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Фандом: Crow Zero
Создан: 07.05.2026
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El Coleccionista de Sombras
La lluvia caía sobre las calles de los alrededores del instituto Suzuran con una violencia que parecía querer lavar los pecados de los jóvenes que allí se mataban. Pero la sangre no se limpia tan fácilmente. Urushibara Ryo caminaba con paso tranquilo, protegido por su paraguas negro, contrastando con el caos que lo rodeaba. Mientras Housen avanzaba como una marea blanca, aplastando a los cuervos solitarios de Suzuran, Ryo mantenía su mirada gélida fija en un objetivo que no tenía nada que ver con la estrategia general de Narumi.
Había algo en Izaki Shun que lo fascinaba. No era solo su lealtad inquebrantable a Serizawa, ni su habilidad para pelear hasta el último aliento. Era esa mirada de desafío que nunca se apagaba, incluso cuando el mundo se derrumbaba a su alrededor. Ryo lo había estado observando desde las sombras, como un depredador que admira la belleza de una presa particularmente difícil.
Al doblar una esquina en un callejón oscuro, lo encontró.
Izaki estaba apoyado contra una pared de ladrillos, con la respiración entrecortada y el rostro cubierto de cortes y hematomas. Varios miembros de Housen yacían inconscientes a sus pies, pero él apenas podía mantenerse en pie. Sus ojos rubios, generalmente afilados, estaban nublados por el agotamiento y el dolor de una posible conmoción cerebral. Finalmente, sus rodillas cedieron y se desplomó en el asfalto mojado justo cuando Ryo se detenía frente a él.
Ryo cerró su paraguas con un chasquido seco. Se inclinó sobre el cuerpo inerte de Izaki, apartándole un mechón de cabello rubio empapado de la frente. Una sonrisa casi imperceptible, carente de cualquier calidez humana, curvó sus labios.
—Te encontré, Izaki-kun —susurró, su voz apenas un eco bajo la lluvia—. No voy a dejar que te desperdicies aquí.
Con una fuerza sorprendente para su complexión delgada, Ryo cargó al rubio. No lo llevó a un hospital, ni lo dejó en territorio neutral. Lo llevó a su santuario privado, un apartamento minimalista y frío, lejos del ruido de las bandas y la guerra escolar.
Cuando Izaki Shun abrió los ojos, lo primero que registró fue el silencio. No era el silencio de la calle después de una pelea, sino un silencio denso, casi artificial. Intentó incorporarse, pero un pinchazo agudo en la sien lo obligó a gemir y volver a hundirse en las almohadas.
—No te muevas tan rápido —dijo una voz suave desde la penumbra—. Tienes una contusión leve y tres costillas fisuradas.
Izaki parpadeó con fuerza, tratando de enfocar la vista. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba a través de las persianas. Poco a poco, la silueta de un joven sentado en una silla de cuero frente a la cama tomó forma. Cabello largo, piel pálida, una expresión de serenidad inquietante.
—Urushibara... —la voz de Izaki salió como un graznido rasposo—. ¿Qué demonios...? ¿Dónde estoy?
Ryo se levantó y caminó hacia la cama. Llevaba una camisa blanca impecable, sin rastro de la pelea de la tarde anterior. Sostenía un vaso de agua que le tendió a Izaki.
—Estás a salvo —respondió Ryo, ignorando la segunda pregunta—. Te encontré antes de que el resto de mi escuela terminara el trabajo. Deberías estar agradecido.
Izaki aceptó el agua con manos temblorosas, bebiendo con avidez antes de mirar a su alrededor. La habitación era elegante, demasiado limpia para alguien que pertenecía a la "Academia de los Asesinos". Intentó levantarse de nuevo, esta vez con más éxito, aunque el dolor lo hacía sudar.
—Tengo que irme —dijo Izaki, buscando su chaqueta de Suzuran, que no estaba por ninguna parte—. Mis hombres... Serizawa... hay una guerra ahí fuera.
—Esa guerra ya no te pertenece —sentenció Ryo, cruzándose de brazos—. Estás muerto para ellos ahora mismo, Izaki-kun. Todos piensan que te atraparon y te dejaron en algún baldío. Si regresas así, solo serás una carga.
