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Фандом: Genshin impact
Создан: 12.05.2026
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Algoritmos y Feromonas: El Reencuentro en Sumeru Tech
El zumbido constante de los servidores y el aroma a café recién molido eran el pan de cada día en las oficinas centrales de Sumeru Tech. En el piso de desarrollo de software, el ambiente era una mezcla caótica de genialidad y excentricidad. Alhaitham, el director de proyectos, revisaba líneas de código con una expresión de aburrimiento crónico, mientras que Kaveh, el diseñador jefe de interfaces, gesticulaba dramáticamente sobre por qué el color de los iconos era "un insulto a la estética moderna".
Wanderer caminaba por el pasillo con la espalda recta y una expresión de absoluta indiferencia. Vestía un pantalón de vestir azul marino y una camisa de seda blanca, un conjunto que gritaba elegancia discreta. Su madre, Nahida, siempre insistía en que la imagen personal era el reflejo del orden mental, y aunque él fingía que no le importaba, su estilo "old money" lo hacía destacar entre los programadores que vestían camisetas raídas.
Él era un omega, aunque su aroma —una mezcla de sándalo e incienso frío— era tan sutil y controlado que muchos lo confundían con un beta. No le gustaba el contacto físico, no entendía las sutilezas de los coqueteos y prefería la lógica binaria a la ambigüedad emocional de las relaciones humanas.
—¿Otra vez con esa cara, Wanderer? —Tighnari, el jefe de control de calidad, levantó la vista de su monitor—. Collei dice que das miedo cuando caminas tan rápido.
—Simplemente voy a mi puesto —respondió Wanderer sin detenerse—. El tiempo es el único recurso que no podemos recuperar, y ustedes lo pierden discutiendo sobre pantones de azul.
—¡Es cerceta, no azul! —gritó Kaveh desde el otro extremo de la sala.
Wanderer rodó los ojos y llegó a su cubículo, pero algo era diferente hoy. Había una caja de cartón sobre el escritorio vecino, que había estado vacío durante meses. Y lo más perturbador no era la caja, sino el aroma que flotaba en el aire: arena caliente, sol y un toque de especias dulces. Un aroma de alfa, pero no uno agresivo, sino uno que se sentía como una tarde de verano.
—¡Oh, ya llegaste!
Una voz vibrante y llena de energía lo sacó de sus pensamientos. Wanderer se giró lentamente y sintió que el mundo se detenía por una fracción de segundo.
Frente a él estaba Sethos.
Lo recordaba de la universidad. Sethos era el chico que siempre estaba rodeado de gente, el que organizaba las excursiones de fin de semana y el que, por alguna razón, siempre terminaba ayudando a los estudiantes de primer año a cargar sus libros. Tenía el cabello oscuro y largo, recogido de una manera que parecía casual pero ocultaba una madurez que Wanderer no había sabido procesar en aquel entonces.
—Sethos —pronunció Wanderer, su voz apenas un susurro.
—¡El mismísimo! —Sethos amplió su sonrisa, mostrando unos dientes perfectos—. No me digas que no me recuerdas, "Sombrerito". Bueno, ya no usas ese sombrero ridículo de la facultad, pero esos ojos azules son imposibles de olvidar.
Wanderer sintió un calor repentino subir por su cuello. Odiaba los apodos. Odiaba que Sethos fuera tan... ruidoso.
—Mi nombre es Wanderer. Y sí, te recuerdo. Eras el alfa que siempre interrumpía mis sesiones de estudio en la biblioteca para preguntar si quería un sándwich.
—Y siempre me decías que no con una cara de querer asesinarme —rio Sethos, apoyándose en el borde del escritorio de Wanderer con una confianza que rozaba la insolencia—. Pero mira dónde estamos ahora. Me han contratado para el área de ciberseguridad. Parece que vamos a ser compañeros de equipo.
Cyno, el jefe de seguridad, apareció de la nada detrás de Sethos, con su habitual semblante serio.
—Sethos es un activo valioso —dijo Cyno—. Sus instintos son tan agudos como los de un chacal en la noche. Además, sus chistes son casi tan buenos como los míos.
—Por favor, no —suplicó Tighnari desde el fondo.
