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Фандом: Harry Potter
Создан: 08.05.2026
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Cadenas de Arena y Sangre
La arena no olvidaba, y Gaara tampoco.
El desierto de Sunagakure había quedado atrás, sepultado bajo el peso de una traición que todavía quemaba en su pecho como fuego líquido. Había dado su sangre, su cordura y su vida para proteger a una aldea que, al final, solo vio en él al arma que siempre temieron. Intentaron sellarlo, intentaron borrarlo, pero el Kazekage —o el hombre que una vez ostentó ese título— era una fuerza de la naturaleza imposible de contener.
Ahora, Gaara se encontraba en un rincón olvidado del mundo, una fortaleza de roca y arena movediza oculta por tormentas perpetuas que él mismo controlaba. Era un lugar oscuro, frío y letal, un reflejo exacto de su alma. Aquí, Gaara no era un líder; era un dios vengativo, un depredador que aguardaba en las sombras, cultivando su odio y su poder.
Fue en una de esas tardes de viento aullante cuando la arena le advirtió de una presencia. Alguien había cruzado el perímetro. Alguien que moría.
Gaara se desplazó como una sombra sobre las dunas, con la calabaza de arena a su espalda vibrando con una anticipación sanguinaria. Esperaba encontrar a un asesino, a un enviado del Consejo de Suna para terminar el trabajo. Lo que encontró, sin embargo, hizo que el aire se detuviera en sus pulmones.
Kankurou yacía sobre la arena ardiente, con la ropa desgarrada y el rostro cubierto de una mezcla de pintura de guerra seca y sangre fresca. Su respiración era errática, un silbido doloroso que escapaba de sus labios agrietados. Estaba solo. No había marionetas a su lado, solo los restos de un hombre que había cruzado el infierno para encontrar algo que todos daban por perdido.
Gaara lo observó con ojos fríos, desprovistos de la calidez que alguna vez intentó fingir. La parte de él que amaba la destrucción quiso dejar que el desierto lo reclamara, pero algo más profundo, un instinto posesivo y oscuro, se retorció en sus entrañas.
—Mío —susurró Gaara, y la arena se elevó para envolver el cuerpo inconsciente de su hermano, llevándolo hacia la seguridad de su guarida.
Pasaron tres días antes de que Kankurou abriera los ojos. Se encontró en una habitación tallada en la roca viva, iluminada solo por el tenue resplandor de unas antorchas de fuego azulado. El frío era intenso, pero no tanto como la mirada que lo recibió desde el rincón más oscuro de la estancia.
—Estás despierto —la voz de Gaara era un rasguido metálico, carente de emoción pero cargada de una amenaza implícita.
Kankurou intentó incorporarse, soltando un gemido de dolor cuando sus costillas heridas protestaron. Miró a su alrededor, confundido, hasta que sus ojos se posaron en la figura de su hermano menor. Gaara se veía diferente. Su cabello rojo parecía más oscuro, y su mirada... ya no había rastro de la compasión que tanto le había costado aprender. Solo había un vacío voraz.
—Gaara... —Kankurou tosió, llevándose una mano al pecho—. Estás vivo. Los rumores decían que... que habías muerto en la emboscada.
Gaara se acercó lentamente. Cada paso era silencioso, depredador. Se detuvo al borde de la cama de piedra, observando a Kankurou como si fuera una pieza de caza que finalmente había caído en su trampa.
—Deseaban que estuviera muerto —respondió Gaara, su rostro a escasos centímetros del de Kankurou—. Pero la muerte me teme tanto como ellos. ¿Por qué has venido, Kankurou? ¿Viniste a terminar el trabajo del Consejo?
Kankurou negó con la cabeza frenéticamente, sus ojos llenándose de una sinceridad desesperada.
—¡No! Jamás haría eso. Fui el único que se opuso, Gaara. Temari... ella está bajo vigilancia, pero yo escapé. Quería encontrarte, quería decirte que no todos te traicionaron. No me importa lo que digan en la aldea. Eres mi hermano.
Gaara guardó silencio durante un largo tiempo. Su mano, pálida y fría, se extendió para acariciar la mejilla de Kankurou. El contacto no fue tierno; fue una delimitación de territorio. Sus dedos se cerraron ligeramente sobre la mandíbula del marionetista, obligándolo a sostenerle la mirada.
