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Фандом: Genshin impact

Создан: 11.05.2026

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Ecos de Arena y Viento: El Aroma del Destino

La Facultad de Historia y Arqueología de la Academia de Sumeru solía ser un lugar de silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el rasgueo de las plumas sobre el pergamino o el murmullo distante de los eruditos debatiendo sobre eras olvidadas. Sin embargo, para Wanderer, ese silencio era un refugio necesario, una barrera contra el caos del mundo exterior que tanto despreciaba.

Caminaba por los pasillos con su habitual expresión de desdén, ajustando la correa de su bolso sobre el hombro. Su estatura pequeña y su complexión delgada a menudo hacían que los extraños lo subestimaran, pero su mirada afilada y el aura de frialdad que desprendía mantenían a la mayoría a una distancia prudencial. Era un omega, sí, pero uno que no aceptaba las etiquetas de sumisión que la sociedad solía imponer. Había pasado por demasiado, desde la traición hasta la redención, como para permitir que su biología dictara su valor.

Aquel día, el aire en la Academia se sentía inusualmente pesado. Un aroma dulce, pero terroso, como la lluvia golpeando la arena caliente del desierto, comenzó a filtrarse por sus sentidos. Wanderer frunció el ceño, deteniéndose frente a la puerta de la Gran Biblioteca. Su instinto, ese que tanto intentaba ignorar, dio un vuelco violento en su pecho.

—Patético —susurró para sí mismo, apretando los puños.

Al cruzar el umbral, el aroma se intensificó. No era la fragancia agresiva de un alfa común que intenta marcar territorio; era algo más profundo, una nota de madera de sándalo y especias que parecía llamarlo directamente a los huesos. En una de las mesas circulares, rodeado de un grupo de estudiantes que reían ante sus anécdotas, se encontraba el origen del disturbio.

Sethos era, en todos los sentidos, el opuesto de Wanderer. Tenía el cabello largo y oscuro recogido de forma descuidada, una sonrisa radiante que parecía iluminar hasta los rincones más polvorientos de la biblioteca y una energía que gritaba libertad. Era un alfa, pero su presencia no era opresiva, sino acogedora.

Cuando Wanderer pasó por su lado, intentando ignorar la descarga eléctrica que recorrió su columna, Sethos se interrumpió a mitad de una frase. Sus ojos verdes se clavaron en la figura del joven de cabello azul con una intensidad que hizo que el tiempo se detuviera.

—¡Oye! —llamó Sethos, levantándose de la silla con una agilidad felina.

Wanderer no se detuvo. Aceleró el paso, maldiciendo internamente la suerte de haber nacido con un "vínculo de destino" que ahora parecía estar despertando de un letargo de siglos.

—Te estoy hablando a ti, el de la mirada de pocos amigos —insistió Sethos, alcanzándolo en un par de zancadas y colocándose frente a él, bloqueándole el paso.

Wanderer se detuvo en seco, levantando la vista para encontrarse con el rostro juvenil pero extrañamente maduro del alfa. El contraste era evidente: el cinismo frente a la esperanza, el viento frío frente al sol del desierto.

—Apártate —dijo Wanderer con voz gélida—. No tengo tiempo para perderlo con alfas que creen que el mundo les pertenece por el simple hecho de respirar.

Sethos soltó una carcajada limpia, sin rastro de malicia, lo que desconcertó a Wanderer más que cualquier insulto.

—Vaya, tienes espinas —comentó Sethos, cruzándose de brazos—. Soy Sethos, por cierto. Acabo de llegar de las expediciones del desierto para terminar unos créditos aquí. Y tú... tú hueles a algo que he estado buscando sin saberlo.

Wanderer sintió que sus mejillas se calentaban, un rastro de rubor que odió al instante. El delineador rojo bajo sus ojos pareció resaltar su furia contenida.

—¿Es esa tu mejor frase de conquista? —espetó Wanderer—. Es mediocre. Y si vuelves a mencionar mi aroma, te aseguro que te arrepentirás.

—No es una frase —respondió Sethos, suavizando su tono. Se acercó un paso, invadiendo el espacio personal de Wanderer, pero de una manera que se sentía extrañamente natural—. Es el destino, ¿verdad? Lo sientes igual que yo. Como si el aire se volviera más fácil de respirar cuando estás cerca.

Wanderer retrocedió, golpeando accidentalmente una estantería de libros. El aroma de Sethos lo estaba envolviendo, debilitando sus defensas. Como omega, su cuerpo estaba programado para responder, pero su mente, forjada en el dolor y la introspección, luchaba contra ello.

—El destino es una excusa para los que no tienen voluntad propia —sentenció Wanderer, aunque su voz flaqueó ligeramente—. No me interesa ser la "pareja destinada" de nadie. He recuperado mi vida, mis recuerdos y mi camino. No necesito a un alfa que me "complete".

