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Borrador
Фандом: BTS
Создан: 07.05.2026
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РомантикаДрамаПсихологияДаркТриллерCharacter studyНуар
Sombras de Terciopelo y Humo
El flash de la cámara impactó contra mis ojos por milésima vez en la tarde, dejándome una mancha blanca flotando en la visión. El estudio olía a una mezcla asfixiante de laca para el cabello, café frío y el perfume caro de los estilistas que revoloteaban a mi alrededor como moscas sobre un pastel. Ser Haeun no era solo una cuestión de genética; era una resistencia física agotadora.
—¡Haeun, baja un poco más el mentón! —gritó Minho, el fotógrafo, gesticulando con desesperación—. Quiero que parezca que estás despreciando al mundo, pero que al mismo tiempo te mueres por él. ¡Dame esa dualidad!
Hice lo que me pidió. Incliné la cabeza, dejé que mis labios se partieran apenas un milímetro y hundí la mirada en el lente. En ese momento, yo no era la chica que se quedaba despierta hasta tarde hablando con sus amigas sobre estupideces; era la modelo de primera línea, el rostro de la nueva campaña de joyería que todo Seúl vería en espectaculares la próxima semana.
—Perfecto. Terminamos por hoy —anunció Minho, bajando la cámara.
Solté un suspiro que pareció vaciar mis pulmones. Mis pies gritaban dentro de los tacones de aguja. Mientras caminaba hacia el área de descanso, mi mejor amiga y asistente personal, Sora, se acercó con una bata de seda y mi teléfono.
—Estuviste increíble, de verdad. Pero tenemos un pequeño... cambio de planes —dijo ella, evitando mi mirada—. El inversor principal del evento de esta noche quiere verte antes de la gala.
—¿El inversor? —Me detuve en seco, ajustándome la bata—. Pensé que ya todo estaba cerrado con la agencia. ¿Quién es?
Sora tragó saliva y revisó su tableta.
—Jeon Jungkook. No es solo el patrocinador, Haeun. Es el dueño de la mitad de los bienes raíces donde se llevará a cabo la pasarela. Y no es alguien a quien se le diga que espere.
Había escuchado ese nombre. En los círculos de la moda y la élite de Seúl, Jeon Jungkook era una leyenda urbana bañada en oro y oscuridad. Se decía que su fortuna era tan vasta como su falta de escrúpulos. En las fotos de prensa siempre lucía impecable, pero había algo en su mirada, una especie de intensidad depredadora que me ponía los pelos de punta incluso a través de una pantalla.
—¿Dónde quiere verme? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara.
—En el salón privado del club *Obsidian*. Sus amigos están allí también. Kim Taehyung y los demás.
—Genial —mascullé con sarcasmo—. Una fosa de leones.
Dos horas después, tras una sesión de maquillaje que me dejó la piel como porcelana fría y un vestido de seda negra que se sentía como una segunda piel, me encontraba frente a las puertas de obsidiana del club más exclusivo de la ciudad. El aire afuera era fresco, pero dentro, el ambiente estaba cargado de una electricidad pesada.
Al entrar al área VIP, el ruido de la música electrónica se filtró como un latido sordo. En un sofá de cuero negro, rodeado de botellas de cristal que costaban más que mi primer coche, estaba él.
Jungkook no estaba bailando ni gritando. Estaba sentado con una pierna cruzada sobre la otra, observando un vaso de whisky como si contuviera los secretos del universo. A su lado, Taehyung reía de algo que Jimin le decía al oído, mientras Namjoon y Yoongi conversaban en una mesa apartada con la seriedad de quienes mueven los hilos del mundo.
Cuando mis tacones resonaron contra el suelo pulido, Jungkook levantó la vista. El tiempo pareció ralentizarse. Su mirada no fue un escaneo rápido; fue una invasión. Me recorrió de arriba abajo con una lentitud deliberada, deteniéndose en los puntos exactos donde la seda del vestido se ajustaba a mis curvas.
—Llegas tarde, Haeun —dijo él. Su voz era profunda, un barítono que vibraba en el aire con una autoridad natural.
