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Создан: 07.05.2026
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El Trono de Escarcha y el León en Cadenas
La muerte no era el final, sino un gélido despertar. Robb Stark recordaba el sabor del acero y la traición de los Frey, el dolor de la daga atravesando su corazón y el último aliento de su madre. Pero después de eso, solo hubo oscuridad y el lento desmoronamiento del mundo. Vio, en una visión que pareció durar milenios, cómo los Siete Reinos caían bajo el peso de sus propias mentiras, y cómo la Larga Noche devoraba hasta el último rincón de Poniente.
Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, no estaba en los salones de Los Gemelos, sino en su propia cama en Invernalia. Era el día. El día en que el Rey Robert Baratheon llegaría al Norte. Pero el joven lobo que una vez fue, aquel muchacho que buscaba honor y justicia, había muerto. Lo que regresó fue algo más antiguo, más frío y mucho más peligroso.
Robb se levantó y se miró al espejo. Su rostro era el mismo, pero sus ojos azules ahora tenían el brillo gélido de los glaciares eternos. Ya no sentía el frío del invierno; él *era* el invierno.
—Esta vez —susurró, y su voz hizo que la escarcha floreciera en los cristales de la ventana—, no habrá piedad.
El patio de Invernalia estaba sumido en el ajetreo de los preparativos. Su padre, Eddard Stark, caminaba con la rigidez de un hombre cargado de deber. Robb observó la escena desde el balcón, con las manos entrelazadas a la espalda. Su presencia irradiaba una autoridad opresiva que hacía que los sirvientes bajaran la mirada, temblando sin saber por qué.
Cuando las trompetas anunciaron la llegada de la comitiva real, Robb no sintió emoción, solo un cálculo gélido. Vio a Robert, gordo y ruidoso, y a Cersei, altiva y amarga. Pero sus ojos se clavaron en el hombre de la armadura dorada que cabalgaba con una arrogancia que antes le habría irritado, pero que ahora encendía una chispa de posesividad en sus entrañas: Jaime Lannister.
El Matarreyes. El hombre que, en otra vida, había sido su enemigo y su cautivo. En esta vida, Robb ya había decidido que Jaime sería mucho más que un prisionero.
Tras los saludos formales en el patio, donde Robb se comportó con una cortesía tan gélida que incluso su padre lo miró con preocupación, el festín nocturno se convirtió en el escenario de su primer movimiento.
Robb no bebió. Observó. Su mirada seguía a Jaime Lannister como un depredador sigue a su presa. El caballero dorado parecía incómodo bajo esa atención constante, una sensación que no estaba acostumbrado a experimentar. Finalmente, Jaime se retiró del gran salón, buscando el aire fresco de la noche. Robb lo siguió, moviéndose como una sombra entre los muros de piedra.
Lo encontró en uno de los pasillos desiertos que conducían a la armería. Jaime se detuvo al sentir la presencia detrás de él y giró, con la mano descansando habitualmente en el pomo de su espada.
—El joven señor de Invernalia —dijo Jaime, con una sonrisa burlona que no llegaba a sus ojos—. Me han dicho que los Stark son gente de pocas palabras, pero tu mirada ha sido bastante elocuente durante toda la cena. ¿Deseas algo de mí, muchacho? ¿O es que nunca habías visto un caballero de verdad?
Robb dio un paso adelante. El aire a su alrededor pareció descender varios grados. Jaime frunció el ceño, notando por primera vez que la escarcha cubría las piedras donde Robb pisaba.
—He visto muchas cosas, Ser Jaime —respondió Robb. Su voz era un susurro cortante, como el viento del norte sobre el hielo—. He visto reinos caer y reyes morir por su propia arrogancia. He visto la oscuridad que viene a reclamarnos a todos.
Jaime soltó una carcajada seca, aunque un rastro de duda cruzó su semblante.