Sethos lo observó con atención. Su faceta relajada desapareció por un momento, revelando al hombre responsable y dedicado que dirigía caravanas a través de tormentas de arena. Vio la vulnerabilidad oculta tras la máscara de hierro de Wanderer.

—No busco completarte —dijo Sethos con honestidad—. Pareces alguien que se basta a sí mismo. Solo digo que... quizás el camino es menos pesado si se comparte. Además, soy excelente cocinando bajo las estrellas y no me asustan las tormentas.

—Soy una tormenta —replicó Wanderer, entornando los ojos.

—Entonces me vendrá bien un poco de lluvia para refrescarme del sol del desierto —rio Sethos, extendiendo una mano—. Vamos, déjame invitarte a un café en la cafetería de la Academia. Si después de eso decides que soy insoportable, borraré mi rastro y no volverás a verme.

Wanderer miró la mano extendida. Sus instintos gritaban que aceptara, que se dejara llevar por la calidez que emanaba de Sethos. Había pasado tanto tiempo solo, siendo un paria, un error, un vagabundo sin nombre. La idea de que alguien pudiera mirarlo no como una herramienta o un monstruo, sino como un compañero, era aterradora y fascinante a la vez.

—Si intentas algo estúpido, te lanzaré desde lo alto del Santuario de Surasthana —amenazó Wanderer, aunque finalmente aceptó la mano de Sethos, permitiendo que sus dedos se rozaran.

El contacto fue como una explosión silenciosa. El vínculo se selló en ese instante, una conexión invisible pero indestructible que unió sus almas. Sethos soltó un suspiro de alivio, cerrando los ojos por un segundo mientras disfrutaba de la cercanía del omega.

—Trato hecho —dijo Sethos, guiándolo hacia la salida—. Por cierto, ¿tienes nombre? ¿O debo llamarte "Tormenta de Verano" para siempre?

—Wanderer —respondió él, caminando a su lado, aunque manteniendo una distancia prudencial—. Y no te acostumbres a esto. Solo tengo hambre.

—Claro, claro —asintió Sethos con una sonrisa cómplice—. El hambre es una excelente motivación.

Mientras caminaban por los jardines de la Academia, el contraste entre ambos atraía las miradas de los demás estudiantes. El alfa carismático y sociable, que parecía amigo de todo el mundo, y el omega solitario y cínico, que parecía odiar al mundo entero. Pero para aquellos que sabían observar, el modo en que Sethos ajustaba su paso al de Wanderer, y el modo en que Wanderer relajaba imperceptiblemente los hombros bajo la presencia del alfa, contaba una historia diferente.

Se sentaron en una mesa apartada, bajo la sombra de un gran árbol de sumeru. El aire estaba impregnado con el aroma de las flores de padisara.

—Así que... —comenzó Sethos, después de traer dos tazas de café humeante—, ¿qué hace alguien tan interesante como tú en un lugar tan aburrido como la facultad de arqueología? No pareces el tipo de persona que disfruta desenterrando cacharros viejos.

—La historia es la única forma de no repetir los mismos errores —respondió Wanderer, mirando el vapor que subía de su taza—. Aunque la mayoría de la gente es demasiado estúpida para entenderlo. Prefieren vivir en la ignorancia.

—Vaya, directo al grano —dijo Sethos, impresionado—. Me gusta. En el desierto, si no eres directo, terminas muerto bajo una duna. La honestidad es un lujo que pocos se permiten aquí en la ciudad.

—Tú pareces ser demasiado honesto para tu propio bien —observó Wanderer, clavando sus ojos azules en los de Sethos—. Eres amable con todos. Ayudas a todos. ¿No te cansa ser el sol de la vida de los demás?

Sethos se encogió de hombros, manteniendo su expresión relajada.

—Es más fácil ser amable que ser un imbécil. Además, me gusta ver a la gente sonreír. Pero no te confundas, Wanderer. Soy responsable de mi gente. He tomado decisiones difíciles y he llevado cargas que harían que a otros les temblaran las rodillas. No soy solo una cara bonita con buen sentido del humor.

Wanderer guardó silencio, analizando las palabras del alfa. Había una madurez en Sethos que no había notado al principio. No era solo un aventurero despreocupado; era un hombre que conocía el peso del deber. Eso, de alguna manera, lo hacía más aceptable a sus ojos.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó Sethos, inclinándose hacia delante—. Siento que hay un océano de recuerdos detrás de esos ojos. No eres un omega común. Hay una fuerza en ti que... bueno, es intimidante. Y me encanta.

Wanderer apretó la taza entre sus manos.

—No soy "común" en ningún sentido de la palabra —dijo en voz baja—. He tenido muchas vidas, Sethos. He sido muchas cosas, y la mayoría de ellas no fueron buenas. Si buscas un omega delicado que necesite protección, te has equivocado de persona.