Sethos soltó una carcajada limpia y sonora que pareció iluminar la oficina. Wanderer, por su parte, se obligó a mirar su pantalla, aunque sus dedos temblaron ligeramente sobre el teclado. La presencia de Sethos era abrumadora, no por su fuerza física, sino por su carisma. Era como si el espacio personal de Wanderer, ese santuario de frialdad y orden, hubiera sido invadido por una tormenta de arena cálida.
—Bueno, basta de presentaciones —dijo Sethos, inclinándose un poco hacia Wanderer—. He oído que hay una cafetería nueva a la vuelta que hace un té helado increíble. ¿Te gustaría ir conmigo en el descanso?
Wanderer lo miró fijamente. Sus ojos azules se encontraron con los de Sethos. El alfa no estaba usando su voz de mando, ni siquiera estaba intentando imponerse; simplemente estaba siendo... amable. Una amabilidad que Wanderer no sabía cómo clasificar en su sistema de valores.
—Tengo mucho trabajo —respondió Wanderer, volviendo a su código.
—Yo también, pero incluso las máquinas necesitan enfriarse —insistió Sethos con un guiño—. Te esperaré a las dos. Si no vienes, asumiré que tienes miedo de que te gane en una charla intelectual.
Sethos se retiró a su propio escritorio, comenzando a desempacar sus cosas mientras tarareaba una melodía alegre. Wanderer apretó los labios. Era exasperante.
Durante las siguientes tres horas, Wanderer intentó concentrarse, pero el aroma de Sethos era una distracción constante. No era molesto, ese era el problema. Era reconfortante. En el mundo de los segundos géneros, los omegas solían buscar alfas que proyectaran protección, pero Wanderer siempre había pensado que no necesitaba a nadie. Sin embargo, había algo en la relajada confianza de Sethos que despertaba una curiosidad que él creía haber enterrado.
A las dos en punto, Wanderer se levantó. No porque quisiera ir, se dijo a sí mismo, sino porque el aire en la oficina se sentía demasiado cargado.
Sethos ya lo estaba esperando junto a la puerta, charlando animadamente con Collei. Cuando vio a Wanderer, su rostro se iluminó de una manera que hizo que el corazón del omega diera un vuelco traicionero.
—¡Sabía que vendrías! —exclamó Sethos mientras caminaban hacia el ascensor.
—Solo necesito cafeína —mintió Wanderer.
—Claro, claro. Y yo solo necesito un pretexto para hablar con el chico más inteligente de la empresa.
Caminaron por las calles de la ciudad de Sumeru, donde la tecnología y la naturaleza se entrelazaban. Sethos no dejó de hablar, pero no era un monólogo aburrido. Contaba historias de sus viajes durante el año sabático que se tomó tras la graduación, de cómo ayudó a una aldea en el desierto a instalar paneles solares y de cómo casi pierde un dedo por culpa de un escorpión.
—Eres un imprudente —comentó Wanderer mientras entraban a la cafetería.
—Soy un aventurero —corrigió Sethos—. La vida es demasiado corta para quedarse encerrado en una oficina, aunque el sueldo de Sumeru Tech sea excelente.
Pidieron sus bebidas y se sentaron en una mesa apartada. El estilo de Sethos era relajado: una camisa de lino entreabierta y varias pulseras de cuero en la muñeca. Wanderer, frente a él, parecía una porcelana fina en un entorno rústico.
—Dime, Wanderer —dijo Sethos, bajando un poco el tono de voz, volviéndose más introspectivo—, ¿alguna vez te cansas de ser tan perfecto?
Wanderer se detuvo con el sorbete en los labios.
—No soy perfecto. Soy eficiente.
—Eres más que eso. En la universidad, te observaba. Siempre solo, siempre estudiando. Parecías alguien que llevaba el peso del mundo en los hombros. Ahora que te veo aquí, trabajando con Alhaitham y los demás, parece que sigues manteniendo a todo el mundo a un brazo de distancia.
Wanderer dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—No entiendo a qué quieres llegar. No todos necesitamos ser el alma de la fiesta, Sethos. Algunos preferimos la honestidad del silencio.
—La honestidad es importante —asintió Sethos, sin perder su sonrisa amable—. Por eso voy a ser honesto contigo. Me gustabas en la universidad. Y ahora que te he vuelto a encontrar, me gustas todavía más.
