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Knightsbridge condominium.

Фандом: Una cancion de Hielo y fuego

Создан: 10.05.2026

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El Señor de los Siete Dominios

Julius Igarashi se ajustó el cinturón de su pantalón de vestir, sintiendo cómo la hebilla luchaba levemente contra su vientre prominente. Se miró al espejo del ascensor dorado, acomodando su cabello negro y corto con un peine de bolsillo. No era un hombre que las revistas de moda considerarían atractivo; su piel morena clara brillaba bajo las luces LED y su complexión regordeta le daba un aire de bonachón inofensivo. Sin embargo, Julius sabía algo que los demás no: en el complejo de condominios "Poniente Luxury Towers", él era el verdadero rey.

Como dueño y administrador del edificio más exclusivo de la ciudad, Julius tenía acceso a todo. Conocía los códigos de seguridad, las deudas de mantenimiento y, lo más importante, los secretos de las familias que ocupaban los áticos y departamentos de lujo. Los Stark, los Lannister, los Targaryen... nombres que en otros tiempos habrían comandado ejércitos, ahora eran simples inquilinos bajo su techo.

El ascensor se detuvo en el piso 12, el ala de los Stark. Julius salió con una sonrisa amable, esa máscara de cortesía que utilizaba para desarmar a cualquiera. En el pasillo, se encontró con Sansa Stark. La joven pelirroja llevaba ropa deportiva ajustada, evidenciando una figura que Julius había memorizado a través de las cámaras de seguridad en más de una ocasión.

— Buenos días, señorita Sansa —dijo Julius, suavizando su voz—. ¿Saliendo a correr tan temprano?

Sansa se detuvo, visiblemente incómoda. La mirada de Julius no se quedaba en su rostro; descendía por su cuello, se detenía en su pecho y bajaba por sus caderas con una intensidad depredadora que ella no sabía cómo clasificar.

— Sí, señor Igarashi —respondió ella, apretando el paso hacia el ascensor—. Mi padre dice que el aire de la mañana es el mejor.

— Una disciplina admirable —comentó Julius, dando un paso más hacia ella, invadiendo su espacio personal—. Por cierto, hubo un pequeño error en el reporte de ingresos de su familia este mes. Nada grave, pero quizás deberíamos discutirlo en privado más tarde. No querría que su padre se preocupara innecesariamente.

Sansa palideció ligeramente. Sabía que la situación financiera de los Stark era delicada desde que Ned Stark había invertido en negocios poco rentables en el Norte.

— ¿Es... es algo serio? —preguntó ella, con la voz temblorosa.

— Depende de cómo lo manejemos —Julius le dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos oscuros—. Pásate por mi oficina esta noche, después de las diez. Estaré revisando las cuentas.

Sansa asintió rápidamente y se escabulló dentro del ascensor. Julius se quedó observando cómo las puertas se cerraban, relamiéndose los labios. El juego había comenzado.

Horas más tarde, Julius se encontraba en su oficina privada en el ático. El lugar estaba decorado con maderas oscuras y cuero caro. Se sirvió un whisky y esperó. No fue Sansa quien llamó a la puerta primero, sino alguien que no esperaba: Cersei Lannister.

La mujer entró sin esperar invitación, exudando una confianza que rozaba la arrogancia. Su cabello rubio caía sobre sus hombros en ondas perfectas y su vestido rojo gritaba poder.

— Igarashi —dijo ella, sentándose frente a él sin que se lo pidieran—. He oído que estás husmeando en las finanzas de mis vecinos.

— Solo cumplo con mi deber, señora Lannister —respondió Julius, recostándose en su silla, permitiendo que su mirada recorriera el generoso escote de la mujer—. La transparencia es vital para la armonía de este condominio.

Cersei soltó una risa seca, llena de desdén.

— No me vengas con tonterías. Sé que eres un hombre de apetitos. Mi hermano Jaime dice que siempre estás mirando a las chicas jóvenes como si fueran carne en el mercado.

Julius no se inmutó. Al contrario, se inclinó hacia adelante, dejando que su presencia física, aunque no atlética, resultara imponente por la pura falta de vergüenza.

— Y usted, Cersei, es una mujer de necesidades. Sé que el mantenimiento de su estilo de vida está costando más de lo que sus cuentas en el extranjero pueden cubrir actualmente. Los Lannister siempre pagan sus deudas, ¿no es así? Pero últimamente, parece que el crédito se agota.

La expresión de Cersei se endureció. Julius se levantó y caminó alrededor del escritorio. Se detuvo detrás de ella y, con una audacia que la dejó helada, puso una mano sobre su hombro.

— Podría ser muy generoso con los Lannister —susurró Julius cerca de su oído—. Podría olvidar las cuotas atrasadas, los ruidos molestos de sus fiestas... todo.

— ¿Y qué querrías a cambio, pequeño hombrecito? —preguntó ella, aunque no se apartó.

Julius no respondió con palabras. En su lugar, tomó la mano de Cersei y la guió hacia su regazo. La mujer ahogó un grito de sorpresa. Debajo de la tela de su pantalón, lo que sintió no encajaba con la figura regordeta y descuidada del hombre. Era algo imponente, una promesa de poder absoluto que desafiaba toda lógica física.

