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Фандом: Theo Mommy

Создан: 07.05.2026

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Cadenas de Arena y Oro

El desierto no olvidaba, y el desierto no perdonaba. Bajo el manto de una luna de color sangre, las arenas de Hamunaptra se agitaron no por el viento, sino por una voluntad antigua y maligna que se negaba a permanecer en el olvido. Imhotep había regresado. Pero ya no quedaba rastro del hombre que una vez cruzó el inframundo por amor. La traición de Anck-su-namun había calado más hondo que cualquier maldición sacerdotal; su corazón, si es que aún latía, era ahora un bloque de obsidiana fría y afilada.

Ya no buscaba resucitar un amor muerto. Ahora, buscaba el poder absoluto. Su palacio, una estructura legendaria oculta entre las dunas movedizas de un reino que el mapa de los hombres había borrado hacía milenios, lo esperaba. Sin embargo, el destino, ese tejedor caprichoso, decidió poner una distracción en su camino hacia el trono.

Jonathan Carnahan maldijo su suerte por centésima vez esa noche. Se había separado del grupo de Rick y Evie tras un ataque de bandidos, y ahora su camello parecía estar más interesado en morir de agotamiento que en encontrar un oasis.

—Solo un poco de oro, eso es lo que pedí —murmuró Jonathan, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo mugriento—. Unas cuantas estatuillas, tal vez un collar de esmeraldas... No una muerte lenta por deshidratación.

De repente, el aire se volvió pesado, cargado de una electricidad estática que erizó los vellos de su nuca. El viento dejó de soplar. El silencio era absoluto, roto solo por el sonido de unos pasos lentos que no hundían la arena.

Jonathan se dio la vuelta, con el corazón martilleando contra sus costillas. Una figura alta, envuelta en túnicas negras que parecían hechas de sombras vivas, emergió de la oscuridad. Los ojos de Imhotep brillaban con una luz ambarina, carente de cualquier rastro de humanidad.

—¿T-tú? —tartamudeó Jonathan, retrocediendo hasta chocar con el costado de su camello—. Pero si estabas... nosotros te enviamos al...

—El inframundo es un lugar pequeño para alguien con mi voluntad, pequeño ladrón —la voz de Imhotep era un susurro profundo que vibraba en los huesos de Jonathan.

El antiguo sacerdote se acercó con una lentitud depredadora. Jonathan buscó desesperadamente su revólver, pero antes de que pudiera rozar la funda, una fuerza invisible lo levantó del suelo por el cuello. Sus pies patalearon en el aire mientras los dedos gélidos y poderosos de Imhotep se cerraban alrededor de su garganta, no para asfixiarlo, sino para someterlo.

—Anck-su-namun me traicionó por miedo —dijo Imhotep, observando el rostro aterrorizado de Jonathan con una curiosidad cruel—. Tú, en cambio, eres transparente. Tu codicia es honesta. Y tu rostro... me recuerda a un tiempo en que todavía sentía curiosidad por los mortales.

—Suéltame... por favor... —logró jadear Jonathan.

—No. He decidido que serás el primer tesoro de mi nuevo reino. Mi palacio es vasto y solitario, Jonathan Carnahan. Necesito a alguien que sea testigo de mi ascenso. Alguien que no pueda huir.

Antes de que Jonathan pudiera protestar, una nube de arena fina lo envolvió. El mundo se volvió negro y el sabor a polvo y magia antigua fue lo último que sintió antes de perder el conocimiento.

Cuando Jonathan despertó, no estaba en el desierto. Se encontraba sobre una cama de dimensiones colosales, cubierta con sábanas de seda negra y pieles de animales exóticos. El aire olía a incienso de mirra y a algo más antiguo, como piedra calentada por el sol durante siglos. Las paredes de la habitación estaban talladas con jeroglíficos que parecían moverse por el rabillo del ojo, narrando historias de conquistas y sangre.

Se incorporó rápidamente, sintiendo un mareo punzante. Sus ropas occidentales habían sido reemplazadas por una túnica de lino fino y brazaletes de oro sólido que pesaban en sus muñecas.

—¿Despierto al fin? —La voz de Imhotep llegó desde el balcón, donde la figura del sacerdote recortaba el horizonte de un desierto desconocido.

—¿Dónde estoy? —preguntó Jonathan, tratando de que su voz no temblara—. Escucha, Imhotep, o como quieras que te llamen ahora... Si es por el Libro de los Muertos, yo no lo tengo. Evie lo guardó, y Rick... bueno, Rick te disparará en cuanto te vea.

Imhotep se giró. Su rostro, ahora completamente restaurado y de una belleza aterradora y escultural, no mostró emoción alguna. Se acercó a la cama con pasos decididos.

—Nadie vendrá por ti —sentenció Imhotep—. Este palacio existe en un pliegue del tiempo y el espacio que solo yo controlo. No hay mapas que lleven aquí, ni brújulas que marquen este norte. Eres mío, Jonathan.

