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Фандом: Jujutsu Kaisen
Создан: 06.05.2026
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Llantos de seda y gritos de terciopelo
El silencio en la mansión Fushiguro no era sinónimo de paz; era el subproducto del miedo. Megumi se encontraba ovillado en la esquina de su habitación, presionando una toalla húmeda contra su mejilla izquierda. El frío del agua no lograba mitigar el calor punzante que emanaba de su pómulo, ni el sabor metálico de la sangre que se filtraba desde su labio partido.
A sus dieciséis años, Megumi debería estar preocupado por los exámenes de ingreso a la preparatoria o por qué club elegir. En cambio, su vida se limitaba a las cuatro paredes de una jaula dorada, esperando el día en que cumpliera la mayoría de edad para ser entregado oficialmente a Naoya Zen'in. El compromiso había sido un trato de negocios, una alianza estratégica que sus padres, Toji y su madre, habían aceptado con una sonrisa complaciente, convencidos de que estaban asegurando el futuro de su hijo "omega" antes de que su valor en el mercado disminuyera.
Al principio, Megumi había aceptado su destino con una resignación estoica. Le habían enseñado que su propósito era formar una familia, ser el pilar de un hogar y dar herederos fuertes. Pero Naoya resultó ser un monstruo envuelto en trajes de diseñador. Para él, un omega no era un compañero, sino una propiedad; una herramienta que debía ser moldeada a base de disciplina y mano dura.
—Es por tu bien, Megumi —le decía Naoya cada vez que sus dedos se cerraban con demasiada fuerza alrededor de su cuello—. Un omega sin dirección es un desperdicio. Necesitas aprender a bajar la mirada.
Esa noche, la "lección" había sido más severa de lo habitual. El pecado de Megumi había sido cuestionar el tono misógino con el que Naoya hablaba de las mujeres de la servidumbre. El resultado: un golpe seco que lo mandó al suelo y una serie de humillaciones que le recordaron lo pequeño que era en ese mundo de alfas dominantes.
Con las manos temblorosas, Megumi buscó su teléfono. Sabía que su padre, Toji, estaba en una reunión de negocios en la ciudad, probablemente rodeado de lujos y alcohol. Necesitaba ayuda. Necesitaba que alguien, por una vez, lo viera como un hijo y no como una moneda de cambio.
Marcó el número privado de su padre. El tono de llamada resonó en su oído, un latido electrónico que marcaba el ritmo de su desesperación.
—¿Hola? ¿Señor Fushiguro? —Una voz joven, cálida y extrañamente enérgica respondió al tercer tono. No era Toji.
Megumi se quedó helado. La voz no tenía la aspereza cínica de su padre ni la prepotencia de Naoya. Era una voz que sonaba a luz de sol.
—¿Papá? —susurró Megumi, su voz quebrándose al final.
Hubo un silencio del otro lado. Se escuchó el sonido de papeles moviéndose y el murmullo de una oficina lejana.
—Ah, no, lo siento. Soy Yuji Itadori, el asistente del señor Fushiguro. Él se dejó el teléfono en el despacho mientras entró a la cena de gala. ¿Quién habla? ¿Es una broma de Gojo-san otra vez? Porque si es así, no es gracioso, ¡tengo tres informes que terminar antes de medianoche!
Megumi cerró los ojos con fuerza. El dolor en su labio palpitó.
—No es una broma —dijo en un hilo de voz—. Soy Megumi.
—¿Megumi? ¿El hijo del jefe? —El tono de Yuji cambió instantáneamente de profesional a confundido—. Vaya, hola. No sabía que el señor Fushiguro tuviera un hijo que llamara a estas horas. ¿Pasa algo? Suenas... suenas un poco mal. ¿Tienes gripe?
Megumi soltó un sollozo involuntario que intentó ahogar con la mano. El simple hecho de que un extraño notara que algo no estaba bien, cuando su propia familia ignoraba los moretones bajo su ropa, fue demasiado.
—Por favor... —logró decir Megumi—. Dile que necesito que venga. Dile que Naoya... que me duele.
Del otro lado de la línea, Yuji Itadori, un estudiante de arquitectura de veintiún años que trabajaba en dos empleos para pagar su habitación compartida y sus materiales, sintió que se le helaba la sangre. Aunque era un alfa, Yuji no compartía los instintos territoriales agresivos de su casta; él era de los que rescataban gatos callejeros y ayudaban a los ancianos con las bolsas del súper.