—No me importa —gruñó el rubio, intentando ponerse de pie. Sus piernas fallaron y habría caído al suelo si Ryo no lo hubiera sujetado por los hombros con una firmeza gélida.
—He dicho que no te muevas —la voz de Ryo bajó una octava, cargada de una amenaza latente que hizo que los vellos de la nuca de Izaki se erizaran—. He invertido mucho tiempo cuidándote estas últimas horas. No me gusta que desperdicien mis esfuerzos.
Izaki lo miró fijamente, dándose cuenta por primera vez de la extraña intensidad en los ojos de su captor. No había odio, pero tampoco había compasión. Era la mirada de un coleccionista que acababa de adquirir una pieza única.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó Izaki, su tono bajando de nivel—. Somos enemigos. Housen quiere destruir a Suzuran. Tú eres el perro de ataque de Narumi.
Ryo soltó una risa seca, un sonido carente de alegría. Se acercó un poco más, invadiendo el espacio personal de Izaki hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros.
—Narumi tiene sus objetivos. Yo tengo los míos —dijo Ryo, extendiendo una mano para acariciar la mandíbula de Izaki con el pulgar—. Siempre me has parecido interesante. Eres inteligente, pero te dejas guiar por la lealtad. Eres fuerte, pero te rompes por los demás. Quería ver qué pasaba si te sacaba de ese entorno.
—Estás loco —escupió Izaki, tratando de apartarse.
—Tal vez —coincidió Ryo con una tranquilidad aterradora—. Pero aquí, las reglas de la calle no existen. Aquí solo estamos tú y yo. Y yo decido cuándo termina tu recuperación.
Izaki intentó empujarlo, pero el dolor en sus costillas lo hizo jadear. Ryo aprovechó el momento de debilidad para obligarlo a recostarse de nuevo, sujetando sus muñecas contra el colchón.
—Suéltame, maldito parásito —siseó Izaki, forcejeando.
—No —respondió Ryo simplemente—. Te vas a quedar aquí. Te voy a alimentar, te voy a curar y te voy a observar. Me gusta cómo te ves en mi cama, lejos de la suciedad de Suzuran.
—Serizawa vendrá a buscarme —amenazó Izaki, aunque en el fondo sabía que nadie sabía dónde estaba.
—Serizawa está demasiado ocupado intentando que Genji no destruya lo que queda de su orgullo —Ryo se inclinó y susurró al oído del rubio—: Nadie va a venir, Shun. Eres mío ahora. Un pequeño secreto que Housen y Suzuran no necesitan conocer.
Izaki sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la fiebre. La inteligencia de Ryo era lo que lo hacía más peligroso; no era un bruto que buscaba pelea, era un manipulador que tejía redes. Y él acababa de caer en el centro de una de ellas.
—¿Cuánto tiempo piensas tenerme aquí? —preguntó Izaki, dándose cuenta de que la fuerza física no le serviría de nada en su estado actual.
Ryo se alejó un poco, observándolo con una satisfacción depredadora. Se dirigió hacia la puerta de la habitación y, antes de apagar la luz principal, se giró con una sonrisa gélida.
—Hasta que olvide el color de tu uniforme —respondió—. Hasta que cuando escuches el nombre de Suzuran, no sientas nada. Tengo mucha paciencia, Izaki-kun.
La puerta se cerró con un clic metálico: el sonido de una cerradura echada desde fuera.
Izaki se quedó en la oscuridad, escuchando el latido acelerado de su propio corazón. Miró hacia la ventana, pero estaba reforzada. Estaba atrapado en el nido de un monstruo que vestía de blanco y hablaba con suavidad.
En la sala de estar, Ryo se sentó en su sofá, encendiendo un cigarrillo mientras observaba las cámaras de seguridad que daban al dormitorio. Ver a Izaki Shun, el orgulloso líder de la clase C, atrapado y vulnerable, le producía una euforia que ninguna pelea callejera podría igualar.
—La guerra puede esperar —murmuró Ryo para sí mismo, soltando el humo con parsimonia—. Esto es mucho más divertido.
