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Eres buen padre
Фандом: Five nights at freddys pelicula
Создан: 09.05.2026
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Sombras en el Espejo Roto
El aire en el interior de Freddy Fazbear's Pizzeria siempre se sentía más pesado de lo normal, una mezcla rancia de aceite de motor, pizza rancia y algo más profundo, algo podrido que se filtraba por las grietas de las paredes. Jeremy se ajustó el uniforme de guardia de seguridad, sintiendo que la tela le apretaba el cuello como una soga. A sus cuarenta y dos años, sus manos temblaban con una frecuencia que ya no podía ocultar, un recordatorio constante de los nervios destrozados y de una voluntad que se había quebrado hacía mucho tiempo.
Escuchó los pasos rápidos y decididos en el pasillo. No necesitaba mirar los monitores para saber quién era. Mike Schmidt tenía esa energía desesperada, esa necesidad ardiente de respuestas que Jeremy reconoció de inmediato porque él mismo la había tenido una vez, antes de que el mundo se volviera gris y sangriento.
—¡Jeremy! —Mike apareció en la puerta de la oficina de seguridad, jadeando—. Sé que viste algo anoche. Las cámaras del sector de suministros no se borran solas. Dime qué está pasando realmente aquí.
Jeremy no levantó la vista de la mesa. Sus dedos jugaban con una mancha de grasa en el metal.
—Vete a casa, Mike —dijo con una voz que sonaba como papel de lija—. No hay nada que ver. Solo fallos en el sistema. El equipo es viejo, ya lo sabes.
—¡No me vengas con eso! —Mike se acercó, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Mi hermano desapareció, Jeremy. Hay niños que nunca volvieron a casa. Y tú te quedas aquí sentado, actuando como si este lugar fuera solo un restaurante en decadencia. Tú sabes quién es él.
Jeremy finalmente levantó la mirada. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras oscuras que parecían tatuadas en su piel. En ese momento, Mike no vio a un cómplice, sino a un hombre que ya estaba muerto por dentro, un caparazón vacío que solo se movía por inercia.
—No sabes de lo que estás hablando —susurró Jeremy, poniéndose de pie con lentitud—. Si sigues escarbando, Mike, vas a encontrar algo que te destruirá. Aléjate de la pizzería. Aléjate de él.
—¿De quién? ¿De Steve Raglan? —Mike dio un paso adelante, desafiante—. ¿O debería decir William Afton?
El nombre golpeó a Jeremy como un latigazo físico. Retrocedió un paso, su espalda chocando contra el panel de control. El miedo, ese viejo y familiar conocido, se apoderó de su pecho.
—Vete —ordenó Jeremy, su voz quebrándose—. Ahora mismo. Si te veo merodeando de nuevo por las áreas restringidas, tendré que informar de que estás interfiriendo con la propiedad privada. No me obligues a llamar a la policía.
—¿La policía? —Mike soltó una carcajada amarga—. ¿Tú vas a llamar a la policía? Jeremy, mírate. Estás aterrado.
—Fuera —insistió Jeremy, señalando la puerta con una mano temblorosa.
Mike lo miró con una mezcla de desprecio y lástima antes de darse la vuelta y salir furioso por el pasillo. Jeremy se dejó caer de nuevo en su silla, cubriéndose la cara con las manos. El silencio de la oficina fue interrumpido casi de inmediato por el chirrido de una puerta abriéndose al fondo del cuarto.
—Lo manejaste bien, Jeremy. Aunque un poco dramático para mi gusto.
La voz era suave, casi melódica, pero cargada de una malevolencia que hacía que el vello de la nuca de Jeremy se erizara. William Afton salió de las sombras, ajustándose la corbata con una elegancia que contrastaba violentamente con la oscuridad de sus acciones.
—Hice lo que me pediste —dijo Jeremy sin mirarlo—. Lo alejé.