—Oye, tranquilo —dijo Yuji, dejando la pluma sobre el escritorio y poniéndose de pie—. Megumi, escúchame. El señor Fushiguro no va a salir de esa cena en al menos tres horas. Son políticas de la empresa. Pero dime qué pasa. ¿Quién es Naoya? ¿Estás herido?
—Me golpeó —confesó Megumi, y decir las palabras en voz alta hizo que la realidad cayera sobre él como una losa—. Siempre lo hace, pero hoy... no puedo dejar de sangrar.
Yuji sintió una punzada de rabia pura, un instinto protector que nunca antes había experimentado con tal intensidad. Sabía quién era Naoya Zen'in por los archivos de la oficina: el prometido de la "joya" de la familia Fushiguro. Siempre le había parecido arcaico que un chico de dieciséis años estuviera comprometido, pero no era su lugar opinar. Hasta ahora.
—¿Dónde estás ahora mismo? —preguntó Yuji, ya buscando sus llaves en el bolsillo de su pantalón—. ¿En la casa principal?
—En mi habitación —respondió Megumi, sorprendido por la urgencia en la voz del asistente—. Pero no puedes venir. Si Naoya te ve, o si mi padre se entera de que un extraño entró...
—Me importa un bledo lo que Naoya o tu padre piensen —interrumpió Yuji con una firmeza que no admitía réplica—. No voy a dejar que un chico de dieciséis años se desangre solo en una habitación gigante. Quédate en la línea conmigo. No cuelgues. Estoy yendo para allá.
—¿Por qué? —preguntó Megumi, confundido—. Ni siquiera me conoces. Solo soy el hijo del jefe.
—Porque nadie debería sonar tan asustado —respondió Yuji suavemente mientras salía corriendo hacia el estacionamiento—. Y porque, aunque sea un pasante, no soy un cobarde. Háblame, Megumi. Cuéntame cualquier cosa. ¿Qué te gusta hacer? ¿Cuáles son tus flores favoritas? Mantén tu mente en otro lado.
Megumi, apoyado contra la pared fría, sintió por primera vez en años que no estaba solo.
—Me gustan las sombras —susurró—. Y el jengibre. Pero Naoya dice que los omegas no deberían tener gustos propios, solo preferencias que agraden a su alfa.
—Pues Naoya es un idiota —sentenció Yuji, y el sonido del motor de su viejo auto encendiéndose se filtró por el auricular—. Yo soy un alfa y te digo que eso es una estupidez. Los gustos propios son lo que nos hace humanos. Sigue hablando, llegaré en quince minutos.
Durante ese tiempo, Yuji no dejó que el silencio se apoderara de la conversación. Le contó a Megumi sobre sus desastrosas clases de cálculo, sobre su abuelo que siempre le regañaba por no comer suficiente y sobre cómo odiaba las corbatas que tenía que usar para trabajar con Toji. Megumi escuchaba, fascinado por la normalidad de la vida de Yuji, una normalidad que a él le había sido negada.
Cuando Yuji llegó a la mansión, no entró por la puerta principal. Conocía los puntos ciegos de la seguridad gracias a los planos que había tenido que organizar en la oficina. Se coló por el jardín lateral y subió por la estructura de la terraza hasta llegar al balcón que Megumi le había descrito.
Cuando entró por la puerta acristalada, lo que vio le rompió el corazón.
Megumi era pequeño, mucho más delgado de lo que un joven de su edad debería ser. Su piel era pálida como la porcelana, pero estaba manchada de un color púrpura cruel en la mejilla. Su labio estaba hinchado y sus ojos verdes, nublados por las lágrimas y el cansancio, lo miraron con una mezcla de esperanza y terror.
—Viniste —dijo Megumi, dejando caer el teléfono.
Yuji se acercó lentamente, manteniendo sus manos a la vista para no asustarlo. A pesar de ser un alfa, su aroma era reconfortante: olía a sol, a ropa limpia y a algo dulce, como el azúcar tostado. Era un aroma que no intentaba dominar, sino abrazar.
—Te dije que lo haría —respondió Yuji en un susurro. Se arrodilló frente a él y, con una delicadeza que Megumi nunca había experimentado, tomó su barbilla—. Ese tipo te puso la mano encima... juro que pagará por esto.
