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La nena de troya

Фандом: Troy la película de 2008

Создан: 05.05.2026

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La Nena de Argentina en la Ciudad de las Murallas Altas

El sol de Grecia pegaba más fuerte que el flash de una alfombra roja, y María Becerra no entendía absolutamente nada. Hacía apenas cinco minutos estaba en el backstage de un show en Buenos Aires, ajustándose las zapatillas y revisando que su mochila táctica —esa que llevaba a todos lados con sus "imprescindibles"— estuviera bien cerrada. De repente, un mareo, un brillo extraño, y ahí estaba ella: rodeada de arena, barcos de madera gigantes y hombres que parecían haber salido de un gimnasio pero con faldas de cuero.

—¿Qué onda? ¿Esto es un video de presupuesto infinito o me mandé un viaje astral sin aviso? —murmuró María, acomodándose la gorra y ajustando las correas de su mochila.

A lo lejos, la ciudad de Troya se alzaba imponente. Pero lo que más llamaba la atención no eran las murallas, sino el caos que se desarrollaba frente a ellas. Dos ejércitos estaban a punto de darse con todo, pero se habían detenido en seco al ver aparecer a una chica con pantalones anchos, un top brillante y una mochila llena de pines en medio del campo de batalla.

De un lado, un hombre rubio, con una armadura que brillaba más que un diamante y una expresión de "soy el mejor de la historia", se adelantó. Era Aquiles. Del otro lado, un hombre de barba prolija, mirada noble y hombros tan anchos que podrían sostener el mundo, avanzó con cautela. Era Héctor.

—¿Quién eres, extraña criatura? —preguntó Héctor, bajando su espada—. ¿Eres una enviada de los dioses? ¿Atenea ha decidido vestir ropas tan... peculiares?

María lo miró de arriba abajo. El tipo era un calco de Eric Bana, pero más alto.

—No, rey, yo soy María, la nena de Argentina —respondió ella con total naturalidad, sacando un abanico de su mochila para combatir el calor—. ¿Ustedes quiénes son? ¿Están grabando la de Troya? Alto cosplay, amigo.

Aquiles, que hasta ese momento miraba con arrogancia, se acercó un paso más, fascinado por el brillo del piercing en la nariz de la chica.

—No sé qué es un "cosplay" —dijo Aquiles con su voz profunda y peligrosa—, pero tu belleza es extraña y cautivadora. Soy Aquiles, hijo de Peleo. Y este campo de batalla es mío.

—Ah, Aquiles... el de los talones —dijo María soltando una risita—. Un gusto, fiera. Escuchame, ¿tienen un poco de agua? Me bajó la presión con este sol.

Héctor, siempre el caballero, se apresuró a ofrecerle su propio odre de cuero.

—Toma, doncella María. No sé de qué tierra vienes, pero no pareces una guerrera.

—Gracias, bombón —dijo María, dándole un trago al agua y haciendo que Héctor se sonrojara hasta las orejas ante el cumplido.

Aquiles, sintiéndose extrañamente celoso de la atención que la recién llegada le prestaba al príncipe troyano, se cruzó de brazos.

—¿Qué llevas en esa caja de tela que cargas a la espalda? —preguntó el griego con curiosidad—. ¿Son armas secretas de una tierra lejana?

María se sentó en una piedra, ignorando que miles de soldados griegos y troyanos la miraban como si fuera un alienígena.

—¿La mochi? No, tranqui. Son mis cosas —dijo ella, abriendo el cierre. El sonido del "zip" hizo que los soldados más cercanos saltaran hacia atrás, desenvainando espadas—. ¡Ey, bajen un cambio! Es un cierre, no una víbora.

María metió la mano y sacó un paquete de papas fritas. La bolsa de plástico metalizado brilló bajo el sol. Aquiles y Héctor se acercaron, hipnotizados.

—¿Es... oro comestible? —preguntó Héctor, estirando una mano.

—Casi —respondió María, abriendo la bolsa con un estallido—. Son papitas. Prueben.

Aquiles tomó una con desconfianza y la probó. Sus ojos se abrieron como platos. La sal, la grasa, el crujido... era algo que ni en el Olimpo conocían.

—Por los dioses... —susurró Aquiles—. Esto es mejor que la ambrosía. Héctor, olvida la guerra. Necesito más de estas "papitas".

—¡Jamás! —gritó Héctor, que ya le había arrebatado la bolsa—. Ella me las dio a mí primero.

María se rió, sacando ahora un parlante Bluetooth pequeño pero potente.

—Bueno, bueno, no se peleen que hay para todos. Vamos a ponerle un poco de onda a este desierto, que están todos muy tensos.

Con un par de toques en su celular (que milagrosamente tenía batería aunque no señal), empezó a sonar un reggaetón pesado. El bajo retumbó en las llanuras de Troya. Los caballos de los carros griegos empezaron a relinchar y los soldados retrocedieron aterrorizados.

—¿Qué clase de magia negra es esta? —exclamó Héctor, aunque su pie derecho empezaba a marcar el ritmo contra el suelo de forma inconsciente.