—El tráfico de Seúl no respeta ni a los modelos ni a los inversores, señor Jeon —respondí, manteniendo mi postura erguida. No iba a dejar que me intimidara, aunque mis manos estuvieran heladas.
Él esbozó una sonrisa ladeada, una expresión que no llegaba a sus ojos pero que resultaba devastadoramente atractiva.
—Me gusta que no te disculpes. Siéntate.
Señaló el espacio vacío a su lado. El resto del grupo guardó silencio. Taehyung me dedicó una mirada curiosa, casi juguetona.
—Así que esta es la famosa Haeun —dijo Taehyung, inclinándose hacia adelante—. Las fotos no te hacen justicia. Tienes una estructura ósea que es casi un pecado.
—Déjala en paz, Tae —intervino Jimin, sonriendo con dulzura, aunque sus ojos eran igual de afilados—. La vas a asustar antes de que Jungkook termine de analizarla.
—No me asusto fácilmente —dije, sentándome con elegancia, pero manteniendo una distancia prudencial de Jungkook.
Él no apartaba los ojos de mí. Dejó el vaso de whisky en la mesa y se inclinó hacia mi espacio personal. Podía olerlo: sándalo, tabaco caro y algo puramente masculino que me revolvió el estómago de una forma que no quise admitir.
—He invertido mucho dinero en esta campaña —comenzó Jungkook, su tono bajando una octava—. No solo porque el producto sea bueno, sino porque me dijeron que tú eras la mejor. Pero la perfección es aburrida, Haeun. Yo busco algo más... visceral.
—¿Y qué es eso exactamente? —pregunté, sosteniéndole la mirada.
—Adicción —respondió él, y la palabra sonó como una sentencia—. Quiero que cuando la gente vea esas fotos, no solo quiera las joyas. Quiero que sientan una necesidad física de tenerte. Quiero que parezcas consumida por el deseo, no solo posando para un cheque.
Me quedé en silencio un momento. La forma en que hablaba no era la de un empresario común. Había una intensidad obsesiva en él, la misma que había leído en los rumores. Jungkook no quería resultados; quería posesión.
—Soy una modelo, no una actriz de método, señor Jeon —repliqué con frialdad—. Pero si lo que quiere es intensidad, la tendrá. Sé hacer mi trabajo.
Jungkook soltó una risa seca, un sonido corto que me erizó la piel.
—No lo dudo. Pero creo que para llegar a ese nivel de... entrega, necesitamos conocernos mejor. No me gusta ser un extraño para aquello en lo que pongo mi nombre.
Extendió una mano y, antes de que pudiera reaccionar, sus dedos rozaron la piel de mi brazo. Fue un contacto breve, pero sentí una descarga eléctrica que me hizo tensar los hombros. Sus yemas estaban ligeramente rugosas, un contraste total con la suavidad de mi piel.
—¿Estás nerviosa? —preguntó él, su voz apenas un susurro por encima de la música.
—No —mentí.
—Tus ojos dicen lo contrario. Están dilatados. Tu pulso en la muñeca está acelerado —dijo, bajando la mano hacia mi brazo hasta que sus dedos rodearon mi muñeca con firmeza—. Te tengo, Haeun. Y todavía no hemos empezado.
—Jungkook, no la asfixies el primer día —intervino Yoongi desde su rincón, sin levantar la vista de su teléfono—. Recuerda que mañana tiene que estar fresca para la grabación del comercial. Si la dejas sin dormir, la agencia nos matará.
Jungkook soltó mi muñeca, pero no apartó la mirada.
—Ella puede aguantar. Se nota en la forma en que me mira. Hay fuego ahí debajo de toda esa seda y maquillaje.
Me puse de pie, sintiendo la necesidad urgente de aire puro. La atmósfera en ese reservado se había vuelto demasiado densa, demasiado peligrosa.
—Si me disculpan, tengo que prepararme para mañana —dije, tratando de recuperar mi compostura—. Gracias por el whisky, aunque ni siquiera lo probé.
—Nos vemos mañana en el set, Haeun —dijo Jungkook. No era una despedida, era un recordatorio—. Iré personalmente a supervisar. Asegúrate de darme ese "fuego" que prometiste.
