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Фандом: Ninguno
Создан: 10.05.2026
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Bajo la Sombra del Cerezo de Cristal
El aire en el planeta Xylos-4 era extrañamente denso, cargado de un polen brillante que hacía que la piel verde de Kazuke picara ligeramente bajo su sudadera tres tallas más grande. A sus quince años, Kazuke ya sabía que la vida no era amable con los que preferían el silencio de un libro al estruendo de una multitud. Con su metro setenta y tres, oculto tras una cortina de cabello color verde menta que apenas dejaba ver sus ojos, caminaba por los pasillos de la Nueva Academia Intergaláctica sintiéndose como un satélite fuera de órbita.
Lo único que mantenía a Kazuke medianamente estable era el calor. Odiaba el frío con una pasión silenciosa; cuando la temperatura bajaba, sus antenas se curvaban y sus movimientos se volvían torpes. Por eso, el invernadero del club de jardinería parecía el único refugio lógico. Según el mapa holográfico, era el lugar más cálido de la escuela.
Al llegar, se encontró con una estructura de cristal que albergaba plantas de siete sistemas solares distintos. Pero el ambiente dentro no era tan armonioso como esperaba.
—Si no conseguimos dos miembros más para el viernes, el consejo estudiantil convertirá este lugar en un almacén de drones —dijo una chica de piel azulada, examinándose las uñas con desdén. Era la líder del club, aunque parecía que preferiría estar en cualquier otro lugar.
Kazuke dio un paso al frente, apretando las correas de su mochila.
—Yo... quiero unirme —susurró. Sus antenas vibraron con nerviosismo.
En un rincón, arrodillado junto a un parterre de orquídeas de fuego, un chico se puso en pie con una lentitud calculada. Era un poco más alto que Kazuke, de hombros anchos y una postura atlética que su camiseta ajustada no hacía nada por ocultar. Su piel era de un verde más claro, casi pastel, y sus ojos marrones oscuros se clavaron en Kazuke con una intensidad analítica.
—Vaya, un voluntario —dijo el chico de hombros anchos. Su voz era profunda, teñida de un sarcasmo que no llegaba a ser hiriente, pero que ponía a prueba los nervios de cualquiera—. Espero que sepas la diferencia entre regar una planta y ahogarla.
—Me gustan los cactus —respondió Kazuke, tratando de sonar firme a pesar de que sentía que su dependencia emocional ya estaba buscando un anclaje en aquel desconocido—. Son resistentes. No piden mucho.
El chico alto, cuyo nombre resultó ser Kass, sacó un pequeño cuaderno de su bolsillo trasero y garabateó algo rápidamente mientras miraba a Kazuke de arriba abajo.
—Interesante —murmuró Kass—. Un nerd antisocial con complejo de camuflaje. Bienvenido al club de los olvidados. Soy Kass.
—Kazuke —respondió él, fijándose en las manos de Kass, manchadas de tierra y pigmentos de dibujo.
La líder del club, una chica llamada Vora, soltó un suspiro de aburrimiento.
—Como sea. Ya somos cuatro con la tesorera. Si quieren hacer algo por este antro, háganlo ustedes. Yo tengo una cita en el sector de gravedad cero.
Vora se marchó sin mirar atrás, dejando a Kazuke y Kass solos en el calor sofocante del invernadero. El silencio se prolongó, solo interrumpido por el goteo de un sistema de riego hidropónico.
—Ella no va a mover un dedo, ¿verdad? —preguntó Kazuke, acercándose a una maceta roja que le llamó la atención.
—Vora cree que ser presidenta de un club le dará puntos para la universidad, pero odia ensuciarse —dijo Kass, cerrando su cuaderno con un chasquido—. Si queremos que este lugar sobreviva, tenemos que atraer gente. O al menos fingir que somos un club activo.
—Podríamos hacer publicidad —sugirió Kazuke, ganando un poco de confianza—. Carteles, hologramas... algo que use colores llamativos. El rojo atrae mucho la atención.
Kass arqueó una ceja, una de sus antenas se inclinó hacia un lado de forma juguetona.
—¿El rojo? Es un color agresivo. Pero me gusta tu iniciativa, "Menta". Vamos a ver qué tan buen artista eres.
Durante las siguientes dos semanas, el invernadero se convirtió en el centro del universo para ambos. Kazuke, a pesar de su timidez extrema, se encontró pasando horas junto a Kass. Descubrió que Kass no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, solía ser para soltar algún comentario mordaz sobre los transeúntes o para explicar la anatomía de una flor exótica.
