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Amor entre secretos
Фандом: Cancion de hielo y fuego, Fuego y Sangre
Создан: 05.05.2026
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ФэнтезиДрамаAUАнгстРомантикаДивергенцияCharacter studyНеожиданная/нежелательная беременностьРевностьHurt/ComfortФлаффЗанавесочная история
El Secreto de la Sangre y el Dragón
El crepitar de los leños en la chimenea era el único sonido que rompía el silencio sepulcral de los aposentos privados de la princesa Rhaenyra. El aire aún estaba cargado con el aroma del sexo, el sudor y el perfume de jazmín que ella siempre usaba. Sobre la cama de seda, dos cuerpos se entrelazaban buscando refugio del mundo exterior. Aurion Waters, el hombre que había nacido entre la inmundicia del Lecho de Pulgas y que ahora portaba el acero de un caballero, sentía el peso de la corona que no llevaba sobre sus hombros, sino en su corazón.
Aurion era un hombre de una complexión imponente, sus hombros anchos y músculos endurecidos por años de entrenamiento contrastaban con la suavidad de las sábanas. Sus ojos verdes, profundos como el bosque, miraban el techo con una melancolía que no podía ocultar. A su lado, Rhaenyra Targaryen, la Delicia del Reino, descansaba su cabeza en el pecho de él. Sus curvas, más pronunciadas tras tres embarazos, eran para Aurion el mapa del único hogar que realmente conocía.
—Faltan pocos días para el séptimo nombre de Jacaerys —susurró Aurion, su voz era un retumbo bajo que vibraba contra la piel de la princesa—. Siete años, Rhaenyra. Siete años viéndolo crecer, viendo cómo se convierte en un niño valiente y bondadoso... y siete años de guardar este veneno en la garganta.
Rhaenyra se incorporó levemente, apoyando el mentón en su mano. Sus ojos morados, inteligentes y feroces, buscaron los de su amante.
—Deberías estar orgulloso, Aurion. Es un niño espléndido. El reino lo ve como el futuro rey.
—El reino ve a un Velaryon —replicó él con una amargura que no pudo contener—. Yo veo a mi hijo. Veo mis hombros en él, veo la forma en que frunce el ceño cuando se concentra. Y me duele, Rhaenyra. Me quema por dentro que me llame "Ser". Que me hable con la cortesía debida a un guardia mientras corre a los brazos de Laenor llamándolo "padre".
Aurion se sentó en el borde de la cama, pasando sus manos callosas por su cabello oscuro. La frustración emanaba de él en oleadas.
—Laenor es un buen hombre, lo sé. No nos pone trabas, nos permite esto... —señaló la habitación—, pero él no estuvo allí cuando nacieron. Él no siente este vínculo que me desgarra. A veces, cuando Joffrey me mira con sus ojos verdes, los mismos que yo heredé de una madre que se murió de hambre, siento que el mundo entero debería darse cuenta. Siento que estoy robándoles su verdadera identidad.
Rhaenyra se deslizó hacia él y envolvió sus brazos alrededor de su cintura, pegando su mejilla a su espalda robusta.
—Tú eres su protector, Aurion. Eres el hombre que los enseña a sostener la espada, el que vela sus sueños desde la puerta. Ellos te aman con una devoción que ningún título puede comprar. Jacaerys te admira más que a cualquier caballero de los Siete Reinos. Lucerys siempre busca tu aprobación antes de emprender una de sus aventuras. No necesitan una palabra para saber quién es el hombre que daría su vida por ellos sin dudarlo.
Aurion soltó un suspiro largo, cerrando los ojos.
—A veces desearía que fuéramos nadie, Rhaenyra. Dos mendigos en el Lecho de Pulgas, pero con el derecho de decirles la verdad.
—Si fuéramos nadie, estaríamos muertos o hambrientos —sentenció ella con esa terquedad característica—. Aquí están a salvo. Aquí son príncipes. Mi sangre y tu fuerza los harán invencibles. Ten paciencia, mi caballero. El amor que te tienen es real, aunque el nombre que usen sea el equivocado.
***
Dos años después, el sol de la tarde bañaba los jardines de Rocadragón con una luz dorada y mortecina. El aire salino del mar se mezclaba con el aroma de los pinos y las flores silvestres. Rhaenyra, ahora más robusta y con una presencia que imponía respeto incluso en el silencio, estaba sentada en un banco de piedra bajo la sombra de un anciano árbol.
