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Фандом: Final Fantasy VII
Создан: 07.05.2026
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ДаркПсихологияДрамаАнгстТриллерООСПостапокалиптикаCharacter study
El Refugio de las Sombras Doradas
La paz era un concepto extraño para alguien que había nacido para la guerra. Para Cloud Strife, el fin de Sephiroth no había traído la calma que los demás esperaban, sino un silencio ensordecedor que le recordaba, a cada segundo, lo poco que encajaba en un mundo que intentaba reconstruirse. Cloud no era un constructor; era un arma, una de las más peligrosas e inteligentes que Shinra había diseñado jamás, y el peso de su propio poder lo asfixiaba. Por eso se había marchado. Sin despedidas, sin rastros, se había ocultado en las profundidades de un valle olvidado, donde la naturaleza reclamaba las ruinas de una antigua instalación de investigación. Allí, el rubio vivía en un aislamiento absoluto, rodeado de libros, armas y la soledad que tanto ansiaba.
O eso creía hasta que el destino, con su ironía habitual, decidió arrojarle un problema de color rojo brillante a la puerta de su refugio.
Reno no recordaba mucho de cómo había terminado allí. Su última misión para los Turcos había sido un desastre absoluto. Una emboscada de un grupo extremista anti-Shinra, una explosión que lo lanzó por un barranco y horas de caminar bajo la lluvia ácida de los alrededores de Midgar, desorientado y con una herida en el costado que no dejaba de sangrar. El frío se le había metido en los huesos y la vista se le nubló hasta que el mundo se volvió negro.
Cuando despertó, no sintió el asfalto frío ni la humedad de la tierra. Sintió el calor de una chimenea y la suavidad de unas sábanas limpias.
— Despiertas antes de lo que esperaba —dijo una voz profunda y gélida que le erizó el vello de la nuca.
Reno parpadeó con fuerza, tratando de enfocar la figura que estaba sentada en un sillón frente a la cama. Cuando lo logró, el corazón le dio un vuelco.
— ¿Rubio? —graznó Reno, con la garganta seca como un desierto—. ¿Eres tú, o es que finalmente he pasado al otro lado y el infierno tiene mejores vistas de lo que pensaba?
Cloud no sonrió. Se limitó a cerrar el libro que sostenía entre sus manos enguantadas. Se veía diferente. Más imponente, si es que eso era posible. Su mirada azul, cargada de mako, parecía atravesar el alma de Reno con una intensidad depredadora. Ya no era el mercenario dubitativo; era algo mucho más poderoso y, por ende, mucho más peligroso.
— Estás en mi casa —respondió Cloud, levantándose con una gracia felina—. Te encontré hace dos días. Estabas muriendo de hipotermia y pérdida de sangre.
Reno intentó incorporarse, soltando un quejido cuando el dolor en su costado protestó.
— Vaya... —Reno se pasó una mano por el cabello revuelto, notando que ya no tenía su uniforme de Turco, sino una camiseta de algodón que le quedaba grande—. Gracias, Cloud. De verdad. Pensé que estaba acabado. Supongo que te debo una grande. En cuanto recupere las fuerzas, me pondré en marcha. Tseng debe estar volviéndose loco buscándome.
Cloud caminó hacia la cama. Sus pasos no hacían ruido. Se detuvo justo al borde del colchón, observando a Reno con una fijeza que empezó a incomodar al pelirrojo.
— No vas a volver, Reno —dijo Cloud con una calma que resultaba aterradora.
Reno soltó una risa nerviosa, rascándose la nuca.
— Vamos, no seas así. Sé que odias a Shinra, pero no voy a decirles dónde estás. Tienes mi palabra de Turco, aunque sé que eso no vale mucho para ti. Pero en serio, tengo que irme.
— No me has entendido —insistió Cloud. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos a ambos lados del cuerpo de Reno, atrapándolo entre sus brazos—. No es que no confíe en tu palabra. Es que no voy a dejar que te marches. Nunca.
El silencio que siguió a esas palabras fue denso, casi tangible. Reno buscó en los ojos de Cloud algún rastro de broma, de sarcasmo, pero solo encontró una determinación inamovible. El rubio lo miraba como un coleccionista miraría una pieza única que finalmente ha logrado poseer.