—Vaya, un Stark poeta. Qué novedad. Si buscas asustarme con cuentos de viejas sobre el invierno, me temo que has perdido el tiempo.
—No busco asustarte —dijo Robb, acortando la distancia con una velocidad inhumana. Antes de que Jaime pudiera reaccionar, Robb lo tenía acorralado contra la pared de piedra. Una mano gélida se cerró alrededor del cuello del Lannister, no para asfixiarlo, sino para someterlo—. Busco reclamar lo que es mío por derecho de conquista.
Jaime intentó desenvainar, pero Robb golpeó su brazo con una fuerza que hizo que el metal de la armadura se abollara. El dolor subió por el brazo del león, y su espada cayó al suelo con un estrépito metálico.
—¡Estás loco! —rugió Jaime, forcejeando contra el agarre de hierro del joven—. ¡Suéltame o el Rey te cortará la cabeza antes del amanecer!
Robb se acercó a su oído, y Jaime sintió un frío absoluto emanando del cuerpo del Stark. No era el frío de un hombre que ha estado fuera en la nieve; era el frío de un cadáver, de un monstruo, de un dios antiguo.
—El Rey no es nada —susurró Robb—. Poniente caerá ante mí, y tú, León de Casterly Rock, serás el primero en arrodillarte. No serás un rehén en una celda sucia. Serás mi consorte. Te sentarás a mi lado mientras el mundo se congela.
—Preferiría morir —escupió Jaime, aunque su respiración se volvía errática.
Robb sonrió, una expresión cruel y carente de calidez que transformó su rostro en una máscara de terror.
—La muerte ya no tiene poder aquí, Jaime. Yo he regresado de ella. Y tú me perteneces. Desde el momento en que entraste en mi hogar, tu destino quedó sellado con hielo.
Con un movimiento brusco, Robb golpeó el plexo solar de Jaime, dejándolo sin aire. Mientras el caballero se desplomaba, Robb lo sostuvo con una facilidad asombrosa, cargándolo como si no pesara nada.
—¿Qué estás haciendo? —logró jadear Jaime, su visión nublándose mientras el frío de Robb comenzaba a invadir sus propios sentidos, entumeciendo sus músculos.
—Te llevo a donde nadie pueda encontrarte hasta que hayamos partido —dijo Robb, comenzando a caminar hacia las criptas profundas, donde el poder del invierno era más fuerte—. Tu hermana buscará a su amante, y tu Rey buscará a su guardia. Pero solo encontrarán nieve y silencio.
Jaime intentó luchar, pero sus manos no respondían. El toque de Robb era como veneno helado que recorría sus venas. Mientras descendían a la oscuridad de las criptas, bajo la mirada de piedra de los antiguos Reyes del Invierno, Jaime comprendió con horror que el muchacho que tenía delante no era un hombre.
—Eres un monstruo —susurró Jaime, su voz apenas un hilo.
Robb se detuvo un momento, mirando hacia la oscuridad infinita que se extendía ante ellos.
—Soy el Rey que el invierno prometió —declaró Robb, y sus ojos brillaron con una luz azul sobrenatural—. Y tú, mi querido león, aprenderás a amar tus cadenas de escarcha.
Al llegar a la parte más profunda y olvidada de las criptas, donde incluso las estatuas de los Stark estaban desgastadas por el tiempo, Robb depositó a Jaime sobre un altar de piedra fría. El caballero estaba paralizado, sus sentidos abrumados por la presencia de Robb.
—No te dejaré ir —continuó Robb, acariciando la mejilla de Jaime con dedos que quemaban como el hielo—. No permitiré que la historia se repita. En mi vida anterior, fui traicionado por confiar en el honor y en las promesas de hombres débiles. En esta vida, solo confío en el poder y en lo que puedo poseer.
Jaime, a pesar del miedo que empezaba a devorarlo, intentó mantener su orgullo.