A pocos metros, Jacaerys y Lucerys practicaban con espadas de madera bajo la atenta mirada de Ser Harwin Strong, mientras el pequeño Joffrey corría de un lado a otro intentando atrapar una mariposa. Aurion permanecía de pie, un par de pasos detrás de Rhaenyra. Su armadura brillaba, y su mano descansaba habitualmente en el pomo de su espada. Sus ojos verdes no se apartaban de los niños; eran su vida, su obra, su mayor secreto.
De repente, un crujido en los arbustos cercanos llamó su atención. De entre las hojas emergió la pequeña Visenya, de apenas dos años. Tenía el cabello oscuro como una noche sin luna y los ojos morados de su madre, una combinación que resultaba casi hipnótica.
—¡Mu! —gritó la niña, corriendo hacia Rhaenyra con sus piernas cortas y regordetas.
Rhaenyra rió, extendiendo los brazos para recibirla. Aurion, incapaz de contener un gesto de ternura, se agachó y sacó algo que había estado ocultando tras su capa. Era una corona tejida hábilmente con rosas rojas, cuyas espinas habían sido cuidadosamente retiradas.
—Para la princesita más valiente de la isla —dijo Aurion con una sonrisa suave, colocando la corona sobre la cabeza de la niña.
Visenya se detuvo, tocando las flores con asombro. Miró a Aurion, sus grandes ojos morados brillando con una alegría pura.
—¡Kepa! —exclamó ella, aplaudiendo antes de salir corriendo hacia sus hermanos para presumir su tesoro—. ¡Jace, Luke, mira! ¡Kepa!
Aurion se quedó inmóvil, parpadeando con confusión.
—Ha sido un gesto hermoso, mi pequeña —murmuró, volviendo a su posición erguida—. Pero no entiendo qué ha dicho. ¿Es algún balbuceo de niño?
Rhaenyra se quedó en silencio por un momento, mirando la espalda de su hija. Una pequeña sonrisa, cargada de una emoción indescriptible, curvó sus labios. Se volvió hacia Aurion, y por un segundo, no fue la heredera al Trono de Hierro, sino simplemente la mujer que lo amaba.
—No es un balbuceo, Aurion —dijo ella en voz baja, asegurándose de que nadie más pudiera oírla—. "Kepa" es la palabra en Alto Valyrio para "Padre".
El mundo pareció detenerse para Aurion Waters. El aire se volvió denso y su corazón dio un vuelco tan violento que temió que se le escapara del pecho. Miró a la niña, que ahora era alzada por Jacaerys, ambos riendo bajo el sol.
—Ella... ¿ella me ha llamado padre? —su voz se quebró, algo inaudito en un hombre de su temple.
—Los niños son más sabios de lo que creemos —respondió Rhaenyra, volviendo su vista al horizonte—. Ella no sabe de política, ni de legitimidad, ni de deberes. Solo sabe quién la cuida, quién la mira con adoración y quién le teje coronas de flores. Para ella, tú eres su Kepa. Y nada en este mundo cambiará esa verdad en su corazón.
Aurion sintió una lágrima traicionera picar en sus ojos, pero la contuvo. La revelación fue como un bálsamo para los años de dolor silencioso. No importaba que el mundo lo llamara bastardo, ni que la corte murmurara sobre la apariencia de sus hijos. En los labios de su hija, él era lo que siempre había anhelado ser.
El atardecer comenzó a teñir el cielo de violeta y naranja. Los niños, agotados por el juego, empezaron a caminar hacia la fortaleza. Jacaerys llevaba a Joffrey de la mano, mientras Lucerys intentaba saltar sobre las sombras de las torres. Visenya, sin embargo, se había quedado rezagada, frotándose los ojos con cansancio.
Aurion se adelantó y, con la naturalidad de quien ha nacido para ello, la tomó en sus brazos. La niña se acomodó contra su hombro, suspirando profundamente antes de quedarse dormida casi al instante.
Rhaenyra caminaba a su lado, sus pasos lentos y pesados. El viento soplaba con más fuerza ahora, trayendo consigo el frío de la noche que se avecinaba.
—¿Estás lista para el banquete de esta noche? —preguntó Aurion, manteniendo su voz baja para no despertar a la pequeña carga que llevaba—. Los Verdes estarán allí. Alicent no dejará de observar a los niños.