Salí del club con el corazón martilleando contra mis costillas. Sora me esperaba junto al coche, hablando por teléfono, pero se detuvo al ver mi cara.
—¿Qué pasó? ¿Estás bien? —preguntó, preocupada.
—Es un loco, Sora —dije, subiendo al asiento trasero y cerrando los ojos—. Jeon Jungkook está loco.
—Pero es el que paga las cuentas, Haeun. Y por lo que veo, está muy interesado en ti.
—Ese es el problema —susurré.
Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión de sus dedos en mi muñeca y escuchaba su voz diciendo esa palabra: *adicción*. Sabía que esto no era solo un contrato de modelaje. Jungkook no era el tipo de hombre que se conformaba con ver su logo en una valla publicitaria. Él quería involucrarse, quería controlar el proceso, quería... a mí.
Al día siguiente, el set de grabación estaba en caos. Íbamos a filmar en una mansión antigua a las afueras de la ciudad. El concepto era "La Prisionera del Lujo". Yo llevaba un vestido de encaje blanco que contrastaba con las pesadas cadenas de oro y diamantes que adornaban mi cuello y muñecas.
—¡Haeun, a posición! —gritó el director.
Me coloqué en el centro de una habitación llena de espejos. El concepto me obligaba a parecer atrapada, desesperada pero hermosa. Empecé a moverme, dejando que la tela se deslizara por mis hombros, buscando esa emoción que Jungkook había exigido.
De repente, el silencio cayó sobre el set. No necesité mirar hacia la entrada para saber quién había llegado. El aire cambió.
Jungkook entró caminando con una confianza que rozaba la arrogancia. Vestía un traje gris oscuro, sin corbata, con los primeros botones de la camisa desabrochados. Detrás de él, Namjoon observaba todo con una mirada analítica, tomando notas en su mente.
—Continúen —ordenó Jungkook, sentándose en una silla de director justo al lado de la cámara.
Intenté ignorarlo, pero era imposible. Su mirada era como un foco de calor sobre mi piel. Me sentía observada de una manera que nunca antes había experimentado. No era la mirada técnica de un fotógrafo; era la mirada de alguien que está evaluando una propiedad.
—No es suficiente —dijo Jungkook de repente, interrumpiendo la toma—. Se ve falso.
El director palideció.
—Señor Jeon, estamos siguiendo el guion...
—El guion es basura —lo cortó Jungkook, poniéndose de pie—. Ella no parece atrapada. Parece que está esperando a que le sirvan el té.
Caminó hacia el área de filmación. Los técnicos se apartaron como si él fuera una fuerza de la naturaleza. Se detuvo a centímetros de mí. Yo respiraba con dificultad, el peso de las joyas empezaba a molestarme.
—¿Quieres saber qué es sentirse prisionera, Haeun? —preguntó en voz baja, para que solo yo pudiera escucharlo.
Antes de que pudiera responder, agarró las cadenas que colgaban de mis muñecas y tiró de ellas con suavidad, obligándome a dar un paso hacia él. El ruido del metal chocando resonó en toda la habitación.
—¡Jungkook! —advirtió Namjoon desde el fondo, pero él lo ignoró.
—Mírame —ordenó Jungkook.
Lo hice. Sus ojos estaban oscuros, las pupilas dilatadas. En ese momento, entendí lo que querían decir los rumores sobre su "locura". No era una locura de manicomio; era una intensidad absoluta, una fijación que no conocía límites.
—Odias estar aquí, ¿verdad? —susurró, acercando su rostro al mío—. Odias que te diga qué hacer. Odias que tenga el poder de destruir tu carrera o elevarla hasta las estrellas. Usa ese odio. Úsalo para desearme o para matarme, pero deja de actuar.
Su mano libre subió por mi cuello, su pulgar acariciando mi mandíbula con una presión que rozaba el dolor. El set entero estaba en un silencio sepulcral. Nadie se atrevía a intervenir.
—Ahora, director —dijo Jungkook sin apartar la vista de la mía—, grabe.