— Quiero lo que un rey merece —dijo Julius, su voz ahora cargada de una autoridad carnal—. Quiero que este edificio sea mi harén, y quiero que tú seas la primera en reconocer quién manda aquí.

Cersei, la mujer que despreciaba a casi todos los hombres, sintió un calor repentino que la desconcertó. La mirada pervertida de Julius ya no le parecía patética; le parecía peligrosa, y por alguna razón oscura, excitante.

— Eres un monstruo, Julius —susurró ella, aunque su mano no se movió de donde él la había puesto.

— Soy el dueño de tu casa, Cersei. Y pronto, seré el dueño de mucho más.

La tensión en la habitación era palpable. Julius sabía que tenía el control. Había pasado años observándolas, estudiando sus debilidades, sus deseos ocultos. Las mujeres del condominio lo veían como un ser inferior, alguien a quien ignorar, y esa había sido su mayor ventaja.

— Quítate el vestido —ordenó Julius, regresando a su asiento con una calma aterradora.

Cersei dudó solo un segundo. El orgullo luchó contra la necesidad, y contra una curiosidad morbosa que se había encendido en sus entrañas. Lentamente, se puso de pie y bajó la cremallera lateral de su vestido. La seda roja cayó al suelo, dejando a la reina de los Lannister en lencería fina frente al hombre que consideraba un "don nadie".

Julius se tomó su tiempo para admirarla. No había prisa. Sus ojos marrones oscuros devoraban cada centímetro de su piel clara.

— Acércate —dijo él, desabrochando su propio pantalón.

Cuando Julius se reveló ante ella por completo, Cersei no pudo evitar abrir los ojos con asombro. Era, como él mismo había planeado, su mayor arma. Una fuerza de la naturaleza que parecía fuera de lugar en su cuerpo.

El encuentro fue violento y posesivo. Julius no buscaba romance; buscaba dominio. Cada movimiento estaba diseñado para someter, para dejar una marca que ella no pudiera olvidar. Cersei, que siempre había utilizado el sexo como una herramienta de manipulación, se encontró por primera vez siendo la herramienta. Sus gemidos llenaron la oficina, una mezcla de sorpresa y un placer que la hacía sentir adicta al instante.

Cuando terminaron, Cersei estaba apoyada contra el escritorio, respirando con dificultad, su cabello antes perfecto ahora era un desastre. Julius se vestía con la parsimonia de quien acaba de cerrar un trato de negocios rutinario.

— Mañana enviaré a alguien para arreglar esa filtración en tu baño principal, Cersei —dijo él, ajustándose la corbata—. Y no te preocupes por la factura del mes. Está cubierta.

Cersei lo miró, todavía procesando la intensidad de lo ocurrido. Se sentía extrañamente sumisa, una sensación que odiaba y amaba al mismo tiempo.

— Esto no te da derecho a... —empezó a decir, pero Julius la interrumpió con un gesto de la mano.

— Esto me da derecho a todo. Ahora vete. Tengo una cita con la señorita Stark en unos minutos.

Cersei sintió una punzada de celos que la sorprendió. ¿Celos de la pequeña Stark? Se vistió rápidamente y salió de la oficina sin decir palabra, pero Julius notó el temblor en sus manos. Ya la tenía.

Poco después, un suave golpe sonó en la puerta. Sansa Stark entró, mirando nerviosamente a su alrededor. Se veía tan joven, tan inocente, con su suéter de lana y su falda larga.

— Señor Igarashi... lamento llegar tarde —dijo ella, cerrando la puerta detrás de sí.

Julius sonrió, la misma sonrisa amable y tranquila de siempre, pero esta vez, Sansa notó algo diferente en el ambiente. El aire olía a un perfume caro y a algo más, algo almizclado y primitivo.

— No te preocupes, Sansa —dijo Julius, señalando la silla que Cersei acababa de abandonar—. Estaba esperándote. Tenemos mucho de qué hablar sobre el futuro de tu familia en este edificio.

Sansa se sentó, sintiéndose pequeña bajo la mirada de Julius. No sabía que estaba entrando en una red de la que no querría escapar. Julius la observó, saboreando el momento. Una por una, las grandes casas de Poniente Luxury Towers caerían ante él. No con espadas ni con dragones, sino con la debilidad de la carne y el poder que guardaba entre sus piernas.

— ¿Quieres un poco de té, Sansa? —preguntó él, acercándose a ella—. Pareces nerviosa. Déjame ayudarte a relajarte.

Julius puso una mano en el respaldo de la silla de Sansa, inclinándose lo suficiente para que ella pudiera olerlo. El proceso de conquista continuaba. El condominio era su reino, y su harén apenas estaba comenzando a formarse. Cada secreto, cada deuda, cada mirada incómoda se convertiría en un eslabón de la cadena que las mantendría atadas a él.

Mientras Sansa empezaba a hablar de los problemas de su padre, Julius ya estaba imaginando cómo se vería ella sin ese suéter, cómo sus gritos de inocencia se transformarían en súplicas de placer, tal como había sucedido con Cersei. Él no era un hombre agraciado, pero era el hombre que las tendría a todas. Y esa noche, el Norte también caería.
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