El silencio que siguió fue casi ensordecedor. Wanderer sintió que sus circuitos internos entraban en cortocircuito. En su mundo de lógica y datos, no había una respuesta preprogramada para una declaración tan directa.
—Tú... eres un idiota —logró decir Wanderer, aunque su voz carecía de su mordacidad habitual—. Apenas nos conocemos.
—Nos conocemos lo suficiente para saber que nuestras feromonas no se repelen —dijo Sethos, inclinándose sobre la mesa. Su aroma a arena y sol se intensificó ligeramente, envolviendo a Wanderer en una calidez casi embriagadora—. Y lo suficiente para saber que, bajo esa capa de hielo, hay alguien que tiene mucho que decir.
Wanderer desvió la mirada, sintiendo que sus mejillas ardían.
—No sé cómo funcionan estas cosas —confesó en voz baja, su honestidad aflorando ante la presión de la sinceridad de Sethos—. Las relaciones... las personas... siempre parecen esperar algo de mí que no sé si puedo dar.
Sethos extendió una mano sobre la mesa, con la palma hacia arriba, invitando pero no forzando.
—No espero que seas nada más que tú mismo, Wanderer. No busco un omega que me sirva, ni un compañero que me dé la razón en todo. Busco a alguien que me desafíe. Y tú... tú eres el mayor desafío que he conocido.
Wanderer miró la mano de Sethos. Era una mano grande, con callos de trabajo físico, muy diferente a sus propias manos delicadas de programador. Con una lentitud que rozaba la tortura, extendió sus dedos y rozó la piel de Sethos.
Fue como una descarga eléctrica. Un vínculo sutil, una chispa de compatibilidad que ninguno de los dos podía negar.
—No prometo nada —dijo Wanderer, recuperando un poco de su altivez, aunque no retiró la mano.
—Con que no me lances un café a la cara es suficiente para empezar —rio Sethos.
Regresaron a la oficina caminando un poco más cerca el uno del otro. Al entrar, notaron que el ambiente estaba más agitado de lo normal. Kaveh y Alhaitham estaban en medio de otra discusión sobre el diseño de un servidor, y Tighnari intentaba mediar mientras Cyno contaba un chiste sobre cables que nadie entendía.
—Parece que el circo sigue igual —comentó Sethos.
—Es un caos —asintió Wanderer, pero por primera vez, el caos no le pareció tan insoportable.
Se sentaron en sus respectivos puestos. Wanderer abrió su editor de código, pero antes de empezar a escribir, sintió una nota adhesiva aterrizar en su escritorio. Era de color amarillo brillante.
"Cena hoy a las ocho. No acepto un 'tengo que actualizar el kernel' como excusa. - Sethos."
Wanderer miró la nota y luego miró a Sethos de reojo. El alfa ya estaba concentrado en su pantalla, pero tenía una pequeña sonrisa triunfal en los labios.
Wanderer guardó la nota en el bolsillo de su pantalón de diseño. Suspiró, una exhalación larga que liberó parte de la tensión que siempre llevaba consigo. Tal vez, después de todo, la lógica no era la única forma de entender el mundo. Tal vez, entre algoritmos y líneas de comando, había espacio para algo tan impredecible como Sethos.
—¿Wanderer? —llamó Alhaitham desde su oficina—. Necesito que revises el cifrado de la base de datos.
—En un momento —respondió Wanderer.
—¿Estás bien? —preguntó Alhaitham, entornando los ojos—. Tu ritmo cardíaco parece un poco elevado según tu monitor de salud en red.
—Es el café —dijo Wanderer rápidamente—. El café de esa nueva tienda es demasiado fuerte.
Sethos soltó una risita ahogada desde el cubículo de al lado. Wanderer le lanzó una mirada asesina que solo logró que el alfa le lanzara un beso al aire.
Sí, definitivamente iba a ser un cambio interesante en su rutina. Y por primera vez en mucho tiempo, Wanderer no sentía la necesidad de calcular el resultado final. Por una vez, estaba dispuesto a dejar que el programa se ejecutara por sí solo, sin conocer el código de salida.
