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El autoproclamado caballero

Фандом: Re:Zero

Создан: 05.05.2026

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El Eco del Héroe que Aún no Existe

El silencio en la sala del trono del Castillo Real de Lugnica era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. La humillación de Subaru Natsuki no era solo un espectáculo lamentable; era una herida abierta en la dignidad de la selección real. Allí, de pie, con el rostro sucio y la respiración agitada, el joven que clamaba ser el caballero de Emilia se enfrentaba a la mirada gélida de Julius Juakulius y al desprecio apenas oculto de los sabios.

—¿Caballero? —La voz de Julius era como el acero chocando contra el mármol—. Ser un caballero no es un título que uno se otorga a sí mismo por capricho, Natsuki Subaru. Es una carga, un honor que se gana con sangre, disciplina y linaje. Tú no posees ninguna de esas cosas.

Subaru apretó los puños, con las uñas clavándose en sus palmas. La vergüenza le quemaba las mejillas, pero la terquedad, ese veneno que a menudo confundía con determinación, le impedía retroceder.

—¡Me da igual lo que digas! —gritó Subaru, con la voz quebrada—. ¡Yo soy el que ha estado a su lado! ¡Yo soy el que la protege! ¡Soy el caballero de Emilia!

Emilia, con el rostro pálido y los ojos empañados por la decepción, dio un paso adelante para detener aquella masacre social, pero las palabras murieron en su garganta. El aire mismo de la sala se volvió pesado, y una luz blanca, cegadora y antinatural, brotó del centro del salón.

Los caballeros desenvainaron sus espadas en un instante. Reinhard van Astrea se movió con una velocidad que desafiaba la percepción humana, situándose frente a Felt, mientras que los guardias reales formaban un perímetro. Sin embargo, no hubo explosión ni ataque.

En lugar de eso, una inmensa pantalla de luz, translúcida pero vibrante, se materializó en el aire, cubriendo gran parte de la pared principal.

—¿Qué magia es esta? —rugió Marcus Guildark, el comandante de los caballeros—. ¡Hechiceros, informen!

—No detectamos maná, comandante —respondió uno de los magos de la corte, con voz trémula—. Es como si... como si la realidad misma se hubiera plegado.

De repente, la pantalla cobró vida. La imagen no mostraba el salón real, sino una ciudad de canales plateados bajo un sol radiante. Priestella. Pero la ciudad estaba herida; el humo ascendía desde varios puntos y el pánico se sentía en el ambiente. En el centro de la imagen, sobre una torre de radio, se alzaba una figura.

Subaru Natsuki se quedó petrificado. El joven en la pantalla se parecía a él, pero algo era distinto. Sus ojos no tenían la desesperación febril que sentía en ese momento; tenían la calma de quien ha caminado por el infierno y ha regresado por su propio pie. Llevaba una chaqueta diferente, y su presencia emanaba una autoridad que el Subaru del presente no podía ni imaginar.

—¿Ese... soy yo? —susurró el Subaru del salón, olvidando por un momento su propia humillación.

En la pantalla, el Subaru del futuro tomó aire y su voz, amplificada por la magia de la torre, resonó no solo en Priestella, sino también en el salón del trono de Lugnica.

—¡Escúchenme todos! —La voz del Subaru en la pantalla era firme, cargada de una calidez que envolvía a quienes la oían—. Mi nombre es Natsuki Subaru.

En el salón real, los nobles intercambiaron miradas de confusión. Priscilla Barielle abanicó su rostro con una sonrisa de desdén, aunque sus ojos mostraban una curiosidad genuina. Anastasia Hoshin entrecerró los ojos, analizando cada detalle de la vestimenta del joven.

—Soy el contratista del Gran Espíritu Beatrice —continuó el Subaru de la pantalla—, y el caballero de la candidata al trono, Emilia.

Un jadeo colectivo recorrió la sala. Emilia se llevó las manos al pecho, mirando la imagen con incredulidad.

—¿Contratista de un Gran Espíritu? —murmuró Felt, mirando a Reinhard—. ¿Ese debilucho?

—¡No se rindan! —proclamó el Subaru del futuro—. Sé que tienen miedo. Sé que el culto de la bruja parece una fuerza invencible. Pero miren hacia atrás. Miren lo que hemos logrado. ¡Yo soy aquel que lideró la caza de la Ballena Blanca! ¡Yo soy quien derrotó al Gran Conejo junto a mis compañeros! ¡Y fui yo quien acabó con el Arzobispo de la Pereza, Petelgeuse Romanee-Conti!

El silencio en el salón del trono se volvió absoluto. Era un silencio de muerte.

Crusch Karsten, que hasta ese momento había mirado a Subaru con una mezcla de lástima y reproche, se puso de pie bruscamente. Su mirada se clavó en la pantalla, analizando la mención de la Ballena Blanca, el monstruo que le había arrebatado tanto.

—¿La Ballena Blanca? —susurró Crusch—. ¿Derrotada? ¿Por él?

Wilhelm van Astrea, el Demonio de la Espada, dio un paso adelante, con la mano temblando ligeramente sobre el pomo de su espada. Sus ojos, siempre serenos, ardían con una intensidad feroz.

—Ese joven... —dijo Wilhelm en voz baja—, habla con la verdad de un guerrero que ha visto el final de una larga vigilia.

En la pantalla, el discurso continuaba, infundiendo esperanza a una ciudad al borde del colapso.