— ¿De qué estás hablando, Cloud? —preguntó Reno, su tono perdiendo la ligereza habitual—. La broma no tiene gracia.
— No es una broma —respondió Cloud. Su mano enguantada subió lentamente hasta la mejilla de Reno, acariciándola con una suavidad que contrastaba con la amenaza de sus palabras—. Mientras dormías, te observé. Estás tan roto como yo, Reno. Shinra te usa, te desgasta, te envía a morir en misiones que no significan nada. Aquí estás a salvo. Aquí no tienes que ser un Turco. Solo tienes que ser mío.
Reno sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío exterior. Intentó empujar a Cloud, pero el rubio era como una pared de granito. Con un movimiento rápido y preciso, Cloud sujetó las muñecas de Reno sobre su cabeza con una sola mano. La fuerza era descomunal, recordándole a Reno que estaba frente a un hombre que había derrotado a dioses.
— ¡Suéltame! —exclamó Reno, forcejeando—. ¡Estás loco! ¡No puedes tenerme aquí secuestrado!
— Puedo —susurró Cloud cerca de su oído—. Nadie sabe dónde estoy. Nadie sabe que estás vivo. Para el mundo, el Turco Reno murió en esa emboscada. Para mí, acabas de nacer.
— ¡Tseng me buscará! ¡Elena y Rude no pararán hasta encontrarme! —gritó el pelirrojo, el pánico empezando a aflorar.
Cloud soltó una pequeña risa, un sonido seco y carente de alegría.
— Que lo intenten. Este lugar está protegido por más que solo muros. He pasado meses asegurándome de que nadie pueda entrar... y de que nadie pueda salir.
Cloud liberó las muñecas de Reno, pero antes de que este pudiera reaccionar, el rubio lo tomó por la nuca, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos. Las pupilas de Cloud brillaban con un mako intenso, hipnótico.
— Te cuidaré, Reno. Te daré todo lo que necesites. Comida, ropa, medicinas... incluso afecto, si es lo que deseas. Pero olvida el cielo, olvida Midgar y olvida tu vida anterior. Tu mundo ahora son estas cuatro paredes y yo.
— No eres así, Cloud... —dijo Reno, con la voz quebrada—. Tú eres el héroe. El que salva a la gente.
— El héroe murió cuando se dio cuenta de que salvar al mundo no le daba la paz —sentenció Cloud—. Ahora solo soy un hombre que ha encontrado algo que quiere conservar. Y te quiero a ti. Te vi dormir y, por primera vez en años, el ruido en mi cabeza se detuvo. No voy a renunciar a eso.
Reno intentó golpearlo, un movimiento desesperado impulsado por el instinto de supervivencia, pero Cloud atrapó su puño antes de que impactara. Con un movimiento fluido, Cloud lo inmovilizó de nuevo, presionando su cuerpo contra el colchón. La diferencia de fuerza era insultante. Cloud era inteligente, sabía exactamente qué puntos de presión tocar para dejar a Reno sin aliento y sin capacidad de respuesta.
— Descansa, Reno —dijo Cloud, su voz volviéndose extrañamente dulce—. Estás débil todavía. Mañana entenderás que esto es lo mejor.
— Esto es un secuestro, maldita sea —susurró Reno, las lágrimas de frustración asomando en sus ojos—. No puedes obligarme a quererte.
Cloud se acercó y depositó un beso casto en la frente del pelirrojo.
— No necesito que me quieras hoy. Tengo todo el tiempo del mundo para enseñarte cómo hacerlo.
Cloud se levantó y caminó hacia la puerta de la habitación. Antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro. La luz de la chimenea proyectaba sombras alargadas que lo hacían ver como una deidad antigua y oscura.
— He bloqueado la salida —anunció con naturalidad—. No intentes saltar por la ventana; estamos en un risco. Si lo intentas y te haces daño, tendré que ser mucho más estricto contigo, y no quiero eso.
— ¡Cloud! —gritó Reno, tratando de levantarse, pero sus piernas fallaron, todavía débiles por la fiebre y el cansancio.
— Duerme, Reno —dijo Cloud antes de cerrar la puerta y girar la llave.