La cámara empezó a rodar. En ese momento, no tuve que fingir nada. La mezcla de miedo, indignación y una atracción oscura y retorcida que empezaba a florecer en mi pecho se reflejó en mi rostro. Me retorcí contra su agarre, las cadenas tintineando frenéticamente.
—Eso es —murmuró él, con una sonrisa depredadora—. Así se ve la adicción.
Cuando terminó la toma, Jungkook me soltó de inmediato. El contacto desapareció y sentí un frío repentino. Se dio la vuelta y volvió hacia Namjoon como si nada hubiera pasado.
—Esa es la toma que usaremos para el póster principal —dijo con total naturalidad—. Asegúrense de que el contraste sea alto. Quiero que se note cada marca de mis dedos en su piel.
Se fue sin decir una palabra más, dejándome allí, temblando en medio de los espejos, con la sensación aterradora de que acababa de firmar un contrato mucho más peligroso que cualquier campaña publicitaria.
Más tarde, en el camerino, Sora entró con un ramo de orquídeas negras.
—Llegaron para ti —dijo, dejando la tarjeta sobre la mesa—. No tienen nombre, solo una frase.
Tomé la tarjeta con manos temblorosas. La caligrafía era elegante, firme.
*"La primera dosis siempre es la más peligrosa. Prepárate para la segunda. — J.JK"*
Me miré al espejo. El maquillaje estaba corrido, mi cuello tenía una ligera rojez donde sus dedos habían presionado, y mis ojos... mis ojos brillaban con una intensidad que no reconocía.
Había entrado en el mundo de Jeon Jungkook, y algo me decía que no había salida. Él no quería una modelo. Quería un objeto de culto, una obsesión compartida. Y lo peor de todo era que, a pesar del miedo, una parte de mí estaba empezando a ansiar el próximo encuentro.
—Haeun, ¿estás bien? —preguntó Sora, rompiendo mi trance.
—Sí —respondí, guardando la tarjeta en mi bolso—. Solo... solo necesito descansar. Mañana será un día largo.
Mientras salíamos del set, vi el coche negro de Jungkook alejándose por la carretera. Él tenía el dinero, tenía el poder y ahora, tenía mi atención absoluta. El juego había comenzado, y las reglas las ponía él. Pero Jeon Jungkook no sabía que, aunque él fuera el dueño del tablero, yo era la pieza que más deseaba capturar. Y en ese juego de adicciones, nunca se sabe quién termina siendo el verdadero prisionero.
—¡Haeun, baja un poco más el mentón! —gritó Minho, el fotógrafo, gesticulando con desesperación—. Quiero que parezca que estás despreciando al mundo, pero que al mismo tiempo te mueres por él. ¡Dame esa dualidad!
Hice lo que me pidió. Incliné la cabeza, dejé que mis labios se partieran apenas un milímetro y hundí la mirada en el lente. En ese momento, yo no era la chica que se quedaba despierta hasta tarde hablando con sus amigas sobre estupideces; era la modelo de primera línea, el rostro de la nueva campaña de joyería que todo Seúl vería en espectaculares la próxima semana.
—Perfecto. Terminamos por hoy —anunció Minho, bajando la cámara.
Solté un suspiro que pareció vaciar mis pulmones. Mis pies gritaban dentro de los tacones de aguja. Mientras caminaba hacia el área de descanso, mi mejor amiga y asistente personal, Sora, se acercó con una bata de seda y mi teléfono.
—Estuviste increíble, de verdad. Pero tenemos un pequeño... cambio de planes —dijo ella, evitando mi mirada—. El inversor principal del evento de esta noche quiere verte antes de la gala.
—¿El inversor? —Me detuve en seco, ajustándome la bata—. Pensé que ya todo estaba cerrado con la agencia. ¿Quién es?
Sora tragó saliva y revisó su tableta.
—Jeon Jungkook. No es solo el patrocinador, Haeun. Es el dueño de la mitad de los bienes raíces donde se llevará a cabo la pasarela. Y no es alguien a quien se le diga que espere.
Había escuchado ese nombre. En los círculos de la moda y la élite de Seúl, Jeon Jungkook era una leyenda urbana bañada en oro y oscuridad. Se decía que su fortuna era tan vasta como su falta de escrúpulos. En las fotos de prensa siempre lucía impecable, pero había algo en su mirada, una especie de intensidad depredadora que me ponía los pelos de punta incluso a través de una pantalla.
