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Nuestra luz
Фандом: Enhypen
Создан: 30.04.2026
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El Despertar del Corazón de Mármol
La mansión de los Enhypen se alzaba sobre la colina como un monumento al olvido. Era una estructura de piedra fría y techos altos, donde el tiempo no transcurría de la misma forma que en el mundo exterior. Dentro de esos muros, siete sombras elegantes se movían con una gracia inhumana, poseedores de una belleza que cortaba el aliento y una mirada que, sin embargo, no reflejaba absolutamente nada.
Heeseung, el mayor de ellos, se encontraba frente al gran ventanal del salón principal, observando la luna de sangre que bañaba el bosque. Durante siglos, su existencia se había reducido a una repetición monótona de noches sin fin. No conocía la calidez de la alegría, ni el aguijón del dolor, ni mucho menos el caos del deseo. Eran seres perfectos, pero vacíos; recipientes de poder sin contenido emocional.
—¿Sientes eso? —preguntó Jay, emergiendo de las sombras con su habitual porte aristocrático.
Heeseung no se giró. Su rostro, esculpido en el más fino mármol, permaneció impasible.
—No siento nada, Jay. Sabes que es así —respondió con una voz profunda que vibraba como el metal frío.
—Me refiero al aire —insistió Jay, acercándose—. Hay algo diferente esta noche. Una perturbación. El viento huele a algo que no puedo identificar. No es solo lluvia, ni es el olor de la presa. Es... dulce.
En ese momento, la puerta pesada de la entrada se abrió de par en par. Sunghoon entró, seguido de Jake. Ambos traían una expresión que, en cualquier humano, habría sido de desconcierto, pero en ellos era apenas un leve fruncimiento de cejas.
—Hay alguien en los límites de la propiedad —anunció Sunghoon, sacudiéndose las gotas de agua de su abrigo negro—. No es un cazador. Ni siquiera parece un intruso común.
—Es una chica —añadió Jake, cruzándose de brazos—. Se ha desmayado cerca de las puertas de hierro.
Jungwon, el líder del grupo, apareció en lo alto de la escalera. Sus ojos oscuros brillaron con una curiosidad que no había sentido en décadas. Bajó los escalones sin hacer ruido, seguido de cerca por Sunoo y Ni-ki, los más jóvenes, quienes intercambiaban miradas de extrañeza.
—¿Una humana? —preguntó Jungwon—. ¿Aquí? Nadie se acerca tanto a este lugar por accidente.
—Deberíamos sacarla de aquí antes de que muera por el frío —sugirió Sunoo, aunque su tono era neutral, carente de la compasión que suele motivar tales actos.
—Tráiganla —ordenó Jungwon.
Minutos después, Jake entró en el salón cargando en brazos a una joven. Su piel era pálida, pero no con la palidez cadavérica de los vampiros, sino con la delicadeza de la porcelana. Su cabello, oscuro y húmedo por la lluvia, caía sobre sus hombros. La depositaron en el sofá de terciopelo rojo, un contraste violento con su fragilidad.
—Se llama Venus —susurró Ni-ki, señalando un pequeño dije de plata que colgaba de su cuello con ese nombre grabado.
Los siete se agruparon alrededor del sofá. Durante siglos, habían visto a miles de humanos. Los habían visto como alimento, como estorbos o como simples hormigas que vivían y morían en un abrir y cerrar de ojos. Pero al mirar a Venus, algo extraño comenzó a suceder.
Heeseung sintió un leve tirón en el pecho, una vibración que nunca antes había experimentado. No era hambre. Era algo más profundo, algo que le resultaba aterrador por lo desconocido.
—Su pulso es lento —observó Sunghoon, inclinándose sobre ella—. Está perdiendo calor.
De repente, los ojos de Venus se abrieron. No eran ojos comunes; tenían un brillo dorado, como si guardaran el sol dentro de ellos. Al enfocar a las siete figuras que la rodeaban, no gritó. No hubo miedo en su mirada, sino una paz profunda que pareció irradiar hacia afuera, envolviendo la habitación.