—Sí, lo hiciste —William caminó alrededor de la silla, como un depredador evaluando a su presa—. Pero permitiste que dijera mi nombre. Dejaste que la duda creciera en él. Eso es un descuido, Jeremy. Y sabes que no me gustan los descuidos.
Jeremy cerró los ojos con fuerza. Sabía lo que venía. No intentó huir, no intentó defenderse. En su mente, cada golpe que recibía de William era una forma de penitencia, un castigo que merecía por lo que había ayudado a hacer, y por lo que no pudo evitar.
William lo tomó por el cuello del uniforme y lo levantó de la silla con una fuerza sorprendente. El primer golpe fue un puñetazo seco en el estómago que le sacó todo el aire. Jeremy cayó de rodillas, tosiendo, mientras las lágrimas comenzaban a escocerle los ojos.
—Mírame —ordenó William, agarrándolo del cabello para obligarlo a levantar la cabeza.
Jeremy obedeció, encontrándose con esos ojos fríos y calculadores.
—¿Crees que porque me ayudas a limpiar el desorden eres especial? —William sonrió, una mueca carente de cualquier rastro de humanidad—. Eres una herramienta, Jeremy. Una herramienta vieja y oxidada. Te mantengo cerca porque conoces el costo de la desobediencia.
—Lo sé —susurró Jeremy, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca—. Lo sé perfectamente.
William lo soltó con desprecio, y Jeremy se derrumbó en el suelo. El dolor físico era agudo, pero no era nada comparado con el vacío en su pecho. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de su propio hijo. Un niño pequeño con una gorra azul que amaba los animatrónicos, que reía con las canciones de Freddy, y que un día simplemente no regresó de la zona de juegos.
Jeremy había descubierto la verdad demasiado tarde. Había encontrado el rastro de William, pero en lugar de denunciarlo, se había dejado consumir por la culpa y el miedo. William lo había quebrado, convenciéndolo de que si lo ayudaba, si se convertía en su sombra, de alguna manera estaba protegiendo el legado de su hijo. Era una mentira retorcida, y Jeremy lo sabía, pero era la única cuerda a la que podía aferrarse para no caer al abismo por completo.
—Limpia este desastre —dijo William, señalando una mancha de aceite y suciedad cerca de los trajes de repuesto—. Y asegúrate de que Schmidt no regrese esta noche. Si vuelve a poner un pie aquí, no seré yo quien se encargue de él. Dejaré que los chicos jueguen un poco.
William salió de la oficina, su silueta perdiéndose en la oscuridad del comedor. Jeremy se quedó en el suelo, respirando con dificultad. Sus dedos rozaron un pequeño objeto que guardaba en el bolsillo de su pantalón: un pequeño coche de juguete, desgastado por el tiempo.
—Lo siento tanto... —sollozó Jeremy en la soledad de la oficina—. Perdóname, hijo.
Unas horas más tarde, Jeremy recorría los pasillos con una linterna. La pizzería cobraba una vida propia durante la noche. Los gemidos del metal y los pasos pesados que resonaban en la distancia ya no lo asustaban; eran los sonidos de su hogar, de su prisión.
Vio a Mike de nuevo a través de una de las ventanas del frente. El joven estaba sentado en su auto, observando el edificio con determinación. Jeremy sintió una punzada de envidia. Mike todavía tenía algo por lo que luchar. Mike todavía creía que podía salvar a alguien.
—Vete, Mike —murmuró Jeremy para sí mismo, apoyando la frente contra el cristal frío—. Corre mientras todavía tengas alma.
Se alejó de la ventana y se dirigió hacia el "Parts & Service". Allí, entre cables sueltos y cabezas de animatrónicos sin ojos, Jeremy se sentía más cómodo. Era donde William lo obligaba a realizar las tareas más ingratas: esconder pruebas, limpiar restos que nadie debería ver nunca.