—Gracias, Gaara —susurró Kankurou, creyendo ver una chispa de humanidad en ese gesto—. Gracias por salvarme. Te juro que nadie sabrá que estás aquí. Cuando me recupere, me iré y desviaré a cualquiera que intente seguir tu rastro. Estarás a salvo.
Una sonrisa lenta y carente de humor se dibujó en los labios de Gaara. Era una expresión que prometía pesadillas.
—¿Irte? —Gaara soltó una risa baja que erizó los vellos de la nuca de Kankurou—. Te equivocas en algo, hermano. No me has entendido.
Kankurou sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la cueva. Intentó retroceder, pero la arena comenzó a brotar de las grietas del suelo, enroscándose alrededor de sus tobillos y muñecas como grilletes vivientes.
—Gaara, ¿qué estás haciendo? —preguntó Kankurou, su voz temblando por primera vez.
—Has dicho que eres el único que no me trató con desprecio —dijo Gaara, inclinándose hasta que su aliento frío rozó la oreja de Kankurou—. El único que fue leal. Por eso, eres lo único que vale la pena conservar de mi antigua vida. El resto del mundo puede arder, pero tú... tú te quedarás conmigo.
—¡No puedes hablar en serio! —exclamó Kankurou, luchando contra las ataduras de arena que ahora lo inmovilizaban contra la cama—. Tengo que volver, tengo que ayudar a Temari, tengo que...
—No tienes nada —le interrumpió Gaara, su voz volviéndose gélida y autoritaria—. Suna te dio por muerto en el momento en que cruzaste la frontera. Para ellos, ya no existes. Para mí, eres el único tesoro que he decidido reclamar.
Gaara se irguió, extendiendo los brazos mientras la arena de la habitación comenzaba a girar en un torbellino violento, respondiendo a su furia y a su deseo.
—Intentaron quitarme todo —continuó Gaara, sus ojos brillando con una locura lúcida y peligrosa—. Mi dignidad, mi hogar, mi propósito. Pero no te tendrán a ti. He construido este lugar para nosotros. Aquí no hay consejos, no hay aldeas, no hay debilidad. Solo estamos nosotros.
—Esto es un secuestro, Gaara —dijo Kankurou, las lágrimas de frustración y miedo asomando en sus ojos—. ¡Soy tu hermano, no un objeto!
Gaara lo miró con una intensidad aterradora. Se acercó de nuevo y, con un movimiento rápido, clavó sus dedos en el hombro herido de Kankurou, arrancándole un grito de dolor.
—Eres mío —sentenció Gaara—. Y lo que es mío, no se va. Si intentas huir, te romperé las piernas. Si intentas gritar, te quitaré la voz. Te protegeré del mundo, Kankurou, incluso si tengo que protegerte de ti mismo.
Kankurou miró a la criatura en la que se había convertido su hermano. No había rastro del joven que buscaba redención. Frente a él estaba el monstruo que Suna había creado, pero refinado, más inteligente, más letal y absolutamente obsesionado.
—No podrás mantenerme aquí para siempre —susurró Kankurou, aunque su voz carecía de convicción.
Gaara acarició el cabello de su hermano con una posesividad enfermiza, sus ojos fijos en él como si fuera la única cosa que importara en el universo.
—El tiempo no significa nada para la arena —respondió Gaara—. Aprenderás a amarme en este silencio, Kankurou. O aprenderás a temerme. De cualquier forma, nunca volverás a ver la luz del sol si no es a través de mis ojos.
Gaara se dio la vuelta para marcharse, dejando a Kankurou atrapado en la oscuridad de la fortaleza subterránea. Antes de salir, se detuvo en el umbral, su silueta recortada por el fuego azul.
—Descansa, hermano —dijo sin mirar atrás—. Mañana empezaremos tu nueva vida. Una vida donde solo existo yo.
La puerta de piedra se cerró con un estruendo sordo, dejando a Kankurou solo con el susurro de la arena que, como un guardia incansable, rodeaba su lecho, lista para asfixiar cualquier intento de libertad. Gaara, en el pasillo exterior, apretó los puños. Sentía una satisfacción oscura y embriagadora. El mundo lo había traicionado, pero él acababa de cobrarse su primera y más preciada venganza.
Kankurou no se iría. Nadie lo encontraría. Y si alguien lo intentaba, Gaara se aseguraría de que sus restos alimentaran el desierto que ahora gobernaba con mano de hierro y sangre fría.