—Habéis estado esperando mucho tiempo —dijo ella con una voz que sonaba como el primer deshielo de la primavera.
—¿Quién eres? —preguntó Heeseung, dando un paso adelante. Su voz, por primera vez, flaqueó apenas un milímetro.
Venus se incorporó lentamente, ignorando la debilidad de su cuerpo. Extendió una mano y, ante el asombro de todos, tocó la mejilla de Heeseung. El contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió la columna del vampiro. Por primera vez en su existencia, Heeseung sintió calor. Un calor real, vivo, que no provenía de la sangre ajena, sino de una chispa interna.
—Soy Venus —respondió ella con una sonrisa triste—. Y he venido a recordarles lo que significa sentir.
Jay retrocedió, confundido por la agitación que crecía en su propio interior.
—Nosotros no sentimos —sentenció Jay, aunque sus manos temblaban imperceptiblemente—. No hay nada en nosotros más que oscuridad y vacío.
Venus se puso de pie, tambaleándose un poco. Jungwon la sostuvo por los hombros para evitar que cayera. Al tocarla, el líder sintió un torrente de imágenes: campos de flores, el sonido de la risa, la paz de un atardecer. Eran emociones que no le pertenecían, pero que ahora inundaban sus sentidos.
—La oscuridad solo existe donde la luz aún no ha llegado —dijo Venus, mirando a Jungwon a los ojos—. Tú, pequeño líder, llevas el peso de un mundo que no comprendes. ¿No estás cansado de no sentir nada?
Jungwon no pudo responder. El nudo en su garganta era algo nuevo, algo que los humanos llamaban "emoción".
Sunoo se acercó, atraído por el aura de la chica como una polilla a la llama.
—¿Qué nos has hecho? —preguntó Sunoo, su voz habitualmente dulce ahora cargada de una extraña urgencia—. Siento... algo extraño aquí. —Se llevó la mano al corazón.
—Se llama curiosidad, Sunoo —explicó Venus—. Y pronto se convertirá en algo más.
Ni-ki, el más joven, observaba desde la distancia, con los ojos muy abiertos. Siempre había sido el más indiferente, el más alejado de cualquier rastro de humanidad. Pero al ver a Venus, sintió un impulso que nunca había tenido: el deseo de proteger.
—¿Por qué has venido aquí? —preguntó Ni-ki—. Sabes lo que somos. Podríamos matarte en un suspiro.
Venus caminó hacia él, su presencia llenando el espacio que antes ocupaba el vacío.
—No me matarán —dijo ella con seguridad—. Porque soy la única que puede llenar el hueco que tienen en el alma. He venido porque el universo ya no soporta ver tanta belleza desperdiciada en el frío.
La atmósfera en la mansión cambió drásticamente esa noche. El silencio sepulcral fue reemplazado por una tensión vibrante. Los siete hermanos, que antes se movían como máquinas perfectas, ahora se encontraban evitándose las miradas, perdidos en los nuevos ecos que resonaban en sus mentes.
Horas más tarde, Venus se encontraba descansando en una de las habitaciones superiores. Heeseung entró sin llamar, movido por una fuerza que no podía controlar.
—No puedo dormir —dijo él, aunque los vampiros nunca dormían de la forma en que lo hacían los humanos—. Mi mente... no deja de mostrarme cosas.
Venus estaba sentada junto a la ventana, mirando las estrellas.
—Es el comienzo, Heeseung —dijo ella sin girarse—. El mármol se está agrietando.
—Duele —confesó él, acercándose a ella—. Siento una presión en el pecho que no me deja respirar. ¿Es esto lo que los humanos llaman dolor?
—Es una parte de ello —respondió Venus, girándose para mirarlo—. Pero para conocer la paz, primero debes conocer el caos. Para conocer el amor, debes estar dispuesto a sufrir.
Heeseung se arrodilló ante ella, un acto de sumisión que nunca habría mostrado ante nadie.