Kass, por su parte, observaba a Kazuke con una curiosidad creciente. Le gustaba cómo Kazuke se iluminaba cuando hablaba de la fotosíntesis en condiciones de poca luz, y cómo buscaba siempre los rincones más calientes del invernadero para leer sus libros de botánica avanzada. En su cuaderno, las notas sobre Kazuke empezaron a cambiar de "sujeto 42: retraído" a "Kazuke: prefiere el calor, se distrae con el color rojo, su risa suena como campanillas de cristal".
Un día, mientras pegaban carteles hechos a mano por todo el campus, Vora los interceptó. Estaba furiosa.
—¿Quién les dio permiso para llenar la escuela con estos papeles horribles? —gritó, arrancando un cartel de la pared—. ¡Hacen que el club parezca desesperado!
—Estamos desesperados —respondió Kass con una calma exasperante—. A diferencia de ti, nosotros sí queremos que las plantas sigan vivas la próxima semana.
—¡Soy la líder! ¡Yo decido la imagen del club! —chilló ella.
La disputa escaló tanto que llegó a los oídos de la junta directiva. Al día siguiente, los tres fueron citados. Kazuke temblaba, escondiendo sus manos en las mangas de su sudadera, mientras Kass permanecía impasible, aunque sus antenas estaban rígidas de tensión.
Para sorpresa de todos, los directivos no estaban molestos por los carteles. Al contrario.
—Hemos visto un incremento del 40% en el interés por el club de jardinería gracias a su campaña —dijo el decano, un ser de tres ojos que parecía impresionado—. Sin embargo, es evidente que hay una falta de cohesión en el liderazgo. Señorita Vora, queda relevada de su cargo.
Vora abrió la boca, indignada, pero el decano continuó.
—Lila, la tesorera de tercer año, asumirá la presidencia. Ella ha demostrado ser la única que lleva las cuentas claras. Kazuke, Kass, ustedes serán sus coordinadores principales.
Cuando salieron de la oficina, Vora se marchó echando chispas, mientras Kazuke sentía que un peso se le quitaba de encima.
—Lo hicimos —susurró Kazuke, mirando a Kass.
—Lo hiciste tú, Menta —dijo Kass, y por primera vez, no hubo sarcasmo en su voz. Le puso una mano en el hombro, y Kazuke sintió una descarga eléctrica que no tenía nada que ver con la estática del planeta.
Con el club bajo el mando de Lila, el ambiente cambió. Pero entre Kazuke y Kass, algo más profundo estaba floreciendo. Ya no solo hablaban de abono y niveles de PH. Kass empezó a mostrarle sus dibujos a Kazuke; bocetos detallados de sus manos, de sus antenas, de la forma en que el pelo verde menta le caía sobre la cara.
Kazuke, por su parte, se volvió cada vez más dependiente de la presencia de Kass. Si Kass llegaba cinco minutos tarde, Kazuke sentía un vacío en el pecho que solo se llenaba cuando veía aparecer la figura atlética del castaño por la puerta del invernadero.
Llegó la primavera en Xylos-4, la época en la que el Gran Cerezo de Cristal del patio central florecía. Sus pétalos no eran de carne, sino de una fibra translúcida que refractaba la luz en tonos rosados y carmesíes.
Era una tarde calurosa, justo como a Kazuke le gustaba. El sol de los tres soles del sistema se filtraba a través de las ramas del cerezo. Kazuke había citado a Kass allí, bajo la excusa de analizar la caída de los pétalos.
—Kass —dijo Kazuke, rompiendo el silencio. Estaba sentado sobre sus talones, jugueteando con una hoja roja que había caído en su regazo.
—Dime, Menta —respondió Kass, que estaba sentado a su lado, con el cuaderno abierto, aunque no estaba escribiendo nada.
—Yo... no soy muy bueno con las personas —comenzó Kazuke, su piel verde brillando con más intensidad de la normal por los nervios—. Me asustan. Prefiero los libros porque no cambian de opinión sobre mí. Pero contigo... contigo es diferente. Siento que si no estás cerca, me falta el sol.
Kass cerró su cuaderno lentamente. Miró a Kazuke y, por una vez, su expresión analítica se desmoronó, dejando ver una ternura genuina.
—Eres la persona más interesante que he analizado, Kazuke —dijo Kass, acercándose un poco más—. Y la única que no quiero que deje de estar en mis notas.