Porque si el destino lo había llevado de vuelta a Sethos, quizás era hora de admitir que algunas variables estaban destinadas a encajar, sin importar cuán diferentes parecieran en la superficie.
Wanderer volvió a su trabajo, pero con una pequeña y casi imperceptible sonrisa dibujada en su rostro, una que solo Sethos, con sus agudos instintos de alfa, fue capaz de notar.
Wanderer caminaba por el pasillo con la espalda recta y una expresión de absoluta indiferencia. Vestía un pantalón de vestir azul marino y una camisa de seda blanca, un conjunto que gritaba elegancia discreta. Su madre, Nahida, siempre insistía en que la imagen personal era el reflejo del orden mental, y aunque él fingía que no le importaba, su estilo "old money" lo hacía destacar entre los programadores que vestían camisetas raídas.
Él era un omega, aunque su aroma —una mezcla de sándalo e incienso frío— era tan sutil y controlado que muchos lo confundían con un beta. No le gustaba el contacto físico, no entendía las sutilezas de los coqueteos y prefería la lógica binaria a la ambigüedad emocional de las relaciones humanas.
—¿Otra vez con esa cara, Wanderer? —Tighnari, el jefe de control de calidad, levantó la vista de su monitor—. Collei dice que das miedo cuando caminas tan rápido.
—Simplemente voy a mi puesto —respondió Wanderer sin detenerse—. El tiempo es el único recurso que no podemos recuperar, y ustedes lo pierden discutiendo sobre pantones de azul.
—¡Es cerceta, no azul! —gritó Kaveh desde el otro extremo de la sala.
Wanderer rodó los ojos y llegó a su cubículo, pero algo era diferente hoy. Había una caja de cartón sobre el escritorio vecino, que había estado vacío durante meses. Y lo más perturbador no era la caja, sino el aroma que flotaba en el aire: arena caliente, sol y un toque de especias dulces. Un aroma de alfa, pero no uno agresivo, sino uno que se sentía como una tarde de verano.
—¡Oh, ya llegaste!
Una voz vibrante y llena de energía lo sacó de sus pensamientos. Wanderer se giró lentamente y sintió que el mundo se detenía por una fracción de segundo.
Frente a él estaba Sethos.
Lo recordaba de la universidad. Sethos era el chico que siempre estaba rodeado de gente, el que organizaba las excursiones de fin de semana y el que, por alguna razón, siempre terminaba ayudando a los estudiantes de primer año a cargar sus libros. Tenía el cabello oscuro y largo, recogido de una manera que parecía casual pero ocultaba una madurez que Wanderer no había sabido procesar en aquel entonces.
—Sethos —pronunció Wanderer, su voz apenas un susurro.
—¡El mismísimo! —Sethos amplió su sonrisa, mostrando unos dientes perfectos—. No me digas que no me recuerdas, "Sombrerito". Bueno, ya no usas ese sombrero ridículo de la facultad, pero esos ojos azules son imposibles de olvidar.
Wanderer sintió un calor repentino subir por su cuello. Odiaba los apodos. Odiaba que Sethos fuera tan... ruidoso.
—Mi nombre es Wanderer. Y sí, te recuerdo. Eras el alfa que siempre interrumpía mis sesiones de estudio en la biblioteca para preguntar si quería un sándwich.
—Y siempre me decías que no con una cara de querer asesinarme —rio Sethos, apoyándose en el borde del escritorio de Wanderer con una confianza que rozaba la insolencia—. Pero mira dónde estamos ahora. Me han contratado para el área de ciberseguridad. Parece que vamos a ser compañeros de equipo.
Cyno, el jefe de seguridad, apareció de la nada detrás de Sethos, con su habitual semblante serio.
—Sethos es un activo valioso —dijo Cyno—. Sus instintos son tan agudos como los de un chacal en la noche. Además, sus chistes son casi tan buenos como los míos.
—Por favor, no —suplicó Tighnari desde el fondo.
Sethos soltó una carcajada limpia y sonora que pareció iluminar la oficina. Wanderer, por su parte, se obligó a mirar su pantalla, aunque sus dedos temblaron ligeramente sobre el teclado. La presencia de Sethos era abrumadora, no por su fuerza física, sino por su carisma. Era como si el espacio personal de Wanderer, ese santuario de frialdad y orden, hubiera sido invadido por una tormenta de arena cálida.