—Un rey que tiene que encadenar a sus súbditos no es un rey, es un tirano.
—Entonces llámame tirano —aceptó Robb con una indiferencia aterradora—. Llámame monstruo. Pero cuando el sol se apague y los muertos caminen sobre la tierra, tú estarás a salvo. Porque eres mío.
Robb se inclinó y presionó sus labios contra los de Jaime. No fue un beso de amor, sino un reclamo. Jaime sintió el frío invadir su boca, bajando por su garganta, sellando un pacto que no había aceptado pero que no podía rechazar. Era como si el mismo invierno se estuviera instalando en su pecho.
Cuando Robb se separó, Jaime estaba temblando violentamente, pero no podía apartar la mirada de los ojos del Stark.
—Mañana —dijo Robb, levantándose y dejando a Jaime en la penumbra—, el Rey Robert recibirá una noticia. Su preciado Matarreyes ha desaparecido. Y yo comenzaré mi marcha hacia el sur. No como un señor que busca justicia, sino como un conquistador que viene a reclamar su trono.
—¿Y qué pasará conmigo? —preguntó Jaime, su voz quebrada.
Robb se detuvo en la entrada del pasadizo y lo miró por encima del hombro. La luz de la antorcha que sostenía creaba sombras alargadas y monstruosas en las paredes.
—Tú vendrás conmigo, Jaime Lannister. En una jaula de oro y hielo al principio, hasta que entiendas que tu lugar es a mi lado. El León y el Lobo de Invierno... juntos, veremos cómo arde el mundo en blanco.
Robb salió de la cripta, cerrando la pesada puerta de piedra con un estruendo que resonó como una sentencia de muerte. Jaime se quedó solo en la oscuridad, sintiendo el frío de Robb Stark todavía quemando en su piel, comprendiendo que el juego de tronos había cambiado para siempre. Ya no se trataba de quién se sentaba en un asiento de hierro, sino de quién sobreviviría a la voluntad de un monstruo que había regresado del mismísimo infierno para reclamar lo que deseaba.
Y lo que Robb Stark deseaba, lo obtenía. Sin importar cuánta sangre tuviera que derramar o cuántas vidas tuviera que congelar en el proceso. El Norte ya no recordaba; el Norte ahora castigaba.
Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, no estaba en los salones de Los Gemelos, sino en su propia cama en Invernalia. Era el día. El día en que el Rey Robert Baratheon llegaría al Norte. Pero el joven lobo que una vez fue, aquel muchacho que buscaba honor y justicia, había muerto. Lo que regresó fue algo más antiguo, más frío y mucho más peligroso.
Robb se levantó y se miró al espejo. Su rostro era el mismo, pero sus ojos azules ahora tenían el brillo gélido de los glaciares eternos. Ya no sentía el frío del invierno; él *era* el invierno.
—Esta vez —susurró, y su voz hizo que la escarcha floreciera en los cristales de la ventana—, no habrá piedad.
El patio de Invernalia estaba sumido en el ajetreo de los preparativos. Su padre, Eddard Stark, caminaba con la rigidez de un hombre cargado de deber. Robb observó la escena desde el balcón, con las manos entrelazadas a la espalda. Su presencia irradiaba una autoridad opresiva que hacía que los sirvientes bajaran la mirada, temblando sin saber por qué.
Cuando las trompetas anunciaron la llegada de la comitiva real, Robb no sintió emoción, solo un cálculo gélido. Vio a Robert, gordo y ruidoso, y a Cersei, altiva y amarga. Pero sus ojos se clavaron en el hombre de la armadura dorada que cabalgaba con una arrogancia que antes le habría irritado, pero que ahora encendía una chispa de posesividad en sus entrañas: Jaime Lannister.
El Matarreyes. El hombre que, en otra vida, había sido su enemigo y su cautivo. En esta vida, Robb ya había decidido que Jaime sería mucho más que un prisionero.
