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"El amor encontrado en el infierno"

Фандом: Mafia,matrimonio arreglado

Создан: 11.05.2026

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Cadenas de Terciopelo y Sangre

La mansión de Jake no era un hogar; era un mausoleo de mármol negro y cristales blindados que devolvían una imagen distorsionada de la realidad. El silencio en el pasillo principal era tan denso que podía sentirse en los pulmones, roto únicamente por el rítmico eco de mis propios pasos mientras me dirigía al despacho de mi ahora esposo.

Hacía apenas tres horas que la ceremonia privada había concluido. No hubo flores blancas, ni brindis alegres, ni miradas de complicidad. Solo hubo un contrato firmado con tinta que parecía sangre y la mirada gélida de Jake sobre mi nuca, recordándome que yo no era una novia, sino un pago de intereses. Mi padre, en su desesperación por las deudas de juego y negocios turbios que salieron mal, me había entregado al hombre más temido de la ciudad como si fuera una moneda de cambio.

Me detuve frente a la imponente puerta de madera de roble. Respiré hondo, tratando de calmar el temblor de mis manos. Al entrar, lo vi. Jake estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a la habitación, con una copa de whisky en la mano derecha. Su figura recortada contra las luces de la ciudad imponía un respeto casi instintivo.

— Entra —dijo, sin siquiera girarse. Su voz era profunda, un barítono que vibraba en el aire con una autoridad natural.

Cerré la puerta detrás de mí y me quedé cerca de la entrada, manteniendo la distancia.

— Mi padre dijo que querías verme antes de instalarme —comenté, intentando que mi voz no flaqueara.

Jake se giró lentamente. Sus ojos, oscuros y penetrantes, recorrieron mi vestido de seda con una mezcla de desdén y posesividad que me hizo estremecer. No había calidez en él, solo una intensidad gélida que parecía analizar cada uno de mis pensamientos.

— Tu padre ya no tiene voz en este lugar —sentenció él, dejando la copa sobre su escritorio—. Ahora eres mi esposa. Lo que significa que tus lealtades, tu cuerpo y tu vida me pertenecen a mí. ¿Ha quedado claro?

— Soy consciente del trato, Jake —respondí, apretando los puños—. Pero no esperes que actúe como una muñeca sumisa.

Él soltó una risa seca, un sonido carente de humor que no llegó a sus ojos. Se acercó a mí con pasos lentos y depredadores, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la madera fría de la puerta.

— La sumisión no me interesa —susurró, inclinándose hasta que su aliento rozó mi oído—. Lo que quiero es obediencia. Has crecido en una jaula de oro, pero ahora las reglas han cambiado. Aquí, el error más pequeño se paga con algo más que dinero.

— ¿Es una amenaza? —pregunté, desafiando su mirada a pesar del nudo en mi garganta.

— Es una realidad —respondió él, colocando una mano en la puerta, justo al lado de mi cabeza—. Tu padre me debe millones. Podría haberlo matado y haber tomado sus propiedades, pero preferí tener algo que él valorara... para ver cómo se rompe bajo mi mando.

En ese momento, vi un destello de algo oscuro en sus ojos, una sombra que iba más allá de la crueldad de la mafia. Era el rastro de una niñez que los rumores decían que había sido un infierno de abusos y violencia. Jake no conocía el afecto porque nunca lo había recibido; solo conocía el poder y la posesión.

— No soy él —dije en voz baja—. No tienes por qué castigarme por sus pecados.

Jake apretó la mandíbula y, por un segundo, su máscara de frialdad pareció agrietarse. Sin embargo, recuperó el control de inmediato. Su mano bajó de la puerta y me tomó del mentón, obligándome a mirarlo fijamente.

— Te equivocas. En este mundo, los hijos siempre pagan las deudas de los padres.

Se separó de mí bruscamente y regresó a su escritorio, como si mi presencia hubiera dejado de interesarle de repente.

— Tu habitación es la que está al final del pasillo a la derecha —dijo, dándome de nuevo la espalda—. Mañana empezaremos a establecer tu rutina. No saldrás de esta casa sin mi permiso y sin escolta.

— ¿Soy una prisionera entonces? —pregunté con amargura.

— Eres mi mujer —corrigió él, sin mirarme—. Y en mi mundo, lo que es mío se protege... o se destruye antes de que alguien más lo toque. Puedes retirarte.

Salí del despacho sintiendo que el aire volvía a mis pulmones, pero la sensación de asfixia no desapareció del todo. Caminé por los pasillos silenciosos, observando las cámaras de seguridad que me seguían en cada movimiento. La mansión era hermosa, llena de obras de arte costosas y muebles de diseño, pero se sentía como una celda de máxima seguridad.

Al llegar a la habitación asignada, me encontré con un espacio inmenso decorado en tonos grises y plateados. Sobre la cama de terciopelo, había una caja de terciopelo negro. La abrí con curiosidad y encontré un collar de diamantes que debía valer una fortuna. Debajo de la joya, una nota escrita con una caligrafía elegante y firme decía: "Propiedad de la familia Rossi".