—¿Jeremy? —La voz de Mike resonó desde la entrada lateral. Había logrado entrar de nuevo.
Jeremy suspiró, sintiendo que el pánico regresaba. Se apresuró a salir al pasillo para interceptarlo antes de que William se diera cuenta.
—¡Te dije que te fueras! —gritó Jeremy, empujando a Mike contra la pared cerca de la ensenada del pirata—. ¿Eres idiota? Te va a matar. Él está aquí, Mike. Él siempre está aquí.
—No me iré sin saber qué le pasó a mi hermano —dijo Mike, forcejeando para soltarse—. Tú estabas aquí aquel año. Tú eras el guardia de turno. ¡Vi las fotos, Jeremy! Estabas allí cuando se llevaron a esos niños.
Jeremy se quedó helado. La fuerza se desvaneció de sus brazos.
—Yo no pude hacer nada —dijo Jeremy, su voz apenas un susurro—. Él... él es más que un hombre. Es un monstruo que se alimenta de nuestro dolor.
—Entonces ayúdame a detenerlo —suplicó Mike, agarrando a Jeremy por los hombros—. Si todavía te queda algo de humanidad, ayúdame. No dejes que esto siga pasando.
Jeremy miró hacia el escenario, donde las cortinas de Foxy estaban cerradas. Podía sentir la presencia de William acechando en las sombras, observando, disfrutando del conflicto.
—Ya es tarde para mí, Mike —dijo Jeremy, empujándolo suavemente hacia la salida de emergencia—. Mi hijo... mi hijo está en algún lugar de estas paredes. Yo ya perdí todo. Pero tú... tú todavía puedes salvar a tu hermana. No dejes que ella termine como nosotros.
—¿Tu hijo? —Mike se detuvo, sus ojos abriéndose de par en par—. ¿Él también se llevó a tu hijo?
Jeremy asintió, las lágrimas rodando por sus mejillas.
—Y ahora trabajo para él porque soy un cobarde. Porque me convenció de que era la única forma de estar cerca de lo que queda de mi niño. No cometas mi error. No dejes que te rompa.
Un ruido sordo provino del escenario. Los animatrónicos comenzaron a moverse, sus articulaciones chirriando en el silencio sepulcral. Las luces de la pizzería parpadearon y se tornaron de un rojo mortecino.
—¡Vete! —gritó Jeremy, dándole un empujón final a Mike hacia la puerta—. ¡Corre y no mires atrás!
Mike dudó un segundo, mirando a Jeremy con una mezcla de horror y comprensión. Finalmente, abrió la puerta y desapareció en la noche.
Jeremy se quedó solo en el pasillo. Se dio la vuelta para enfrentarse a la oscuridad. Sabía que William no estaría contento. Sabía que el castigo de esta noche sería peor que cualquier cosa que hubiera experimentado antes.
—¿Se ha ido? —preguntó William, emergiendo de detrás de la cortina de Foxy. Tenía una pieza de metal en la mano, un gancho afilado que brillaba bajo las luces rojas.
—Se ha ido —confirmó Jeremy, enderezando la espalda lo mejor que pudo—. No volverá.
William se acercó lentamente, su presencia llenando el espacio con un frío antinatural.
—Me mentiste, Jeremy. Dijiste que lo habías manejado, pero dejaste que viera tu debilidad. Le hablaste de tu hijo.
—Él necesitaba saber —dijo Jeremy, sintiendo una chispa de rebeldía que no había sentido en años—. Necesitaba saber en qué clase de monstruo te conviertes cuando dejas de luchar.
William soltó una carcajada seca y amarga.
—Oh, Jeremy. Siempre tan melodramático.
El primer golpe lo envió al suelo. Jeremy sintió que una costilla se rompía, pero no gritó. Aceptó el dolor como un viejo amigo. William continuó, golpeándolo con una precisión cruel, marcando su cuerpo con la misma saña con la que había marcado su alma.
