
← Назад
0 лайков
Don sombrero necesita ayuda
Фандом: Genshin impact
Создан: 13.05.2026
Теги
РомантикаAUПовседневностьФлаффЗанавесочная историяCharacter studyСеттинг оригинального произведенияЮморСандалпанк
Entre Susurros y Curiosidad
El sol de la tarde se filtraba a través de las grandes ventanas de la biblioteca de la Universidad de Sumeru, bañando los estantes de madera en un tono dorado. Wanderer estaba sentado frente a una pila de libros sobre historia antigua, pero su mirada estaba perdida en el vacío. No podía concentrarse. En su mente, las imágenes de la noche anterior se repetían como un disco rayado: había ido a cenar al apartamento de Kaveh y Alhaitham, y la dinámica entre ellos le había dejado una sensación extraña en el pecho.
No era solo la forma en que se miraban, sino la naturalidad con la que Alhaitham rodeaba la cintura de Kaveh, o cómo este último se inclinaba para susurrarle algo al oído que hacía que el estoico estudiante de tercer año sonriera de una forma casi imperceptible. Había una intimidad allí, algo físico y profundo que Wanderer, a pesar de llevar un año de relación con Sethos, aún no terminaba de explorar.
—Si sigues mirando ese libro de esa forma, vas a terminar quemando las páginas con la mirada —una voz alegre y relajada lo sacó de sus pensamientos.
Wanderer levantó la vista y se encontró con Sethos. Su novio lucía, como siempre, impecablemente despreocupado. Llevaba una camiseta blanca ajustada que resaltaba sus hombros y unos pantalones oscuros de corte moderno; su cabello largo y oscuro estaba recogido en una coleta alta, dejando algunos mechones libres que le daban ese aire juvenil pero maduro que tanto atraía a los demás. Sethos era el tipo de persona que hacía amigos con solo sonreír, el polo opuesto al cinismo defensivo de Wanderer.
—Solo estoy pensando —respondió Wanderer, cruzándose de brazos y desviando la mirada—. ¿Qué haces aquí? Tu clase de Arqueología no termina hasta las cuatro.
—El profesor se sintió generoso hoy —Sethos se sentó a su lado, invadiendo su espacio personal con esa confianza natural que solo él poseía—. Además, te extrañaba. ¿Está todo bien? Estás más… silencioso de lo normal. Y eso ya es decir mucho.
Wanderer frunció el ceño, sus mejillas adquiriendo un ligero tinte rosado. Incluso cuando estaba molesto, Sethos pensaba que se veía adorable, algo que Wanderer odiaba admitir.
—Estoy bien. Solo… —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas. Su honestidad a veces chocaba con su incapacidad para expresar deseos vulnerables—. He estado hablando con Kaveh. Sobre su relación con Alhaitham.
Sethos arqueó una ceja, intrigado. Apoyó el mentón en su mano, observando a su novio con atención.
—¿Ah, sí? ¿Y qué dice nuestro arquitecto favorito?
—Dice que hay cosas… —Wanderer bajó la voz, consciente de que estaban en una biblioteca— que nosotros no hemos hecho. O al menos, no de esa forma.
Sethos suavizó su expresión. Entendía perfectamente a dónde iba esto. Desde que empezaron a salir, él siempre había sido extremadamente respetuoso. Sabía que Wanderer tenía un pasado complicado, que era introspectivo y que valoraba su espacio personal por encima de todo. Sethos nunca quiso presionar, siempre preguntaba antes de dar un paso más: "¿Puedo besarte?", "¿Te molesta si te abrazo?", "¿Estás cómodo con esto?".
—Wanderer, sabes que no tenemos que hacer nada que no quieras —dijo Sethos con suavidad, extendiendo una mano para acariciar el dorso de la mano de su novio—. Vamos a tu ritmo. Siempre.
—Ese es el problema —espetó Wanderer, aunque sin veneno en la voz—. Siempre esperas a que yo dé el visto bueno. Pero… ¿y si quiero que tú tomes la iniciativa? ¿Y si quiero saber qué es lo que ellos experimentan?
Sethos se quedó en silencio un momento, procesando la confesión. La inocencia de Wanderer en ciertos aspectos siempre le había parecido conmovedora, un contraste directo con su lengua afilada.
—¿Estás diciendo que tienes curiosidad? —preguntó Sethos con una sonrisa pequeña y cálida.
—No te burles —gruñó Wanderer, aunque no retiró la mano—. Solo… quiero entenderlo. Quiero estar más cerca de ti.
Sethos apretó su mano con ternura.
—¿Qué te parece si vamos a mi casa? Mis padres salieron a una expedición y no volverán hasta mañana. Estaremos tranquilos. Podemos hablar, o simplemente estar juntos. Sin presiones.
Wanderer asintió lentamente.
—Está bien. Pero no esperes que sea fácil.