Tras los saludos formales en el patio, donde Robb se comportó con una cortesía tan gélida que incluso su padre lo miró con preocupación, el festín nocturno se convirtió en el escenario de su primer movimiento.
Robb no bebió. Observó. Su mirada seguía a Jaime Lannister como un depredador sigue a su presa. El caballero dorado parecía incómodo bajo esa atención constante, una sensación que no estaba acostumbrado a experimentar. Finalmente, Jaime se retiró del gran salón, buscando el aire fresco de la noche. Robb lo siguió, moviéndose como una sombra entre los muros de piedra.
Lo encontró en uno de los pasillos desiertos que conducían a la armería. Jaime se detuvo al sentir la presencia detrás de él y giró, con la mano descansando habitualmente en el pomo de su espada.
—El joven señor de Invernalia —dijo Jaime, con una sonrisa burlona que no llegaba a sus ojos—. Me han dicho que los Stark son gente de pocas palabras, pero tu mirada ha sido bastante elocuente durante toda la cena. ¿Deseas algo de mí, muchacho? ¿O es que nunca habías visto un caballero de verdad?
Robb dio un paso adelante. El aire a su alrededor pareció descender varios grados. Jaime frunció el ceño, notando por primera vez que la escarcha cubría las piedras donde Robb pisaba.
—He visto muchas cosas, Ser Jaime —respondió Robb. Su voz era un susurro cortante, como el viento del norte sobre el hielo—. He visto reinos caer y reyes morir por su propia arrogancia. He visto la oscuridad que viene a reclamarnos a todos.
Jaime soltó una carcajada seca, aunque un rastro de duda cruzó su semblante.
—Vaya, un Stark poeta. Qué novedad. Si buscas asustarme con cuentos de viejas sobre el invierno, me temo que has perdido el tiempo.
—No busco asustarte —dijo Robb, acortando la distancia con una velocidad inhumana. Antes de que Jaime pudiera reaccionar, Robb lo tenía acorralado contra la pared de piedra. Una mano gélida se cerró alrededor del cuello del Lannister, no para asfixiarlo, sino para someterlo—. Busco reclamar lo que es mío por derecho de conquista.
Jaime intentó desenvainar, pero Robb golpeó su brazo con una fuerza que hizo que el metal de la armadura se abollara. El dolor subió por el brazo del león, y su espada cayó al suelo con un estrépito metálico.
—¡Estás loco! —rugió Jaime, forcejeando contra el agarre de hierro del joven—. ¡Suéltame o el Rey te cortará la cabeza antes del amanecer!
Robb se acercó a su oído, y Jaime sintió un frío absoluto emanando del cuerpo del Stark. No era el frío de un hombre que ha estado fuera en la nieve; era el frío de un cadáver, de un monstruo, de un dios antiguo.
—El Rey no es nada —susurró Robb—. Poniente caerá ante mí, y tú, León de Casterly Rock, serás el primero en arrodillarte. No serás un rehén en una celda sucia. Serás mi consorte. Te sentarás a mi lado mientras el mundo se congela.
—Preferiría morir —escupió Jaime, aunque su respiración se volvía errática.
Robb sonrió, una expresión cruel y carente de calidez que transformó su rostro en una máscara de terror.
—La muerte ya no tiene poder aquí, Jaime. Yo he regresado de ella. Y tú me perteneces. Desde el momento en que entraste en mi hogar, tu destino quedó sellado con hielo.
Con un movimiento brusco, Robb golpeó el plexo solar de Jaime, dejándolo sin aire. Mientras el caballero se desplomaba, Robb lo sostuvo con una facilidad asombrosa, cargándolo como si no pesara nada.
—¿Qué estás haciendo? —logró jadear Jaime, su visión nublándose mientras el frío de Robb comenzaba a invadir sus propios sentidos, entumeciendo sus músculos.