—¿Dónde quiere verme? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara.
—En el salón privado del club *Obsidian*. Sus amigos están allí también. Kim Taehyung y los demás.
—Genial —mascullé con sarcasmo—. Una fosa de leones.
Dos horas después, tras una sesión de maquillaje que me dejó la piel como porcelana fría y un vestido de seda negra que se sentía como una segunda piel, me encontraba frente a las puertas de obsidiana del club más exclusivo de la ciudad. El aire afuera era fresco, pero dentro, el ambiente estaba cargado de una electricidad pesada.
Al entrar al área VIP, el ruido de la música electrónica se filtró como un latido sordo. En un sofá de cuero negro, rodeado de botellas de cristal que costaban más que mi primer coche, estaba él.
Jungkook no estaba bailando ni gritando. Estaba sentado con una pierna cruzada sobre la otra, observando un vaso de whisky como si contuviera los secretos del universo. A su lado, Taehyung reía de algo que Jimin le decía al oído, mientras Namjoon y Yoongi conversaban en una mesa apartada con la seriedad de quienes mueven los hilos del mundo.
Cuando mis tacones resonaron contra el suelo pulido, Jungkook levantó la vista. El tiempo pareció ralentizarse. Su mirada no fue un escaneo rápido; fue una invasión. Me recorrió de arriba abajo con una lentitud deliberada, deteniéndose en los puntos exactos donde la seda del vestido se ajustaba a mis curvas.
—Llegas tarde, Haeun —dijo él. Su voz era profunda, un barítono que vibraba en el aire con una autoridad natural.
—El tráfico de Seúl no respeta ni a los modelos ni a los inversores, señor Jeon —respondí, manteniendo mi postura erguida. No iba a dejar que me intimidara, aunque mis manos estuvieran heladas.
Él esbozó una sonrisa ladeada, una expresión que no llegaba a sus ojos pero que resultaba devastadoramente atractiva.
—Me gusta que no te disculpes. Siéntate.
Señaló el espacio vacío a su lado. El resto del grupo guardó silencio. Taehyung me dedicó una mirada curiosa, casi juguetona.
—Así que esta es la famosa Haeun —dijo Taehyung, inclinándose hacia adelante—. Las fotos no te hacen justicia. Tienes una estructura ósea que es casi un pecado.
—Déjala en paz, Tae —intervino Jimin, sonriendo con dulzura, aunque sus ojos eran igual de afilados—. La vas a asustar antes de que Jungkook termine de analizarla.
—No me asusto fácilmente —dije, sentándome con elegancia, pero manteniendo una distancia prudencial de Jungkook.
Él no apartaba los ojos de mí. Dejó el vaso de whisky en la mesa y se inclinó hacia mi espacio personal. Podía olerlo: sándalo, tabaco caro y algo puramente masculino que me revolvió el estómago de una forma que no quise admitir.
—He invertido mucho dinero en esta campaña —comenzó Jungkook, su tono bajando una octava—. No solo porque el producto sea bueno, sino porque me dijeron que tú eras la mejor. Pero la perfección es aburrida, Haeun. Yo busco algo más... visceral.
—¿Y qué es eso exactamente? —pregunté, sosteniéndole la mirada.
—Adicción —respondió él, y la palabra sonó como una sentencia—. Quiero que cuando la gente vea esas fotos, no solo quiera las joyas. Quiero que sientan una necesidad física de tenerte. Quiero que parezcas consumida por el deseo, no solo posando para un cheque.
Me quedé en silencio un momento. La forma en que hablaba no era la de un empresario común. Había una intensidad obsesiva en él, la misma que había leído en los rumores. Jungkook no quería resultados; quería posesión.
—Soy una modelo, no una actriz de método, señor Jeon —repliqué con frialdad—. Pero si lo que quiere es intensidad, la tendrá. Sé hacer mi trabajo.
Jungkook soltó una risa seca, un sonido corto que me erizó la piel.
