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Фандом: House of dragón

Создан: 07.05.2026

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El Fantasma de la Marea y el Trono de Hierro

Las aguas del Mar Angosto no perdonaban, y Laenor Velaryon lo sabía mejor que nadie. El plan había sido perfecto: una muerte fingida, una pira vacía y la libertad de cruzar el horizonte hacia Essos con Qarl. Pero los dioses, o quizás los catorce fuegos de la antigua Valyria, tenían otros planes. La tormenta que golpeó su embarcación no fue una simple tempestad; fue un rugido del abismo que despedazó la madera y lo arrastró hacia las profundidades frías y oscuras.

Cuando sus pulmones se llenaron de sal y su visión se nubló, Laenor esperó la paz. En su lugar, despertó con el sabor de la arena y la sangre en la boca.

El cielo sobre él no era el azul pálido de Marcaderiva, sino un gris plomizo, cargado de una opresión que podía sentirse en los huesos. Laenor tosió, expulsando agua de mar, y se arrastró por la orilla de una playa que le resultaba extrañamente familiar, pero a la vez ajena. Las formaciones rocosas de Rocadragón se alzaban a lo lejos, pero algo no encajaba. La arquitectura del castillo que se vislumbraba en la cima parecía menos completa, más ruda.

—¿Qarl? —susurró con la voz rota. Solo el graznido de las gaviotas le respondió.

A unos metros de allí, un hombre caminaba por la orilla. No era un soldado común, ni un pescador. Su presencia era como una sombra que devoraba la luz del sol. Era alto, de hombros anchos y una postura que irradiaba una autoridad absoluta y peligrosa. Vestía una túnica de cuero oscuro y una capa de terciopelo negro que se arrastraba sutilmente por la arena húmeda. En su cintura, el pomo de una espada de acero valyrio brillaba con una luz malévola: Fuegoscuro.

Maegor Targaryen, el tercero de su nombre, buscaba la soledad para aplacar la furia que siempre ardía en sus venas. Sus ojos, de un violeta tan oscuro que rozaba el negro, se fijaron en el bulto que la marea había arrojado. Al acercarse, se detuvo. No era un cadáver. Era un joven, de piel bronceada por el sol y cabello de plata hilada, vestido con ropas finas que el mar había arruinado.

—Un regalo del mar —murmuró Maegor con una voz profunda, un barítono que vibraba con una crueldad inherente.

Se inclinó y, con una mano enguantada, tomó a Laenor por la mandíbula, obligándolo a levantar el rostro. Maegor se quedó helado por un instante. El joven era hermoso, de una belleza valyria purísima, pero había algo en sus ojos —ahora abiertos y llenos de confusión— que hablaba de batallas y dragones.

—¿Quién eres? —preguntó Maegor, apretando el agarre hasta que Laenor soltó un quejido.

Laenor intentó enfocar la vista. El hombre frente a él era imponente, de una belleza aterradora y masculina, con facciones talladas en piedra y una mirada que prometía la muerte a cualquiera que no se arrodillara. El corazón de Laenor dio un vuelco al reconocer la corona de rubíes y acero que descansaba sobre su frente. No era la corona de Viserys, ni la de Aegon. Era la corona del Cruel.

—Tú... no puedes ser tú —logró articular Laenor, el pánico comenzando a suplantar al agotamiento.

Maegor sonrió, una expresión carente de calidez que hizo que a Laenor se le helara la sangre.

—Parece que mi fama me precede incluso entre los náufragos.

Sin mediar palabra, Maegor lo levantó del suelo como si no pesara nada. Laenor intentó luchar, pero sus músculos estaban entumecidos por el frío. El Rey lo cargó sobre su hombro y comenzó a caminar de regreso hacia la fortaleza.

Horas más tarde, Laenor despertó en una habitación de piedra oscura. El calor de una chimenea crepitaba cerca, pero el ambiente seguía siendo gélido. Se incorporó rápidamente, notando que sus ropas habían sido cambiadas por una túnica de seda negra. La puerta se abrió con un estruendo y Maegor entró, llenando la habitación con su presencia autoritaria.

—¿Dónde estoy? —preguntó Laenor, retrocediendo hasta que su espalda chocó con el cabezal de la cama.

—En mi fortaleza —respondió Maegor, acercándose con pasos lentos y depredadores—. Y antes de que preguntes el año, es el decimosegundo desde que mi hermano falleció y reclamé lo que es mío. Estás en la presencia de Maegor de la Casa Targaryen.

Laenor sintió que el mundo giraba. Había retrocedido casi dos siglos. Estaba frente al hombre más temido de la historia de su familia, el verdugo de sus propios sobrinos.

—Mi nombre es... Laenor —dijo, omitiendo su apellido por instinto de supervivencia.

—Laenor —repitió Maegor, saboreando el nombre—. Tienes el aspecto de un príncipe, pero hablas como un hombre que ha visto caer imperios. Tus manos tienen callos de jinete de dragón, y sin embargo, no hay rastro de tu montura en mis costas.

—Mi dragón... se ha ido —respondió Laenor con sinceridad dolorosa, pensando en Bruma.

Maegor se sentó en el borde de la cama, invadiendo el espacio personal de Laenor. Extendió una mano y trazó la línea de la mandíbula del joven con el dorso de sus dedos. El contacto era eléctrico, cargado de una tensión oscura.