—Bueno, basta de presentaciones —dijo Sethos, inclinándose un poco hacia Wanderer—. He oído que hay una cafetería nueva a la vuelta que hace un té helado increíble. ¿Te gustaría ir conmigo en el descanso?
Wanderer lo miró fijamente. Sus ojos azules se encontraron con los de Sethos. El alfa no estaba usando su voz de mando, ni siquiera estaba intentando imponerse; simplemente estaba siendo... amable. Una amabilidad que Wanderer no sabía cómo clasificar en su sistema de valores.
—Tengo mucho trabajo —respondió Wanderer, volviendo a su código.
—Yo también, pero incluso las máquinas necesitan enfriarse —insistió Sethos con un guiño—. Te esperaré a las dos. Si no vienes, asumiré que tienes miedo de que te gane en una charla intelectual.
Sethos se retiró a su propio escritorio, comenzando a desempacar sus cosas mientras tarareaba una melodía alegre. Wanderer apretó los labios. Era exasperante.
Durante las siguientes tres horas, Wanderer intentó concentrarse, pero el aroma de Sethos era una distracción constante. No era molesto, ese era el problema. Era reconfortante. En el mundo de los segundos géneros, los omegas solían buscar alfas que proyectaran protección, pero Wanderer siempre había pensado que no necesitaba a nadie. Sin embargo, había algo en la relajada confianza de Sethos que despertaba una curiosidad que él creía haber enterrado.
A las dos en punto, Wanderer se levantó. No porque quisiera ir, se dijo a sí mismo, sino porque el aire en la oficina se sentía demasiado cargado.
Sethos ya lo estaba esperando junto a la puerta, charlando animadamente con Collei. Cuando vio a Wanderer, su rostro se iluminó de una manera que hizo que el corazón del omega diera un vuelco traicionero.
—¡Sabía que vendrías! —exclamó Sethos mientras caminaban hacia el ascensor.
—Solo necesito cafeína —mintió Wanderer.
—Claro, claro. Y yo solo necesito un pretexto para hablar con el chico más inteligente de la empresa.
Caminaron por las calles de la ciudad de Sumeru, donde la tecnología y la naturaleza se entrelazaban. Sethos no dejó de hablar, pero no era un monólogo aburrido. Contaba historias de sus viajes durante el año sabático que se tomó tras la graduación, de cómo ayudó a una aldea en el desierto a instalar paneles solares y de cómo casi pierde un dedo por culpa de un escorpión.
—Eres un imprudente —comentó Wanderer mientras entraban a la cafetería.
—Soy un aventurero —corrigió Sethos—. La vida es demasiado corta para quedarse encerrado en una oficina, aunque el sueldo de Sumeru Tech sea excelente.
Pidieron sus bebidas y se sentaron en una mesa apartada. El estilo de Sethos era relajado: una camisa de lino entreabierta y varias pulseras de cuero en la muñeca. Wanderer, frente a él, parecía una porcelana fina en un entorno rústico.
—Dime, Wanderer —dijo Sethos, bajando un poco el tono de voz, volviéndose más introspectivo—, ¿alguna vez te cansas de ser tan perfecto?
Wanderer se detuvo con el sorbete en los labios.
—No soy perfecto. Soy eficiente.
—Eres más que eso. En la universidad, te observaba. Siempre solo, siempre estudiando. Parecías alguien que llevaba el peso del mundo en los hombros. Ahora que te veo aquí, trabajando con Alhaitham y los demás, parece que sigues manteniendo a todo el mundo a un brazo de distancia.
Wanderer dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—No entiendo a qué quieres llegar. No todos necesitamos ser el alma de la fiesta, Sethos. Algunos preferimos la honestidad del silencio.
—La honestidad es importante —asintió Sethos, sin perder su sonrisa amable—. Por eso voy a ser honesto contigo. Me gustabas en la universidad. Y ahora que te he vuelto a encontrar, me gustas todavía más.
El silencio que siguió fue casi ensordecedor. Wanderer sintió que sus circuitos internos entraban en cortocircuito. En su mundo de lógica y datos, no había una respuesta preprogramada para una declaración tan directa.