Kazuke se armó de valor. Se inclinó hacia adelante y, cerrando los ojos para no ver su propia audacia, presionó sus labios contra los de Kass. Fue un beso torpe, casto, que olía a tierra mojada y a flores dulces.
Kass se quedó helado un segundo, pero luego respondió con suavidad, rodeando la pequeña pero fuerte complexión de Kazuke con sus brazos. Cuando se separaron, las antenas de ambos estaban entrelazadas, una señal de afecto profundo entre su especie.
—Eso... —susurró Kass con una sonrisa ladeada— no estaba en mis planes para hoy. Pero acepto el cambio de programa.
Desde ese día, se volvieron inseparables. Sin embargo, surgió un pequeño "problema". Kazuke, que antes era el chico más reservado del universo, resultó ser una fuente inagotable de afecto una vez que se sintió seguro.
Unas semanas después, estaban en el invernadero trabajando en un nuevo injerto.
—Kazuke, por favor —dijo Kass, tratando de mantener la seriedad mientras sostenía un tubo de ensayo.
—¿Qué? —preguntó Kazuke con inocencia, antes de ponerse de puntillas y darle un rápido beso en la mejilla.
—Es el vigésimo beso de la mañana —respondió Kass, aunque no hacía nada por alejarse—. Y solo son las diez.
—Es que tienes la piel muy suave —se justificó Kazuke, dándole otro beso, esta vez en la nariz—. Y me gusta cómo vibran tus antenas cuando lo hago.
Kass suspiró, dejando el tubo de ensayo en la rejilla. Sabía que su reputación de chico sarcástico y distante se estaba desmoronando por culpa de aquel pequeño alienígena de pelo menta.
—Voy a tener que escribir una sección entera en mi cuaderno sobre tu adicción a los besos —dijo Kass, intentando sonar molesto, pero fallando estrepitosamente cuando Kazuke lo abrazó por la cintura, escondiendo su cara en su pecho.
—Escribe lo que quieras —murmuró Kazuke, disfrutando del calor corporal de Kass—. Mientras no me pidas que pare.
Kass lo miró, analizando por milésima vez la curva de su sonrisa y el brillo de sus ojos tras el flequillo. Dejó el cuaderno a un lado y se rindió.
—Está bien —cedió Kass, rodeándolo con sus brazos—. Pero al menos déjame terminar de regar las begonias antes del número veintiuno.
—No prometo nada —respondió Kazuke, volviendo a buscar sus labios bajo la cálida luz del invernadero, donde las plantas no eran lo único que crecía con fuerza y color.
Lo único que mantenía a Kazuke medianamente estable era el calor. Odiaba el frío con una pasión silenciosa; cuando la temperatura bajaba, sus antenas se curvaban y sus movimientos se volvían torpes. Por eso, el invernadero del club de jardinería parecía el único refugio lógico. Según el mapa holográfico, era el lugar más cálido de la escuela.
Al llegar, se encontró con una estructura de cristal que albergaba plantas de siete sistemas solares distintos. Pero el ambiente dentro no era tan armonioso como esperaba.
—Si no conseguimos dos miembros más para el viernes, el consejo estudiantil convertirá este lugar en un almacén de drones —dijo una chica de piel azulada, examinándose las uñas con desdén. Era la líder del club, aunque parecía que preferiría estar en cualquier otro lugar.
Kazuke dio un paso al frente, apretando las correas de su mochila.
—Yo... quiero unirme —susurró. Sus antenas vibraron con nerviosismo.
En un rincón, arrodillado junto a un parterre de orquídeas de fuego, un chico se puso en pie con una lentitud calculada. Era un poco más alto que Kazuke, de hombros anchos y una postura atlética que su camiseta ajustada no hacía nada por ocultar. Su piel era de un verde más claro, casi pastel, y sus ojos marrones oscuros se clavaron en Kazuke con una intensidad analítica.
—Vaya, un voluntario —dijo el chico de hombros anchos. Su voz era profunda, teñida de un sarcasmo que no llegaba a ser hiriente, pero que ponía a prueba los nervios de cualquiera—. Espero que sepas la diferencia entre regar una planta y ahogarla.
—Me gustan los cactus —respondió Kazuke, tratando de sonar firme a pesar de que sentía que su dependencia emocional ya estaba buscando un anclaje en aquel desconocido—. Son resistentes. No piden mucho.
