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Фандом: Game of throne

Создан: 07.05.2026

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El Trono de Escarcha y Sangre

El frío de Invernalia nunca había molestado a Robb Stark, pero esta mañana se sentía diferente. Cuando abrió los ojos, no quedaba ni rastro del joven que buscaba desesperadamente la aprobación de su padre o que soñaba con el honor de los caballeros del sur. Robb se incorporó en su cama, y el aire de la habitación pareció congelarse a su alrededor. Sus ojos azules, antes cálidos como el cielo de verano, eran ahora dos pozos de hielo antiguo, profundos y despiadados.

Recordaba el sabor de la traición, el acero frío atravesando su corazón en una boda teñida de rojo, y la risa de los Frey. Pero eso era otra vida, o quizás un futuro que ya no existiría. Se levantó con una gracia depredadora, sintiendo una fuerza oscura y vibrante recorriendo sus venas. Ya no era un lobo joven; era el Rey del Invierno, y el invierno no tenía piedad.

Cuando sus criados entraron para ayudarlo a vestirse, se detuvieron en seco. El aura que emanaba de su señor era tan opresiva que uno de ellos dejó caer la jofaina de agua. Robb ni siquiera parpadeó.

—Recógelo —ordenó Robb. Su voz no era un grito, sino un susurro gélido que cortaba más que cualquier espada—. Y no vuelvas a mostrar tal debilidad en mi presencia.

El sirviente, temblando, obedeció de inmediato. Robb se vistió con cueros negros y pieles de lobo tan oscuras como la noche. En su cintura, el acero de su espada brillaba con un fulgor siniestro. Al salir de sus aposentos, se encontró con su madre, Catelyn, en el pasillo. Ella lo miró y retrocedió un paso, llevándose una mano al pecho.

—Robb... hijo, el Rey Robert llegará en cualquier momento. Tu padre te busca en el patio.

Robb la miró fijamente. Catelyn sintió que no estaba mirando a su hijo, sino a una deidad antigua y hambrienta de los bosques.

—El Rey —repitió Robb con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Que venga. El Norte tiene un nuevo orden ahora, madre. No permitas que Ned pierda el tiempo con sentimentalismos. Los leones vienen con él, y los leones deben aprender quién es el verdadero depredador.

Catelyn quiso replicar, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Robb pasó a su lado sin esperar respuesta, sus pasos resonando como tambores de guerra en los pasillos de piedra.

En el patio, la familia Stark estaba formada. Ned Stark, con su rostro solemne, frunció el ceño al ver llegar a su primogénito. Había algo en la postura de Robb, en la forma en que su lobo huargo, Viento Gris, caminaba a su lado —ahora mucho más grande y con ojos inyectados en sangre—, que resultaba profundamente perturbador.

—Llegas tarde, Robb —dijo Ned en voz baja.

—Llego exactamente cuando deseo, padre —respondió Robb, colocándose al frente de sus hermanos. Jon Nieve, desde la retaguardia, sintió un escalofrío. El Robb con el que había entrenado ayer había desaparecido. Este hombre era un extraño, un rey que ya reclamaba su corona sin haberla recibido.

El sonido de los cuernos anunció la llegada de la comitiva real. El estruendo de los cascos de los caballos y el brillo del oro y el carmesí llenaron el patio de Invernalia. Robert Baratheon, gordo y ruidoso, descendió de su caballo, pero Robb no lo miraba a él. Sus ojos estaban clavados en la figura que cabalgaba detrás: Jaime Lannister.

El Matarreyes desmontó con su habitual arrogancia, el sol del mediodía arrancando destellos de su armadura dorada. Era hermoso, soberbio y letal. Robb sintió un hambre posesiva despertar en sus entrañas. En su vida pasada, Jaime había sido su enemigo, su prisionero, el hombre que despreciaba. Ahora, bajo este nuevo prisma de oscuridad, Jaime era algo más. Era un trofeo. Un consorte que doblegaría para mostrarle al mundo que ni siquiera el orgullo de Roca Casterly podía resistirse al frío del Norte.

Robert se abrazó a Ned, pero pronto su atención se desvió hacia el joven que permanecía impasible, sin arrodillarse, con una mirada que parecía juzgar el alma misma del rey.

—¿Es este tu hijo, Ned? —preguntó Robert, recuperando el aliento—. ¡Por los dioses, parece tallado en la misma muralla de hielo!

Robb dio un paso adelante, ignorando las normas de protocolo. No se arrodilló. No besó el anillo. Simplemente sostuvo la mirada de Robert hasta que el rey, incómodo, apartó la vista.