El sonido del cerrojo encajando fue como un disparo en el silencio de la habitación. Reno se quedó allí, temblando, mirando el techo de madera. Fuera, el viento aullaba entre los árboles, confirmando su aislamiento. Estaba atrapado con el hombre más poderoso del planeta, un hombre que había perdido el juicio y que lo miraba como si fuera su único tesoro.
En la sala de estar, Cloud se sentó frente al fuego. Sus manos, que habían empuñado la Espada Mortal para salvar el destino de la existencia, ahora sostenían una pequeña cinta de pelo roja que había recogido del suelo. La llevó a sus labios, aspirando el aroma a ceniza y tabaco que aún desprendía.
No se sentía culpable. Por primera vez en su vida, Cloud Strife se sentía completo. Había pasado demasiado tiempo solo, cargando con el peso de los recuerdos de otros, de las expectativas de un mundo que solo lo buscaba cuando necesitaba un salvador. Reno era real. Reno era fuego y vida. Y Cloud no iba a permitir que esa llama se extinguiera en las frías manos de Shinra.
— Estarás bien aquí —susurró Cloud a las llamas—. Te haré olvidar que alguna vez quisiste irte.
La inteligencia de Cloud le decía que Reno lucharía. Sus instintos le decían que el pelirrojo intentaría escapar una y otra vez. Pero su poder, esa fuerza sobrehumana que lo convertía en algo más que un hombre, le aseguraba que ninguna huida tendría éxito.
Era un juego de paciencia. Y si algo había aprendido Cloud tras años de persecución y batalla, era a esperar. Tenía toda una vida por delante, y ahora, finalmente, tenía a alguien con quien compartirla, quisiera el otro o no.
En la habitación, Reno se acurrucó bajo las mantas, sintiendo el calor del hogar que Cloud había construido para ellos. Era un calor sofocante, una jaula de oro y mako. Cerró los ojos, deseando que todo fuera una pesadilla, pero el aroma del rubio que impregnaba las sábanas le recordaba la cruda realidad. Estaba perdido, no en el valle, sino en la obsesión de un guerrero que ya no tenía nada que perder y que lo había elegido a él como su ancla.
El silencio volvió a reinar en la casa del risco, un silencio solo roto por el crepitar de la leña y el latido constante de un corazón que, por primera vez, se sentía dueño de su destino. Cloud cerró los ojos, disfrutando de la quietud. El mundo podía seguir su curso, Midgar podía caer o prosperar, a él ya no le importaba. Su mundo ahora dormía en la habitación de al lado, y se aseguraría de que nunca, jamás, volviera a cruzar el umbral hacia la libertad.
O eso creía hasta que el destino, con su ironía habitual, decidió arrojarle un problema de color rojo brillante a la puerta de su refugio.
Reno no recordaba mucho de cómo había terminado allí. Su última misión para los Turcos había sido un desastre absoluto. Una emboscada de un grupo extremista anti-Shinra, una explosión que lo lanzó por un barranco y horas de caminar bajo la lluvia ácida de los alrededores de Midgar, desorientado y con una herida en el costado que no dejaba de sangrar. El frío se le había metido en los huesos y la vista se le nubló hasta que el mundo se volvió negro.
Cuando despertó, no sintió el asfalto frío ni la humedad de la tierra. Sintió el calor de una chimenea y la suavidad de unas sábanas limpias.
— Despiertas antes de lo que esperaba —dijo una voz profunda y gélida que le erizó el vello de la nuca.
Reno parpadeó con fuerza, tratando de enfocar la figura que estaba sentada en un sillón frente a la cama. Cuando lo logró, el corazón le dio un vuelco.
— ¿Rubio? —graznó Reno, con la garganta seca como un desierto—. ¿Eres tú, o es que finalmente he pasado al otro lado y el infierno tiene mejores vistas de lo que pensaba?
Cloud no sonrió. Se limitó a cerrar el libro que sostenía entre sus manos enguantadas. Se veía diferente. Más imponente, si es que eso era posible. Su mirada azul, cargada de mako, parecía atravesar el alma de Reno con una intensidad depredadora. Ya no era el mercenario dubitativo; era algo mucho más poderoso y, por ende, mucho más peligroso.
