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Создан: 07.05.2026

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El Arte de la Posesión Silenciosa

El espejo del baño de los Stonem estaba empañado, pero Tony no necesitaba ver su reflejo con claridad para saber que ya no era el mismo. Pasó los dedos por la cicatriz que surcaba su sien, un recordatorio constante del día en que el mundo se detuvo bajo las ruedas de un autobús. Sin embargo, mientras el vapor se disipaba, otra imagen apareció tras él en el reflejo.

Maxxie Oliver estaba de pie en el umbral, con una toalla al hombro y esa expresión de eterna paciencia que Tony había aprendido a explotar. Maxxie era el único que no lo miraba con lástima o con el miedo de quien observa a un juguete roto. Maxxie lo miraba como si Tony todavía fuera el rey de Bristol, incluso cuando Tony ni siquiera podía recordar cómo abrocharse los botones de la camisa.

—¿Estás listo, Tony? —preguntó Maxxie con suavidad—. Tu madre dice que el desayuno se está enfriando.

Tony se giró lentamente. Sus movimientos aún tenían una cadencia extraña, una lentitud calculada que ocultaba la agudeza que estaba recuperando en su mente. Se acercó a Maxxie, invadiendo su espacio personal con una naturalidad que habría incomodado a cualquiera, pero Maxxie solo se quedó allí, firme, ofreciendo su apoyo.

—No tengo hambre de comida, Maxxie —susurró Tony, su voz arrastrando las palabras con esa nueva textura áspera—. Tengo hambre de otras cosas.

Maxxie soltó una pequeña risa nerviosa, dando un paso atrás.

—Bueno, pues tendrás que conformarte con las tostadas. Vamos, Effy ya se ha ido al instituto.

Tony lo observó caminar por el pasillo. La obsesión no era algo que hubiera planeado; simplemente se había filtrado en él durante las largas tardes de fisioterapia, cuando Maxxie sostenía su mano para ayudarlo a recuperar la motricidad fina. Mientras Sid se perdía en sus propios dramas y Michelle intentaba reconstruir su vida lejos de su "novio vegetal", Maxxie se había quedado. Maxxie lo había bañado, lo había alimentado y lo había escuchado balbucear incoherencias.

Y ahora que la mente de Tony volvía a ser un arma afilada, había decidido que el premio por esa lealtad sería el propio Maxxie. No importaba que Maxxie fuera su amigo, o que fuera gay, o que Tony nunca hubiera mostrado un interés tan voraz por un hombre antes. Tony quería lo que Maxxie le daba: devoción absoluta. Y Tony Stonem siempre obtenía lo que quería.

Más tarde ese día, se sentaron en el jardín trasero. El aire de Bristol era frío, pero el sol brillaba con una palidez engañosa. Tony observaba a Maxxie dibujar en su cuaderno de bocetos. Los trazos de Maxxie eran rápidos, seguros, llenos de una vida que Tony sentía que le habían robado.

—¿Por qué lo haces? —preguntó Tony de repente, rompiendo el silencio.

Maxxie levantó la vista, apartándose un mechón de pelo rubio de los ojos.

—¿Dibujar? Me relaja.

—No —Tony se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas—. ¿Por qué te quedaste? Todos los demás huyeron. Michelle no podía soportar verme así. Sid es... bueno, es Sid. Pero tú no tenías ninguna obligación conmigo. Ni siquiera éramos tan cercanos antes del accidente.

Maxxie cerró el cuaderno con un suspiro. Sus ojos azules se encontraron con los de Tony, buscando una honestidad que Tony rara vez permitía que otros vieran.

—Supongo que vi a alguien que necesitaba ayuda de verdad —respondió Maxxie—. Y siempre me agradaste, Tony. A pesar de que eras un completo capullo con todo el mundo, sabía que había algo más ahí debajo.

Tony sonrió, una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos.

—Ahora hay mucho más, Maxxie. Mucho más de lo que puedes imaginar.

Se levantó y caminó hacia Maxxie con una gracia depredadora que empezaba a regresar a sus miembros. Se colocó detrás de él, poniendo sus manos sobre los hombros del artista. Maxxie se tensó ligeramente, pero no se alejó.

—Eres mío, ¿lo sabes? —dijo Tony al oído de Maxxie, su voz era un hilo de seda y acero—. Me rescataste de la oscuridad. Me perteneces por derecho de salvamento.

Maxxie soltó una risita incómoda, tratando de restarle importancia al tono posesivo de Tony.

—No digas tonterías, Tony. No le perteneces a nadie y nadie te pertenece a ti. Solo somos amigos.