Rhaenyra soltó una risa seca, carente de humor.
—Que miren. Que busquen manchas en la nieve. No me importa su veneno, Aurion. Esta noche tengo un anuncio que hacer, uno que les revolverá las entrañas aún más.
Se detuvieron un momento antes de entrar en los pasillos de piedra de la fortaleza. Rhaenyra se acercó a él, fingiendo ajustar la capa del caballero, pero en realidad se inclinó hacia su oído. Su aliento cálido rozó su piel, enviando un escalofrío por su columna.
—Estoy encinta de nuevo, mi amor —susurró ella—. Un quinto hijo. Nuestro quinto hijo.
Aurion apretó a Visenya contra sí de forma inconsciente, sus ojos verdes encontrándose con los morados de Rhaenyra en un duelo de asombro y temor. Un quinto hijo significaba más rumores, más peligro, más ojos vigilantes sobre la "pureza" de la línea Targaryen. Pero también significaba otra vida nacida de su amor prohibido, otra alma que lo llamaría, quizás en secreto, su Kepa.
—Rhaenyra... —empezó él, pero ella puso un dedo sobre sus labios.
—No digas nada. Disfruta de este momento de paz, Aurion. Porque cuando el sol salga mañana, la tormenta que se avecina sobre Desembarco del Rey nos alcanzará a todos.
Caminaron juntos por los pasillos sombríos, la princesa y su espada jurada, unidos por hilos invisibles de sangre y secretos. En los brazos de Aurion, la pequeña Visenya soñaba con dragones y flores, ajena a que su existencia misma era un acto de rebelión contra el mundo entero.
Sin embargo, en las sombras de los pilares de Rocadragón, no todos los ojos eran amigos. En la corte, los susurros sobre la "semilla fuerte" de la princesa ya no eran simples bromas de taberna, sino armas afiladas listas para ser usadas. Mientras Aurion Waters caminaba con la cabeza alta, protegiendo a su familia oculta, los cimientos del reino empezaban a agrietarse bajo el peso de una verdad que no podía permanecer enterrada por siempre.
El banquete de esa noche no sería solo una celebración de fertilidad, sino el inicio de una danza peligrosa donde cada sonrisa ocultaba una daga y cada brindis era un desafío al destino. Y Aurion, el hombre del Lecho de Pulgas que amó a una reina, sabía que llegaría el día en que su espada no bastaría para proteger lo que su corazón había engendrado. Pero mientras sentía el calor de su hija dormida y la cercanía de Rhaenyra, juró por los antiguos dioses y los nuevos que, si el mundo quería arrebatarle a sus hijos, tendría que ahogarse primero en su sangre.
Aurion era un hombre de una complexión imponente, sus hombros anchos y músculos endurecidos por años de entrenamiento contrastaban con la suavidad de las sábanas. Sus ojos verdes, profundos como el bosque, miraban el techo con una melancolía que no podía ocultar. A su lado, Rhaenyra Targaryen, la Delicia del Reino, descansaba su cabeza en el pecho de él. Sus curvas, más pronunciadas tras tres embarazos, eran para Aurion el mapa del único hogar que realmente conocía.
—Faltan pocos días para el séptimo nombre de Jacaerys —susurró Aurion, su voz era un retumbo bajo que vibraba contra la piel de la princesa—. Siete años, Rhaenyra. Siete años viéndolo crecer, viendo cómo se convierte en un niño valiente y bondadoso... y siete años de guardar este veneno en la garganta.
Rhaenyra se incorporó levemente, apoyando el mentón en su mano. Sus ojos morados, inteligentes y feroces, buscaron los de su amante.
—Deberías estar orgulloso, Aurion. Es un niño espléndido. El reino lo ve como el futuro rey.
—El reino ve a un Velaryon —replicó él con una amargura que no pudo contener—. Yo veo a mi hijo. Veo mis hombros en él, veo la forma en que frunce el ceño cuando se concentra. Y me duele, Rhaenyra. Me quema por dentro que me llame "Ser". Que me hable con la cortesía debida a un guardia mientras corre a los brazos de Laenor llamándolo "padre".
Aurion se sentó en el borde de la cama, pasando sus manos callosas por su cabello oscuro. La frustración emanaba de él en oleadas.