—No puedes hacer nada —dijo Megumi, bajando la mirada—. Él tiene el poder. Mi familia lo quiere a él.
—Tu familia no te merece —replicó Yuji. Sacó un pequeño botiquín de primeros auxilios que siempre llevaba en su mochila—. Déjame curarte, Megumi.
Mientras Yuji limpiaba la herida del labio con antiséptico, Megumi se estremeció, pero no se alejó. Al contrario, se inclinó inconscientemente hacia el calor que emanaba del cuerpo del mayor. Por primera vez en su vida, el aroma de un alfa no le provocaba náuseas ni el deseo de esconderse.
—¿Por qué eres tan diferente? —preguntó Megumi, observando las facciones amables de Yuji, su cabello rosado despeinado y la genuina preocupación en sus ojos color miel.
—¿Diferente a qué? —Yuji sopló suavemente sobre la herida para aliviar el escozor.
—A los alfas que conozco. Naoya, mi padre... ellos solo quieren control. Tú... tú me miras como si fuera una persona.
Yuji se detuvo y lo miró fijamente, con una seriedad que transformó su rostro juvenil.
—Es que eres una persona, Megumi. Una persona increíble que ha aguantado demasiado. No eres un objeto, ni un contrato, ni una incubadora. Tienes dieciséis años, deberías estar soñando con el futuro, no temiendo el mañana.
Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de Megumi, pero esta vez no eran de dolor. Eran de alivio. Por primera vez, alguien había validado su sufrimiento en lugar de pedirle que "aguantara por el bien de la familia".
—Tengo miedo —confesó Megumi, escondiendo el rostro en el hombro de Yuji—. Mañana Naoya vendrá a buscarme para una cena de compromiso oficial. No quiero ir. No quiero casarme con él. No quiero que me toque nunca más.
Yuji rodeó a Megumi con sus brazos, protegiéndolo de la oscuridad de la habitación. El omega se aferró a su chaqueta como si fuera un salvavidas en medio de una tormenta.
—No dejaré que te lleve —prometió Yuji, aunque sabía que sus palabras eran peligrosas—. Soy solo un pasante y un estudiante, no tengo dinero ni poder, pero tengo dos manos y un corazón que no va a permitir que vuelvan a lastimarte.
—Podrías perder tu trabajo —dijo Megumi contra su pecho—. Podrías meterte en problemas legales. Mi padre es un hombre influyente.
—Prefiero perder mi trabajo mil veces antes que perder mi humanidad —respondió Yuji con firmeza—. Escúchame bien, Megumi. Mañana volveré. No sé cómo todavía, pero buscaré una forma de sacarte de aquí. ¿Confías en mí?
Megumi levantó la vista. El mundo de reglas estrictas y tradiciones asfixiantes en el que había crecido parecía desmoronarse ante la simple bondad de este extraño. Por primera vez en su vida, decidió no ser el omega sumiso que todos esperaban.
—Confío en ti —dijo firmemente.
Esa noche, Yuji no se fue hasta que Megumi se quedó dormido, agotado por el llanto y el dolor. Antes de salir por el balcón, el alfa miró la habitación lujosa que se sentía más como una celda de aislamiento que como un hogar.
—Mañana será el primer día de tu verdadera vida, Megumi —susurró Yuji para sí mismo.
Mientras caminaba hacia su auto, Yuji ya estaba haciendo llamadas. No a la policía, que probablemente estaba en el bolsillo de los Zen'in, sino a sus amigos de la universidad, a la gente que, como él, no tenía nada que perder y todo por cambiar.
El plan era arriesgado. Podría terminar en la cárcel o algo peor. Pero cuando cerraba los ojos, solo podía ver la marca del golpe en la mejilla de Megumi y la forma en que el chico se había aferrado a él buscando un refugio que nadie más le había dado.
En la mansión, Megumi despertó poco antes del amanecer. Por primera vez, el peso en su pecho no era solo angustia. Había una chispa de rebelión, alimentada por el aroma a sol y azúcar que aún impregnaba su almohada.
—No voy a ser tuya, Naoya —murmuró Megumi al vacío de la habitación—. Nunca más.
El sol comenzó a salir, iluminando los moretones de su rostro, pero también la determinación en sus ojos. El contrato de los Fushiguro estaba a punto de romperse, y el encargado de hacerlo no era un caballero de armadura brillante, sino un pasante universitario con un corazón demasiado grande para un mundo tan pequeño.
