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Cumpliendo mi fantasía

Фандом: Muffin

Создан: 10.05.2026

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Píxeles, Nervios y un Café Frío

El zumbido constante de la ciudad de México parecía amplificarse dentro de la cabeza de Leo. Miró la pantalla de su teléfono por décima vez en los últimos dos minutos, ignorando las notificaciones de Twitter y centrándose únicamente en el chat anclado de Discord. El cursor parpadeaba, impasible, sobre el último mensaje enviado hace apenas una hora: «Ya estoy por llegar al parque. Llevo la sudadera negra con el logo del muffin».

Había pasado casi dos años hablando con ella. Dos años de transmisiones en vivo, de bromas internas que solo ellos entendían, de partidas de videojuegos que se extendían hasta la madrugada y de confesiones susurradas a través de un micrófono de condensador. Para el resto del mundo, ella era una creadora de contenido carismática y divertida; para él, era simplemente la persona que lograba que sus días grises tuvieran un matiz de color. Y hoy, finalmente, los píxeles se convertirían en piel y hueso.

Leo se ajustó las gafas y trató de controlar el temblor de sus manos. Estaba sentado en una banca de madera frente a la fuente principal del Parque México. El aroma a café recién hecho de los locales cercanos se mezclaba con el olor a tierra mojada tras una breve llovizna matutina.

—No puede ser tan difícil —se susurró a sí mismo, aunque su corazón golpeando contra las costillas decía lo contrario.

De repente, una figura apareció al final del sendero. Llevaba una sudadera negra, tal como habían acordado, y caminaba con una mezcla de curiosidad y timidez, mirando hacia todos lados. Leo sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Era ella. Era Muffin.

Él se puso de pie con la torpeza de quien olvida cómo funcionan sus propias piernas. Ella lo vio. Sus ojos se iluminaron de una manera que ninguna cámara web de alta definición había logrado captar jamás. Acortó la distancia con pasos rápidos, casi corriendo, hasta que se detuvo a escasos un metro de él.

—¿Leo? —preguntó ella, con esa voz que él había escuchado mil veces a través de sus auriculares, pero que ahora sonaba vibrante, real y asombrosamente cercana.

—El mismo —logró responder él, esbozando una sonrisa nerviosa—. Te ves... bueno, te ves exactamente como en el stream, pero mucho más real. Si eso tiene algún sentido.

Muffin soltó una carcajada limpia, esa risa que siempre lograba calmar los ánimos en los chats más caóticos.

—¡Qué tonto eres! —dijo ella, acortando la distancia final para rodearlo con sus brazos en un abrazo inesperado.

Leo se quedó rígido un segundo antes de corresponderle. Olía a vainilla y a algo dulce, como pasteles recién horneados, haciendo honor a su nombre artístico. El contacto físico rompió la última barrera de hielo que quedaba entre la virtualidad y la realidad.

—Tenía miedo de que fueras un bot de inteligencia artificial muy avanzado —bromeó ella al separarse, aunque no soltó del todo sus brazos, manteniendo sus manos sobre los hombros de Leo.

—Lo mismo digo. Aunque un bot no estaría sudando tanto de los nervios ahora mismo —admitió él, rascándose la nuca.

—Ven aquí, vamos a caminar. Necesito un café antes de que me dé un ataque de pánico por la emoción.

Caminaron juntos por los senderos bordeados de árboles. Al principio, hubo esos silencios incómodos que ocurren cuando te das cuenta de que no tienes un botón de "silenciar" o un chat de texto para llenar los huecos. Sin embargo, la familiaridad no tardó en regresar.

—¿Entonces es verdad lo que dijiste en el directo del martes? —preguntó Leo, mirándola de reojo—. ¿De verdad vas a mudarte a esta zona?

—Es el plan —asintió ella, pateando una pequeña piedra en el camino—. Estar cerca de los eventos, de otros creadores... y bueno, de amigos.

—¿Amigos como yo? —preguntó él, con un tono que intentaba ser casual pero fallaba estrepitosamente.