Afuera, la lluvia seguía cayendo, borrando los rastros de la batalla, mientras en aquel apartamento, una nueva y más peligrosa danza de poder acababa de comenzar. Ryo no era un hombre que compartiera sus juguetes, e Izaki Shun acababa de convertirse en su posesión más preciada.
Había algo en Izaki Shun que lo fascinaba. No era solo su lealtad inquebrantable a Serizawa, ni su habilidad para pelear hasta el último aliento. Era esa mirada de desafío que nunca se apagaba, incluso cuando el mundo se derrumbaba a su alrededor. Ryo lo había estado observando desde las sombras, como un depredador que admira la belleza de una presa particularmente difícil.
Al doblar una esquina en un callejón oscuro, lo encontró.
Izaki estaba apoyado contra una pared de ladrillos, con la respiración entrecortada y el rostro cubierto de cortes y hematomas. Varios miembros de Housen yacían inconscientes a sus pies, pero él apenas podía mantenerse en pie. Sus ojos rubios, generalmente afilados, estaban nublados por el agotamiento y el dolor de una posible conmoción cerebral. Finalmente, sus rodillas cedieron y se desplomó en el asfalto mojado justo cuando Ryo se detenía frente a él.
Ryo cerró su paraguas con un chasquido seco. Se inclinó sobre el cuerpo inerte de Izaki, apartándole un mechón de cabello rubio empapado de la frente. Una sonrisa casi imperceptible, carente de cualquier calidez humana, curvó sus labios.
—Te encontré, Izaki-kun —susurró, su voz apenas un eco bajo la lluvia—. No voy a dejar que te desperdicies aquí.
Con una fuerza sorprendente para su complexión delgada, Ryo cargó al rubio. No lo llevó a un hospital, ni lo dejó en territorio neutral. Lo llevó a su santuario privado, un apartamento minimalista y frío, lejos del ruido de las bandas y la guerra escolar.
Cuando Izaki Shun abrió los ojos, lo primero que registró fue el silencio. No era el silencio de la calle después de una pelea, sino un silencio denso, casi artificial. Intentó incorporarse, pero un pinchazo agudo en la sien lo obligó a gemir y volver a hundirse en las almohadas.
—No te muevas tan rápido —dijo una voz suave desde la penumbra—. Tienes una contusión leve y tres costillas fisuradas.
Izaki parpadeó con fuerza, tratando de enfocar la vista. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba a través de las persianas. Poco a poco, la silueta de un joven sentado en una silla de cuero frente a la cama tomó forma. Cabello largo, piel pálida, una expresión de serenidad inquietante.
—Urushibara... —la voz de Izaki salió como un graznido rasposo—. ¿Qué demonios...? ¿Dónde estoy?
Ryo se levantó y caminó hacia la cama. Llevaba una camisa blanca impecable, sin rastro de la pelea de la tarde anterior. Sostenía un vaso de agua que le tendió a Izaki.
—Estás a salvo —respondió Ryo, ignorando la segunda pregunta—. Te encontré antes de que el resto de mi escuela terminara el trabajo. Deberías estar agradecido.
Izaki aceptó el agua con manos temblorosas, bebiendo con avidez antes de mirar a su alrededor. La habitación era elegante, demasiado limpia para alguien que pertenecía a la "Academia de los Asesinos". Intentó levantarse de nuevo, esta vez con más éxito, aunque el dolor lo hacía sudar.
—Tengo que irme —dijo Izaki, buscando su chaqueta de Suzuran, que no estaba por ninguna parte—. Mis hombres... Serizawa... hay una guerra ahí fuera.
—Esa guerra ya no te pertenece —sentenció Ryo, cruzándose de brazos—. Estás muerto para ellos ahora mismo, Izaki-kun. Todos piensan que te atraparon y te dejaron en algún baldío. Si regresas así, solo serás una carga.
—No me importa —gruñó el rubio, intentando ponerse de pie. Sus piernas fallaron y habría caído al suelo si Ryo no lo hubiera sujetado por los hombros con una firmeza gélida.