***
El apartamento de Sethos era un reflejo de su personalidad: cálido, un poco desordenado pero con estilo, lleno de plantas que Tighnari le había ayudado a elegir y recuerdos de sus viajes. Al entrar, Wanderer sintió que los nervios se le cerraban en el estómago.
Se sentaron en el sofá, la luz del atardecer tiñendo la sala de naranja. El silencio no era incómodo, pero estaba cargado de una expectativa que Wanderer no sabía cómo gestionar.
—¿En qué piensas? —preguntó Sethos, rompiendo el hielo. Se había quitado la chaqueta y ahora estaba más cerca de Wanderer, su aroma a sándalo y aire libre envolviéndolo.
—En que soy un idiota por no saber cómo decir las cosas —respondió Wanderer, mirando sus propias manos—. Se supone que somos novios hace un año. Debería ser natural.
—No hay una regla que diga cómo deben ser las cosas, Wan —Sethos se acercó un poco más, reduciendo la distancia—. Cada relación es un mundo. Si tienes curiosidad por los besos más profundos, o por ir más allá… solo tenemos que intentarlo. Si te sientes incómodo, nos detenemos. Te lo prometo.
Wanderer lo miró a los ojos. El delineador rojo bajo sus ojos azules resaltaba la intensidad de su mirada.
—¿Puedes… mostrarme? —susurró, casi inaudible.
Sethos sintió un vuelco en el corazón. La confianza que Wanderer depositaba en él era algo que atesoraba profundamente. Con cuidado, llevó una mano a la mejilla de Wanderer, acariciando la piel suave con el pulgar.
—¿Puedo besarte? —preguntó Sethos, manteniendo su promesa de siempre consultar.
Wanderer rodó los ojos, pero había una chispa de afecto en ellos.
—Cállate y hazlo de una vez.
Sethos se inclinó y unió sus labios en un beso suave, como los que solían compartir. Pero esta vez, no se detuvo ahí. Ladeó un poco la cabeza, profundizando el contacto. Sus labios se movieron con una lentitud experta, invitando a Wanderer a seguirle el ritmo.
Wanderer soltó un pequeño suspiro contra su boca, sus manos subiendo tímidamente para aferrarse a la camiseta de Sethos. Era diferente a los besos castos de antes; este era más cálido, más húmedo, más… demandante. Cuando la lengua de Sethos rozó la suya, Wanderer dio un respingo, pero no se alejó. Al contrario, se inclinó más hacia él, buscando ese contacto nuevo y electrizante.
Sethos se separó apenas unos milímetros, su respiración empezando a acelerarse.
—¿Estás bien? —susurró contra sus labios.
—Sí… —respondió Wanderer, con los ojos entreabiertos y brillantes—. No te detengas.
Sethos sonrió y volvió al ataque, esta vez con un poco más de confianza. Sus manos bajaron hasta la cintura de Wanderer, apretando ligeramente la tela de su camisa oscura. El cuerpo de Wanderer era delgado y menudo, pero bajo las manos de Sethos, se sentía firme y real. El beso se volvió más intenso, una danza de lenguas y suspiros que hizo que el mundo exterior desapareciera.
Wanderer sintió una oleada de calor que nunca antes había experimentado. Era abrumador, pero de una manera extrañamente adictiva. Sus dedos se enredaron en el cabello oscuro de Sethos, deshaciendo un poco la coleta.
—Sethos… —jadeó Wanderer cuando el beso bajó hacia su mandíbula y luego hacia su cuello.
—Dime, Wan. ¿Te gusta? ¿Quieres que pare?
—No… no pares —Wanderer echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello. Sethos dejó un rastro de besos húmedos allí, encontrando un punto sensible que hizo que Wanderer soltara un gemido ahogado—. Se siente… extraño. Pero bien.
Sethos se detuvo y lo miró a los ojos, su expresión llena de una seriedad cariñosa.
—Esto es solo el principio, si tú quieres. Podemos ir a la habitación, o podemos quedarnos aquí. Podemos simplemente seguir besándonos. Tú tienes el control.
Wanderer lo observó. Sethos siempre era así: el aventurero carismático que todos amaban, el estudiante responsable que ayudaba a Cyno con sus casos de estudio, el hijo que Nahida siempre elogiaba por su buen corazón. Y ahora, era el hombre que lo miraba como si fuera lo más preciado del mundo, respetando sus miedos y su inocencia.
—Quiero ver… quiero ver a dónde llega esto —dijo Wanderer, su voz recuperando un poco de su firmeza habitual, aunque sus mejillas seguían rojas—. Pero si te ríes de mí porque no sé qué hacer, te juro que te arrepentirás.
Sethos soltó una carcajada limpia y vibrante, abrazándolo con fuerza.
—Nunca me reiría de ti, Wan. Me encanta enseñarte cosas nuevas. Además, eres muy lindo cuando te pones así de serio.
—¡No soy lindo! —protestó Wanderer, aunque no hizo nada por soltarse del abrazo.