—Enséñame —suplicó en un susurro—. Prefiero el dolor a este vacío eterno.
Venus acarició su cabello con ternura.
—No solo te enseñaré yo —dijo ella—. Los siete aprenderán. Cada uno de ustedes encontrará una parte de sí mismo que creía perdida.
En el piso inferior, los demás integrantes de Enhypen experimentaban sus propias revelaciones. Jake y Sunghoon hablaban en la biblioteca, algo que no hacían con frecuencia.
—¿Crees que sea peligroso? —preguntó Jake, mirando un libro sin leerlo—. Lo que ella trae... esa calidez. Siento que me debilita.
—No es debilidad, Jake —respondió Sunghoon, mirando sus propias manos—. Es humanidad. Siempre pensamos que ser vampiros nos hacía superiores, pero míranos. Hemos vivido siglos y no tenemos ni un solo recuerdo que valga la pena. Ella... ella tiene más vida en un dedo que nosotros en toda nuestra eternidad.
Sunoo y Jungwon estaban en el jardín, bajo la lluvia que seguía cayendo. Sunoo extendió la mano para atrapar las gotas.
—Antes solo sentía el frío como un dato —comentó Sunoo—. Ahora... ahora me hace sentir vivo. Es extraño, Jungwon.
—Ella es el cambio, Sunoo —dijo Jungwon, mirando hacia la ventana de la habitación de Venus—. El mundo ya no será igual para nosotros. No sé si esto es una bendición o una maldición, pero ya no hay vuelta atrás.
Ni-ki se unió a ellos, con el rostro serio.
—Jay está en la cocina —dijo el menor—. Está intentando preparar algo. Dice que quiere saber a qué sabe el placer de la comida, aunque no la necesitemos.
Los tres compartieron una mirada. La presencia de Venus estaba actuando como un catalizador, rompiendo las barreras que habían construido durante eras. La apatía que los definía se estaba desmoronando, dejando al descubierto nervios expuestos y corazones que, aunque no latían de forma biológica, empezaban a pulsar con una energía nueva.
Al amanecer, aunque el sol no podía tocarlos directamente, la luz que entraba por las vidrieras parecía más brillante. Venus bajó las escaleras, encontrando a los siete esperándola en el gran salón. Ya no estaban dispersos en sus propias soledades; estaban juntos, formando un círculo alrededor de ella.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó Jay, cuya expresión era ahora de una intensa curiosidad.
—Ahora —dijo Venus, extendiendo sus manos hacia ellos—, empezarán a vivir. No solo a existir, sino a vivir. Sentirán el fuego del deseo, el bálsamo de la paz y, sobre todo, la fuerza del amor. Pero deben saber que una vez que el corazón se abre, no puede volver a cerrarse.
Heeseung dio el primer paso y tomó una de sus manos. Jungwon tomó la otra. Los demás se acercaron, creando un vínculo que trascendía lo físico.
—Estamos listos —dijo Jungwon en nombre de todos.
Venus sonrió, y en ese momento, la mansión fría y gris pareció llenarse de un color que nunca antes había existido en su espectro. Los vampiros que nunca sintieron nada estaban a punto de descubrir que el mayor poder no residía en su inmortalidad, sino en la capacidad de ser vulnerables.
Esa noche, por primera vez en siglos, se escuchó una risa en los pasillos de la mansión. Fue la risa de Sunoo, una nota cristalina que rompió el último vestigio de hielo en el ambiente. Y aunque el camino hacia la comprensión de las emociones humanas sería largo y lleno de obstáculos, los siete sabían que, mientras Venus estuviera con ellos, el vacío nunca regresaría.
—Gracias —susurró Heeseung al oído de la chica mientras observaban juntos el amanecer desde la seguridad de las sombras.
—No me agradezcas todavía —respondió ella con una chispa de travesura en sus ojos dorados—. El amor es una aventura peligrosa, y apenas estamos en el primer capítulo.