Tony apretó los hombros de Maxxie con una fuerza que rozaba el dolor. Sus dedos se hundieron en la carne, marcando su territorio.

—Te equivocas —sentenció Tony—. Los amigos se van. Los amigos se olvidan. Pero tú y yo... nosotros estamos unidos ahora. No vas a irte a ninguna parte, Maxxie. No te dejaré.

Maxxie sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Trató de levantarse, pero Tony lo mantuvo presionado contra la silla con una firmeza sorprendente para alguien que aún estaba en rehabilitación.

—Tony, me estás asustando un poco. Suéltame.

—¿Tienes miedo de mí? —Tony se inclinó más, su rostro a milímetros del de Maxxie—. No deberías. Deberías estar halagado. He pasado mucho tiempo pensando en ti mientras estaba atrapado en mi propia cabeza. Pensando en cómo tus manos me tocaban para ayudarme. Pensando en cómo serías si te tocara yo.

—Tony, detente —dijo Maxxie, esta vez con más firmeza, logrando zafarse y ponerse de pie—. Estás confundido. El accidente... tu cerebro todavía se está curando. No sabes lo que dices.

Tony se quedó de pie, observándolo con una calma aterradora. Sus ojos, antes llenos de una chispa de travesura constante, ahora eran pozos profundos de una voluntad inquebrantable.

—Mi cerebro nunca ha estado más claro, Maxxie —dijo con frialdad—. Ve a casa. Pero mañana volverás. Y al día siguiente. Y al siguiente. Porque si no lo haces, recordaré lo mucho que me gusta romper las cosas que no puedo tener.

Maxxie retrocedió, recogiendo sus cosas a toda prisa. No dijo nada más mientras caminaba hacia la salida lateral de la casa de los Stonem. Sentía la mirada de Tony quemándole la espalda, una presencia pesada y asfixiante que parecía seguirlo incluso cuando cruzó la puerta hacia la calle.

Esa noche, Tony se sentó en su cama, en la penumbra de su habitación. La casa estaba en silencio. Tomó el teléfono y marcó el número de Maxxie. No esperaba que contestara, y no lo hizo. Saltó el buzón de voz.

—Hola, Maxxie —dijo Tony a la grabación, su voz suave y melódica—. Solo quería decirte que he estado mirando las fotos que tienes en MySpace. Ese chico con el que sales en las fotos del club... ¿cómo se llamaba? ¿Liam? Es una lástima que sea tan frágil. Bristol es una ciudad peligrosa de noche, ya sabes. Ten cuidado. Nos vemos mañana.

Colgó el teléfono y se recostó en las almohadas, cerrando los ojos con una sonrisa de satisfacción. Sabía que Maxxie escucharía el mensaje y entendería el subtexto. Tony no necesitaba fuerza física para controlar a la gente; su mente, incluso dañada, era un laberinto del que nadie salía sin su permiso.

Al día siguiente, Maxxie apareció en la puerta de los Stonem a la hora de siempre. Tenía ojeras y sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía su mochila. Tony lo recibió en la entrada, vestido impecablemente, luciendo más como el viejo Tony que nunca.

—Sabía que vendrías —dijo Tony, apartándose para dejarlo pasar.

—¿Qué quieres de mí, Tony? —preguntó Maxxie, su voz quebrada por la ansiedad—. ¿Por qué haces esto? Te he ayudado en todo.

Tony cerró la puerta principal y echó el cerrojo con un clic sonoro que resonó en el vestíbulo vacío. Se acercó a Maxxie, arrinconándolo contra la pared junto a la escalera.

—Quiero lo que es justo —respondió Tony, acariciando la mejilla de Maxxie con el dorso de la mano—. Quiero que me mires y no veas a un paciente. Quiero que me mires y veas a la única persona que importa en tu vida.

—Eso es una locura —susurró Maxxie, aunque no se apartó—. No puedes obligar a alguien a sentir algo.

—Oh, Maxxie... —Tony se inclinó y presionó sus labios contra el cuello de Maxxie, sintiendo el pulso acelerado del chico—. No necesito que me ames. Solo necesito que te quedes. Y te quedarás porque te aterra lo que pasaría si no lo hicieras. Te quedarás porque, en el fondo, te gusta que alguien te necesite tanto.

Maxxie cerró los ojos, dejando escapar un suspiro que sonó a derrota. Tony sonrió contra su piel. La posesión no siempre era un acto de violencia; a veces era una erosión lenta de la voluntad, un cerco constante hasta que la presa ya no recordaba por qué quería escapar.

