditos! —exclamó al pasar junto a un grupo de oficiales—. ¡Sigan con su arduo trabajo, la justicia no descansa, y yo tampoco!
—¡Sí, Lady Furina! —respondieron al unísono.
Una vez que dobló la esquina, soltó un suspiro de alivio.
—Eso ha sido vergonzoso —murmuró, sonrojándose ligeramente—. Pero creo que ha colado. Ahora, ¿dónde se escondería una Arconte deprimida?
Usó sus sentidos elementales. Al ser un personaje de nivel máximo, su conexión con el elemento Hydro era absoluta. Podía sentir cada gota de agua en el aire de Fontaine, cada corriente subterránea... y una presencia Hydro extrañamente familiar en el ala este del palacio. Era una energía débil, contenida, como un mar en calma que teme convertirse en tormenta.
Se dirigió hacia allí, moviéndose con una agilidad que nunca había tenido en su vida anterior. Sus movimientos eran fluidos, casi como una danza. Al llegar frente a una pesada puerta de madera tallada, se detuvo. Podía oír un sollozo ahogado desde el interior.
Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta.
El cuarto estaba en penumbra, iluminado solo por la luz de la luna que entraba por un gran ventanal. Allí, sentada en el borde de una cama inmensa, estaba ella. Tenía el mismo rostro, el mismo cabello, pero sus ojos estaban apagados, llenos de una fatiga que ninguna persona debería soportar durante siglos.
La verdadera Furina levantó la vista, asustada. Al ver a su "clon" frente a ella, sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Quién... quién eres tú? —preguntó la chica con voz temblorosa—. ¿Es otra prueba? ¿He perdido finalmente la cabeza?
El transmigrado sintió un nudo en la garganta. Verla así, tan frágil, rompió cualquier rastro de diversión que pudiera sentir por estar en Teyvat. Se acercó lentamente, tratando de no asustarla, y se arrodilló frente a ella.
—No eres una loca, y esto no es una prueba —dijo él, suavizando su tono lo máximo posible—. Soy... bueno, considérame tu guardián. Tu sombra. Alguien que sabe cuánto has sufrido y que ha venido a decirte que ya no estás sola.
La Furina humana retrocedió un poco, confundida.
—¿Mi guardián? —rio con amargura—. Yo soy la Arconte Hydro. No necesito guardias. Yo soy la que debe proteger a Fontaine... aunque sea una mentira.
Él extendió la mano y, con un movimiento rápido, invocó a los tres miembros del Salón de Unicistas: Gentilhombre Usher, Madame Chevalmarine y Crabaletta. Las tres criaturas Hydro aparecieron en la habitación, iluminándola con un brillo azul suave. No eran las invocaciones normales; eran gigantescas, rebosantes de poder elemental, un testimonio del nivel máximo de su portador.
—Ellos te protegerán de las amenazas externas —dijo él, mirando a la chica a los ojos—. Y yo te protegeré de todo lo demás. Incluso de ti misma.
Furina miró a las criaturas y luego a la persona que tenía delante. Por primera vez en mucho tiempo, la máscara de la Arconte flaqueó, dejando ver a la niña asustada que había debajo.
—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué harías algo así por alguien como yo?
Él sonrió, una sonrisa traviesa y cálida que no tenía nada que ver con la arrogancia que Furina solía mostrar en público.
—Porque me gustan mucho los postres —dijo, sacando un pequeño pastel de crema que había "tomado prestado" del pasillo— y porque creo que el mundo es mucho más brillante cuando tú sonríes de verdad. Además, ¿no crees que dos Furinas son mejor que una? ¡Podemos volver loco a Neuvillette el doble de rápido!
La verdadera Furina parpadeó, desconcertada por la actitud de su interlocutor. Sin embargo, el aroma del pastel era tentador y la calidez que emanaba de aquel extraño ser era algo que no había sentido en siglos.
—¿Dos Furinas? —repitió ella, con una pequeña chispa de curiosidad en sus ojos.
—¡Exacto! —exclamó él, levantándose y haciendo una reverencia teatral—. Tú seguirás siendo la estrella en el escenario, la gran Arconte que Fontaine necesita. Pero yo seré el director en las sombras, el que se encargue de los monstruos, de los Profetas y de cualquier tonto que se atreva a cuestionar tu divinidad. Con mi poder y tu... bueno, tu talento dramático, ¡seremos imparables!
Se acercó a ella y le ofreció el pastelito.
—¿Qué me dices, mi tonta Fufu? ¿Aceptas a este humilde siervo como tu guardaespaldas personal?
Furina miró el pastel y luego la mano extendida de su doble. Por un momento, el peso de la profecía y la soledad de su papel parecieron un poco más ligeros. No entendía quién era este ser ni de dónde venía, pero su poder era real, y su amabilidad... era algo que anhelaba más que el propio perdón de Celestia.