Me senté en el borde de la cama, dejando que las lágrimas que había estado conteniendo finalmente rodaran por mis mejillas. Mi vida anterior había desaparecido en un instante, reemplazada por un contrato de matrimonio y un hombre que veía el mundo a través del prisma del dolor y el control.

Unas horas más tarde, cuando la luna ya dominaba el cielo, escuché que la puerta de mi habitación se abría. No encendí la luz. Sabía quién era por el aroma a tabaco y whisky que lo precedía. Jake entró y se quedó de pie en la penumbra, observándome mientras yo fingía estar dormida.

Se acercó a la cama y sentí el peso de su cuerpo al sentarse en el borde. Su mano, callosa y fría, rozó mi mejilla con una delicadeza inesperada que me dejó helada.

— No llores —susurró él, tan bajo que casi pareció un pensamiento en voz alta—. Las lágrimas no sirven de nada en esta casa. Yo aprendí eso hace mucho tiempo.

— ¿Qué es lo que quieres de mí, Jake? —pregunté, abriendo los ojos y encontrándome con su silueta en la oscuridad.

Él no retiró la mano. Sus dedos se deslizaron hacia mi cuello, trazando la línea de mi mandíbula con una lentitud tortuosa.

— Quiero lo que nunca he tenido —respondió, y por primera vez, su voz no sonó amenazante, sino cargada de una soledad tan profunda que me oprimió el pecho—. Quiero algo que sea real, aunque tenga que obligarte a que lo sea.

— No puedes obligar a alguien a sentir algo real —le recordé, sintiendo el calor de su piel contra la mía a pesar de mi miedo.

— Quizás no —dijo él, levantándose bruscamente—. Pero puedo asegurarme de que nunca te vayas. Duerme. Mañana será un día largo.

Salió de la habitación sin mirar atrás, cerrando la puerta con un clic metálico que resonó como una sentencia. Me quedé allí, en la oscuridad, dándome cuenta de que Jake no era solo un mafioso despiadado. Era un hombre roto que intentaba construir un imperio sobre las cenizas de su propio pasado, y yo, por desgracia o por destino, me había convertido en la última pieza de su rompecabezas.

El matrimonio arreglado no era el fin de mi historia, sino el comienzo de una guerra silenciosa entre su necesidad de control y mi deseo de libertad. Y mientras miraba el collar de diamantes brillar bajo la luz de la luna, supe que las cadenas de terciopelo seguían siendo cadenas, y que escapar de Jake Rossi sería mucho más difícil que simplemente salir por la puerta principal.

A la mañana siguiente, el sol se filtró por las pesadas cortinas, despertándome con la realidad de mi nueva vida. Me vestí con sencillez, pero con una armadura invisible de determinación. Al bajar al comedor, encontré a Jake desayunando mientras leía unos informes. Un hombre de traje oscuro estaba de pie a su lado, hablando en voz baja sobre cargamentos y rutas.

Al verme entrar, el hombre se calló y Jake levantó la vista.

— Siéntate —ordenó, señalando la silla frente a él.

— Buenos días para ti también —respondí con sarcasmo, tomando asiento.

Él arqueó una ceja, claramente no acostumbrado a que nadie le respondiera de esa manera. El escolta pareció incómodo y, tras una señal de Jake, se retiró de la habitación.

— Tienes fuego —comentó Jake, dejando los papeles a un lado—. Eso me gusta. Pero no dejes que se convierta en imprudencia. Hoy vendrá el sastre para tomarte medidas. Necesitas un guardarropa adecuado para los eventos de la próxima semana.

— ¿Eventos? —pregunté, ignorando el café que un sirviente acababa de servirme.

— La presentación oficial de mi esposa ante las otras familias —dijo, y sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa—. Necesito que todos vean que eres mía. Que entiendan que cualquier falta de respeto hacia ti es una declaración de guerra contra mí.

— ¿Incluso si la falta de respeto viene de ti? —lo desafié.

Jake se inclinó sobre la mesa, reduciendo el espacio entre nosotros. Sus ojos se clavaron en los míos, y por un momento, el tiempo pareció detenerse.

— Yo no te falto al respeto —dijo en voz baja—. Yo te reclamo. Hay una diferencia. Tu padre te vendió para salvar su pellejo, pero yo te compré para salvarte de él... y quizás de ti misma.

— No necesito que nadie me salve —repliqué, aunque en el fondo sabía que mi situación antes de este matrimonio era desesperada.

— Todos necesitamos que nos salven de algo —dijo él, levantándose—. Incluso yo.

Se marchó, dejándome sola con mis pensamientos y un desayuno que no tenía ganas de probar. Jake era un enigma envuelto en violencia y poder, un hombre que ocultaba sus cicatrices detrás de una fachada de hierro. Pero en sus ojos, en esos breves momentos de vulnerabilidad, había visto una grieta.

Y fue en ese instante cuando comprendí que mi supervivencia en este matrimonio arreglado no dependería de mi obediencia, sino de mi capacidad para encontrar el camino hacia el corazón de un hombre que juraba no tener uno. La deuda de mi padre me había traído a este castillo de sombras, pero mi voluntad sería la que decidiría si me convertiría en una víctima o en la reina de este imperio de sangre.
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