Fanfy
.studio
Загрузка...
Фоновое изображение
← Назад
0 лайков

El Retorno del Lobo

Фандом: Gane of throne

Создан: 06.05.2026

Теги

РомантикаAUДрамаАнгстФэнтезиДаркCharacter studyДивергенцияРетеллинг
Содержание

El Invierno del Lobo y la Jaula del León

El frío de Invernalia no era como el que Jaime Lannister recordaba. No era una brisa gélida que te erizaba la piel; era una presencia viva, una garra de hielo que se hundía en los huesos y reclamaba la voluntad. O quizás, pensó Jaime mientras observaba los copos de nieve caer tras los gruesos muros de piedra, el frío no venía del Norte, sino del hombre que ahora se sentaba en el trono de los Stark.

Robb Stark había vuelto de la muerte. No como un espectro, ni como un caminante blanco, sino como algo mucho más aterrador: un rey que había conocido el sabor de la traición y la oscuridad del sepulcro, y que había regresado con el fuego de la justicia quemando en sus venas azules. Había ganado la guerra. Desembarco del Rey era un recuerdo de cenizas, y los Lannister, una casa diezmada que solo sobrevivía en la figura de un Matarreyes encadenado por un destino que jamás imaginó.

—No deberías estar tan cerca de la ventana, Jaime —la voz de Robb resonó en la habitación, profunda y autoritaria—. El frío de mi hogar no perdona a los que tienen la sangre tan caliente como la tuya.

Jaime se giró lentamente. Robb Stark ya no era el muchacho que capturó en el Bosque Susurrante. Su mandíbula era más firme, sus ojos azules tenían el brillo del acero recién forjado y su porte emanaba una peligrosidad magnética. Llevaba una capa de piel de lobo sobre sus hombros anchos, y a su lado, como una extensión de su propia sombra, Viento Gris gruñía suavemente. El lobo huargo era ahora del tamaño de un caballo pequeño, y sus ojos amarillos nunca dejaban de vigilar el cuello de Jaime.

—¿Te preocupa mi salud, Stark? —Jaime esbozó una sonrisa cínica, aunque carecía de la mordacidad de antaño—. Creí que me habías traído aquí para verme sufrir, no para cuidarme de un resfriado.

Robb caminó hacia él con pasos lentos y seguros. Cada movimiento del Rey en el Norte era una advertencia de poder. Se detuvo a escasos centímetros de Jaime, invadiendo su espacio personal, obligándolo a levantar la vista.

—Te traje aquí porque eres mío —respondió Robb, su voz era un susurro gélido—. Por derecho de conquista y por voluntad propia. Eres mi consorte, Jaime. El León que el Lobo domó. No quiero que sufras, quiero que entiendas que tu lugar ahora está a mi lado, en la nieve, no en el sur.

—Un consorte —Jaime soltó una carcajada seca—. Es una palabra muy elegante para un prisionero de guerra. Me obligaste a casarme contigo frente a un árbol con cara de llanto. Mis hermanos están muertos o desaparecidos, mi padre es polvo y tú me pides que me "adapte".

Robb extendió una mano enguantada y tomó a Jaime por el mentón, obligándolo a sostenerle la mirada.

—Tu familia cavó su propia tumba cuando traicionaron la mía —dijo Robb sin una pizca de remordimiento—. Yo solo puse la última palada de tierra. Ahora, aprenderás lo que significa ser un Stark. Aprenderás a amar este frío, porque es lo único que te queda.

—Nunca te amaré, Robb Stark —siseó Jaime, aunque su corazón latía con una fuerza traicionera contra sus costillas.

—No te pedí amor —Robb se acercó más, su aliento rozando los labios de Jaime—. Te pedí obediencia. El afecto vendrá cuando te des cuenta de que soy el único que puede protegerte de este mundo que tú mismo ayudaste a romper.

Robb soltó su agarre y se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, hizo una seña a la inmensa bestia que lo acompañaba.

—Viento Gris se quedará contigo hoy. No intentes salir de estas habitaciones, Jaime. Él tiene órdenes de no dejarte pasar del umbral, y sus dientes son mucho más afilados que tu voluntad de escapar.

La puerta se cerró con un estruendo metálico, dejando a Jaime solo con el lobo huargo. El animal se echó frente a la puerta, bloqueando la única salida, y fijó sus ojos dorados en el Lannister. Era una sombra constante, un recordatorio de que Robb Stark estaba en todas partes, incluso cuando no estaba presente.

Pasaron los días, y la rutina en Invernalia se volvió una jaula de seda y hierro. Jaime era tratado con el respeto de un príncipe, pero vigilado con la sospecha de un traidor. Robb lo llevaba a las cenas en el Gran Salón, donde los señores del Norte lo miraban con odio mal disimulado, solo contenido por la presencia imponente de su Rey.

Una noche, después de un banquete donde la tensión se podía cortar con un cuchillo, Robb llevó a Jaime de regreso a sus aposentos personales. El fuego crepitaba en la chimenea, arrojando sombras danzantes sobre las paredes de piedra.

—Tus hombres me odian —dijo Jaime, desatando los cordones de su jubón con su mano izquierda, todavía torpe—. Si no fuera por ti, ya habrían colgado mi cabeza en las puertas de la fortaleza.

—Lo sé —respondió Robb, observándolo desde un sillón de cuero mientras bebía una copa de vino fuerte—. Pero soy su Rey. Mi palabra es ley, y yo he decidido que tú eres parte de este reino.