— Estás en mi casa —respondió Cloud, levantándose con una gracia felina—. Te encontré hace dos días. Estabas muriendo de hipotermia y pérdida de sangre.
Reno intentó incorporarse, soltando un quejido cuando el dolor en su costado protestó.
— Vaya... —Reno se pasó una mano por el cabello revuelto, notando que ya no tenía su uniforme de Turco, sino una camiseta de algodón que le quedaba grande—. Gracias, Cloud. De verdad. Pensé que estaba acabado. Supongo que te debo una grande. En cuanto recupere las fuerzas, me pondré en marcha. Tseng debe estar volviéndose loco buscándome.
Cloud caminó hacia la cama. Sus pasos no hacían ruido. Se detuvo justo al borde del colchón, observando a Reno con una fijeza que empezó a incomodar al pelirrojo.
— No vas a volver, Reno —dijo Cloud con una calma que resultaba aterradora.
Reno soltó una risa nerviosa, rascándose la nuca.
— Vamos, no seas así. Sé que odias a Shinra, pero no voy a decirles dónde estás. Tienes mi palabra de Turco, aunque sé que eso no vale mucho para ti. Pero en serio, tengo que irme.
— No me has entendido —insistió Cloud. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos a ambos lados del cuerpo de Reno, atrapándolo entre sus brazos—. No es que no confíe en tu palabra. Es que no voy a dejar que te marches. Nunca.
El silencio que siguió a esas palabras fue denso, casi tangible. Reno buscó en los ojos de Cloud algún rastro de broma, de sarcasmo, pero solo encontró una determinación inamovible. El rubio lo miraba como un coleccionista miraría una pieza única que finalmente ha logrado poseer.
— ¿De qué estás hablando, Cloud? —preguntó Reno, su tono perdiendo la ligereza habitual—. La broma no tiene gracia.
— No es una broma —respondió Cloud. Su mano enguantada subió lentamente hasta la mejilla de Reno, acariciándola con una suavidad que contrastaba con la amenaza de sus palabras—. Mientras dormías, te observé. Estás tan roto como yo, Reno. Shinra te usa, te desgasta, te envía a morir en misiones que no significan nada. Aquí estás a salvo. Aquí no tienes que ser un Turco. Solo tienes que ser mío.
Reno sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío exterior. Intentó empujar a Cloud, pero el rubio era como una pared de granito. Con un movimiento rápido y preciso, Cloud sujetó las muñecas de Reno sobre su cabeza con una sola mano. La fuerza era descomunal, recordándole a Reno que estaba frente a un hombre que había derrotado a dioses.
— ¡Suéltame! —exclamó Reno, forcejeando—. ¡Estás loco! ¡No puedes tenerme aquí secuestrado!
— Puedo —susurró Cloud cerca de su oído—. Nadie sabe dónde estoy. Nadie sabe que estás vivo. Para el mundo, el Turco Reno murió en esa emboscada. Para mí, acabas de nacer.
— ¡Tseng me buscará! ¡Elena y Rude no pararán hasta encontrarme! —gritó el pelirrojo, el pánico empezando a aflorar.
Cloud soltó una pequeña risa, un sonido seco y carente de alegría.
— Que lo intenten. Este lugar está protegido por más que solo muros. He pasado meses asegurándome de que nadie pueda entrar... y de que nadie pueda salir.
Cloud liberó las muñecas de Reno, pero antes de que este pudiera reaccionar, el rubio lo tomó por la nuca, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos. Las pupilas de Cloud brillaban con un mako intenso, hipnótico.
— Te cuidaré, Reno. Te daré todo lo que necesites. Comida, ropa, medicinas... incluso afecto, si es lo que deseas. Pero olvida el cielo, olvida Midgar y olvida tu vida anterior. Tu mundo ahora son estas cuatro paredes y yo.
— No eres así, Cloud... —dijo Reno, con la voz quebrada—. Tú eres el héroe. El que salva a la gente.
— El héroe murió cuando se dio cuenta de que salvar al mundo no le daba la paz —sentenció Cloud—. Ahora solo soy un hombre que ha encontrado algo que quiere conservar. Y te quiero a ti. Te vi dormir y, por primera vez en años, el ruido en mi cabeza se detuvo. No voy a renunciar a eso.