El chico alto, cuyo nombre resultó ser Kass, sacó un pequeño cuaderno de su bolsillo trasero y garabateó algo rápidamente mientras miraba a Kazuke de arriba abajo.
—Interesante —murmuró Kass—. Un nerd antisocial con complejo de camuflaje. Bienvenido al club de los olvidados. Soy Kass.
—Kazuke —respondió él, fijándose en las manos de Kass, manchadas de tierra y pigmentos de dibujo.
La líder del club, una chica llamada Vora, soltó un suspiro de aburrimiento.
—Como sea. Ya somos cuatro con la tesorera. Si quieren hacer algo por este antro, háganlo ustedes. Yo tengo una cita en el sector de gravedad cero.
Vora se marchó sin mirar atrás, dejando a Kazuke y Kass solos en el calor sofocante del invernadero. El silencio se prolongó, solo interrumpido por el goteo de un sistema de riego hidropónico.
—Ella no va a mover un dedo, ¿verdad? —preguntó Kazuke, acercándose a una maceta roja que le llamó la atención.
—Vora cree que ser presidenta de un club le dará puntos para la universidad, pero odia ensuciarse —dijo Kass, cerrando su cuaderno con un chasquido—. Si queremos que este lugar sobreviva, tenemos que atraer gente. O al menos fingir que somos un club activo.
—Podríamos hacer publicidad —sugirió Kazuke, ganando un poco de confianza—. Carteles, hologramas... algo que use colores llamativos. El rojo atrae mucho la atención.
Kass arqueó una ceja, una de sus antenas se inclinó hacia un lado de forma juguetona.
—¿El rojo? Es un color agresivo. Pero me gusta tu iniciativa, "Menta". Vamos a ver qué tan buen artista eres.
Durante las siguientes dos semanas, el invernadero se convirtió en el centro del universo para ambos. Kazuke, a pesar de su timidez extrema, se encontró pasando horas junto a Kass. Descubrió que Kass no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, solía ser para soltar algún comentario mordaz sobre los transeúntes o para explicar la anatomía de una flor exótica.
Kass, por su parte, observaba a Kazuke con una curiosidad creciente. Le gustaba cómo Kazuke se iluminaba cuando hablaba de la fotosíntesis en condiciones de poca luz, y cómo buscaba siempre los rincones más calientes del invernadero para leer sus libros de botánica avanzada. En su cuaderno, las notas sobre Kazuke empezaron a cambiar de "sujeto 42: retraído" a "Kazuke: prefiere el calor, se distrae con el color rojo, su risa suena como campanillas de cristal".
Un día, mientras pegaban carteles hechos a mano por todo el campus, Vora los interceptó. Estaba furiosa.
—¿Quién les dio permiso para llenar la escuela con estos papeles horribles? —gritó, arrancando un cartel de la pared—. ¡Hacen que el club parezca desesperado!
—Estamos desesperados —respondió Kass con una calma exasperante—. A diferencia de ti, nosotros sí queremos que las plantas sigan vivas la próxima semana.
—¡Soy la líder! ¡Yo decido la imagen del club! —chilló ella.
La disputa escaló tanto que llegó a los oídos de la junta directiva. Al día siguiente, los tres fueron citados. Kazuke temblaba, escondiendo sus manos en las mangas de su sudadera, mientras Kass permanecía impasible, aunque sus antenas estaban rígidas de tensión.
Para sorpresa de todos, los directivos no estaban molestos por los carteles. Al contrario.
—Hemos visto un incremento del 40% en el interés por el club de jardinería gracias a su campaña —dijo el decano, un ser de tres ojos que parecía impresionado—. Sin embargo, es evidente que hay una falta de cohesión en el liderazgo. Señorita Vora, queda relevada de su cargo.
Vora abrió la boca, indignada, pero el decano continuó.
—Lila, la tesorera de tercer año, asumirá la presidencia. Ella ha demostrado ser la única que lleva las cuentas claras. Kazuke, Kass, ustedes serán sus coordinadores principales.
Cuando salieron de la oficina, Vora se marchó echando chispas, mientras Kazuke sentía que un peso se le quitaba de encima.
—Lo hicimos —susurró Kazuke, mirando a Kass.
—Lo hiciste tú, Menta —dijo Kass, y por primera vez, no hubo sarcasmo en su voz. Le puso una mano en el hombro, y Kazuke sintió una descarga eléctrica que no tenía nada que ver con la estática del planeta.