—No me llames "tonta Fufu" —protestó ella, aunque aceptó el pastel con manos temblorosas—. Soy la Reina de las Aguas, la personificación de la Justicia...
—Sí, sí, lo que tú digas —la interrumpió él con una risita, dándole un suave golpecito en la nariz—. Pero ahora, come. Tenemos mucho que planear si queremos salvar este lugar y asegurarnos de que tengas tiempo para tomar el té todos los días.
Mientras Furina daba un pequeño mordisco al postre, el joven transmigrado miró hacia la ventana, hacia la ciudad de Fontaine que se extendía bajo la luna. Sabía que la trama del juego avanzaría, que los Fatui acechaban y que la ballena devoradora de mundos llegaría tarde o temprano.
Pero esta vez, las cosas serían diferentes. No importaba si era un chico en el cuerpo de una chica, o si estaba atrapado en un mundo de fantasía. Tenía el poder de un personaje C6 y el conocimiento de lo que vendría.
—Nadie te tocará —prometió en silencio, mientras observaba a la verdadera Furina disfrutar de su dulce—. Ni siquiera el destino.
En la penumbra de la habitación, dos figuras idénticas compartían un momento de paz que Fontaine no había visto en quinientos años. Una era una humana cansada de fingir; la otra, un fan convertido en dios, decidido a reescribir el guion de una tragedia anunciada.
—Oye —dijo Furina de repente, con la boca un poco llena de crema—. ¿De verdad puedes invocar a esos tres siempre que quieras?
—¡Por supuesto! —respondió él, haciendo que Crabaletta diera un pequeño salto—. Y también puedo caminar sobre el agua. ¿Quieres ir a dar un paseo por el puerto mañana y asustar a algunos pescadores?
Furina soltó una pequeña risa, la primera risa genuina que salía de sus labios en décadas.
—Creo que eso me gustaría.
El transmigrado sonrió. El primer paso estaba dado. Había encontrado a Furina, y aunque el camino por delante estaba lleno de peligros y giros de guion, sabía que con su poder y su voluntad, protegería esa sonrisa cueste lo que cueste. Al fin y al cabo, para eso había gastado tantos protogemas, ¿no? Para ver a su personaje favorito ser feliz.
—Entonces, descansa, mi señora —dijo él, acomodándose en un sillón cercano—. Mañana empieza nuestra verdadera actuación. Y te prometo que esta vez, el final será feliz.
Se llevó las manos a la cara, esperando sentir la aspereza de la piel descuidada de un universitario que había pasado demasiadas horas farmeando materiales de ascensión. En su lugar, sus dedos rozaron una piel de porcelana, suave y fría. Bajó la vista y soltó un grito que se quedó atrapado en su garganta.
Llevaba un elegante frac azul cobalto, chorreras de encaje blanco y unos pantalones cortos que dejaban ver unas piernas delgadas cubiertas por medias asimétricas. Pero lo más impactante no era la ropa, sino el peso de una visión Hydro que colgaba de su cintura y, sobre todo, la melena bicolor que caía sobre sus hombros.
—No puede ser... —susurró. Su voz no era la suya. Era aguda, melodiosa, con un matiz teatral que conocía demasiado bien—. ¡Soy Furina!
Se levantó de un salto, tropezando con sus propios tacones. Como fan acérrimo de Genshin Impact, había gastado todos sus protogemas, ahorros y tiempo en llevar a Furina al nivel 90, con su arma "Esplendor de las Aguas Silentes" refinada y sus seis constelaciones desbloqueadas. Recordaba haber cerrado los ojos tras completar el Abismo con ella, exhausto pero satisfecho. Y ahora, parecía que el juego le había devuelto el favor de la manera más literal posible.
Caminó hacia el espejo de cuerpo entero. La imagen que le devolvió el reflejo era la de la Furina que todos conocían: la "Regente de todas las aguas", con su sombrero de copa y su mirada heterocromática. Pero al concentrarse, sintió algo más. No era solo el cuerpo. Podía sentir una presión inmensa en su pecho, una reserva de energía elemental tan vasta que sentía que podría inundar las Planicies de la Sal con un solo chasquido de dedos.
—Tengo sus estadísticas... —murmuró, cerrando los ojos para visualizar su estado. En su mente, aparecieron los números: Vida máxima por encima de los 40,000, una Probabilidad de Crítico perfecta, Daño Crítico devastador. No era una Furina normal. Era la Furina "C6R5" que él mismo había construido con tanto esmero—. Soy un monstruo de poder en el cuerpo de una chica de anime.