—No soy un héroe —decía el Subaru del futuro con una sonrisa triste pero decidida—. Soy solo un hombre que se niega a rendirse. Soy el caballero de Emilia, y les prometo que mientras yo respire, no dejaremos que la oscuridad gane. ¡Luchen! ¡Porque el mañana nos pertenece!

La imagen comenzó a desvanecerse, dejando tras de sí un rastro de partículas de luz que se disolvieron en el aire viciado de la sala del trono.

Nadie habló. El Subaru del presente estaba de rodillas, con los ojos abiertos de par en par, procesando lo que acababa de ver. ¿La Ballena Blanca? ¿El Gran Conejo? ¿Vencer a un Arzobispo? Parecía una broma de mal gusto, pero la autoridad que emanaba de su versión futura era innegable.

Julius Juakulius fue el primero en romper el silencio. Su expresión de desprecio se había transformado en una de profunda confusión y una extraña forma de respeto incipiente.

—Natsuki Subaru —dijo Julius, su voz ahora carente de la burla anterior—. ¿Qué es lo que acabamos de presenciar?

—Yo... yo no lo sé —respondió Subaru, con la voz rota—. Pero ese era yo. No sé cómo, ni cuándo... pero ese hombre era quien yo quiero ser.

Marcos Guildark se dirigió a los sabios, quienes discutían acaloradamente en sus asientos elevados.

—Si lo que hemos visto es un atisbo del futuro —declaró el sabio Miklotov, con su larga barba blanca temblando—, entonces este joven no es el bufón que creíamos. La Ballena Blanca ha asolado nuestro mundo por cuatro siglos. Si él es la clave para su caída...

—¡Es absurdo! —interrumpió un noble de las filas traseras—. ¡Mírenlo! ¡Es un niño sin talento! ¡Seguro es una ilusión de la Bruja!

—No es una ilusión —dijo Reinhard van Astrea, dando un paso hacia el centro—. Mi Protección Divina del Juicio me dice que las palabras que escuchamos en ese discurso eran verdaderas. Ese hombre, en ese momento, creía en cada palabra. Realmente ha logrado esas hazañas.

Emilia se acercó a Subaru. Ignorando el protocolo, ignorando las miradas de los nobles y el juicio de los sabios, se arrodilló a su lado y puso una mano sobre su hombro.

—Subaru —dijo ella suavemente.

Él la miró, con los ojos llenos de lágrimas.

—Emilia... yo... no soy ese hombre todavía. Acabo de meter la pata, te he avergonzado y...

—Ese hombre dijo que era mi caballero —lo interrumpió Emilia con una sonrisa pequeña y temblorosa—. Y aunque ahora mismo estoy muy enfadada contigo por lo que hiciste hace unos minutos... ese hombre de la pantalla me hace creer que tal vez, solo tal vez, no te equivocabas tanto al decir que crees en mí.

Priscilla soltó una carcajada sonora que atrajo todas las miradas.

—¡Qué entretenido! —exclamó la dama de rojo—. El destino parece tener un sentido del humor retorcido. Un plebeyo que se convierte en el azote de las calamidades del mundo. Dime, perro doméstico, ¿realmente tienes el valor para alcanzar a esa sombra que acabamos de ver, o te ahogarás en tu propia mediocridad antes de llegar a Priestella?

Subaru se puso de pie lentamente. Sus piernas aún temblaban, y el dolor de su orgullo herido seguía allí, pero algo había cambiado. La visión de su "yo" futuro no solo le había dado una meta; le había dado una responsabilidad. Si ese futuro existía, no podía permitir que sus errores actuales lo destruyeran.

Miró a Julius directamente a los ojos.

—Dijiste que no tengo linaje ni disciplina —dijo Subaru, con la voz ganando fuerza—. Y tienes razón. Ahora mismo no soy nada. Pero ese tipo de la pantalla... él hizo lo que nadie más pudo. Así que, aunque tenga que morir mil veces para lograrlo, voy a convertirme en ese caballero.

Julius sostuvo la mirada de Subaru durante un largo tiempo. Finalmente, cerró los ojos y asintió levemente.

—Entonces, Natsuki Subaru, espero que tus acciones a partir de este momento estén a la altura de la leyenda que acabamos de presenciar. Porque el mundo no te perdonará si fracasas después de habernos mostrado tal esperanza.

—No voy a fracasar —afirmó Subaru, aunque por dentro el miedo seguía gritando—. Porque soy el caballero de Emilia. Y ella va a ser la reina de este reino.

El ambiente en el salón del trono había cambiado drásticamente. La humillación se había transformado en una incertidumbre cargada de anticipación. Los sabios suspendieron la sesión para deliberar sobre las implicaciones de la "visión", y los candidatos se retiraron con sus respectivos caballeros, cada uno rumiando lo que significaba que el joven más improbable de la sala fuera, supuestamente, el salvador del futuro.

Mientras Emilia y Subaru salían del salón, seguidos por un silencioso Roswaal L. Mathers que observaba todo con una mirada intensamente calculadora, Subaru miró sus propias manos.

—Ballena Blanca... Gran Conejo... Pereza... —susurró para sí mismo.

No sabía cómo iba a enfrentar a esos monstruos. No sabía cómo iba a sobrevivir. Pero por primera vez desde que llegó a este mundo, Subaru Natsuki no se sentía como un impostor. Había visto el hombre que podía llegar a ser.

Y ese hombre no se rendía.
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