Con el club bajo el mando de Lila, el ambiente cambió. Pero entre Kazuke y Kass, algo más profundo estaba floreciendo. Ya no solo hablaban de abono y niveles de PH. Kass empezó a mostrarle sus dibujos a Kazuke; bocetos detallados de sus manos, de sus antenas, de la forma en que el pelo verde menta le caía sobre la cara.
Kazuke, por su parte, se volvió cada vez más dependiente de la presencia de Kass. Si Kass llegaba cinco minutos tarde, Kazuke sentía un vacío en el pecho que solo se llenaba cuando veía aparecer la figura atlética del castaño por la puerta del invernadero.
Llegó la primavera en Xylos-4, la época en la que el Gran Cerezo de Cristal del patio central florecía. Sus pétalos no eran de carne, sino de una fibra translúcida que refractaba la luz en tonos rosados y carmesíes.
Era una tarde calurosa, justo como a Kazuke le gustaba. El sol de los tres soles del sistema se filtraba a través de las ramas del cerezo. Kazuke había citado a Kass allí, bajo la excusa de analizar la caída de los pétalos.
—Kass —dijo Kazuke, rompiendo el silencio. Estaba sentado sobre sus talones, jugueteando con una hoja roja que había caído en su regazo.
—Dime, Menta —respondió Kass, que estaba sentado a su lado, con el cuaderno abierto, aunque no estaba escribiendo nada.
—Yo... no soy muy bueno con las personas —comenzó Kazuke, su piel verde brillando con más intensidad de la normal por los nervios—. Me asustan. Prefiero los libros porque no cambian de opinión sobre mí. Pero contigo... contigo es diferente. Siento que si no estás cerca, me falta el sol.
Kass cerró su cuaderno lentamente. Miró a Kazuke y, por una vez, su expresión analítica se desmoronó, dejando ver una ternura genuina.
—Eres la persona más interesante que he analizado, Kazuke —dijo Kass, acercándose un poco más—. Y la única que no quiero que deje de estar en mis notas.
Kazuke se armó de valor. Se inclinó hacia adelante y, cerrando los ojos para no ver su propia audacia, presionó sus labios contra los de Kass. Fue un beso torpe, casto, que olía a tierra mojada y a flores dulces.
Kass se quedó helado un segundo, pero luego respondió con suavidad, rodeando la pequeña pero fuerte complexión de Kazuke con sus brazos. Cuando se separaron, las antenas de ambos estaban entrelazadas, una señal de afecto profundo entre su especie.
—Eso... —susurró Kass con una sonrisa ladeada— no estaba en mis planes para hoy. Pero acepto el cambio de programa.
Desde ese día, se volvieron inseparables. Sin embargo, surgió un pequeño "problema". Kazuke, que antes era el chico más reservado del universo, resultó ser una fuente inagotable de afecto una vez que se sintió seguro.
Unas semanas después, estaban en el invernadero trabajando en un nuevo injerto.
—Kazuke, por favor —dijo Kass, tratando de mantener la seriedad mientras sostenía un tubo de ensayo.
—¿Qué? —preguntó Kazuke con inocencia, antes de ponerse de puntillas y darle un rápido beso en la mejilla.
—Es el vigésimo beso de la mañana —respondió Kass, aunque no hacía nada por alejarse—. Y solo son las diez.
—Es que tienes la piel muy suave —se justificó Kazuke, dándole otro beso, esta vez en la nariz—. Y me gusta cómo vibran tus antenas cuando lo hago.
Kass suspiró, dejando el tubo de ensayo en la rejilla. Sabía que su reputación de chico sarcástico y distante se estaba desmoronando por culpa de aquel pequeño alienígena de pelo menta.
—Voy a tener que escribir una sección entera en mi cuaderno sobre tu adicción a los besos —dijo Kass, intentando sonar molesto, pero fallando estrepitosamente cuando Kazuke lo abrazó por la cintura, escondiendo su cara en su pecho.
—Escribe lo que quieras —murmuró Kazuke, disfrutando del calor corporal de Kass—. Mientras no me pidas que pare.
Kass lo miró, analizando por milésima vez la curva de su sonrisa y el brillo de sus ojos tras el flequillo. Dejó el cuaderno a un lado y se rindió.
—Está bien —cedió Kass, rodeándolo con sus brazos—. Pero al menos déjame terminar de regar las begonias antes del número veintiuno.
—No prometo nada —respondió Kazuke, volviendo a buscar sus labios bajo la cálida luz del invernadero, donde las plantas no eran lo único que crecía con fuerza y color.
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