El desierto de Sunagakure había quedado atrás, sepultado bajo el peso de una traición que todavía quemaba en su pecho como fuego líquido. Había dado su sangre, su cordura y su vida para proteger a una aldea que, al final, solo vio en él al arma que siempre temieron. Intentaron sellarlo, intentaron borrarlo, pero el Kazekage —o el hombre que una vez ostentó ese título— era una fuerza de la naturaleza imposible de contener.
Ahora, Gaara se encontraba en un rincón olvidado del mundo, una fortaleza de roca y arena movediza oculta por tormentas perpetuas que él mismo controlaba. Era un lugar oscuro, frío y letal, un reflejo exacto de su alma. Aquí, Gaara no era un líder; era un dios vengativo, un depredador que aguardaba en las sombras, cultivando su odio y su poder.
Fue en una de esas tardes de viento aullante cuando la arena le advirtió de una presencia. Alguien había cruzado el perímetro. Alguien que moría.
Gaara se desplazó como una sombra sobre las dunas, con la calabaza de arena a su espalda vibrando con una anticipación sanguinaria. Esperaba encontrar a un asesino, a un enviado del Consejo de Suna para terminar el trabajo. Lo que encontró, sin embargo, hizo que el aire se detuviera en sus pulmones.
Kankurou yacía sobre la arena ardiente, con la ropa desgarrada y el rostro cubierto de una mezcla de pintura de guerra seca y sangre fresca. Su respiración era errática, un silbido doloroso que escapaba de sus labios agrietados. Estaba solo. No había marionetas a su lado, solo los restos de un hombre que había cruzado el infierno para encontrar algo que todos daban por perdido.
Gaara lo observó con ojos fríos, desprovistos de la calidez que alguna vez intentó fingir. La parte de él que amaba la destrucción quiso dejar que el desierto lo reclamara, pero algo más profundo, un instinto posesivo y oscuro, se retorció en sus entrañas.
—Mío —susurró Gaara, y la arena se elevó para envolver el cuerpo inconsciente de su hermano, llevándolo hacia la seguridad de su guarida.
Pasaron tres días antes de que Kankurou abriera los ojos. Se encontró en una habitación tallada en la roca viva, iluminada solo por el tenue resplandor de unas antorchas de fuego azulado. El frío era intenso, pero no tanto como la mirada que lo recibió desde el rincón más oscuro de la estancia.
—Estás despierto —la voz de Gaara era un rasguido metálico, carente de emoción pero cargada de una amenaza implícita.
Kankurou intentó incorporarse, soltando un gemido de dolor cuando sus costillas heridas protestaron. Miró a su alrededor, confundido, hasta que sus ojos se posaron en la figura de su hermano menor. Gaara se veía diferente. Su cabello rojo parecía más oscuro, y su mirada... ya no había rastro de la compasión que tanto le había costado aprender. Solo había un vacío voraz.
—Gaara... —Kankurou tosió, llevándose una mano al pecho—. Estás vivo. Los rumores decían que... que habías muerto en la emboscada.
Gaara se acercó lentamente. Cada paso era silencioso, depredador. Se detuvo al borde de la cama de piedra, observando a Kankurou como si fuera una pieza de caza que finalmente había caído en su trampa.
—Deseaban que estuviera muerto —respondió Gaara, su rostro a escasos centímetros del de Kankurou—. Pero la muerte me teme tanto como ellos. ¿Por qué has venido, Kankurou? ¿Viniste a terminar el trabajo del Consejo?
Kankurou negó con la cabeza frenéticamente, sus ojos llenándose de una sinceridad desesperada.
—¡No! Jamás haría eso. Fui el único que se opuso, Gaara. Temari... ella está bajo vigilancia, pero yo escapé. Quería encontrarte, quería decirte que no todos te traicionaron. No me importa lo que digan en la aldea. Eres mi hermano.
Gaara guardó silencio durante un largo tiempo. Su mano, pálida y fría, se extendió para acariciar la mejilla de Kankurou. El contacto no fue tierno; fue una delimitación de territorio. Sus dedos se cerraron ligeramente sobre la mandíbula del marionetista, obligándolo a sostenerle la mirada.