—Laenor es un buen hombre, lo sé. No nos pone trabas, nos permite esto... —señaló la habitación—, pero él no estuvo allí cuando nacieron. Él no siente este vínculo que me desgarra. A veces, cuando Joffrey me mira con sus ojos verdes, los mismos que yo heredé de una madre que se murió de hambre, siento que el mundo entero debería darse cuenta. Siento que estoy robándoles su verdadera identidad.
Rhaenyra se deslizó hacia él y envolvió sus brazos alrededor de su cintura, pegando su mejilla a su espalda robusta.
—Tú eres su protector, Aurion. Eres el hombre que los enseña a sostener la espada, el que vela sus sueños desde la puerta. Ellos te aman con una devoción que ningún título puede comprar. Jacaerys te admira más que a cualquier caballero de los Siete Reinos. Lucerys siempre busca tu aprobación antes de emprender una de sus aventuras. No necesitan una palabra para saber quién es el hombre que daría su vida por ellos sin dudarlo.
Aurion soltó un suspiro largo, cerrando los ojos.
—A veces desearía que fuéramos nadie, Rhaenyra. Dos mendigos en el Lecho de Pulgas, pero con el derecho de decirles la verdad.
—Si fuéramos nadie, estaríamos muertos o hambrientos —sentenció ella con esa terquedad característica—. Aquí están a salvo. Aquí son príncipes. Mi sangre y tu fuerza los harán invencibles. Ten paciencia, mi caballero. El amor que te tienen es real, aunque el nombre que usen sea el equivocado.
***
Dos años después, el sol de la tarde bañaba los jardines de Rocadragón con una luz dorada y mortecina. El aire salino del mar se mezclaba con el aroma de los pinos y las flores silvestres. Rhaenyra, ahora más robusta y con una presencia que imponía respeto incluso en el silencio, estaba sentada en un banco de piedra bajo la sombra de un anciano árbol.
A pocos metros, Jacaerys y Lucerys practicaban con espadas de madera bajo la atenta mirada de Ser Harwin Strong, mientras el pequeño Joffrey corría de un lado a otro intentando atrapar una mariposa. Aurion permanecía de pie, un par de pasos detrás de Rhaenyra. Su armadura brillaba, y su mano descansaba habitualmente en el pomo de su espada. Sus ojos verdes no se apartaban de los niños; eran su vida, su obra, su mayor secreto.
De repente, un crujido en los arbustos cercanos llamó su atención. De entre las hojas emergió la pequeña Visenya, de apenas dos años. Tenía el cabello oscuro como una noche sin luna y los ojos morados de su madre, una combinación que resultaba casi hipnótica.
—¡Mu! —gritó la niña, corriendo hacia Rhaenyra con sus piernas cortas y regordetas.
Rhaenyra rió, extendiendo los brazos para recibirla. Aurion, incapaz de contener un gesto de ternura, se agachó y sacó algo que había estado ocultando tras su capa. Era una corona tejida hábilmente con rosas rojas, cuyas espinas habían sido cuidadosamente retiradas.
—Para la princesita más valiente de la isla —dijo Aurion con una sonrisa suave, colocando la corona sobre la cabeza de la niña.
Visenya se detuvo, tocando las flores con asombro. Miró a Aurion, sus grandes ojos morados brillando con una alegría pura.
—¡Kepa! —exclamó ella, aplaudiendo antes de salir corriendo hacia sus hermanos para presumir su tesoro—. ¡Jace, Luke, mira! ¡Kepa!
Aurion se quedó inmóvil, parpadeando con confusión.
—Ha sido un gesto hermoso, mi pequeña —murmuró, volviendo a su posición erguida—. Pero no entiendo qué ha dicho. ¿Es algún balbuceo de niño?
Rhaenyra se quedó en silencio por un momento, mirando la espalda de su hija. Una pequeña sonrisa, cargada de una emoción indescriptible, curvó sus labios. Se volvió hacia Aurion, y por un segundo, no fue la heredera al Trono de Hierro, sino simplemente la mujer que lo amaba.
—No es un balbuceo, Aurion —dijo ella en voz baja, asegurándose de que nadie más pudiera oírla—. "Kepa" es la palabra en Alto Valyrio para "Padre".
El mundo pareció detenerse para Aurion Waters. El aire se volvió denso y su corazón dio un vuelco tan violento que temió que se le escapara del pecho. Miró a la niña, que ahora era alzada por Jacaerys, ambos riendo bajo el sol.