El pánico inicial comenzó a ser reemplazado por una realización emocionante. Si él estaba aquí, en el cuerpo de Furina, ¿dónde estaba la verdadera Furina? Según el canon del juego, la Furina que el mundo veía era solo una humana maldita con la inmortalidad, representando un papel para engañar al orden celestial, mientras la verdadera divinidad esperaba su momento.
—Espera —se dijo a sí mismo, empezando a caminar de un lado a otro de la habitación—. Si yo soy esta Furina... ¿significa que soy el reemplazo? No, eso no puede ser. Si la historia sigue su curso, ella está sufriendo ahora mismo. Está sola en su habitación, llorando o comiendo pasteles para olvidar que lleva quinientos años fingiendo ser alguien que no es.
Su corazón, ahora el de una chica pero con la voluntad de un protector, dio un vuelco. Él amaba a Furina. No solo por su diseño o sus habilidades, sino por su sacrificio. La idea de que ella estuviera en algún lugar de este palacio, cargando con el peso del mundo mientras él disfrutaba de sus poderes de "personaje maxeado", le resultaba insoportable.
—Tengo que encontrarla —declaró con determinación, aunque su voz sonó un poco más dramática de lo que pretendía—. Y cuando la encuentre... nadie volverá a hacerla llorar. Ni Neuvillette, ni Arlecchino, ni el mismísimo Celestia.
Salió de la habitación con paso firme, pero se detuvo en seco al ver una bandeja de postres sobre una mesa cercana. Había macarons de colores, pequeñas tartas de crema y milhojas que desprendían un aroma celestial. Su estómago rugió.
—Bueno... —cogió un macaron de color azul y se lo metió en la boca—. Un héroe no puede luchar con el estómago vacío. ¡Por los siete, esto está delicioso!
Mientras masticaba con alegría, balanceando los pies de forma inconsciente, se dio cuenta de que su personalidad se estaba mezclando un poco con la de la Furina jugable: traviesa, amante de los dulces y un poco exagerada. Pero no le importaba. Si tenía que ser una "Fufu" tonta para acercarse a la verdadera, lo haría con gusto.
Caminó por los pasillos del Palacio de Mermonia. Los guardias de la Gestión de la Construcción se cuadraban ante su paso, con el rostro lleno de respeto y temor. Él les devolvía el saludo con un gesto vago de la mano, tratando de mantener la fachada de la Arconte Hydro.
—¡Saludos, mis fieles súbditos! —exclamó al pasar junto a un grupo de oficiales—. ¡Sigan con su arduo trabajo, la justicia no descansa, y yo tampoco!
—¡Sí, Lady Furina! —respondieron al unísono.
Una vez que dobló la esquina, soltó un suspiro de alivio.
—Eso ha sido vergonzoso —murmuró, sonrojándose ligeramente—. Pero creo que ha colado. Ahora, ¿dónde se escondería una Arconte deprimida?
Usó sus sentidos elementales. Al ser un personaje de nivel máximo, su conexión con el elemento Hydro era absoluta. Podía sentir cada gota de agua en el aire de Fontaine, cada corriente subterránea... y una presencia Hydro extrañamente familiar en el ala este del palacio. Era una energía débil, contenida, como un mar en calma que teme convertirse en tormenta.
Se dirigió hacia allí, moviéndose con una agilidad que nunca había tenido en su vida anterior. Sus movimientos eran fluidos, casi como una danza. Al llegar frente a una pesada puerta de madera tallada, se detuvo. Podía oír un sollozo ahogado desde el interior.
Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta.
El cuarto estaba en penumbra, iluminado solo por la luz de la luna que entraba por un gran ventanal. Allí, sentada en el borde de una cama inmensa, estaba ella. Tenía el mismo rostro, el mismo cabello, pero sus ojos estaban apagados, llenos de una fatiga que ninguna persona debería soportar durante siglos.
La verdadera Furina levantó la vista, asustada. Al ver a su "clon" frente a ella, sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Quién... quién eres tú? —preguntó la chica con voz temblorosa—. ¿Es otra prueba? ¿He perdido finalmente la cabeza?
El transmigrado sintió un nudo en la garganta. Verla así, tan frágil, rompió cualquier rastro de diversión que pudiera sentir por estar en Teyvat. Se acercó lentamente, tratando de no asustarla, y se arrodilló frente a ella.
—No eres una loca, y esto no es una prueba —dijo él, suavizando su tono lo máximo posible—. Soy... bueno, considérame tu guardián. Tu sombra. Alguien que sabe cuánto has sufrido y que ha venido a decirte que ya no estás sola.
La Furina humana retrocedió un poco, confundida.
—¿Mi guardián? —rio con amargura—. Yo soy la Arconte Hydro. No necesito guardias. Yo soy la que debe proteger a Fontaine... aunque sea una mentira.