—Bienvenido a Invernalia, Robert —dijo Robb. Su voz resonó en todo el patio, silenciando los murmullos de la corte—. Espero que el viaje no haya agotado tus fuerzas. Las necesitarás para lo que viene.

Cersei Lannister, que acababa de descender del carruaje, estrechó los ojos con desprecio.

—¿Dónde están tus modales, muchacho? —siseó la reina—. Estás ante tu rey. Arrodíllate.

Robb giró la cabeza lentamente hacia ella. La presión en el aire aumentó. Los caballos de los guardias reales empezaron a relinchar, presas del pánico. Viento Gris soltó un gruñido bajo que hizo que varios hombres echaran mano a sus espadas.

—Yo no me arrodillo ante los del sur —declaró Robb con una calma aterradora—. Y si valoras tu lengua, reina, no volverás a dirigirme la palabra sin mi permiso.

El silencio que siguió fue absoluto. Ned Stark dio un paso al frente, con el rostro pálido.

—¡Robb! ¿Qué estás diciendo? Pide disculpas de inmediato.

—No, padre —Robb no dejó de mirar a los Lannister—. El tiempo de las disculpas terminó antes de que ellos cruzaran el Cuello.

Jaime Lannister, divertido por la audacia del joven pero intrigado por la intensidad de su presencia, se adelantó, colocando una mano en el pomo de su espada.

—Tienes fuego, Stark —dijo Jaime con una sonrisa burlona—. O quizás demasiado frío. ¿Es así como tratas a tus invitados?

Robb caminó hacia él. La diferencia de altura era mínima, pero la sombra de Robb parecía devorar la luz que rodeaba al león. Se detuvo a escasos centímetros de Jaime, ignorando las espadas que los otros guardias empezaban a desenvainar. Robb extendió una mano y, con una lentitud deliberada, rozó el mentón de Jaime con sus dedos enguantados.

Jaime se tensó. No fue un gesto de agresión común, sino algo mucho más íntimo y dominante. Los ojos de Robb recorrieron el rostro de Jaime como si estuviera marcando un territorio.

—Tú —susurró Robb, solo para que Jaime lo oyera— serás mío. No como prisionero, sino como mi consorte de escarcha. Te quitaré ese oro y te vestiré con mis colores. Y no habrá dios ni rey que pueda evitarlo.

Jaime, por primera vez en su vida adulta, sintió una punzada de auténtico temor. No era el miedo a la muerte, sino el miedo a ser poseído por algo que no comprendía. Trató de soltar una réplica mordaz, pero las palabras se le murieron en la garganta cuando Robb apretó ligeramente su mandíbula.

—Prepárate, Matarreyes —continuó Robb en voz alta para que todos lo escucharan—. Esta noche cenarás a mi lado. Es una orden, no una invitación.

Robb se dio la vuelta, dando la espalda al Rey de los Siete Reinos y a su guardia personal, y comenzó a caminar hacia el Gran Salón.

—¡Ned! —rugió Robert, aunque su voz sonaba más confundida que furiosa—. ¿Qué demonios le pasa a tu hijo?

Ned Stark miraba la espalda de Robb, sintiendo que su mundo se desmoronaba.

—No lo sé, Robert —admitió Ned con un hilo de voz—. Ya no lo reconozco.

Mientras tanto, en el interior de Invernalia, Robb Stark ya estaba trazando mapas en su mente. Sabía quiénes serían los primeros en morir. Los Bolton, los Frey... sus cabezas adornarían las picas de las murallas antes de que terminara la luna. Pero su prioridad inmediata era el león.

Entró en su estudio privado y llamó a Roose Bolton, quien casualmente se encontraba ya en Invernalia para la visita real. El hombre de ojos pálidos entró con su habitual calma, pero al ver a Robb, se detuvo por un instante. Incluso la traición encarnada podía reconocer a un monstruo más grande cuando lo tenía enfrente.

—Lord Bolton —dijo Robb, sentado tras su escritorio de roble—. Sé lo que piensas. Sé lo que planeas. Sé que en tus sueños me ves muerto.

Roose palideció ligeramente, manteniendo su máscara de indiferencia.

—Mi señor, no entiendo a qué se refiere...

—Cállate —le cortó Robb. Se levantó y caminó hacia él con la lentitud de un ventisquero—. No te mataré hoy porque necesito un carnicero. Pero si fallas en una sola de mis órdenes, te despellejaré yo mismo, y me aseguraré de que permanezcas vivo para ver cómo uso tu piel como alfombra. ¿Fui claro?

Roose Bolton, el hombre que no temía a nada, se arrodilló. No por respeto, sino por puro instinto de supervivencia.

—Sí, mi Rey —susurró Roose.