Los siete integrantes de Enhypen miraron hacia el futuro, ya no con la indiferencia de los muertos vivientes, sino con el anhelo de quienes acaban de nacer. Venus no solo era su invitada; era su salvación, el sol que iluminaría su eterna noche.
Heeseung, el mayor de ellos, se encontraba frente al gran ventanal del salón principal, observando la luna de sangre que bañaba el bosque. Durante siglos, su existencia se había reducido a una repetición monótona de noches sin fin. No conocía la calidez de la alegría, ni el aguijón del dolor, ni mucho menos el caos del deseo. Eran seres perfectos, pero vacíos; recipientes de poder sin contenido emocional.
—¿Sientes eso? —preguntó Jay, emergiendo de las sombras con su habitual porte aristocrático.
Heeseung no se giró. Su rostro, esculpido en el más fino mármol, permaneció impasible.
—No siento nada, Jay. Sabes que es así —respondió con una voz profunda que vibraba como el metal frío.
—Me refiero al aire —insistió Jay, acercándose—. Hay algo diferente esta noche. Una perturbación. El viento huele a algo que no puedo identificar. No es solo lluvia, ni es el olor de la presa. Es... dulce.
En ese momento, la puerta pesada de la entrada se abrió de par en par. Sunghoon entró, seguido de Jake. Ambos traían una expresión que, en cualquier humano, habría sido de desconcierto, pero en ellos era apenas un leve fruncimiento de cejas.
—Hay alguien en los límites de la propiedad —anunció Sunghoon, sacudiéndose las gotas de agua de su abrigo negro—. No es un cazador. Ni siquiera parece un intruso común.
—Es una chica —añadió Jake, cruzándose de brazos—. Se ha desmayado cerca de las puertas de hierro.
Jungwon, el líder del grupo, apareció en lo alto de la escalera. Sus ojos oscuros brillaron con una curiosidad que no había sentido en décadas. Bajó los escalones sin hacer ruido, seguido de cerca por Sunoo y Ni-ki, los más jóvenes, quienes intercambiaban miradas de extrañeza.
—¿Una humana? —preguntó Jungwon—. ¿Aquí? Nadie se acerca tanto a este lugar por accidente.
—Deberíamos sacarla de aquí antes de que muera por el frío —sugirió Sunoo, aunque su tono era neutral, carente de la compasión que suele motivar tales actos.
—Tráiganla —ordenó Jungwon.
Minutos después, Jake entró en el salón cargando en brazos a una joven. Su piel era pálida, pero no con la palidez cadavérica de los vampiros, sino con la delicadeza de la porcelana. Su cabello, oscuro y húmedo por la lluvia, caía sobre sus hombros. La depositaron en el sofá de terciopelo rojo, un contraste violento con su fragilidad.
—Se llama Venus —susurró Ni-ki, señalando un pequeño dije de plata que colgaba de su cuello con ese nombre grabado.
Los siete se agruparon alrededor del sofá. Durante siglos, habían visto a miles de humanos. Los habían visto como alimento, como estorbos o como simples hormigas que vivían y morían en un abrir y cerrar de ojos. Pero al mirar a Venus, algo extraño comenzó a suceder.
Heeseung sintió un leve tirón en el pecho, una vibración que nunca antes había experimentado. No era hambre. Era algo más profundo, algo que le resultaba aterrador por lo desconocido.
—Su pulso es lento —observó Sunghoon, inclinándose sobre ella—. Está perdiendo calor.
De repente, los ojos de Venus se abrieron. No eran ojos comunes; tenían un brillo dorado, como si guardaran el sol dentro de ellos. Al enfocar a las siete figuras que la rodeaban, no gritó. No hubo miedo en su mirada, sino una paz profunda que pareció irradiar hacia afuera, envolviendo la habitación.
—Habéis estado esperando mucho tiempo —dijo ella con una voz que sonaba como el primer deshielo de la primavera.