La batalla por la libertad de Megumi acababa de empezar, y aunque el camino estaría lleno de sombras, ahora tenía una luz a la cual seguir. Una luz llamada Yuji Itadori.
A sus dieciséis años, Megumi debería estar preocupado por los exámenes de ingreso a la preparatoria o por qué club elegir. En cambio, su vida se limitaba a las cuatro paredes de una jaula dorada, esperando el día en que cumpliera la mayoría de edad para ser entregado oficialmente a Naoya Zen'in. El compromiso había sido un trato de negocios, una alianza estratégica que sus padres, Toji y su madre, habían aceptado con una sonrisa complaciente, convencidos de que estaban asegurando el futuro de su hijo "omega" antes de que su valor en el mercado disminuyera.
Al principio, Megumi había aceptado su destino con una resignación estoica. Le habían enseñado que su propósito era formar una familia, ser el pilar de un hogar y dar herederos fuertes. Pero Naoya resultó ser un monstruo envuelto en trajes de diseñador. Para él, un omega no era un compañero, sino una propiedad; una herramienta que debía ser moldeada a base de disciplina y mano dura.
—Es por tu bien, Megumi —le decía Naoya cada vez que sus dedos se cerraban con demasiada fuerza alrededor de su cuello—. Un omega sin dirección es un desperdicio. Necesitas aprender a bajar la mirada.
Esa noche, la "lección" había sido más severa de lo habitual. El pecado de Megumi había sido cuestionar el tono misógino con el que Naoya hablaba de las mujeres de la servidumbre. El resultado: un golpe seco que lo mandó al suelo y una serie de humillaciones que le recordaron lo pequeño que era en ese mundo de alfas dominantes.
Con las manos temblorosas, Megumi buscó su teléfono. Sabía que su padre, Toji, estaba en una reunión de negocios en la ciudad, probablemente rodeado de lujos y alcohol. Necesitaba ayuda. Necesitaba que alguien, por una vez, lo viera como un hijo y no como una moneda de cambio.
Marcó el número privado de su padre. El tono de llamada resonó en su oído, un latido electrónico que marcaba el ritmo de su desesperación.
—¿Hola? ¿Señor Fushiguro? —Una voz joven, cálida y extrañamente enérgica respondió al tercer tono. No era Toji.
Megumi se quedó helado. La voz no tenía la aspereza cínica de su padre ni la prepotencia de Naoya. Era una voz que sonaba a luz de sol.
—¿Papá? —susurró Megumi, su voz quebrándose al final.
Hubo un silencio del otro lado. Se escuchó el sonido de papeles moviéndose y el murmullo de una oficina lejana.
—Ah, no, lo siento. Soy Yuji Itadori, el asistente del señor Fushiguro. Él se dejó el teléfono en el despacho mientras entró a la cena de gala. ¿Quién habla? ¿Es una broma de Gojo-san otra vez? Porque si es así, no es gracioso, ¡tengo tres informes que terminar antes de medianoche!
Megumi cerró los ojos con fuerza. El dolor en su labio palpitó.
—No es una broma —dijo en un hilo de voz—. Soy Megumi.
—¿Megumi? ¿El hijo del jefe? —El tono de Yuji cambió instantáneamente de profesional a confundido—. Vaya, hola. No sabía que el señor Fushiguro tuviera un hijo que llamara a estas horas. ¿Pasa algo? Suenas... suenas un poco mal. ¿Tienes gripe?
Megumi soltó un sollozo involuntario que intentó ahogar con la mano. El simple hecho de que un extraño notara que algo no estaba bien, cuando su propia familia ignoraba los moretones bajo su ropa, fue demasiado.
—Por favor... —logró decir Megumi—. Dile que necesito que venga. Dile que Naoya... que me duele.
Del otro lado de la línea, Yuji Itadori, un estudiante de arquitectura de veintiún años que trabajaba en dos empleos para pagar su habitación compartida y sus materiales, sintió que se le helaba la sangre. Aunque era un alfa, Yuji no compartía los instintos territoriales agresivos de su casta; él era de los que rescataban gatos callejeros y ayudaban a los ancianos con las bolsas del súper.
—Oye, tranquilo —dijo Yuji, dejando la pluma sobre el escritorio y poniéndose de pie—. Megumi, escúchame. El señor Fushiguro no va a salir de esa cena en al menos tres horas. Son políticas de la empresa. Pero dime qué pasa. ¿Quién es Naoya? ¿Estás herido?