—He dicho que no te muevas —la voz de Ryo bajó una octava, cargada de una amenaza latente que hizo que los vellos de la nuca de Izaki se erizaran—. He invertido mucho tiempo cuidándote estas últimas horas. No me gusta que desperdicien mis esfuerzos.
Izaki lo miró fijamente, dándose cuenta por primera vez de la extraña intensidad en los ojos de su captor. No había odio, pero tampoco había compasión. Era la mirada de un coleccionista que acababa de adquirir una pieza única.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó Izaki, su tono bajando de nivel—. Somos enemigos. Housen quiere destruir a Suzuran. Tú eres el perro de ataque de Narumi.
Ryo soltó una risa seca, un sonido carente de alegría. Se acercó un poco más, invadiendo el espacio personal de Izaki hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros.
—Narumi tiene sus objetivos. Yo tengo los míos —dijo Ryo, extendiendo una mano para acariciar la mandíbula de Izaki con el pulgar—. Siempre me has parecido interesante. Eres inteligente, pero te dejas guiar por la lealtad. Eres fuerte, pero te rompes por los demás. Quería ver qué pasaba si te sacaba de ese entorno.
—Estás loco —escupió Izaki, tratando de apartarse.
—Tal vez —coincidió Ryo con una tranquilidad aterradora—. Pero aquí, las reglas de la calle no existen. Aquí solo estamos tú y yo. Y yo decido cuándo termina tu recuperación.
Izaki intentó empujarlo, pero el dolor en sus costillas lo hizo jadear. Ryo aprovechó el momento de debilidad para obligarlo a recostarse de nuevo, sujetando sus muñecas contra el colchón.
—Suéltame, maldito parásito —siseó Izaki, forcejeando.
—No —respondió Ryo simplemente—. Te vas a quedar aquí. Te voy a alimentar, te voy a curar y te voy a observar. Me gusta cómo te ves en mi cama, lejos de la suciedad de Suzuran.
—Serizawa vendrá a buscarme —amenazó Izaki, aunque en el fondo sabía que nadie sabía dónde estaba.
—Serizawa está demasiado ocupado intentando que Genji no destruya lo que queda de su orgullo —Ryo se inclinó y susurró al oído del rubio—: Nadie va a venir, Shun. Eres mío ahora. Un pequeño secreto que Housen y Suzuran no necesitan conocer.
Izaki sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la fiebre. La inteligencia de Ryo era lo que lo hacía más peligroso; no era un bruto que buscaba pelea, era un manipulador que tejía redes. Y él acababa de caer en el centro de una de ellas.
—¿Cuánto tiempo piensas tenerme aquí? —preguntó Izaki, dándose cuenta de que la fuerza física no le serviría de nada en su estado actual.
Ryo se alejó un poco, observándolo con una satisfacción depredadora. Se dirigió hacia la puerta de la habitación y, antes de apagar la luz principal, se giró con una sonrisa gélida.
—Hasta que olvide el color de tu uniforme —respondió—. Hasta que cuando escuches el nombre de Suzuran, no sientas nada. Tengo mucha paciencia, Izaki-kun.
La puerta se cerró con un clic metálico: el sonido de una cerradura echada desde fuera.
Izaki se quedó en la oscuridad, escuchando el latido acelerado de su propio corazón. Miró hacia la ventana, pero estaba reforzada. Estaba atrapado en el nido de un monstruo que vestía de blanco y hablaba con suavidad.
En la sala de estar, Ryo se sentó en su sofá, encendiendo un cigarrillo mientras observaba las cámaras de seguridad que daban al dormitorio. Ver a Izaki Shun, el orgulloso líder de la clase C, atrapado y vulnerable, le producía una euforia que ninguna pelea callejera podría igualar.
—La guerra puede esperar —murmuró Ryo para sí mismo, soltando el humo con parsimonia—. Esto es mucho más divertido.
Afuera, la lluvia seguía cayendo, borrando los rastros de la batalla, mientras en aquel apartamento, una nueva y más peligrosa danza de poder acababa de comenzar. Ryo no era un hombre que compartiera sus juguetes, e Izaki Shun acababa de convertirse en su posesión más preciada.
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