—¿Por qué? —preguntó Jaime, deteniéndose y mirando directamente al joven lobo—. Tienes el mundo a tus pies. Podrías haber tenido a cualquier doncella de las grandes casas, podrías haber tenido una reina que te diera herederos sin el estigma de mi nombre. ¿Por qué un hombre que te odia?

Robb dejó la copa y se puso en pie. Se acercó a Jaime, pero esta vez no había agresión en sus movimientos, sino una extraña y peligrosa calma.

—Porque eres el único que es igual a mí, Jaime —dijo Robb, deteniéndose frente a él—. Ambos somos monstruos a los ojos de los demás. Tú, el Matarreyes; yo, el Rey que regresó de la tumba. Ambos hemos perdido todo lo que amábamos. En este mundo de sombras, eres el único que brilla con la suficiente intensidad como para que yo no me pierda en la oscuridad.

Jaime sintió un nudo en la garganta. Quería gritar, quería golpearlo, quería huir hacia las tierras del sur donde el sol calentaba la piel, pero cuando Robb puso una mano sobre su nuca, sus piernas flaquearon.

—No soy el hombre que crees —susurró Jaime, cerrando los ojos ante el contacto.

—Eres exactamente el hombre que necesito —replicó Robb—. Un león que ha perdido sus garras, pero que conserva su orgullo. Yo te daré un nuevo propósito, Jaime. Te daré un hogar donde no tengas que esconderte detrás de una máscara de sarcasmo.

Robb lo atrajo hacia sí, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. El beso fue brusco, cargado de una posesividad que dejó a Jaime sin aliento. Sabía a vino, a frío y a una promesa de algo que no podía nombrar. Jaime intentó resistirse, sus manos empujando el pecho de Robb, pero la fuerza del joven Stark era abrumadora. Era como luchar contra una tormenta de nieve.

Finalmente, Jaime cedió. Sus dedos se enredaron en el cabello cobrizo de Robb, y por un instante, el odio se transformó en una necesidad desesperada. No era amor, se dijo a sí mismo, era supervivencia. Era el calor que buscaba un hombre que se estaba congelando.

Cuando se separaron, Robb lo miró con una intensidad que hizo que Jaime se estremeciera.

—Invernalia es tu hogar ahora, Jaime Lannister —dijo el Rey, su voz más suave pero no menos firme—. Deja de luchar contra lo inevitable. El invierno ha llegado para quedarse, y yo soy tu invierno.

Esa noche, mientras dormía bajo las pesadas mantas de piel, con el calor del cuerpo de Robb a su espalda y la respiración pesada de Viento Gris a los pies de la cama, Jaime se dio cuenta de una verdad amarga. Ya no buscaba las rutas de escape en su mente. Ya no calculaba la distancia hasta las puertas.

El lobo lo había atrapado, no con cadenas, sino con una pertenencia que Jaime nunca había sentido, ni siquiera en los brazos de Cersei. El Norte era salvaje, cruel y despiadado, pero en la mirada de Robb Stark, Jaime había encontrado un espejo de su propia alma rota.

A la mañana siguiente, Jaime se despertó antes que el Rey. Observó el rostro de Robb en el crepúsculo del amanecer; se veía joven, casi pacífico, si uno ignoraba la cicatriz que recorría su cuello, un recordatorio permanente de la Boda Roja y del milagro oscuro que lo había traído de vuelta.

Jaime extendió la mano, rozando apenas el cabello de Robb. Viento Gris, desde el rincón, levantó la cabeza y lo observó. El lobo ya no gruñía. Simplemente lo vigilaba, aceptándolo como parte de la manada.

—¿Te quedarás? —la voz de Robb, ronca por el sueño, rompió el silencio.

Jaime retiró la mano rápidamente, pero Robb lo atrapó por la muñeca, atrayéndolo de nuevo hacia el centro de la cama.

—No tengo a dónde ir, Stark —respondió Jaime, tratando de mantener su tono ligero—. Además, tu perro me mordería los talones antes de que llegara al patio.

Robb sonrió, una sonrisa auténtica que por un momento borró la sombra del Rey vengador.

—No es un perro. Es un huargo. Y no te muerde porque te odie, Jaime. Te muerde porque sabe que perteneces aquí, conmigo.

Jaime suspiró, dejando que su cabeza cayera sobre la almohada. El león había dejado de rugir, no por debilidad, sino porque había encontrado a alguien cuya furia era igual a la suya.

—Enséñame —dijo Jaime en voz baja—, enséñame a vivir en este maldito hielo.

Robb se inclinó sobre él, sellando el pacto con un beso que sabía a victoria y a un nuevo comienzo.

—Te enseñaré todo, mi León —prometió Robb—. Y para cuando termine, no recordarás que alguna vez existió el sol del sur.

Afuera, la tormenta arreciaba, cubriendo el mundo de blanco, borrando los caminos y las fronteras. Pero dentro de los muros de Invernalia, el Lobo y el León habían encontrado un equilibrio precario y ardiente, una unión forjada en la muerte y renacida en la nieve. Jaime Lannister finalmente comprendió que no estaba escapando de su captor; estaba aprendiendo a reinar en su propio cautiverio.
Содержание

Хотите создать свой фанфик?

Зарегистрируйтесь на Fanfy и создавайте свои собственные истории!

Создать свой фанфик