—¿Quién eres? —preguntó Heeseung, dando un paso adelante. Su voz, por primera vez, flaqueó apenas un milímetro.
Venus se incorporó lentamente, ignorando la debilidad de su cuerpo. Extendió una mano y, ante el asombro de todos, tocó la mejilla de Heeseung. El contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió la columna del vampiro. Por primera vez en su existencia, Heeseung sintió calor. Un calor real, vivo, que no provenía de la sangre ajena, sino de una chispa interna.
—Soy Venus —respondió ella con una sonrisa triste—. Y he venido a recordarles lo que significa sentir.
Jay retrocedió, confundido por la agitación que crecía en su propio interior.
—Nosotros no sentimos —sentenció Jay, aunque sus manos temblaban imperceptiblemente—. No hay nada en nosotros más que oscuridad y vacío.
Venus se puso de pie, tambaleándose un poco. Jungwon la sostuvo por los hombros para evitar que cayera. Al tocarla, el líder sintió un torrente de imágenes: campos de flores, el sonido de la risa, la paz de un atardecer. Eran emociones que no le pertenecían, pero que ahora inundaban sus sentidos.
—La oscuridad solo existe donde la luz aún no ha llegado —dijo Venus, mirando a Jungwon a los ojos—. Tú, pequeño líder, llevas el peso de un mundo que no comprendes. ¿No estás cansado de no sentir nada?
Jungwon no pudo responder. El nudo en su garganta era algo nuevo, algo que los humanos llamaban "emoción".
Sunoo se acercó, atraído por el aura de la chica como una polilla a la llama.
—¿Qué nos has hecho? —preguntó Sunoo, su voz habitualmente dulce ahora cargada de una extraña urgencia—. Siento... algo extraño aquí. —Se llevó la mano al corazón.
—Se llama curiosidad, Sunoo —explicó Venus—. Y pronto se convertirá en algo más.
Ni-ki, el más joven, observaba desde la distancia, con los ojos muy abiertos. Siempre había sido el más indiferente, el más alejado de cualquier rastro de humanidad. Pero al ver a Venus, sintió un impulso que nunca había tenido: el deseo de proteger.
—¿Por qué has venido aquí? —preguntó Ni-ki—. Sabes lo que somos. Podríamos matarte en un suspiro.
Venus caminó hacia él, su presencia llenando el espacio que antes ocupaba el vacío.
—No me matarán —dijo ella con seguridad—. Porque soy la única que puede llenar el hueco que tienen en el alma. He venido porque el universo ya no soporta ver tanta belleza desperdiciada en el frío.
La atmósfera en la mansión cambió drásticamente esa noche. El silencio sepulcral fue reemplazado por una tensión vibrante. Los siete hermanos, que antes se movían como máquinas perfectas, ahora se encontraban evitándose las miradas, perdidos en los nuevos ecos que resonaban en sus mentes.
Horas más tarde, Venus se encontraba descansando en una de las habitaciones superiores. Heeseung entró sin llamar, movido por una fuerza que no podía controlar.
—No puedo dormir —dijo él, aunque los vampiros nunca dormían de la forma en que lo hacían los humanos—. Mi mente... no deja de mostrarme cosas.
Venus estaba sentada junto a la ventana, mirando las estrellas.
—Es el comienzo, Heeseung —dijo ella sin girarse—. El mármol se está agrietando.
—Duele —confesó él, acercándose a ella—. Siento una presión en el pecho que no me deja respirar. ¿Es esto lo que los humanos llaman dolor?
—Es una parte de ello —respondió Venus, girándose para mirarlo—. Pero para conocer la paz, primero debes conocer el caos. Para conocer el amor, debes estar dispuesto a sufrir.
Heeseung se arrodilló ante ella, un acto de sumisión que nunca habría mostrado ante nadie.
—Enséñame —suplicó en un susurro—. Prefiero el dolor a este vacío eterno.
Venus acarició su cabello con ternura.