—Me golpeó —confesó Megumi, y decir las palabras en voz alta hizo que la realidad cayera sobre él como una losa—. Siempre lo hace, pero hoy... no puedo dejar de sangrar.
Yuji sintió una punzada de rabia pura, un instinto protector que nunca antes había experimentado con tal intensidad. Sabía quién era Naoya Zen'in por los archivos de la oficina: el prometido de la "joya" de la familia Fushiguro. Siempre le había parecido arcaico que un chico de dieciséis años estuviera comprometido, pero no era su lugar opinar. Hasta ahora.
—¿Dónde estás ahora mismo? —preguntó Yuji, ya buscando sus llaves en el bolsillo de su pantalón—. ¿En la casa principal?
—En mi habitación —respondió Megumi, sorprendido por la urgencia en la voz del asistente—. Pero no puedes venir. Si Naoya te ve, o si mi padre se entera de que un extraño entró...
—Me importa un bledo lo que Naoya o tu padre piensen —interrumpió Yuji con una firmeza que no admitía réplica—. No voy a dejar que un chico de dieciséis años se desangre solo en una habitación gigante. Quédate en la línea conmigo. No cuelgues. Estoy yendo para allá.
—¿Por qué? —preguntó Megumi, confundido—. Ni siquiera me conoces. Solo soy el hijo del jefe.
—Porque nadie debería sonar tan asustado —respondió Yuji suavemente mientras salía corriendo hacia el estacionamiento—. Y porque, aunque sea un pasante, no soy un cobarde. Háblame, Megumi. Cuéntame cualquier cosa. ¿Qué te gusta hacer? ¿Cuáles son tus flores favoritas? Mantén tu mente en otro lado.
Megumi, apoyado contra la pared fría, sintió por primera vez en años que no estaba solo.
—Me gustan las sombras —susurró—. Y el jengibre. Pero Naoya dice que los omegas no deberían tener gustos propios, solo preferencias que agraden a su alfa.
—Pues Naoya es un idiota —sentenció Yuji, y el sonido del motor de su viejo auto encendiéndose se filtró por el auricular—. Yo soy un alfa y te digo que eso es una estupidez. Los gustos propios son lo que nos hace humanos. Sigue hablando, llegaré en quince minutos.
Durante ese tiempo, Yuji no dejó que el silencio se apoderara de la conversación. Le contó a Megumi sobre sus desastrosas clases de cálculo, sobre su abuelo que siempre le regañaba por no comer suficiente y sobre cómo odiaba las corbatas que tenía que usar para trabajar con Toji. Megumi escuchaba, fascinado por la normalidad de la vida de Yuji, una normalidad que a él le había sido negada.
Cuando Yuji llegó a la mansión, no entró por la puerta principal. Conocía los puntos ciegos de la seguridad gracias a los planos que había tenido que organizar en la oficina. Se coló por el jardín lateral y subió por la estructura de la terraza hasta llegar al balcón que Megumi le había descrito.
Cuando entró por la puerta acristalada, lo que vio le rompió el corazón.
Megumi era pequeño, mucho más delgado de lo que un joven de su edad debería ser. Su piel era pálida como la porcelana, pero estaba manchada de un color púrpura cruel en la mejilla. Su labio estaba hinchado y sus ojos verdes, nublados por las lágrimas y el cansancio, lo miraron con una mezcla de esperanza y terror.
—Viniste —dijo Megumi, dejando caer el teléfono.
Yuji se acercó lentamente, manteniendo sus manos a la vista para no asustarlo. A pesar de ser un alfa, su aroma era reconfortante: olía a sol, a ropa limpia y a algo dulce, como el azúcar tostado. Era un aroma que no intentaba dominar, sino abrazar.
—Te dije que lo haría —respondió Yuji en un susurro. Se arrodilló frente a él y, con una delicadeza que Megumi nunca había experimentado, tomó su barbilla—. Ese tipo te puso la mano encima... juro que pagará por esto.
—No puedes hacer nada —dijo Megumi, bajando la mirada—. Él tiene el poder. Mi familia lo quiere a él.
—Tu familia no te merece —replicó Yuji. Sacó un pequeño botiquín de primeros auxilios que siempre llevaba en su mochila—. Déjame curarte, Megumi.