Muffin se detuvo y lo miró fijamente. Sus ojos café tenían un brillo travieso.

—Especialmente amigos como tú, Leo. Has sido mi moderador, mi confidente y mi apoyo desde que tenía diez espectadores. No creas que eso se olvida solo porque ahora estamos en la calle y no en una sala de chat.

Entraron en una pequeña cafetería de estilo vintage. El lugar estaba lleno de plantas colgantes y mesas de madera rústica. Se sentaron en un rincón apartado, donde la luz del sol entraba de forma suave por el ventanal.

—Dos capuchinos, por favor —pidió Leo al mesero, quien asintió y se retiró rápidamente.

—¿Sabes qué es lo más extraño? —dijo ella, apoyando los codos en la mesa—. Que siento que te conozco de toda la vida, pero al mismo tiempo siento que estoy en una primera cita.

Leo sintió que sus mejillas se encendían.

—¿Una cita? ¿Así es como lo llamas?

—Bueno —ella se encogió de hombros, jugando con una servilleta—, si tú quieres que sea una cita, puede serlo. No creo que hayamos venido hasta aquí solo para hablar de las actualizaciones del juego, ¿o sí?

—Definitivamente no —respondió él, ganando valor—. Para ser sincero, Muffin... bueno, prefiero decirte por tu nombre real ahora.

—Dime —susurró ella, acercándose un poco más.

—Sofía... he pasado meses imaginando este momento. Y la verdad es que la realidad supera por mucho a la pantalla. Tenía miedo de que la magia se perdiera al vernos en persona, pero es todo lo contrario. Se siente más fuerte.

Sofía bajó la mirada, sonrojada, justo cuando el mesero dejaba los cafés sobre la mesa. El silencio que siguió no fue incómodo; fue expectante, cargado de una electricidad que solo surge cuando dos personas saben que están a punto de cambiar su dinámica para siempre.

—A veces me asustaba —confesó ella, removiendo su café con la cuchara—. El mundo de internet es tan efímero. Hoy estás arriba, mañana nadie se acuerda de ti. Pero tú siempre estabas ahí. En los días buenos y en los días en los que quería borrar el canal y desaparecer.

—Nunca te habría dejado desaparecer —aseguró Leo, extendiendo su mano sobre la mesa, dudando un instante antes de cubrir la mano de Sofía con la suya.

Ella no se apartó. Al contrario, entrelazó sus dedos con los de él. Sus manos encajaban perfectamente, como si hubieran sido diseñadas para encontrarse después de tanto tiempo separadas por kilómetros de cables de fibra óptica.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella con una sonrisa suave—. Ya nos conocemos. Ya sabemos que no somos asesinos seriales. ¿Qué sigue en el guion de este episodio?

—Bueno —dijo Leo, sintiéndose más ligero que nunca—, creo que el guion dice que deberíamos disfrutar de este café, caminar por la ciudad hasta que nos duelan los pies y, tal vez, si tengo suerte, convencerte de que esta sea la primera de muchas veces que nos veamos fuera de un monitor.

—Me gusta ese guion —asintió Sofía—. Pero tiene un pequeño error.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—No necesitas convencerme de nada. Ya estaba convencida desde antes de bajarme del avión.

Rieron juntos, y por un momento, el ruido de la cafetería, el tráfico exterior y las notificaciones que seguían llegando a sus teléfonos desaparecieron. Solo quedaban ellos dos, el calor de las tazas de café y la promesa de un futuro que ya no necesitaba de una conexión a internet para ser real.

—Oye, Leo —dijo ella antes de darle un sorbo a su bebida.

—¿Sí?

—Gracias por venir. Realmente eres mejor que cualquier versión digital.

—Y tú —respondió él, apretando suavemente su mano— eres el mejor "muffin" que he probado en mi vida.

—¡Qué cursi! —exclamó ella, aunque sus ojos brillaban de felicidad—. Definitivamente, vamos a tener que trabajar en tus frases para ligar si quieres una segunda cita.

—Tengo tiempo para practicar —concluyó Leo con una sonrisa—. Todo el tiempo del mundo.
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