—Es un perreo, primo —dijo María, empezando a moverse con el estilo que la caracterizaba—. ¡Dale, Aquiles, soltá el escudo y mové un poco las cachas!

Aquiles, el guerrero invencible, el terror de las naciones, estaba completamente hipnotizado por el movimiento de caderas de la cantante.

—Nunca he visto una danza así —admitió Aquiles, acercándose a ella con una sonrisa depredadora pero encantada—. En Micenas las mujeres bailan con gracia, pero tú... tú bailas como si tuvieras el fuego de Hefesto en el cuerpo.

—Es el flow, rubio —dijo María, guiñándole un ojo—. Che, Héctor, no te quedes ahí con cara de póker. ¿No tienen sombra acá? Me voy a derretir.

Héctor, ignorando por completo que su hermano Paris estaba probablemente escondido en la ciudad con Helena, le tendió la mano a María.

—Ven conmigo a Troya, María. Serás mi invitada de honor. Te daré los mejores aposentos y las sedas más finas.

—¡Ni lo pienses! —intervino Aquiles, interponiéndose entre ellos—. Ella vendrá a mi campamento. Le daré el oro de diez ciudades y mi protección eterna.

María miró a los dos hombres. Uno era el guerrero más letal del mundo antiguo, y el otro era el príncipe más noble y fachero de Asia Menor. Ambos estaban listos para reanudar la guerra, pero esta vez, por ver quién le llevaba la mochila.

—A ver, corten un toque —dijo María, sacando un pote de protector solar factor 50—. Primero, me voy a poner crema porque mañana voy a parecer un camarón. Segundo, no soy un trofeo, chicos. Yo voy a donde quiero.

Se puso un poco de crema en la nariz y, al ver la cara de confusión de Aquiles, le puso un poco a él también.

—Tomá, para que no se te pele la nariz, guerrero.

Aquiles se quedó paralizado, sintiendo el aroma a coco de la crema. Sus hombres, los Myrmidones, no podían creer lo que veían: su líder, el hombre que hacía temblar a los reyes, estaba siendo "marcado" con una sustancia blanca y olorosa por una piba que usaba gorra para atrás.

—Este aroma... —susurró Aquiles, aspirando profundamente—. Es como si la primavera misma hubiera sido atrapada en una poción.

—Es Hawaiian Tropic, rey, bajale a la poesía —rio María.

Héctor, viendo que Aquiles estaba ganando terreno, decidió actuar.

—María, en Troya tenemos grandes banquetes. Hay vino, música de cítara y...

—¿Tienen asado? —interrumpió ella.

—Tenemos... buey asado —respondió Héctor, algo inseguro.

—Bueno, me sirve. Pero solo si me dejan poner mi música —sentenció María—. Y nada de matarse hoy, ¿estamos? Me da mucha vibra negativa ver sangre.

Aquiles y Héctor se miraron. La guerra de diez años, el destino de las naciones, el honor de Menelao... todo parecía una tontería comparado con la posibilidad de pasar la tarde escuchando a esa mujer hablar de forma tan extraña y comer esas láminas de oro crujientes.

—Por hoy, habrá tregua —declaró Héctor, alzando su espada hacia sus murallas—. ¡Abran las puertas! ¡Traemos a la Nena de Argentina!

Caminar hacia Troya fue toda una experiencia. María iba en medio de los dos héroes, contándoles cosas del futuro que los dejaban con la boca abierta.

—¿Entonces dices que en tu tierra la gente viaja en carros de metal que vuelan? —preguntó Aquiles, que no se despegaba de su lado.

—No, los que vuelan son aviones, los carros son autos —explicó ella—. Y no saben lo que es el autotune, les volaría la peluca.

Cuando llegaron a las puertas de la ciudad, el rey Príamo los esperaba. Al ver a María, el anciano rey frunció el ceño.

—¿Quién es esta extranjera, Héctor? ¿Y por qué Aquiles camina a nuestro lado sin intentar matarnos?

—Padre, ella es María —dijo Héctor con una reverencia—. Trae consigo una magia llamada "vibras" y una comida celestial.

María se adelantó y le dio un beso en cada mejilla al rey, algo que hizo que toda la corte soltara un grito de asombro. Nadie tocaba al rey.

—¿Qué hacés, abuelo? Todo bien, ¿no? —dijo ella con una sonrisa—. Tenés un palacio re lindo, un poco antiguo el decorado, pero va.

Príamo, sorprendido por la audacia, terminó soltando una carcajada.

—Tiene espíritu. Me gusta.

Esa noche, Troya vivió una fiesta como ninguna otra. En el gran salón, María sacó su "arma secreta" de la mochila: un parlante más grande que había guardado (quién sabe cómo) y empezó a pasar sus temas.

—¡Esto se llama "Automático", gente! ¡A mover el esqueleto!

Héctor intentaba bailar reggaetón con su túnica real, lo cual era un espectáculo digno de ver. Aquiles, por otro lado, intentaba impresionar a María mostrándole cómo podía pelar una fruta con un cuchillo de combate en menos de un segundo.

