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Фандом: Genshin impact
Создан: 12.05.2026
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РомантикаAUДрамаАнгстHurt/ComfortЗанавесочная историяCharacter studyРевностьПовседневностьФлаффНецензурная лексикаЮморСеттинг оригинального произведения
Café, Especias y Otras Tentaciones
El aroma a granos tostados y canela flotaba en el aire de la cafetería "Santuario de Surasthana", un rincón acogedor en el corazón de la bulliciosa ciudad de Sumeru. Wanderer, como prefería que lo llamaran ahora que intentaba dejar atrás las sombras de su pasado, limpiaba el mostrador con una eficiencia casi quirúrgica. Su cabello azul oscuro estaba ligeramente desordenado, y el delineador rojo bajo sus ojos le daba una mirada afilada que solía intimidar a los clientes más tímidos.
—Ya te he dicho que no necesito ayuda, Nahida —murmuró sin levantar la vista, su voz cargada de un cinismo habitual—. Puedo manejar el turno de la tarde yo solo. Los clientes no son tan difíciles de espantar.
Nahida, la dueña del local y la mujer que lo había acogido cuando no tenía a dónde ir, le dedicó una sonrisa paciente mientras revisaba unas facturas. Su presencia siempre emanaba una calma que a Wanderer le resultaba irritante y reconfortante a partes iguales.
—No se trata de espantarlos, querido, sino de atenderlos —respondió ella con dulzura—. Además, los estudios en la Academia te están quitando mucho tiempo. He contratado a alguien nuevo. Es un chico muy energético, creo que se llevarán muy bien.
Wanderer soltó un bufido despectivo.
—No necesito amigos, y mucho menos un "chico energético" que probablemente rompa las tazas o confunda el azúcar con la sal.
—Dale una oportunidad —insistió Nahida, mirando hacia la puerta de cristal—. De hecho, creo que es él.
La campana de la entrada tintineó, anunciando la llegada de alguien que parecía traer consigo un vendaval de aire fresco. Wanderer levantó la vista, preparado para lanzar su mejor mirada de desprecio, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta.
El joven que cruzaba el umbral tenía una presencia que llenaba el lugar. Vestía con un estilo impecablemente despreocupado: unos pantalones oscuros que se ajustaban a sus piernas atléticas y una camiseta básica de color crema que marcaba sus hombros y su pecho de manera sutil pero evidente. Su cabello oscuro y largo estaba recogido en una coleta alta, dejando ver un rostro juvenil de rasgos maduros y una sonrisa que parecía capaz de iluminar toda la calle.
—¡Hola! —exclamó el recién llegado, acercándose al mostrador con una confianza que a Wanderer le pareció ofensiva—. Soy Sethos. Vengo por el puesto de trabajo. ¿Tú debes ser el famoso Wanderer, verdad? Nahida me habló de ti.
Wanderer lo recorrió con la mirada, desde las zapatillas limpias hasta los ojos brillantes de Sethos. Era, sin duda, el tipo de persona que odiaba: sociable, carismático y ridículamente atractivo.
—Llegas tarde —mintió Wanderer, aunque faltaban cinco minutos para su hora—. Y no me llames "famoso". Solo soy el que tendrá que limpiar tus desastres.
Sethos no pareció inmutarse. Al contrario, soltó una risa ligera y se apoyó en el mostrador, invadiendo sutilmente el espacio personal del otro.
—Vaya, qué bienvenida más cálida. Me gusta —dijo Sethos, guiñándole un ojo—. Prometo no romper nada, a menos que sea el hielo entre nosotros.
Wanderer sintió que el calor le subía a las mejillas. Odiaba que su cuerpo reaccionara así. Se veía tan... lindo cuando se enojaba, con ese ceño fruncido y los labios apretados, y saber eso solo lo enfurecía más.
—Ponte el delantal y empieza a trabajar —espetó Wanderer, dándole la espalda para ocultar su rostro—. El café no se va a servir solo.
Durante las siguientes horas, Wanderer intentó ignorar la presencia de Sethos, pero resultó ser una tarea imposible. Sethos era un imán de personas. Saludaba a los clientes habituales como si los conociera de toda la vida, recordaba sus nombres a la primera y se movía por la barra con una agilidad felina. Pero lo que más molestaba a Wanderer —o lo que más lo atraía, aunque se negara a admitirlo— era cómo Sethos lo observaba cuando creía que no se daba cuenta.