—¿Crees que Mike es un héroe? —preguntó William mientras pateaba a Jeremy en el costado—. Solo es otro niño perdido buscando algo que ya no existe. Al igual que tú.
Jeremy, escupiendo sangre, logró articular unas palabras.
—Él... él es diferente. Él no te tiene miedo.
William se detuvo, mirando a Jeremy con curiosidad. Luego, se agachó y lo agarró de la barbilla, forzándolo a mirarlo.
—Todos tienen miedo, Jeremy. El miedo es lo que nos hace reales. Es lo que nos mantiene vivos. Y tú... tú vas a vivir mucho tiempo para ver cómo destruyo todo lo que Mike Schmidt intenta proteger.
William se levantó y se alejó, dejando a Jeremy sangrando en el suelo de baldosas blancas y negras. Jeremy cerró los ojos, escuchando el lejano sonido de la caja de música de Freddy.
En su mente, volvió a ver a su hijo. El niño corría por un campo de flores, lejos de las luces de neón y del olor a metal rancio.
—Pronto, pequeño —susurró Jeremy, su voz perdiéndose en el eco de la pizzería—. Pronto estaré contigo.
Pero mientras tanto, Jeremy seguiría siendo la sombra. Seguiría siendo el cómplice inseguro, el hombre que aceptaba los golpes para pagar una deuda que nunca podría saldar. Porque en la pizzería de Freddy, la muerte no era el final, y el perdón era un lujo que hombres como él no podían permitirse.
Se arrastró hacia la pared y se apoyó en ella, esperando el amanecer. Sabía que Mike volvería. Sabía que la batalla apenas comenzaba. Y aunque Jeremy era un hombre roto, una pequeña parte de él, oculta bajo capas de dolor y culpa, esperaba que Mike fuera el que finalmente quemara todo ese lugar hasta los cimientos, incluyéndolo a él.
Las luces volvieron a la normalidad. El restaurante volvió a su silencio sepulcral de museo de los horrores. Jeremy se levantó con dificultad, limpió la sangre de su rostro con la manga de su uniforme y comenzó a caminar hacia la entrada. Tenía que preparar el lugar para el turno de día. Tenía que seguir fingiendo que todo estaba bien.
Porque en el mundo de William Afton, el espectáculo siempre debía continuar.
Escuchó los pasos rápidos y decididos en el pasillo. No necesitaba mirar los monitores para saber quién era. Mike Schmidt tenía esa energía desesperada, esa necesidad ardiente de respuestas que Jeremy reconoció de inmediato porque él mismo la había tenido una vez, antes de que el mundo se volviera gris y sangriento.
—¡Jeremy! —Mike apareció en la puerta de la oficina de seguridad, jadeando—. Sé que viste algo anoche. Las cámaras del sector de suministros no se borran solas. Dime qué está pasando realmente aquí.
Jeremy no levantó la vista de la mesa. Sus dedos jugaban con una mancha de grasa en el metal.
—Vete a casa, Mike —dijo con una voz que sonaba como papel de lija—. No hay nada que ver. Solo fallos en el sistema. El equipo es viejo, ya lo sabes.
—¡No me vengas con eso! —Mike se acercó, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Mi hermano desapareció, Jeremy. Hay niños que nunca volvieron a casa. Y tú te quedas aquí sentado, actuando como si este lugar fuera solo un restaurante en decadencia. Tú sabes quién es él.
Jeremy finalmente levantó la mirada. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras oscuras que parecían tatuadas en su piel. En ese momento, Mike no vio a un cómplice, sino a un hombre que ya estaba muerto por dentro, un caparazón vacío que solo se movía por inercia.
—No sabes de lo que estás hablando —susurró Jeremy, poniéndose de pie con lentitud—. Si sigues escarbando, Mike, vas a encontrar algo que te destruirá. Aléjate de la pizzería. Aléjate de él.