—Mira, María —decía Aquiles, acercándose a su oído para que se escuchara sobre la música—. Puedo conquistar el mundo para ti si me lo pides.

—No quiero el mundo, rubio —respondió ella, dándole un sorbo a una copa de vino que, según ella, "estaba medio fuerte"—. Con que me consigas un cargador portátil estamos joya. Pero como acá no hay enchufes, estamos al horno.

De repente, Paris y Helena aparecieron en el salón. Helena, la mujer más bella del mundo, se quedó mirando a María con envidia. El delineado de ojos de la cantante era perfecto, algo que ni con los mejores aceites de Egipto se lograba.

—¿Cómo haces para que tus ojos brillen así? —preguntó Helena, acercándose con curiosidad.

—Es glitter, reina. Tomá, te regalo un poco —María sacó un pequeño frasco de brillo y le puso un poco en los pómulos a Helena—. Ahora sí, sos una motomami de época.

Héctor y Aquiles se encontraron en la mesa de las bebidas. La rivalidad seguía ahí, pero estaba camuflada por la confusión.

—Es extraña —dijo Héctor, mirando cómo María le enseñaba a Príamo a hacer el paso del "aserejé"—. Pero tiene un corazón puro. No quiero que se vaya.

—No se irá —dijo Aquiles, apretando el puño—. Me la llevaré a Ftía.

—Sobre mi cadáver, griego —respondió Héctor, aunque sin mucha agresividad.

María se acercó a ellos, un poco transpirada de tanto bailar.

—Che, son re copados ustedes dos. Lástima que se quieran matar por una pavada. ¿Por qué no se arreglan hablando? Un asadito de por medio, un par de temas de la Joaqui, y listo.

—Nuestras leyes de honor son antiguas, María —explicó Héctor con tristeza—. El destino ya está escrito por los dioses.

María revoleó los ojos y sacó su celular. Le quedaba 2% de batería.

—Mirá, Héctor, mirá, Aquiles. Vengan acá.

Los dos guerreros se acercaron y María puso la cámara frontal.

—Digan "wiski" —ordenó ella.

—¿Wiski? —preguntaron ambos al mismo tiempo.

*Click.*

La foto quedó para la posteridad: Aquiles con una mancha de protector solar en la nariz, Héctor con una corona de flores que María le había puesto, y ella en el medio haciendo el signo de la paz con los dedos.

—Esa es la única guerra que quiero ver —dijo ella—. Una guerra de selfies.

Justo en ese momento, el celular se apagó. El brillo de la pantalla desapareció y, con él, una extraña vibración empezó a sentirse en el aire.

—Uh, parece que se me termina el tiempo de visita —dijo María, sintiendo que sus pies empezaban a desvanecerse—. Me llama el manager, chicos.

—¡No te vayas! —gritó Aquiles, intentando agarrar su mano, pero sus dedos solo atravesaron aire.

—¡María! —exclamó Héctor, extendiendo su brazo—. ¡Prometo que no habrá guerra si te quedas!

—¡Pórtense bien! —gritó María mientras desaparecía en un torbellino de luces brillantes y olor a perfume importado—. ¡Y no se olviden de usar protector solar! ¡Los quiero, locos!

En un segundo, el gran salón de Troya quedó en silencio. Solo se escuchaba el eco lejano de un ritmo de reggaetón que se desvanecía en el viento.

Aquiles y Héctor se quedaron parados, mirando el lugar donde la chica argentina había estado hace un momento. En el suelo, quedaba un único recuerdo: una bolsa vacía de papas fritas y un pin que decía "La Nena de Argentina".

Aquiles recogió el pin y se lo prendió en su capa roja. Héctor recogió la bolsa vacía como si fuera un papiro sagrado.

—¿Y ahora qué? —preguntó Aquiles, mirando a su rival.

Héctor suspiró, mirando hacia las murallas.

—Creo que ya no tengo ganas de pelear, Aquiles. Me quedó el gusto a sal en los labios y esa música en la cabeza.

—Yo tampoco —admitió el griego—. Además, me puso esta crema blanca y dijo que si me daba el sol me iba a poner como un camarón. No sé qué es un camarón, pero suena terrible.

La guerra de Troya terminó ese día, no con un caballo de madera, sino con una bolsa de papitas y el recuerdo de una piba de Quilmes que les enseñó que, a veces, es mejor perrear que pelear.

Y en algún lugar del siglo XXI, María Becerra aparecía de nuevo en su camarín, parpadeando confundida.

—Che, qué sueño loco tuve —le dijo a su asistente—. Soñé que Brad Pitt y Eric Bana se peleaban por mis papas fritas. ¿Tendré hambre?

Se miró al espejo y se dio cuenta de algo: le faltaba un pin en la mochila. Y en su lugar, había una pequeña mancha de arena griega que brillaba como el oro. María sonrió y se acomodó la gorra.

—Bueno, al final sí que fue un show épico.
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