—No lo dudo. Pero creo que para llegar a ese nivel de... entrega, necesitamos conocernos mejor. No me gusta ser un extraño para aquello en lo que pongo mi nombre.
Extendió una mano y, antes de que pudiera reaccionar, sus dedos rozaron la piel de mi brazo. Fue un contacto breve, pero sentí una descarga eléctrica que me hizo tensar los hombros. Sus yemas estaban ligeramente rugosas, un contraste total con la suavidad de mi piel.
—¿Estás nerviosa? —preguntó él, su voz apenas un susurro por encima de la música.
—No —mentí.
—Tus ojos dicen lo contrario. Están dilatados. Tu pulso en la muñeca está acelerado —dijo, bajando la mano hacia mi brazo hasta que sus dedos rodearon mi muñeca con firmeza—. Te tengo, Haeun. Y todavía no hemos empezado.
—Jungkook, no la asfixies el primer día —intervino Yoongi desde su rincón, sin levantar la vista de su teléfono—. Recuerda que mañana tiene que estar fresca para la grabación del comercial. Si la dejas sin dormir, la agencia nos matará.
Jungkook soltó mi muñeca, pero no apartó la mirada.
—Ella puede aguantar. Se nota en la forma en que me mira. Hay fuego ahí debajo de toda esa seda y maquillaje.
Me puse de pie, sintiendo la necesidad urgente de aire puro. La atmósfera en ese reservado se había vuelto demasiado densa, demasiado peligrosa.
—Si me disculpan, tengo que prepararme para mañana —dije, tratando de recuperar mi compostura—. Gracias por el whisky, aunque ni siquiera lo probé.
—Nos vemos mañana en el set, Haeun —dijo Jungkook. No era una despedida, era un recordatorio—. Iré personalmente a supervisar. Asegúrate de darme ese "fuego" que prometiste.
Salí del club con el corazón martilleando contra mis costillas. Sora me esperaba junto al coche, hablando por teléfono, pero se detuvo al ver mi cara.
—¿Qué pasó? ¿Estás bien? —preguntó, preocupada.
—Es un loco, Sora —dije, subiendo al asiento trasero y cerrando los ojos—. Jeon Jungkook está loco.
—Pero es el que paga las cuentas, Haeun. Y por lo que veo, está muy interesado en ti.
—Ese es el problema —susurré.
Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión de sus dedos en mi muñeca y escuchaba su voz diciendo esa palabra: *adicción*. Sabía que esto no era solo un contrato de modelaje. Jungkook no era el tipo de hombre que se conformaba con ver su logo en una valla publicitaria. Él quería involucrarse, quería controlar el proceso, quería... a mí.
Al día siguiente, el set de grabación estaba en caos. Íbamos a filmar en una mansión antigua a las afueras de la ciudad. El concepto era "La Prisionera del Lujo". Yo llevaba un vestido de encaje blanco que contrastaba con las pesadas cadenas de oro y diamantes que adornaban mi cuello y muñecas.
—¡Haeun, a posición! —gritó el director.
Me coloqué en el centro de una habitación llena de espejos. El concepto me obligaba a parecer atrapada, desesperada pero hermosa. Empecé a moverme, dejando que la tela se deslizara por mis hombros, buscando esa emoción que Jungkook había exigido.
De repente, el silencio cayó sobre el set. No necesité mirar hacia la entrada para saber quién había llegado. El aire cambió.
Jungkook entró caminando con una confianza que rozaba la arrogancia. Vestía un traje gris oscuro, sin corbata, con los primeros botones de la camisa desabrochados. Detrás de él, Namjoon observaba todo con una mirada analítica, tomando notas en su mente.
—Continúen —ordenó Jungkook, sentándose en una silla de director justo al lado de la cámara.
Intenté ignorarlo, pero era imposible. Su mirada era como un foco de calor sobre mi piel. Me sentía observada de una manera que nunca antes había experimentado. No era la mirada técnica de un fotógrafo; era la mirada de alguien que está evaluando una propiedad.
—No es suficiente —dijo Jungkook de repente, interrumpiendo la toma—. Se ve falso.
El director palideció.
—Señor Jeon, estamos siguiendo el guion...