No era una mirada de juicio, sino de curiosidad pura y algo más... algo más profundo.
—Oye —susurró Sethos, acercándose a él mientras ambos rellenaban los recipientes de granos de café—. Tienes un poco de harina en la mejilla.
Antes de que Wanderer pudiera reaccionar, Sethos estiró la mano y pasó su pulgar por el pómulo del chico más bajo. El contacto fue breve, apenas un roce, pero Wanderer sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna.
—Puedo limpiarme solo —gruñó Wanderer, apartando la cara bruscamente—. No me toques.
—Lo siento, fue un impulso —respondió Sethos, sin sonar arrepentido en absoluto. Su mirada bajó por un segundo a los labios de Wanderer y luego volvió a sus ojos—. Es que... eres muy difícil de ignorar, ¿sabes?
Wanderer apretó los puños. Su mente, usualmente lógica y cínica, empezó a traicionarlo. No creía en el amor, ni en los lazos sentimentales profundos; para él, las relaciones eran transacciones o distracciones. Pero al ver la figura de Sethos, la forma en que su ropa se ajustaba a su cuerpo y la seguridad con la que se movía, un pensamiento puramente carnal se instaló en su cerebro.
"Solo quiero ver si esa confianza sigue ahí cuando esté debajo de mí", pensó Wanderer, sintiendo un nudo en el estómago. "Solo es atracción física. Nada más. Un desahogo."
—Si tantas ganas tienes de prestarme atención —dijo Wanderer, bajando la voz y acercándose un poco más a Sethos, desafiándolo con la mirada—, podrías ayudarme a cerrar la tienda esta noche. Nahida se irá temprano.
Sethos arqueó una ceja, una sonrisa lenta y sugerente extendiéndose por su rostro.
—¿Te refieres a limpiar las mesas o a algo más privado? —preguntó Sethos en un tono que hizo que a Wanderer se le erizara la piel.
—Eso depende de lo bien que te portes —respondió Wanderer, recuperando su máscara de indiferencia, aunque su corazón latía con fuerza.
Sethos asintió, aceptando el reto. Lo que Wanderer no sabía era que Sethos lo había estado observando desde mucho antes de entrar a trabajar allí. Lo había visto caminar por el centro de la ciudad, siempre solo, siempre con esa expresión de "el mundo no me merece". Y desde el primer momento, Sethos supo que no quería simplemente una aventura de una noche. Quería descifrar cada capa de ese chico huraño.
Las horas pasaron y finalmente Nahida se despidió, dejando a los dos jóvenes solos en la cafetería. El silencio se volvió denso, cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Wanderer estaba terminando de fregar el suelo cuando sintió la presencia de Sethos detrás de él.
—Ya terminamos —dijo Sethos, su voz ahora más grave, más íntima.
Wanderer dejó la mopa a un lado y se giró. Sethos se había quitado el delantal y se había desabrochado los dos primeros botones de su camisa, dándole un aspecto aún más relajado y peligrosamente atractivo.
—Lo sé —respondió Wanderer, cruzándose de brazos—. ¿Y bien? ¿Vas a seguir mirándome o vas a hacer algo?
Sethos acortó la distancia entre ellos en dos pasos largos. Era más alto que Wanderer, lo que lo obligaba a mirar hacia arriba, algo que normalmente detestaba, pero que en ese momento le resultaba extrañamente excitante.
—Eres muy directo —comentó Sethos, colocando sus manos en el mostrador, a ambos lados del cuerpo de Wanderer, atrapándolo—. Me gusta eso. Pero tengo la sensación de que estás intentando usarme para algo.
Wanderer soltó una risa seca, aunque su respiración empezaba a acelerarse.
—Solo busco pasar el rato, Sethos. No te hagas ilusiones. Eres guapo, tienes buen cuerpo y pareces saber lo que haces. Eso es todo lo que necesito.
Sethos sonrió, pero esta vez fue una sonrisa algo triste, aunque cargada de determinación. Se acercó al oído de Wanderer, rozando su piel con los labios.
—Si eso es lo que quieres, acepto el trato —susurró—. Pero te advierto una cosa: soy muy bueno convenciendo a la gente de que cambie de opinión.
Wanderer sintió un escalofrío. Antes de que pudiera responder con algún comentario mordaz, Sethos lo tomó por la barbilla y lo obligó a mirarlo.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Sethos, su mirada buscando algo de honestidad en los ojos azules de Wanderer.
—Cállate y bésame de una vez —respondió Wanderer, perdiendo la paciencia.