—¿De quién? ¿De Steve Raglan? —Mike dio un paso adelante, desafiante—. ¿O debería decir William Afton?
El nombre golpeó a Jeremy como un latigazo físico. Retrocedió un paso, su espalda chocando contra el panel de control. El miedo, ese viejo y familiar conocido, se apoderó de su pecho.
—Vete —ordenó Jeremy, su voz quebrándose—. Ahora mismo. Si te veo merodeando de nuevo por las áreas restringidas, tendré que informar de que estás interfiriendo con la propiedad privada. No me obligues a llamar a la policía.
—¿La policía? —Mike soltó una carcajada amarga—. ¿Tú vas a llamar a la policía? Jeremy, mírate. Estás aterrado.
—Fuera —insistió Jeremy, señalando la puerta con una mano temblorosa.
Mike lo miró con una mezcla de desprecio y lástima antes de darse la vuelta y salir furioso por el pasillo. Jeremy se dejó caer de nuevo en su silla, cubriéndose la cara con las manos. El silencio de la oficina fue interrumpido casi de inmediato por el chirrido de una puerta abriéndose al fondo del cuarto.
—Lo manejaste bien, Jeremy. Aunque un poco dramático para mi gusto.
La voz era suave, casi melódica, pero cargada de una malevolencia que hacía que el vello de la nuca de Jeremy se erizara. William Afton salió de las sombras, ajustándose la corbata con una elegancia que contrastaba violentamente con la oscuridad de sus acciones.
—Hice lo que me pediste —dijo Jeremy sin mirarlo—. Lo alejé.
—Sí, lo hiciste —William caminó alrededor de la silla, como un depredador evaluando a su presa—. Pero permitiste que dijera mi nombre. Dejaste que la duda creciera en él. Eso es un descuido, Jeremy. Y sabes que no me gustan los descuidos.
Jeremy cerró los ojos con fuerza. Sabía lo que venía. No intentó huir, no intentó defenderse. En su mente, cada golpe que recibía de William era una forma de penitencia, un castigo que merecía por lo que había ayudado a hacer, y por lo que no pudo evitar.
William lo tomó por el cuello del uniforme y lo levantó de la silla con una fuerza sorprendente. El primer golpe fue un puñetazo seco en el estómago que le sacó todo el aire. Jeremy cayó de rodillas, tosiendo, mientras las lágrimas comenzaban a escocerle los ojos.
—Mírame —ordenó William, agarrándolo del cabello para obligarlo a levantar la cabeza.
Jeremy obedeció, encontrándose con esos ojos fríos y calculadores.
—¿Crees que porque me ayudas a limpiar el desorden eres especial? —William sonrió, una mueca carente de cualquier rastro de humanidad—. Eres una herramienta, Jeremy. Una herramienta vieja y oxidada. Te mantengo cerca porque conoces el costo de la desobediencia.
—Lo sé —susurró Jeremy, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca—. Lo sé perfectamente.
William lo soltó con desprecio, y Jeremy se derrumbó en el suelo. El dolor físico era agudo, pero no era nada comparado con el vacío en su pecho. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de su propio hijo. Un niño pequeño con una gorra azul que amaba los animatrónicos, que reía con las canciones de Freddy, y que un día simplemente no regresó de la zona de juegos.
Jeremy había descubierto la verdad demasiado tarde. Había encontrado el rastro de William, pero en lugar de denunciarlo, se había dejado consumir por la culpa y el miedo. William lo había quebrado, convenciéndolo de que si lo ayudaba, si se convertía en su sombra, de alguna manera estaba protegiendo el legado de su hijo. Era una mentira retorcida, y Jeremy lo sabía, pero era la única cuerda a la que podía aferrarse para no caer al abismo por completo.