—No solo te enseñaré yo —dijo ella—. Los siete aprenderán. Cada uno de ustedes encontrará una parte de sí mismo que creía perdida.
En el piso inferior, los demás integrantes de Enhypen experimentaban sus propias revelaciones. Jake y Sunghoon hablaban en la biblioteca, algo que no hacían con frecuencia.
—¿Crees que sea peligroso? —preguntó Jake, mirando un libro sin leerlo—. Lo que ella trae... esa calidez. Siento que me debilita.
—No es debilidad, Jake —respondió Sunghoon, mirando sus propias manos—. Es humanidad. Siempre pensamos que ser vampiros nos hacía superiores, pero míranos. Hemos vivido siglos y no tenemos ni un solo recuerdo que valga la pena. Ella... ella tiene más vida en un dedo que nosotros en toda nuestra eternidad.
Sunoo y Jungwon estaban en el jardín, bajo la lluvia que seguía cayendo. Sunoo extendió la mano para atrapar las gotas.
—Antes solo sentía el frío como un dato —comentó Sunoo—. Ahora... ahora me hace sentir vivo. Es extraño, Jungwon.
—Ella es el cambio, Sunoo —dijo Jungwon, mirando hacia la ventana de la habitación de Venus—. El mundo ya no será igual para nosotros. No sé si esto es una bendición o una maldición, pero ya no hay vuelta atrás.
Ni-ki se unió a ellos, con el rostro serio.
—Jay está en la cocina —dijo el menor—. Está intentando preparar algo. Dice que quiere saber a qué sabe el placer de la comida, aunque no la necesitemos.
Los tres compartieron una mirada. La presencia de Venus estaba actuando como un catalizador, rompiendo las barreras que habían construido durante eras. La apatía que los definía se estaba desmoronando, dejando al descubierto nervios expuestos y corazones que, aunque no latían de forma biológica, empezaban a pulsar con una energía nueva.
Al amanecer, aunque el sol no podía tocarlos directamente, la luz que entraba por las vidrieras parecía más brillante. Venus bajó las escaleras, encontrando a los siete esperándola en el gran salón. Ya no estaban dispersos en sus propias soledades; estaban juntos, formando un círculo alrededor de ella.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó Jay, cuya expresión era ahora de una intensa curiosidad.
—Ahora —dijo Venus, extendiendo sus manos hacia ellos—, empezarán a vivir. No solo a existir, sino a vivir. Sentirán el fuego del deseo, el bálsamo de la paz y, sobre todo, la fuerza del amor. Pero deben saber que una vez que el corazón se abre, no puede volver a cerrarse.
Heeseung dio el primer paso y tomó una de sus manos. Jungwon tomó la otra. Los demás se acercaron, creando un vínculo que trascendía lo físico.
—Estamos listos —dijo Jungwon en nombre de todos.
Venus sonrió, y en ese momento, la mansión fría y gris pareció llenarse de un color que nunca antes había existido en su espectro. Los vampiros que nunca sintieron nada estaban a punto de descubrir que el mayor poder no residía en su inmortalidad, sino en la capacidad de ser vulnerables.
Esa noche, por primera vez en siglos, se escuchó una risa en los pasillos de la mansión. Fue la risa de Sunoo, una nota cristalina que rompió el último vestigio de hielo en el ambiente. Y aunque el camino hacia la comprensión de las emociones humanas sería largo y lleno de obstáculos, los siete sabían que, mientras Venus estuviera con ellos, el vacío nunca regresaría.
—Gracias —susurró Heeseung al oído de la chica mientras observaban juntos el amanecer desde la seguridad de las sombras.
—No me agradezcas todavía —respondió ella con una chispa de travesura en sus ojos dorados—. El amor es una aventura peligrosa, y apenas estamos en el primer capítulo.
Los siete integrantes de Enhypen miraron hacia el futuro, ya no con la indiferencia de los muertos vivientes, sino con el anhelo de quienes acaban de nacer. Venus no solo era su invitada; era su salvación, el sol que iluminaría su eterna noche.
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