—Gracias, Gaara —susurró Kankurou, creyendo ver una chispa de humanidad en ese gesto—. Gracias por salvarme. Te juro que nadie sabrá que estás aquí. Cuando me recupere, me iré y desviaré a cualquiera que intente seguir tu rastro. Estarás a salvo.
Una sonrisa lenta y carente de humor se dibujó en los labios de Gaara. Era una expresión que prometía pesadillas.
—¿Irte? —Gaara soltó una risa baja que erizó los vellos de la nuca de Kankurou—. Te equivocas en algo, hermano. No me has entendido.
Kankurou sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la cueva. Intentó retroceder, pero la arena comenzó a brotar de las grietas del suelo, enroscándose alrededor de sus tobillos y muñecas como grilletes vivientes.
—Gaara, ¿qué estás haciendo? —preguntó Kankurou, su voz temblando por primera vez.
—Has dicho que eres el único que no me trató con desprecio —dijo Gaara, inclinándose hasta que su aliento frío rozó la oreja de Kankurou—. El único que fue leal. Por eso, eres lo único que vale la pena conservar de mi antigua vida. El resto del mundo puede arder, pero tú... tú te quedarás conmigo.
—¡No puedes hablar en serio! —exclamó Kankurou, luchando contra las ataduras de arena que ahora lo inmovilizaban contra la cama—. Tengo que volver, tengo que ayudar a Temari, tengo que...
—No tienes nada —le interrumpió Gaara, su voz volviéndose gélida y autoritaria—. Suna te dio por muerto en el momento en que cruzaste la frontera. Para ellos, ya no existes. Para mí, eres el único tesoro que he decidido reclamar.
Gaara se irguió, extendiendo los brazos mientras la arena de la habitación comenzaba a girar en un torbellino violento, respondiendo a su furia y a su deseo.
—Intentaron quitarme todo —continuó Gaara, sus ojos brillando con una locura lúcida y peligrosa—. Mi dignidad, mi hogar, mi propósito. Pero no te tendrán a ti. He construido este lugar para nosotros. Aquí no hay consejos, no hay aldeas, no hay debilidad. Solo estamos nosotros.
—Esto es un secuestro, Gaara —dijo Kankurou, las lágrimas de frustración y miedo asomando en sus ojos—. ¡Soy tu hermano, no un objeto!
Gaara lo miró con una intensidad aterradora. Se acercó de nuevo y, con un movimiento rápido, clavó sus dedos en el hombro herido de Kankurou, arrancándole un grito de dolor.
—Eres mío —sentenció Gaara—. Y lo que es mío, no se va. Si intentas huir, te romperé las piernas. Si intentas gritar, te quitaré la voz. Te protegeré del mundo, Kankurou, incluso si tengo que protegerte de ti mismo.
Kankurou miró a la criatura en la que se había convertido su hermano. No había rastro del joven que buscaba redención. Frente a él estaba el monstruo que Suna había creado, pero refinado, más inteligente, más letal y absolutamente obsesionado.
—No podrás mantenerme aquí para siempre —susurró Kankurou, aunque su voz carecía de convicción.
Gaara acarició el cabello de su hermano con una posesividad enfermiza, sus ojos fijos en él como si fuera la única cosa que importara en el universo.
—El tiempo no significa nada para la arena —respondió Gaara—. Aprenderás a amarme en este silencio, Kankurou. O aprenderás a temerme. De cualquier forma, nunca volverás a ver la luz del sol si no es a través de mis ojos.
Gaara se dio la vuelta para marcharse, dejando a Kankurou atrapado en la oscuridad de la fortaleza subterránea. Antes de salir, se detuvo en el umbral, su silueta recortada por el fuego azul.
—Descansa, hermano —dijo sin mirar atrás—. Mañana empezaremos tu nueva vida. Una vida donde solo existo yo.
La puerta de piedra se cerró con un estruendo sordo, dejando a Kankurou solo con el susurro de la arena que, como un guardia incansable, rodeaba su lecho, lista para asfixiar cualquier intento de libertad. Gaara, en el pasillo exterior, apretó los puños. Sentía una satisfacción oscura y embriagadora. El mundo lo había traicionado, pero él acababa de cobrarse su primera y más preciada venganza.
Kankurou no se iría. Nadie lo encontraría. Y si alguien lo intentaba, Gaara se aseguraría de que sus restos alimentaran el desierto que ahora gobernaba con mano de hierro y sangre fría.
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