—Limpia este desastre —dijo William, señalando una mancha de aceite y suciedad cerca de los trajes de repuesto—. Y asegúrate de que Schmidt no regrese esta noche. Si vuelve a poner un pie aquí, no seré yo quien se encargue de él. Dejaré que los chicos jueguen un poco.
William salió de la oficina, su silueta perdiéndose en la oscuridad del comedor. Jeremy se quedó en el suelo, respirando con dificultad. Sus dedos rozaron un pequeño objeto que guardaba en el bolsillo de su pantalón: un pequeño coche de juguete, desgastado por el tiempo.
—Lo siento tanto... —sollozó Jeremy en la soledad de la oficina—. Perdóname, hijo.
Unas horas más tarde, Jeremy recorría los pasillos con una linterna. La pizzería cobraba una vida propia durante la noche. Los gemidos del metal y los pasos pesados que resonaban en la distancia ya no lo asustaban; eran los sonidos de su hogar, de su prisión.
Vio a Mike de nuevo a través de una de las ventanas del frente. El joven estaba sentado en su auto, observando el edificio con determinación. Jeremy sintió una punzada de envidia. Mike todavía tenía algo por lo que luchar. Mike todavía creía que podía salvar a alguien.
—Vete, Mike —murmuró Jeremy para sí mismo, apoyando la frente contra el cristal frío—. Corre mientras todavía tengas alma.
Se alejó de la ventana y se dirigió hacia el "Parts & Service". Allí, entre cables sueltos y cabezas de animatrónicos sin ojos, Jeremy se sentía más cómodo. Era donde William lo obligaba a realizar las tareas más ingratas: esconder pruebas, limpiar restos que nadie debería ver nunca.
—¿Jeremy? —La voz de Mike resonó desde la entrada lateral. Había logrado entrar de nuevo.
Jeremy suspiró, sintiendo que el pánico regresaba. Se apresuró a salir al pasillo para interceptarlo antes de que William se diera cuenta.
—¡Te dije que te fueras! —gritó Jeremy, empujando a Mike contra la pared cerca de la ensenada del pirata—. ¿Eres idiota? Te va a matar. Él está aquí, Mike. Él siempre está aquí.
—No me iré sin saber qué le pasó a mi hermano —dijo Mike, forcejeando para soltarse—. Tú estabas aquí aquel año. Tú eras el guardia de turno. ¡Vi las fotos, Jeremy! Estabas allí cuando se llevaron a esos niños.
Jeremy se quedó helado. La fuerza se desvaneció de sus brazos.
—Yo no pude hacer nada —dijo Jeremy, su voz apenas un susurro—. Él... él es más que un hombre. Es un monstruo que se alimenta de nuestro dolor.
—Entonces ayúdame a detenerlo —suplicó Mike, agarrando a Jeremy por los hombros—. Si todavía te queda algo de humanidad, ayúdame. No dejes que esto siga pasando.
Jeremy miró hacia el escenario, donde las cortinas de Foxy estaban cerradas. Podía sentir la presencia de William acechando en las sombras, observando, disfrutando del conflicto.
—Ya es tarde para mí, Mike —dijo Jeremy, empujándolo suavemente hacia la salida de emergencia—. Mi hijo... mi hijo está en algún lugar de estas paredes. Yo ya perdí todo. Pero tú... tú todavía puedes salvar a tu hermana. No dejes que ella termine como nosotros.
—¿Tu hijo? —Mike se detuvo, sus ojos abriéndose de par en par—. ¿Él también se llevó a tu hijo?
Jeremy asintió, las lágrimas rodando por sus mejillas.
—Y ahora trabajo para él porque soy un cobarde. Porque me convenció de que era la única forma de estar cerca de lo que queda de mi niño. No cometas mi error. No dejes que te rompa.
Un ruido sordo provino del escenario. Los animatrónicos comenzaron a moverse, sus articulaciones chirriando en el silencio sepulcral. Las luces de la pizzería parpadearon y se tornaron de un rojo mortecino.