—Te llevo a donde nadie pueda encontrarte hasta que hayamos partido —dijo Robb, comenzando a caminar hacia las criptas profundas, donde el poder del invierno era más fuerte—. Tu hermana buscará a su amante, y tu Rey buscará a su guardia. Pero solo encontrarán nieve y silencio.
Jaime intentó luchar, pero sus manos no respondían. El toque de Robb era como veneno helado que recorría sus venas. Mientras descendían a la oscuridad de las criptas, bajo la mirada de piedra de los antiguos Reyes del Invierno, Jaime comprendió con horror que el muchacho que tenía delante no era un hombre.
—Eres un monstruo —susurró Jaime, su voz apenas un hilo.
Robb se detuvo un momento, mirando hacia la oscuridad infinita que se extendía ante ellos.
—Soy el Rey que el invierno prometió —declaró Robb, y sus ojos brillaron con una luz azul sobrenatural—. Y tú, mi querido león, aprenderás a amar tus cadenas de escarcha.
Al llegar a la parte más profunda y olvidada de las criptas, donde incluso las estatuas de los Stark estaban desgastadas por el tiempo, Robb depositó a Jaime sobre un altar de piedra fría. El caballero estaba paralizado, sus sentidos abrumados por la presencia de Robb.
—No te dejaré ir —continuó Robb, acariciando la mejilla de Jaime con dedos que quemaban como el hielo—. No permitiré que la historia se repita. En mi vida anterior, fui traicionado por confiar en el honor y en las promesas de hombres débiles. En esta vida, solo confío en el poder y en lo que puedo poseer.
Jaime, a pesar del miedo que empezaba a devorarlo, intentó mantener su orgullo.
—Un rey que tiene que encadenar a sus súbditos no es un rey, es un tirano.
—Entonces llámame tirano —aceptó Robb con una indiferencia aterradora—. Llámame monstruo. Pero cuando el sol se apague y los muertos caminen sobre la tierra, tú estarás a salvo. Porque eres mío.
Robb se inclinó y presionó sus labios contra los de Jaime. No fue un beso de amor, sino un reclamo. Jaime sintió el frío invadir su boca, bajando por su garganta, sellando un pacto que no había aceptado pero que no podía rechazar. Era como si el mismo invierno se estuviera instalando en su pecho.
Cuando Robb se separó, Jaime estaba temblando violentamente, pero no podía apartar la mirada de los ojos del Stark.
—Mañana —dijo Robb, levantándose y dejando a Jaime en la penumbra—, el Rey Robert recibirá una noticia. Su preciado Matarreyes ha desaparecido. Y yo comenzaré mi marcha hacia el sur. No como un señor que busca justicia, sino como un conquistador que viene a reclamar su trono.
—¿Y qué pasará conmigo? —preguntó Jaime, su voz quebrada.
Robb se detuvo en la entrada del pasadizo y lo miró por encima del hombro. La luz de la antorcha que sostenía creaba sombras alargadas y monstruosas en las paredes.
—Tú vendrás conmigo, Jaime Lannister. En una jaula de oro y hielo al principio, hasta que entiendas que tu lugar es a mi lado. El León y el Lobo de Invierno... juntos, veremos cómo arde el mundo en blanco.
Robb salió de la cripta, cerrando la pesada puerta de piedra con un estruendo que resonó como una sentencia de muerte. Jaime se quedó solo en la oscuridad, sintiendo el frío de Robb Stark todavía quemando en su piel, comprendiendo que el juego de tronos había cambiado para siempre. Ya no se trataba de quién se sentaba en un asiento de hierro, sino de quién sobreviviría a la voluntad de un monstruo que había regresado del mismísimo infierno para reclamar lo que deseaba.
Y lo que Robb Stark deseaba, lo obtenía. Sin importar cuánta sangre tuviera que derramar o cuántas vidas tuviera que congelar en el proceso. El Norte ya no recordaba; el Norte ahora castigaba.
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