—Ella... ¿ella me ha llamado padre? —su voz se quebró, algo inaudito en un hombre de su temple.
—Los niños son más sabios de lo que creemos —respondió Rhaenyra, volviendo su vista al horizonte—. Ella no sabe de política, ni de legitimidad, ni de deberes. Solo sabe quién la cuida, quién la mira con adoración y quién le teje coronas de flores. Para ella, tú eres su Kepa. Y nada en este mundo cambiará esa verdad en su corazón.
Aurion sintió una lágrima traicionera picar en sus ojos, pero la contuvo. La revelación fue como un bálsamo para los años de dolor silencioso. No importaba que el mundo lo llamara bastardo, ni que la corte murmurara sobre la apariencia de sus hijos. En los labios de su hija, él era lo que siempre había anhelado ser.
El atardecer comenzó a teñir el cielo de violeta y naranja. Los niños, agotados por el juego, empezaron a caminar hacia la fortaleza. Jacaerys llevaba a Joffrey de la mano, mientras Lucerys intentaba saltar sobre las sombras de las torres. Visenya, sin embargo, se había quedado rezagada, frotándose los ojos con cansancio.
Aurion se adelantó y, con la naturalidad de quien ha nacido para ello, la tomó en sus brazos. La niña se acomodó contra su hombro, suspirando profundamente antes de quedarse dormida casi al instante.
Rhaenyra caminaba a su lado, sus pasos lentos y pesados. El viento soplaba con más fuerza ahora, trayendo consigo el frío de la noche que se avecinaba.
—¿Estás lista para el banquete de esta noche? —preguntó Aurion, manteniendo su voz baja para no despertar a la pequeña carga que llevaba—. Los Verdes estarán allí. Alicent no dejará de observar a los niños.
Rhaenyra soltó una risa seca, carente de humor.
—Que miren. Que busquen manchas en la nieve. No me importa su veneno, Aurion. Esta noche tengo un anuncio que hacer, uno que les revolverá las entrañas aún más.
Se detuvieron un momento antes de entrar en los pasillos de piedra de la fortaleza. Rhaenyra se acercó a él, fingiendo ajustar la capa del caballero, pero en realidad se inclinó hacia su oído. Su aliento cálido rozó su piel, enviando un escalofrío por su columna.
—Estoy encinta de nuevo, mi amor —susurró ella—. Un quinto hijo. Nuestro quinto hijo.
Aurion apretó a Visenya contra sí de forma inconsciente, sus ojos verdes encontrándose con los morados de Rhaenyra en un duelo de asombro y temor. Un quinto hijo significaba más rumores, más peligro, más ojos vigilantes sobre la "pureza" de la línea Targaryen. Pero también significaba otra vida nacida de su amor prohibido, otra alma que lo llamaría, quizás en secreto, su Kepa.
—Rhaenyra... —empezó él, pero ella puso un dedo sobre sus labios.
—No digas nada. Disfruta de este momento de paz, Aurion. Porque cuando el sol salga mañana, la tormenta que se avecina sobre Desembarco del Rey nos alcanzará a todos.
Caminaron juntos por los pasillos sombríos, la princesa y su espada jurada, unidos por hilos invisibles de sangre y secretos. En los brazos de Aurion, la pequeña Visenya soñaba con dragones y flores, ajena a que su existencia misma era un acto de rebelión contra el mundo entero.
Sin embargo, en las sombras de los pilares de Rocadragón, no todos los ojos eran amigos. En la corte, los susurros sobre la "semilla fuerte" de la princesa ya no eran simples bromas de taberna, sino armas afiladas listas para ser usadas. Mientras Aurion Waters caminaba con la cabeza alta, protegiendo a su familia oculta, los cimientos del reino empezaban a agrietarse bajo el peso de una verdad que no podía permanecer enterrada por siempre.
El banquete de esa noche no sería solo una celebración de fertilidad, sino el inicio de una danza peligrosa donde cada sonrisa ocultaba una daga y cada brindis era un desafío al destino. Y Aurion, el hombre del Lecho de Pulgas que amó a una reina, sabía que llegaría el día en que su espada no bastaría para proteger lo que su corazón había engendrado. Pero mientras sentía el calor de su hija dormida y la cercanía de Rhaenyra, juró por los antiguos dioses y los nuevos que, si el mundo quería arrebatarle a sus hijos, tendría que ahogarse primero en su sangre.
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