Sethos no se lo hizo repetir. Sus labios se encontraron en un beso que empezó como una lucha de poder y rápidamente se transformó en algo mucho más ardiente. Wanderer enredó sus dedos en el cabello oscuro de Sethos, tirando ligeramente de él, mientras Sethos lo subía al mostrador con una facilidad pasmosa.
El contacto de la piel, el sabor del café que aún persistía en sus alientos y la urgencia del momento borraron cualquier pensamiento racional. Wanderer se decía a sí mismo que esto era solo deseo, que mañana Sethos sería solo un empleado más al que ignorar. Pero mientras sentía las manos de Sethos acariciando su cintura con una ternura inesperada, una parte de él, la que Nahida siempre intentaba proteger, se preguntó si realmente podría mantener esa barrera.
Sethos, por su parte, se entregaba al beso con toda la pasión que su corazón aventurero poseía. Sabía que Wanderer era un territorio difícil de conquistar, lleno de trampas y muros de hielo. Pero Sethos era un rastreador por naturaleza, y no se detendría hasta que Wanderer no solo quisiera su cuerpo, sino también su compañía.
Se separaron apenas unos milímetros, ambos jadeando.
—Esto no significa nada —insistió Wanderer, aunque su voz temblaba y sus ojos estaban nublados por el placer.
—Claro que no —mintió Sethos con una sonrisa encantadora, mientras volvía a atacar el cuello de Wanderer—. Significa exactamente lo que tú quieras que signifique... por ahora.
Wanderer cerró los ojos, dejándose llevar por las sensaciones. Por primera vez en mucho tiempo, no pensó en su pasado, en su amargura o en su soledad. Solo estaba el calor de Sethos y la extraña promesa que flotaba en el aire de la cafetería.
Afuera, la ciudad de Sumeru seguía su curso, ajena al inicio de este juego de seducción y sentimientos ocultos entre el café y las sombras de la noche. Wanderer creía tener el control, pero Sethos ya había empezado a trazar el mapa para llegar a su corazón, y no tenía ninguna intención de perderse en el camino.
—Mañana será un día largo —susurró Sethos contra su piel.
—Cállate... —respondió Wanderer, aunque esta vez, no había rastro de veneno en sus palabras.
En la penumbra del "Santuario de Surasthana", el aroma a café fue reemplazado por algo mucho más embriagador, marcando el comienzo de una historia que ninguno de los dos olvidaría fácilmente. Porque aunque Wanderer se jurara que solo era sexo, el brillo en los ojos de Sethos decía que estaba dispuesto a esperar todo el tiempo del mundo para demostrarle lo contrario.
—Ya te he dicho que no necesito ayuda, Nahida —murmuró sin levantar la vista, su voz cargada de un cinismo habitual—. Puedo manejar el turno de la tarde yo solo. Los clientes no son tan difíciles de espantar.
Nahida, la dueña del local y la mujer que lo había acogido cuando no tenía a dónde ir, le dedicó una sonrisa paciente mientras revisaba unas facturas. Su presencia siempre emanaba una calma que a Wanderer le resultaba irritante y reconfortante a partes iguales.
—No se trata de espantarlos, querido, sino de atenderlos —respondió ella con dulzura—. Además, los estudios en la Academia te están quitando mucho tiempo. He contratado a alguien nuevo. Es un chico muy energético, creo que se llevarán muy bien.
Wanderer soltó un bufido despectivo.
—No necesito amigos, y mucho menos un "chico energético" que probablemente rompa las tazas o confunda el azúcar con la sal.
—Dale una oportunidad —insistió Nahida, mirando hacia la puerta de cristal—. De hecho, creo que es él.
La campana de la entrada tintineó, anunciando la llegada de alguien que parecía traer consigo un vendaval de aire fresco. Wanderer levantó la vista, preparado para lanzar su mejor mirada de desprecio, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta.
El joven que cruzaba el umbral tenía una presencia que llenaba el lugar. Vestía con un estilo impecablemente despreocupado: unos pantalones oscuros que se ajustaban a sus piernas atléticas y una camiseta básica de color crema que marcaba sus hombros y su pecho de manera sutil pero evidente. Su cabello oscuro y largo estaba recogido en una coleta alta, dejando ver un rostro juvenil de rasgos maduros y una sonrisa que parecía capaz de iluminar toda la calle.