—No busco a nadie a quien proteger —respondió Sethos con firmeza—. Busco a alguien con quien luchar. Alguien que pueda seguirme el ritmo. Y por lo que veo, tú podrías dejarme atrás si te lo propusieras.

Wanderer sintió un nudo en la garganta. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de atacar para defenderse. La honestidad de Sethos estaba desarmando sus muros, ladrillo a ladrillo.

—Eres un idiota —susurró Wanderer, aunque esta vez no había veneno en sus palabras.

—Puede ser —rio Sethos—. Pero soy tu idiota, según parece. El destino no suele equivocarse con estas cosas.

—Aún no he aceptado nada —recordó Wanderer, aunque bebió un sorbo de su café, ocultando una pequeña sonrisa que amenazaba con aparecer.

—No tienes que aceptar nada hoy —dijo Sethos, levantándose cuando terminaron—. Pero mañana hay una feria en el Gran Bazar. Dicen que traerán especias nuevas del desierto y habrá bailes. Me gustaría que fueras conmigo. No como mi omega, sino como Wanderer.

Wanderer lo miró de arriba abajo. El sol de la tarde bañaba a Sethos, resaltando su cabello oscuro y su porte atlético. Era, sin duda, un alfa impresionante, pero era su espíritu lo que realmente estaba empezando a intrigar a Wanderer.

—Iré —cedió Wanderer finalmente—, pero solo porque quiero comprar unos pigmentos específicos que solo venden en el bazar. No te hagas ilusiones.

Sethos le guiñó un ojo, su carisma brillando al máximo.

—Lo que tú digas, Tormenta de Verano. Te recogeré en la entrada de la Academia a las seis.

Cuando Sethos se alejó, saludando a otros estudiantes por el camino, Wanderer se quedó solo bajo el árbol. El aroma del alfa aún permanecía en el aire, mezclándose con el suyo propio en una armonía que no podía negar. Se tocó el cuello, donde su glándula de aroma latía suavemente.

Por primera vez en sus múltiples existencias, Wanderer no sentía que estaba huyendo de algo. Por primera vez, se sentía como si estuviera esperando que llegara el mañana.

—Destino... —murmuró, mirando hacia el cielo despejado de Sumeru—. Qué concepto tan irritante.

Pero mientras caminaba de regreso a sus aposentos, sus pasos eran más ligeros de lo que habían sido en siglos. El viento soplaba a su favor, llevando consigo el aroma de la arena y las especias, recordándole que, aunque él fuera una tormenta, finalmente había encontrado un desierto lo suficientemente vasto como para contenerlo.

Al día siguiente, Wanderer se encontró frente al espejo más tiempo del que le gustaría admitir. Se ajustó el sombrero, se aseguró de que su delineador estuviera perfecto y trató de aplacar el desorden de su cabello azul oscuro. Se sentía ridículo. Un omega de su calibre no debería estar nervioso por una cita con un alfa que apenas conocía.

Sin embargo, cuando llegó a la entrada de la Academia y vio a Sethos apoyado contra una columna, luciendo una túnica de viaje impecable y esa sonrisa que parecía dirigida únicamente a él, Wanderer supo que su resistencia era fútil.

—Llegas tarde —dijo Wanderer, aunque en realidad él había llegado cinco minutos antes.

—Valió la pena la espera —respondió Sethos, acercándose y ofreciéndole el brazo con elegancia—. Estás... increíble, Wanderer.

—Cállate y camina —masulló el omega, aunque esta vez, cuando Sethos le rozó el brazo, Wanderer no se apartó.

Caminaron hacia el Gran Bazar, y mientras el bullicio de la ciudad los rodeaba, el vínculo entre ellos palpitaba con una promesa silenciosa. No sería un camino fácil; Wanderer tenía demasiadas cicatrices y Sethos demasiada energía, pero en el intrincado tapiz del destino de Sumeru, sus hilos finalmente se habían entrelazado.

Y por primera vez, Wanderer decidió que no quería cortar el hilo. Quería ver a dónde lo llevaba.

—Oye, Sethos —dijo Wanderer mientras bajaban las escaleras hacia el mercado.

—¿Dime?

—Si intentas comprarme flores de padisara, te las haré comer.

Sethos soltó una carcajada que resonó en todo el bazar.

—Entendido. Nada de flores. ¿Qué tal unos pinchos de carne con especias extra picantes?

Wanderer lo miró de reojo, una chispa de diversión bailando en sus ojos azules.

—Eso... podría ser aceptable.

El alfa y el omega se perdieron entre la multitud, dos almas destinadas que, a pesar de sus diferencias, habían encontrado en el otro el eco de algo que ni siquiera sabían que habían perdido. En la ciudad de la sabiduría, ambos estaban a punto de aprender la lección más importante de todas: que el destino no es una cadena, sino el primer paso hacia la verdadera libertad.
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