—Tú... eres un idiota —logró decir Wanderer, aunque su voz carecía de su mordacidad habitual—. Apenas nos conocemos.
—Nos conocemos lo suficiente para saber que nuestras feromonas no se repelen —dijo Sethos, inclinándose sobre la mesa. Su aroma a arena y sol se intensificó ligeramente, envolviendo a Wanderer en una calidez casi embriagadora—. Y lo suficiente para saber que, bajo esa capa de hielo, hay alguien que tiene mucho que decir.
Wanderer desvió la mirada, sintiendo que sus mejillas ardían.
—No sé cómo funcionan estas cosas —confesó en voz baja, su honestidad aflorando ante la presión de la sinceridad de Sethos—. Las relaciones... las personas... siempre parecen esperar algo de mí que no sé si puedo dar.
Sethos extendió una mano sobre la mesa, con la palma hacia arriba, invitando pero no forzando.
—No espero que seas nada más que tú mismo, Wanderer. No busco un omega que me sirva, ni un compañero que me dé la razón en todo. Busco a alguien que me desafíe. Y tú... tú eres el mayor desafío que he conocido.
Wanderer miró la mano de Sethos. Era una mano grande, con callos de trabajo físico, muy diferente a sus propias manos delicadas de programador. Con una lentitud que rozaba la tortura, extendió sus dedos y rozó la piel de Sethos.
Fue como una descarga eléctrica. Un vínculo sutil, una chispa de compatibilidad que ninguno de los dos podía negar.
—No prometo nada —dijo Wanderer, recuperando un poco de su altivez, aunque no retiró la mano.
—Con que no me lances un café a la cara es suficiente para empezar —rio Sethos.
Regresaron a la oficina caminando un poco más cerca el uno del otro. Al entrar, notaron que el ambiente estaba más agitado de lo normal. Kaveh y Alhaitham estaban en medio de otra discusión sobre el diseño de un servidor, y Tighnari intentaba mediar mientras Cyno contaba un chiste sobre cables que nadie entendía.
—Parece que el circo sigue igual —comentó Sethos.
—Es un caos —asintió Wanderer, pero por primera vez, el caos no le pareció tan insoportable.
Se sentaron en sus respectivos puestos. Wanderer abrió su editor de código, pero antes de empezar a escribir, sintió una nota adhesiva aterrizar en su escritorio. Era de color amarillo brillante.
"Cena hoy a las ocho. No acepto un 'tengo que actualizar el kernel' como excusa. - Sethos."
Wanderer miró la nota y luego miró a Sethos de reojo. El alfa ya estaba concentrado en su pantalla, pero tenía una pequeña sonrisa triunfal en los labios.
Wanderer guardó la nota en el bolsillo de su pantalón de diseño. Suspiró, una exhalación larga que liberó parte de la tensión que siempre llevaba consigo. Tal vez, después de todo, la lógica no era la única forma de entender el mundo. Tal vez, entre algoritmos y líneas de comando, había espacio para algo tan impredecible como Sethos.
—¿Wanderer? —llamó Alhaitham desde su oficina—. Necesito que revises el cifrado de la base de datos.
—En un momento —respondió Wanderer.
—¿Estás bien? —preguntó Alhaitham, entornando los ojos—. Tu ritmo cardíaco parece un poco elevado según tu monitor de salud en red.
—Es el café —dijo Wanderer rápidamente—. El café de esa nueva tienda es demasiado fuerte.
Sethos soltó una risita ahogada desde el cubículo de al lado. Wanderer le lanzó una mirada asesina que solo logró que el alfa le lanzara un beso al aire.
Sí, definitivamente iba a ser un cambio interesante en su rutina. Y por primera vez en mucho tiempo, Wanderer no sentía la necesidad de calcular el resultado final. Por una vez, estaba dispuesto a dejar que el programa se ejecutara por sí solo, sin conocer el código de salida.
Porque si el destino lo había llevado de vuelta a Sethos, quizás era hora de admitir que algunas variables estaban destinadas a encajar, sin importar cuán diferentes parecieran en la superficie.
Wanderer volvió a su trabajo, pero con una pequeña y casi imperceptible sonrisa dibujada en su rostro, una que solo Sethos, con sus agudos instintos de alfa, fue capaz de notar.
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