—No soy una de tus reliquias —replicó Jonathan, armándose de un valor que no sentía mientras se ponía de pie—. No puedes simplemente secuestrar a un ciudadano británico y esperar que se quede sentado a tomar el té.

Imhotep soltó una carcajada seca, un sonido que carecía de alegría.

—Serás mucho más que una reliquia. Serás mi consorte. En este nuevo mundo que estoy construyendo, tú estarás a mi lado. Compartirás mi inmortalidad, quieras o no.

—¿Consorte? —Jonathan parpadeó, procesando la palabra—. ¡Estás loco! Ni siquiera me gustas. ¡Ni siquiera nos conocemos de esa manera!

—El gusto es una trivialidad de los vivos —dijo Imhotep, acortando la distancia entre ellos. Su presencia era abrumadora, una masa de poder oscuro que parecía absorber la luz de la habitación—. Aprenderás a adorarme. O aprenderás a temerme tanto que la diferencia no importará.

Jonathan vio una oportunidad cuando Imhotep se distrajo mirando hacia la puerta. Sin pensarlo, empujó al sacerdote con todas sus fuerzas —lo cual fue como intentar mover una montaña— y corrió hacia la salida. Sorprendentemente, Imhotep no lo detuvo de inmediato, solo lo observó con una sonrisa gélida.

Jonathan corrió por pasillos interminables de piedra caliza y oro. El palacio era un laberinto de pesadilla. Cada puerta que abría lo llevaba a otra sala más opulenta que la anterior, pero sin rastro de una salida al exterior. El calor era sofocante, y el eco de sus propios pasos parecía burlarse de él.

Finalmente, vio una luz cegadora al final de un corredor. Corrió hacia ella, esperando ver las dunas y el camino a El Cairo. Pero al cruzar el umbral, se encontró de nuevo en la misma habitación donde había despertado.

Imhotep estaba allí, sentado en una silla de obsidiana, esperándolo.

—¿Ya terminaste de explorar tus límites? —preguntó el sacerdote con una calma exasperante.

—¡Déjame salir! —gritó Jonathan, la desesperación empezando a quebrar su voz—. ¡No pertenezco aquí!

—Perteneces a donde yo diga —Imhotep se levantó. En un parpadeo, estaba frente a Jonathan. Su mano se cerró en el brazo del inglés con una fuerza que amenazaba con romper el hueso.

—Suéltame... ¡me haces daño!

—El dolor es un recordatorio de que aún eres humano —susurró Imhotep cerca de su oído—. Pero pronto, eso cambiará.

Jonathan intentó forcejear, lanzando un puñetazo torpe que Imhotep atrapó sin esfuerzo. El sacerdote lo empujó hacia atrás, y Jonathan cayó sobre la cama, hundiéndose en las sedas. Antes de que pudiera rodar para escapar, Imhotep se posicionó sobre él, inmovilizándolo con su peso y su poder.

—No puedes huir de un dios, Jonathan —dijo Imhotep, sus ojos fijos en los de él—. He pasado siglos en la oscuridad, alimentándome de odio. Tú serás el recipiente de todo lo que he guardado.

—No quiero esto... —sollozó Jonathan, viendo la oscuridad absoluta en la mirada del hombre que una vez fue sacerdote.

—Lo que tú quieras no tiene importancia en la eternidad —respondió Imhotep, bajando el rostro hasta que sus labios casi rozaron los de Jonathan—. Aprenderás que mi voluntad es la única ley. Este palacio será tu mundo, y yo seré tu único dios.

Imhotep selló sus palabras con un beso que no tenía nada de tierno; era una reclamación, un acto de posesión que quemaba como el fuego del desierto. Jonathan intentó resistirse, golpeando el pecho sólido de Imhotep, pero sus fuerzas se desvanecían ante la magia que emanaba del otro.

La habitación pareció cerrarse sobre ellos, las sombras de las paredes cobrando vida para ocultar lo que sucedía en el lecho real. Jonathan se dio cuenta, con un terror gélido, de que las palabras de Imhotep eran ciertas. No había rescate posible. Estaba atrapado en el corazón de un mito viviente, destinado a ser el juguete de un monstruo que ya no conocía la piedad.

—Eres mío —susurró Imhotep contra su piel, mientras sus manos marcaban el cuerpo de Jonathan con una posesividad feroz—. Y el desierto será testigo de que nunca volverás a ver la luz del día sin mi permiso.

Jonathan cerró los ojos, dejando que las lágrimas se perdieran entre las sábanas de seda, mientras el abrazo del oscuro sacerdote lo arrastraba hacia una noche eterna de la que no había escapatoria. El reino perdido tenía un nuevo rey, y ahora, también tenía un prisionero que llevaría su corona de espinas doradas por siempre.
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