—¿Vas a ser un buen chico, Maxxie? —preguntó Tony, separándose lo justo para mirarlo a los ojos.

Maxxie guardó silencio por un largo momento. Miró hacia la puerta cerrada y luego volvió a mirar a Tony, viendo la oscuridad que ahora habitaba en él, una oscuridad de la que él mismo se sentía responsable por haberlo traído de vuelta.

—Sí, Tony —respondió Maxxie finalmente, su voz apenas un susurro.

—Buen chico —dijo Tony, tomando la mano de Maxxie y entrelazando sus dedos con una fuerza posesiva—. Ahora, vamos arriba. Quiero que me dibujes. Y esta vez, asegúrate de captar bien mis ojos. Quiero que cuando mires ese dibujo, recuerdes siempre a quién perteneces.

Mientras subían las escaleras, Tony sintió una oleada de triunfo. El accidente le había quitado muchas cosas: su coordinación, su sentido de la invulnerabilidad, su control sobre el mundo exterior. Pero le había dado algo más valioso: una claridad despiadada. Había aprendido que la gente es voluble y que la lealtad es un mito, a menos que se asegure con cadenas invisibles.

Maxxie se sentó en la silla de la habitación de Tony y abrió su cuaderno. Tony se sentó frente a él, posando con una elegancia fría. El silencio en la habitación era denso, cargado de una tensión que Maxxie no sabía cómo romper.

—Empieza —ordenó Tony.

El sonido del lápiz contra el papel fue lo único que se escuchó durante la siguiente hora. Tony no apartó la vista de Maxxie ni un segundo. Lo observaba como un coleccionista observa una pieza rara que finalmente ha logrado adquirir. Maxxie intentaba concentrarse en las líneas, en las sombras, pero sentía la mirada de Tony como un peso físico sobre él.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto, Maxxie? —dijo Tony de repente, sin cambiar su postura.

—¿Qué? —preguntó Maxxie sin levantar la vista.

—Que nadie va a venir a buscarte. Todos piensan que eres un santo por cuidarme. Si les dices que te tengo retenido, que te amenazo... pensarán que es otra de tus bromas, o que el estrés de cuidarme te está afectando. Estás solo conmigo, Maxxie. Tal como debe ser.

Maxxie detuvo el lápiz. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, pero no hizo ningún ademán de limpiarla. Tony se levantó, caminó hacia él y, con una ternura aterradora, secó la lágrima con su pulgar.

—No llores —susurró Tony—. Deberías estar feliz. Eres el centro de mi mundo. Y yo me aseguraré de que el resto del mundo desaparezca para ti.

Tony tomó el cuaderno de las manos de Maxxie y miró el boceto. Era perfecto. Maxxie había capturado esa mirada depredadora, esa frialdad que ahora definía a Tony Stonem. Tony arrancó la hoja con cuidado y la dobló, guardándola en su bolsillo.

—Es un buen comienzo —dijo Tony—. Mañana intentaremos algo diferente. Tal vez te deje ir a casa una hora antes si te portas bien.

Maxxie asintió, con la mirada perdida en algún punto del suelo. Sabía que la puerta estaba cerrada, pero también sabía que, aunque estuviera abierta, no podría correr lo suficientemente rápido. Tony lo había atrapado en una red tejida con gratitud, culpa y miedo.

—¿Puedo irme ya? —preguntó Maxxie con voz monótona.

Tony lo consideró por un momento, disfrutando del poder absoluto que tenía sobre el chico rubio.

—Unos minutos más —decidió Tony, sentándose de nuevo—. Cuéntame otra vez la historia de cuando estaba en coma. Cuéntame cómo llorabas junto a mi cama. Me gusta esa parte. Me hace sentir... apreciado.

Maxxie comenzó a hablar, con la voz apagada, repitiendo la historia que Tony le obligaba a contar una y otra vez. Era su penitencia, su ritual de sumisión. Y mientras Maxxie hablaba, Tony cerró los ojos, saboreando cada palabra, cada sollozo contenido, sabiendo que en ese pequeño rincón de Bristol, él volvía a ser el dueño absoluto de un destino.

El accidente lo había roto, sí. Pero en los fragmentos de su antigua vida, Tony había encontrado los bordes afilados necesarios para cortar las alas de la única persona que realmente le importaba. Y no sentía ni un ápice de remordimiento. Después de todo, Maxxie lo había salvado, y ahora Tony simplemente lo mantenía a salvo del resto del mundo.

Para siempre.
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