—¡Hola! —exclamó el recién llegado, acercándose al mostrador con una confianza que a Wanderer le pareció ofensiva—. Soy Sethos. Vengo por el puesto de trabajo. ¿Tú debes ser el famoso Wanderer, verdad? Nahida me habló de ti.
Wanderer lo recorrió con la mirada, desde las zapatillas limpias hasta los ojos brillantes de Sethos. Era, sin duda, el tipo de persona que odiaba: sociable, carismático y ridículamente atractivo.
—Llegas tarde —mintió Wanderer, aunque faltaban cinco minutos para su hora—. Y no me llames "famoso". Solo soy el que tendrá que limpiar tus desastres.
Sethos no pareció inmutarse. Al contrario, soltó una risa ligera y se apoyó en el mostrador, invadiendo sutilmente el espacio personal del otro.
—Vaya, qué bienvenida más cálida. Me gusta —dijo Sethos, guiñándole un ojo—. Prometo no romper nada, a menos que sea el hielo entre nosotros.
Wanderer sintió que el calor le subía a las mejillas. Odiaba que su cuerpo reaccionara así. Se veía tan... lindo cuando se enojaba, con ese ceño fruncido y los labios apretados, y saber eso solo lo enfurecía más.
—Ponte el delantal y empieza a trabajar —espetó Wanderer, dándole la espalda para ocultar su rostro—. El café no se va a servir solo.
Durante las siguientes horas, Wanderer intentó ignorar la presencia de Sethos, pero resultó ser una tarea imposible. Sethos era un imán de personas. Saludaba a los clientes habituales como si los conociera de toda la vida, recordaba sus nombres a la primera y se movía por la barra con una agilidad felina. Pero lo que más molestaba a Wanderer —o lo que más lo atraía, aunque se negara a admitirlo— era cómo Sethos lo observaba cuando creía que no se daba cuenta.
No era una mirada de juicio, sino de curiosidad pura y algo más... algo más profundo.
—Oye —susurró Sethos, acercándose a él mientras ambos rellenaban los recipientes de granos de café—. Tienes un poco de harina en la mejilla.
Antes de que Wanderer pudiera reaccionar, Sethos estiró la mano y pasó su pulgar por el pómulo del chico más bajo. El contacto fue breve, apenas un roce, pero Wanderer sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna.
—Puedo limpiarme solo —gruñó Wanderer, apartando la cara bruscamente—. No me toques.
—Lo siento, fue un impulso —respondió Sethos, sin sonar arrepentido en absoluto. Su mirada bajó por un segundo a los labios de Wanderer y luego volvió a sus ojos—. Es que... eres muy difícil de ignorar, ¿sabes?
Wanderer apretó los puños. Su mente, usualmente lógica y cínica, empezó a traicionarlo. No creía en el amor, ni en los lazos sentimentales profundos; para él, las relaciones eran transacciones o distracciones. Pero al ver la figura de Sethos, la forma en que su ropa se ajustaba a su cuerpo y la seguridad con la que se movía, un pensamiento puramente carnal se instaló en su cerebro.
"Solo quiero ver si esa confianza sigue ahí cuando esté debajo de mí", pensó Wanderer, sintiendo un nudo en el estómago. "Solo es atracción física. Nada más. Un desahogo."
—Si tantas ganas tienes de prestarme atención —dijo Wanderer, bajando la voz y acercándose un poco más a Sethos, desafiándolo con la mirada—, podrías ayudarme a cerrar la tienda esta noche. Nahida se irá temprano.
Sethos arqueó una ceja, una sonrisa lenta y sugerente extendiéndose por su rostro.
—¿Te refieres a limpiar las mesas o a algo más privado? —preguntó Sethos en un tono que hizo que a Wanderer se le erizara la piel.
—Eso depende de lo bien que te portes —respondió Wanderer, recuperando su máscara de indiferencia, aunque su corazón latía con fuerza.
Sethos asintió, aceptando el reto. Lo que Wanderer no sabía era que Sethos lo había estado observando desde mucho antes de entrar a trabajar allí. Lo había visto caminar por el centro de la ciudad, siempre solo, siempre con esa expresión de "el mundo no me merece". Y desde el primer momento, Sethos supo que no quería simplemente una aventura de una noche. Quería descifrar cada capa de ese chico huraño.
Las horas pasaron y finalmente Nahida se despidió, dejando a los dos jóvenes solos en la cafetería. El silencio se volvió denso, cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Wanderer estaba terminando de fregar el suelo cuando sintió la presencia de Sethos detrás de él.