—Eres interesante, Laenor. No tienes el miedo servil de mis cortesanos, ni la arrogancia estúpida de los Siete. Tienes un fuego diferente.

—Tengo que irme —dijo Laenor, tratando de sonar firme a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas.

—Nadie se va de mi lado a menos que yo lo ordene —sentenció Maegor, su mirada volviéndose sombría—. Y he decidido que te quedarás. Me servirás. Me entretendrás. Quizás incluso me cuentes cómo es que un joven con sangre de la Antigua Valyria aparece en mis playas con ropas que no pertenecen a este tiempo.

Laenor aprovechó un momento de distracción de Maegor para saltar de la cama y correr hacia la puerta, pero antes de que pudiera tocar el picaporte, una mano de hierro lo agarró del brazo y lo estampó contra la pared de piedra. El impacto le sacó el aire.

Maegor lo acorraló, colocando ambos brazos a los lados de la cabeza de Laenor. El Rey era mucho más alto y robusto, una muralla de músculo y malicia.

—¿Intentas huir de mí? —susurró Maegor contra su oído, su aliento cálido rozando la piel de Laenor—. ¿Sabes lo que les hago a los que me desafían?

—Sé perfectamente quién eres, Maegor el Cruel —escupió Laenor, encontrando un resto de valor Velaryon—. Sé que construiste este castillo y luego mataste a los constructores. Sé que tus esposas son prisioneras. No me asustas.

Maegor se echó a reír, una carcajada seca y peligrosa. Sus ojos brillaron con una curiosidad renovada. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a mirarlo a los ojos y escupirle sus crímenes a la cara.

—Así que conoces mi historia incluso antes de que termine de escribirse —dijo Maegor, agarrando el cabello de plata de Laenor y obligándolo a mirarlo—. Eso te hace valioso. Y lo que es valioso, me pertenece.

—No soy un objeto —protestó Laenor, forcejeando.

—A mis ojos, todo en este reino es un objeto para mi uso —replicó el Rey—. Pero tú... tú eres un enigma tallado en oro y plata. Me gusta tu fuego, pequeño náufrago. La mayoría de los hombres se orinarían encima si los mirara como te estoy mirando ahora.

Maegor se acercó aún más, hasta que sus narices se rozaron. Laenor podía ver las cicatrices en el rostro del Rey, las marcas de una vida dedicada a la guerra y al derramamiento de sangre. Pero también vio una soledad abismal, un vacío que ni el poder ni el trono podían llenar.

—Si intentas huir de nuevo —advirtió Maegor, su voz bajando a un tono peligrosamente seductor—, te encadenaré a mi trono. Si intentas mentirme, te cortaré la lengua y la guardaré en un cofre. Pero si te quedas... si me dices la verdad de dónde vienes y qué eres... te daré el mundo.

—Ya tengo un mundo —dijo Laenor con tristeza—. Y no es este.

—Ahora este es tu único mundo —sentenció Maegor.

El Rey retrocedió un paso, pero no dejó de observar a Laenor con una intensidad que lo hacía sentir desnudo. Laenor se dio cuenta, con un escalofrío, de que no estaba ante un simple villano de los libros de historia. Estaba ante un hombre con un poder absoluto y una voluntad inquebrantable que acababa de encontrar un nuevo juguete, o quizás, algo más peligroso: un igual.

—Cenaremos juntos —ordenó Maegor mientras caminaba hacia la salida—. No intentes saltar por la ventana. Los acantilados son traicioneros y prefiero tenerte en mi cama que esparcido sobre las rocas.

—¡No soy una de tus "Esposas Negras"! —gritó Laenor mientras la puerta se cerraba.

Maegor se detuvo por un segundo, girando levemente la cabeza.

—Aún no —dijo con una sonrisa gélida antes de salir y dejar a Laenor en el silencio de su celda de lujo.

Laenor se dejó caer al suelo, frotándose las sienes. Había escapado de una muerte fingida en el futuro para caer en las garras del hombre más peligroso del pasado. Miró por la ventana hacia el mar embravecido. Sabía que Maegor no lo dejaría ir fácilmente. Había despertado la curiosidad de una bestia, y las bestias Targaryen solo se calmaban con sangre o con una devoción absoluta.

—¿Qué has hecho, Laenor? —se preguntó a sí mismo en un susurro.

En el pasillo, Maegor caminaba con un propósito renovado. El joven era un desafío, un rompecabezas que olía a mar y a secretos antiguos. No solo era apuesto más allá de lo imaginable, sino que tenía un espíritu que no se quebraría con torturas simples. Y Maegor siempre había disfrutado de las cosas difíciles de romper.

—Guardias —llamó Maegor al llegar al final del corredor.

—¿Sí, su Gracia?

—Que nadie se acerque a la habitación del joven. Si un solo cabello de su cabeza es dañado, sus familias arderán antes del amanecer. Es mío. Solo mío.

El Rey Cruel regresó a su salón del trono, pero sus pensamientos no estaban en las rebeliones de la Fe Militante ni en los sobrinos que conspiraban en las sombras. Estaban en el joven de ojos violetas claros y piel de canela que lo había desafiado sin parpadear.

Laenor Velaryon pensaba que estaba atrapado en el pasado, pero Maegor Targaryen sabía que, por primera vez en su vida, había encontrado algo que realmente valía la pena conservar, sin importar el precio en sangre que tuviera que pagar. El juego de dragones acababa de volverse mucho más personal.
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