Mientras Yuji limpiaba la herida del labio con antiséptico, Megumi se estremeció, pero no se alejó. Al contrario, se inclinó inconscientemente hacia el calor que emanaba del cuerpo del mayor. Por primera vez en su vida, el aroma de un alfa no le provocaba náuseas ni el deseo de esconderse.
—¿Por qué eres tan diferente? —preguntó Megumi, observando las facciones amables de Yuji, su cabello rosado despeinado y la genuina preocupación en sus ojos color miel.
—¿Diferente a qué? —Yuji sopló suavemente sobre la herida para aliviar el escozor.
—A los alfas que conozco. Naoya, mi padre... ellos solo quieren control. Tú... tú me miras como si fuera una persona.
Yuji se detuvo y lo miró fijamente, con una seriedad que transformó su rostro juvenil.
—Es que eres una persona, Megumi. Una persona increíble que ha aguantado demasiado. No eres un objeto, ni un contrato, ni una incubadora. Tienes dieciséis años, deberías estar soñando con el futuro, no temiendo el mañana.
Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de Megumi, pero esta vez no eran de dolor. Eran de alivio. Por primera vez, alguien había validado su sufrimiento en lugar de pedirle que "aguantara por el bien de la familia".
—Tengo miedo —confesó Megumi, escondiendo el rostro en el hombro de Yuji—. Mañana Naoya vendrá a buscarme para una cena de compromiso oficial. No quiero ir. No quiero casarme con él. No quiero que me toque nunca más.
Yuji rodeó a Megumi con sus brazos, protegiéndolo de la oscuridad de la habitación. El omega se aferró a su chaqueta como si fuera un salvavidas en medio de una tormenta.
—No dejaré que te lleve —prometió Yuji, aunque sabía que sus palabras eran peligrosas—. Soy solo un pasante y un estudiante, no tengo dinero ni poder, pero tengo dos manos y un corazón que no va a permitir que vuelvan a lastimarte.
—Podrías perder tu trabajo —dijo Megumi contra su pecho—. Podrías meterte en problemas legales. Mi padre es un hombre influyente.
—Prefiero perder mi trabajo mil veces antes que perder mi humanidad —respondió Yuji con firmeza—. Escúchame bien, Megumi. Mañana volveré. No sé cómo todavía, pero buscaré una forma de sacarte de aquí. ¿Confías en mí?
Megumi levantó la vista. El mundo de reglas estrictas y tradiciones asfixiantes en el que había crecido parecía desmoronarse ante la simple bondad de este extraño. Por primera vez en su vida, decidió no ser el omega sumiso que todos esperaban.
—Confío en ti —dijo firmemente.
Esa noche, Yuji no se fue hasta que Megumi se quedó dormido, agotado por el llanto y el dolor. Antes de salir por el balcón, el alfa miró la habitación lujosa que se sentía más como una celda de aislamiento que como un hogar.
—Mañana será el primer día de tu verdadera vida, Megumi —susurró Yuji para sí mismo.
Mientras caminaba hacia su auto, Yuji ya estaba haciendo llamadas. No a la policía, que probablemente estaba en el bolsillo de los Zen'in, sino a sus amigos de la universidad, a la gente que, como él, no tenía nada que perder y todo por cambiar.
El plan era arriesgado. Podría terminar en la cárcel o algo peor. Pero cuando cerraba los ojos, solo podía ver la marca del golpe en la mejilla de Megumi y la forma en que el chico se había aferrado a él buscando un refugio que nadie más le había dado.
En la mansión, Megumi despertó poco antes del amanecer. Por primera vez, el peso en su pecho no era solo angustia. Había una chispa de rebelión, alimentada por el aroma a sol y azúcar que aún impregnaba su almohada.
—No voy a ser tuya, Naoya —murmuró Megumi al vacío de la habitación—. Nunca más.
El sol comenzó a salir, iluminando los moretones de su rostro, pero también la determinación en sus ojos. El contrato de los Fushiguro estaba a punto de romperse, y el encargado de hacerlo no era un caballero de armadura brillante, sino un pasante universitario con un corazón demasiado grande para un mundo tan pequeño.
La batalla por la libertad de Megumi acababa de empezar, y aunque el camino estaría lleno de sombras, ahora tenía una luz a la cual seguir. Una luz llamada Yuji Itadori.
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