Él extendió la mano y, con un movimiento rápido, invocó a los tres miembros del Salón de Unicistas: Gentilhombre Usher, Madame Chevalmarine y Crabaletta. Las tres criaturas Hydro aparecieron en la habitación, iluminándola con un brillo azul suave. No eran las invocaciones normales; eran gigantescas, rebosantes de poder elemental, un testimonio del nivel máximo de su portador.
—Ellos te protegerán de las amenazas externas —dijo él, mirando a la chica a los ojos—. Y yo te protegeré de todo lo demás. Incluso de ti misma.
Furina miró a las criaturas y luego a la persona que tenía delante. Por primera vez en mucho tiempo, la máscara de la Arconte flaqueó, dejando ver a la niña asustada que había debajo.
—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué harías algo así por alguien como yo?
Él sonrió, una sonrisa traviesa y cálida que no tenía nada que ver con la arrogancia que Furina solía mostrar en público.
—Porque me gustan mucho los postres —dijo, sacando un pequeño pastel de crema que había "tomado prestado" del pasillo— y porque creo que el mundo es mucho más brillante cuando tú sonríes de verdad. Además, ¿no crees que dos Furinas son mejor que una? ¡Podemos volver loco a Neuvillette el doble de rápido!
La verdadera Furina parpadeó, desconcertada por la actitud de su interlocutor. Sin embargo, el aroma del pastel era tentador y la calidez que emanaba de aquel extraño ser era algo que no había sentido en siglos.
—¿Dos Furinas? —repitió ella, con una pequeña chispa de curiosidad en sus ojos.
—¡Exacto! —exclamó él, levantándose y haciendo una reverencia teatral—. Tú seguirás siendo la estrella en el escenario, la gran Arconte que Fontaine necesita. Pero yo seré el director en las sombras, el que se encargue de los monstruos, de los Profetas y de cualquier tonto que se atreva a cuestionar tu divinidad. Con mi poder y tu... bueno, tu talento dramático, ¡seremos imparables!
Se acercó a ella y le ofreció el pastelito.
—¿Qué me dices, mi tonta Fufu? ¿Aceptas a este humilde siervo como tu guardaespaldas personal?
Furina miró el pastel y luego la mano extendida de su doble. Por un momento, el peso de la profecía y la soledad de su papel parecieron un poco más ligeros. No entendía quién era este ser ni de dónde venía, pero su poder era real, y su amabilidad... era algo que anhelaba más que el propio perdón de Celestia.
—No me llames "tonta Fufu" —protestó ella, aunque aceptó el pastel con manos temblorosas—. Soy la Reina de las Aguas, la personificación de la Justicia...
—Sí, sí, lo que tú digas —la interrumpió él con una risita, dándole un suave golpecito en la nariz—. Pero ahora, come. Tenemos mucho que planear si queremos salvar este lugar y asegurarnos de que tengas tiempo para tomar el té todos los días.
Mientras Furina daba un pequeño mordisco al postre, el joven transmigrado miró hacia la ventana, hacia la ciudad de Fontaine que se extendía bajo la luna. Sabía que la trama del juego avanzaría, que los Fatui acechaban y que la ballena devoradora de mundos llegaría tarde o temprano.
Pero esta vez, las cosas serían diferentes. No importaba si era un chico en el cuerpo de una chica, o si estaba atrapado en un mundo de fantasía. Tenía el poder de un personaje C6 y el conocimiento de lo que vendría.
—Nadie te tocará —prometió en silencio, mientras observaba a la verdadera Furina disfrutar de su dulce—. Ni siquiera el destino.
En la penumbra de la habitación, dos figuras idénticas compartían un momento de paz que Fontaine no había visto en quinientos años. Una era una humana cansada de fingir; la otra, un fan convertido en dios, decidido a reescribir el guion de una tragedia anunciada.
—Oye —dijo Furina de repente, con la boca un poco llena de crema—. ¿De verdad puedes invocar a esos tres siempre que quieras?
—¡Por supuesto! —respondió él, haciendo que Crabaletta diera un pequeño salto—. Y también puedo caminar sobre el agua. ¿Quieres ir a dar un paseo por el puerto mañana y asustar a algunos pescadores?
Furina soltó una pequeña risa, la primera risa genuina que salía de sus labios en décadas.
—Creo que eso me gustaría.
El transmigrado sonrió. El primer paso estaba dado. Había encontrado a Furina, y aunque el camino por delante estaba lleno de peligros y giros de guion, sabía que con su poder y su voluntad, protegería esa sonrisa cueste lo que cueste. Al fin y al cabo, para eso había gastado tantos protogemas, ¿no? Para ver a su personaje favorito ser feliz.
—Entonces, descansa, mi señora —dijo él, acomodándose en un sillón cercano—. Mañana empieza nuestra verdadera actuación. Y te prometo que esta vez, el final será feliz.
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