—¡Vete! —gritó Jeremy, dándole un empujón final a Mike hacia la puerta—. ¡Corre y no mires atrás!
Mike dudó un segundo, mirando a Jeremy con una mezcla de horror y comprensión. Finalmente, abrió la puerta y desapareció en la noche.
Jeremy se quedó solo en el pasillo. Se dio la vuelta para enfrentarse a la oscuridad. Sabía que William no estaría contento. Sabía que el castigo de esta noche sería peor que cualquier cosa que hubiera experimentado antes.
—¿Se ha ido? —preguntó William, emergiendo de detrás de la cortina de Foxy. Tenía una pieza de metal en la mano, un gancho afilado que brillaba bajo las luces rojas.
—Se ha ido —confirmó Jeremy, enderezando la espalda lo mejor que pudo—. No volverá.
William se acercó lentamente, su presencia llenando el espacio con un frío antinatural.
—Me mentiste, Jeremy. Dijiste que lo habías manejado, pero dejaste que viera tu debilidad. Le hablaste de tu hijo.
—Él necesitaba saber —dijo Jeremy, sintiendo una chispa de rebeldía que no había sentido en años—. Necesitaba saber en qué clase de monstruo te conviertes cuando dejas de luchar.
William soltó una carcajada seca y amarga.
—Oh, Jeremy. Siempre tan melodramático.
El primer golpe lo envió al suelo. Jeremy sintió que una costilla se rompía, pero no gritó. Aceptó el dolor como un viejo amigo. William continuó, golpeándolo con una precisión cruel, marcando su cuerpo con la misma saña con la que había marcado su alma.
—¿Crees que Mike es un héroe? —preguntó William mientras pateaba a Jeremy en el costado—. Solo es otro niño perdido buscando algo que ya no existe. Al igual que tú.
Jeremy, escupiendo sangre, logró articular unas palabras.
—Él... él es diferente. Él no te tiene miedo.
William se detuvo, mirando a Jeremy con curiosidad. Luego, se agachó y lo agarró de la barbilla, forzándolo a mirarlo.
—Todos tienen miedo, Jeremy. El miedo es lo que nos hace reales. Es lo que nos mantiene vivos. Y tú... tú vas a vivir mucho tiempo para ver cómo destruyo todo lo que Mike Schmidt intenta proteger.
William se levantó y se alejó, dejando a Jeremy sangrando en el suelo de baldosas blancas y negras. Jeremy cerró los ojos, escuchando el lejano sonido de la caja de música de Freddy.
En su mente, volvió a ver a su hijo. El niño corría por un campo de flores, lejos de las luces de neón y del olor a metal rancio.
—Pronto, pequeño —susurró Jeremy, su voz perdiéndose en el eco de la pizzería—. Pronto estaré contigo.
Pero mientras tanto, Jeremy seguiría siendo la sombra. Seguiría siendo el cómplice inseguro, el hombre que aceptaba los golpes para pagar una deuda que nunca podría saldar. Porque en la pizzería de Freddy, la muerte no era el final, y el perdón era un lujo que hombres como él no podían permitirse.
Se arrastró hacia la pared y se apoyó en ella, esperando el amanecer. Sabía que Mike volvería. Sabía que la batalla apenas comenzaba. Y aunque Jeremy era un hombre roto, una pequeña parte de él, oculta bajo capas de dolor y culpa, esperaba que Mike fuera el que finalmente quemara todo ese lugar hasta los cimientos, incluyéndolo a él.
Las luces volvieron a la normalidad. El restaurante volvió a su silencio sepulcral de museo de los horrores. Jeremy se levantó con dificultad, limpió la sangre de su rostro con la manga de su uniforme y comenzó a caminar hacia la entrada. Tenía que preparar el lugar para el turno de día. Tenía que seguir fingiendo que todo estaba bien.
Porque en el mundo de William Afton, el espectáculo siempre debía continuar.
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