—El guion es basura —lo cortó Jungkook, poniéndose de pie—. Ella no parece atrapada. Parece que está esperando a que le sirvan el té.
Caminó hacia el área de filmación. Los técnicos se apartaron como si él fuera una fuerza de la naturaleza. Se detuvo a centímetros de mí. Yo respiraba con dificultad, el peso de las joyas empezaba a molestarme.
—¿Quieres saber qué es sentirse prisionera, Haeun? —preguntó en voz baja, para que solo yo pudiera escucharlo.
Antes de que pudiera responder, agarró las cadenas que colgaban de mis muñecas y tiró de ellas con suavidad, obligándome a dar un paso hacia él. El ruido del metal chocando resonó en toda la habitación.
—¡Jungkook! —advirtió Namjoon desde el fondo, pero él lo ignoró.
—Mírame —ordenó Jungkook.
Lo hice. Sus ojos estaban oscuros, las pupilas dilatadas. En ese momento, entendí lo que querían decir los rumores sobre su "locura". No era una locura de manicomio; era una intensidad absoluta, una fijación que no conocía límites.
—Odias estar aquí, ¿verdad? —susurró, acercando su rostro al mío—. Odias que te diga qué hacer. Odias que tenga el poder de destruir tu carrera o elevarla hasta las estrellas. Usa ese odio. Úsalo para desearme o para matarme, pero deja de actuar.
Su mano libre subió por mi cuello, su pulgar acariciando mi mandíbula con una presión que rozaba el dolor. El set entero estaba en un silencio sepulcral. Nadie se atrevía a intervenir.
—Ahora, director —dijo Jungkook sin apartar la vista de la mía—, grabe.
La cámara empezó a rodar. En ese momento, no tuve que fingir nada. La mezcla de miedo, indignación y una atracción oscura y retorcida que empezaba a florecer en mi pecho se reflejó en mi rostro. Me retorcí contra su agarre, las cadenas tintineando frenéticamente.
—Eso es —murmuró él, con una sonrisa depredadora—. Así se ve la adicción.
Cuando terminó la toma, Jungkook me soltó de inmediato. El contacto desapareció y sentí un frío repentino. Se dio la vuelta y volvió hacia Namjoon como si nada hubiera pasado.
—Esa es la toma que usaremos para el póster principal —dijo con total naturalidad—. Asegúrense de que el contraste sea alto. Quiero que se note cada marca de mis dedos en su piel.
Se fue sin decir una palabra más, dejándome allí, temblando en medio de los espejos, con la sensación aterradora de que acababa de firmar un contrato mucho más peligroso que cualquier campaña publicitaria.
Más tarde, en el camerino, Sora entró con un ramo de orquídeas negras.
—Llegaron para ti —dijo, dejando la tarjeta sobre la mesa—. No tienen nombre, solo una frase.
Tomé la tarjeta con manos temblorosas. La caligrafía era elegante, firme.
*"La primera dosis siempre es la más peligrosa. Prepárate para la segunda. — J.JK"*
Me miré al espejo. El maquillaje estaba corrido, mi cuello tenía una ligera rojez donde sus dedos habían presionado, y mis ojos... mis ojos brillaban con una intensidad que no reconocía.
Había entrado en el mundo de Jeon Jungkook, y algo me decía que no había salida. Él no quería una modelo. Quería un objeto de culto, una obsesión compartida. Y lo peor de todo era que, a pesar del miedo, una parte de mí estaba empezando a ansiar el próximo encuentro.
—Haeun, ¿estás bien? —preguntó Sora, rompiendo mi trance.
—Sí —respondí, guardando la tarjeta en mi bolso—. Solo... solo necesito descansar. Mañana será un día largo.
Mientras salíamos del set, vi el coche negro de Jungkook alejándose por la carretera. Él tenía el dinero, tenía el poder y ahora, tenía mi atención absoluta. El juego había comenzado, y las reglas las ponía él. Pero Jeon Jungkook no sabía que, aunque él fuera el dueño del tablero, yo era la pieza que más deseaba capturar. Y en ese juego de adicciones, nunca se sabe quién termina siendo el verdadero prisionero.
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