—Ya terminamos —dijo Sethos, su voz ahora más grave, más íntima.
Wanderer dejó la mopa a un lado y se giró. Sethos se había quitado el delantal y se había desabrochado los dos primeros botones de su camisa, dándole un aspecto aún más relajado y peligrosamente atractivo.
—Lo sé —respondió Wanderer, cruzándose de brazos—. ¿Y bien? ¿Vas a seguir mirándome o vas a hacer algo?
Sethos acortó la distancia entre ellos en dos pasos largos. Era más alto que Wanderer, lo que lo obligaba a mirar hacia arriba, algo que normalmente detestaba, pero que en ese momento le resultaba extrañamente excitante.
—Eres muy directo —comentó Sethos, colocando sus manos en el mostrador, a ambos lados del cuerpo de Wanderer, atrapándolo—. Me gusta eso. Pero tengo la sensación de que estás intentando usarme para algo.
Wanderer soltó una risa seca, aunque su respiración empezaba a acelerarse.
—Solo busco pasar el rato, Sethos. No te hagas ilusiones. Eres guapo, tienes buen cuerpo y pareces saber lo que haces. Eso es todo lo que necesito.
Sethos sonrió, pero esta vez fue una sonrisa algo triste, aunque cargada de determinación. Se acercó al oído de Wanderer, rozando su piel con los labios.
—Si eso es lo que quieres, acepto el trato —susurró—. Pero te advierto una cosa: soy muy bueno convenciendo a la gente de que cambie de opinión.
Wanderer sintió un escalofrío. Antes de que pudiera responder con algún comentario mordaz, Sethos lo tomó por la barbilla y lo obligó a mirarlo.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Sethos, su mirada buscando algo de honestidad en los ojos azules de Wanderer.
—Cállate y bésame de una vez —respondió Wanderer, perdiendo la paciencia.
Sethos no se lo hizo repetir. Sus labios se encontraron en un beso que empezó como una lucha de poder y rápidamente se transformó en algo mucho más ardiente. Wanderer enredó sus dedos en el cabello oscuro de Sethos, tirando ligeramente de él, mientras Sethos lo subía al mostrador con una facilidad pasmosa.
El contacto de la piel, el sabor del café que aún persistía en sus alientos y la urgencia del momento borraron cualquier pensamiento racional. Wanderer se decía a sí mismo que esto era solo deseo, que mañana Sethos sería solo un empleado más al que ignorar. Pero mientras sentía las manos de Sethos acariciando su cintura con una ternura inesperada, una parte de él, la que Nahida siempre intentaba proteger, se preguntó si realmente podría mantener esa barrera.
Sethos, por su parte, se entregaba al beso con toda la pasión que su corazón aventurero poseía. Sabía que Wanderer era un territorio difícil de conquistar, lleno de trampas y muros de hielo. Pero Sethos era un rastreador por naturaleza, y no se detendría hasta que Wanderer no solo quisiera su cuerpo, sino también su compañía.
Se separaron apenas unos milímetros, ambos jadeando.
—Esto no significa nada —insistió Wanderer, aunque su voz temblaba y sus ojos estaban nublados por el placer.
—Claro que no —mintió Sethos con una sonrisa encantadora, mientras volvía a atacar el cuello de Wanderer—. Significa exactamente lo que tú quieras que signifique... por ahora.
Wanderer cerró los ojos, dejándose llevar por las sensaciones. Por primera vez en mucho tiempo, no pensó en su pasado, en su amargura o en su soledad. Solo estaba el calor de Sethos y la extraña promesa que flotaba en el aire de la cafetería.
Afuera, la ciudad de Sumeru seguía su curso, ajena al inicio de este juego de seducción y sentimientos ocultos entre el café y las sombras de la noche. Wanderer creía tener el control, pero Sethos ya había empezado a trazar el mapa para llegar a su corazón, y no tenía ninguna intención de perderse en el camino.
—Mañana será un día largo —susurró Sethos contra su piel.
—Cállate... —respondió Wanderer, aunque esta vez, no había rastro de veneno en sus palabras.
En la penumbra del "Santuario de Surasthana", el aroma a café fue reemplazado por algo mucho más embriagador, marcando el comienzo de una historia que ninguno de los dos olvidaría fácilmente. Porque aunque Wanderer se jurara que solo era sexo, el brillo en los ojos de Sethos decía que estaba dispuesto a esperar todo el tiempo del mundo para demostrarle lo contrario.
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