—Rey —repitió Robb, saboreando la palabra—. Sí. El Rey del Invierno ha despertado.

Más tarde esa noche, el Gran Salón de Invernalia estaba lleno de tensión. La cena real, que debería haber sido una celebración de reencuentro, se sentía como un banquete funerario. Robb se sentó en el lugar de honor, desplazando incluso a su padre. A su derecha, obligó a sentarse a Jaime Lannister.

Jaime estaba inusualmente silencioso. Sentía la mirada de su hermana Cersei quemándole desde el otro lado de la mesa, llena de furia y desconcierto. Pero no podía apartar la vista de Robb. El joven Stark comía con una elegancia depredadora, bebiendo vino oscuro y dictando órdenes a sus banderizos con una autoridad que nadie se atrevía a cuestionar.

—¿Por qué yo? —preguntó Jaime en voz baja, inclinándose hacia Robb—. Hay reinas y princesas que matarían por estar en mi lugar. ¿Por qué quieres humillarme de esta manera?

Robb dejó su copa y se giró hacia él. En la penumbra de las antorchas, su rostro parecía tallado en mármol frío.

—No busco humillarte, Jaime —dijo Robb, y su mano se cerró sobre el muslo del caballero bajo la mesa, un agarre de hierro—. Busco poseerte. El mundo se va a ahogar en sangre. Los Lannister, los Baratheon, los Targaryen... todos caerán. Pero tú... tú serás el testigo de mi ascenso. Verás cómo quemo el sur y cómo el hielo lo cubre todo. Estarás a mi lado porque eres el único que tiene suficiente fuego para que me divierta apagándolo.

Jaime soltó una risa nerviosa, aunque sus ojos mostraban una fascinación creciente.

—Eres un monstruo, Stark. Un monstruo hermoso y loco.

—Soy lo que el Norte necesita —respondió Robb, acercándose al oído de Jaime, su aliento frío rozando su piel—. Y lo que tú necesitas. Esta noche, cuando todos duerman, vendrás a mis aposentos. Si no lo haces, haré que traigan la cabeza de tu hermano Tyrion en una bandeja antes del amanecer.

Jaime se quedó helado. La crueldad en la voz de Robb no era una amenaza vacía; era una promesa absoluta.

—No te atreverías —susurró Jaime.

Robb sonrió, y por primera vez, Jaime vio la oscuridad total que habitaba en el alma del joven lobo.

—Pruébame, león. Mira a tu alrededor. Mira a mis hombres. Ya no siguen a mi padre. Me siguen a mí. Porque saben que yo no dudaré en hacer lo que sea necesario. El invierno no pide permiso, Jaime. Simplemente llega y lo devora todo.

Robb se levantó, dando por terminada la cena. Todos en el salón se pusieron en pie, un silencio sepulcral cayendo sobre la estancia.

—Mañana —anunció Robb a los presentes— comenzaremos los preparativos. El Rey Robert regresará a Desembarco del Rey, pero su Guardia Real se quedará con nosotros por un tiempo. Tenemos mucho que discutir sobre el futuro del reino.

Robert Baratheon, borracho y confundido, trató de protestar.

—¿Qué? ¡Ned, di algo! No puedes permitir que tu hijo...

Ned Stark miró a su amigo y luego a su hijo. Vio la sombra de Viento Gris acechando tras Robb, y vio la mirada de los señores norteños, que ahora brillaba con un fanatismo oscuro. Ned comprendió en ese momento que ya no tenía poder en su propia casa.

—El Norte es de Robb —dijo Ned con una tristeza infinita—. Yo... yo ya no mando aquí.

Robb Stark salió del salón sin mirar atrás, sabiendo que Jaime Lannister lo seguiría. Sabía que la guerra estaba por comenzar, pero esta vez, no habría Boda Roja. No habría errores. Él era el Rey de Hielo y Oscuridad, y el mundo entero aprendería a temblar ante su nombre.

Caminó hacia sus aposentos, sintiendo el poder del invierno latir en su pecho. Cada enemigo que recordaba de su otra vida sería aplastado. Cada traidor sería ejecutado. Y mientras tanto, tendría al león dorado a su lado, encadenado por el miedo y el deseo, un trofeo perfecto para el rey que había regresado de la muerte para reclamar lo que era suyo por derecho de sangre y acero.

Al entrar en su habitación, Robb se acercó a la ventana y miró hacia el sur. El horizonte parecía oscurecerse, como si las sombras mismas se estuvieran moviendo bajo sus órdenes.

—Que vengan —susurró para sí mismo—. Que vengan todos. El invierno ya está aquí, y yo soy su señor.
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