Reno intentó golpearlo, un movimiento desesperado impulsado por el instinto de supervivencia, pero Cloud atrapó su puño antes de que impactara. Con un movimiento fluido, Cloud lo inmovilizó de nuevo, presionando su cuerpo contra el colchón. La diferencia de fuerza era insultante. Cloud era inteligente, sabía exactamente qué puntos de presión tocar para dejar a Reno sin aliento y sin capacidad de respuesta.
— Descansa, Reno —dijo Cloud, su voz volviéndose extrañamente dulce—. Estás débil todavía. Mañana entenderás que esto es lo mejor.
— Esto es un secuestro, maldita sea —susurró Reno, las lágrimas de frustración asomando en sus ojos—. No puedes obligarme a quererte.
Cloud se acercó y depositó un beso casto en la frente del pelirrojo.
— No necesito que me quieras hoy. Tengo todo el tiempo del mundo para enseñarte cómo hacerlo.
Cloud se levantó y caminó hacia la puerta de la habitación. Antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro. La luz de la chimenea proyectaba sombras alargadas que lo hacían ver como una deidad antigua y oscura.
— He bloqueado la salida —anunció con naturalidad—. No intentes saltar por la ventana; estamos en un risco. Si lo intentas y te haces daño, tendré que ser mucho más estricto contigo, y no quiero eso.
— ¡Cloud! —gritó Reno, tratando de levantarse, pero sus piernas fallaron, todavía débiles por la fiebre y el cansancio.
— Duerme, Reno —dijo Cloud antes de cerrar la puerta y girar la llave.
El sonido del cerrojo encajando fue como un disparo en el silencio de la habitación. Reno se quedó allí, temblando, mirando el techo de madera. Fuera, el viento aullaba entre los árboles, confirmando su aislamiento. Estaba atrapado con el hombre más poderoso del planeta, un hombre que había perdido el juicio y que lo miraba como si fuera su único tesoro.
En la sala de estar, Cloud se sentó frente al fuego. Sus manos, que habían empuñado la Espada Mortal para salvar el destino de la existencia, ahora sostenían una pequeña cinta de pelo roja que había recogido del suelo. La llevó a sus labios, aspirando el aroma a ceniza y tabaco que aún desprendía.
No se sentía culpable. Por primera vez en su vida, Cloud Strife se sentía completo. Había pasado demasiado tiempo solo, cargando con el peso de los recuerdos de otros, de las expectativas de un mundo que solo lo buscaba cuando necesitaba un salvador. Reno era real. Reno era fuego y vida. Y Cloud no iba a permitir que esa llama se extinguiera en las frías manos de Shinra.
— Estarás bien aquí —susurró Cloud a las llamas—. Te haré olvidar que alguna vez quisiste irte.
La inteligencia de Cloud le decía que Reno lucharía. Sus instintos le decían que el pelirrojo intentaría escapar una y otra vez. Pero su poder, esa fuerza sobrehumana que lo convertía en algo más que un hombre, le aseguraba que ninguna huida tendría éxito.
Era un juego de paciencia. Y si algo había aprendido Cloud tras años de persecución y batalla, era a esperar. Tenía toda una vida por delante, y ahora, finalmente, tenía a alguien con quien compartirla, quisiera el otro o no.
En la habitación, Reno se acurrucó bajo las mantas, sintiendo el calor del hogar que Cloud había construido para ellos. Era un calor sofocante, una jaula de oro y mako. Cerró los ojos, deseando que todo fuera una pesadilla, pero el aroma del rubio que impregnaba las sábanas le recordaba la cruda realidad. Estaba perdido, no en el valle, sino en la obsesión de un guerrero que ya no tenía nada que perder y que lo había elegido a él como su ancla.
El silencio volvió a reinar en la casa del risco, un silencio solo roto por el crepitar de la leña y el latido constante de un corazón que, por primera vez, se sentía dueño de su destino. Cloud cerró los ojos, disfrutando de la quietud. El mundo podía seguir su curso, Midgar podía caer o prosperar, a él ya no le importaba. Su mundo ahora dormía en la habitación de al lado, y se aseguraría de que nunca, jamás, volviera a cruzar el umbral hacia la libertad.
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