Se levantaron y caminaron hacia la habitación de Sethos. Al pasar por el pasillo, Wanderer vio una foto en la pared: Sethos, Cyno y Tighnari en lo que parecía ser una acampada en la selva, todos riendo. Se preguntó si algún día él también se sentiría así de libre, así de abierto al mundo.
Al entrar en la habitación, el ambiente cambió. Era un espacio más íntimo. Sethos encendió una pequeña lámpara de noche, bañando el cuarto en una luz tenue. Se sentaron en la cama, uno frente al otro.
—¿Sabes? —dijo Sethos, tomando las manos de Wanderer—. Alhaitham y Kaveh llevan mucho tiempo juntos. Ellos pasaron por esto mismo. Todos empezamos en algún lugar. No tienes que compararte con ellos.
—Lo sé —susurró Wanderer—. Es solo que… a veces siento que estoy atrapado en mi propia cabeza. Y tú eres tan… libre.
—Soy libre porque te tengo a ti para volver a casa —respondió Sethos con una honestidad que desarmó a Wanderer—. Ahora, ¿puedo quitarte la camisa?
Wanderer asintió, sintiendo que el corazón le latía con fuerza en los oídos. Sethos procedió con una lentitud casi agónica, sus dedos rozando la piel del abdomen de Wanderer, provocándole escalofríos. Cuando la prenda cayó al suelo, Sethos se quedó un momento admirándolo.
—Eres hermoso, Wanderer.
—Cállate —respondió él, aunque esta vez lo acompañó con una pequeña sonrisa, la primera de la noche—. Ven aquí.
Sethos se inclinó, y esta vez fue Wanderer quien inició el beso. Era un territorio nuevo, un mapa sin marcar que estaban empezando a dibujar juntos. Había dudas, había torpeza, pero sobre todo, había un deseo genuino de conocerse más allá de las palabras.
Esa noche, en la tranquilidad del apartamento, Wanderer descubrió que no necesitaba las explicaciones de Kaveh ni observar a nadie más. Sethos era un guía paciente, alguien que convertía cada caricia en una pregunta y cada suspiro en una respuesta.
Horas más tarde, mientras descansaban bajo las sábanas, con la respiración ya calmada y las manos entrelazadas, Wanderer rompió el silencio.
—Sethos.
—¿Mmm? —el moreno estaba medio dormido, con la cabeza apoyada en el hombro de su novio.
—Gracias.
Sethos abrió un ojo y le dedicó una sonrisa perezosa pero llena de amor.
—No tienes que agradecer nada. Te quiero, Wan.
Wanderer guardó silencio un momento, procesando la calidez en su pecho.
—Yo también… supongo que te quiero un poco.
Sethos soltó una risita.
—Eso es lo máximo que voy a obtener hoy, ¿verdad?
—Dalo por hecho.
Se quedaron dormidos así, unidos por algo más que un simple contrato de noviazgo. Habían cruzado una puerta, y aunque el camino por delante era desconocido, Wanderer sabía que, mientras Sethos sostuviera su mano y preguntara antes de cada paso, no tenía nada de qué temer. Al final del día, la curiosidad no lo había matado; lo había acercado más al único hogar que realmente había conocido.
No era solo la forma en que se miraban, sino la naturalidad con la que Alhaitham rodeaba la cintura de Kaveh, o cómo este último se inclinaba para susurrarle algo al oído que hacía que el estoico estudiante de tercer año sonriera de una forma casi imperceptible. Había una intimidad allí, algo físico y profundo que Wanderer, a pesar de llevar un año de relación con Sethos, aún no terminaba de explorar.
—Si sigues mirando ese libro de esa forma, vas a terminar quemando las páginas con la mirada —una voz alegre y relajada lo sacó de sus pensamientos.
Wanderer levantó la vista y se encontró con Sethos. Su novio lucía, como siempre, impecablemente despreocupado. Llevaba una camiseta blanca ajustada que resaltaba sus hombros y unos pantalones oscuros de corte moderno; su cabello largo y oscuro estaba recogido en una coleta alta, dejando algunos mechones libres que le daban ese aire juvenil pero maduro que tanto atraía a los demás. Sethos era el tipo de persona que hacía amigos con solo sonreír, el polo opuesto al cinismo defensivo de Wanderer.
—Solo estoy pensando —respondió Wanderer, cruzándose de brazos y desviando la mirada—. ¿Qué haces aquí? Tu clase de Arqueología no termina hasta las cuatro.
—El profesor se sintió generoso hoy —Sethos se sentó a su lado, invadiendo su espacio personal con esa confianza natural que solo él poseía—. Además, te extrañaba. ¿Está todo bien? Estás más… silencioso de lo normal. Y eso ya es decir mucho.
Wanderer frunció el ceño, sus mejillas adquiriendo un ligero tinte rosado. Incluso cuando estaba molesto, Sethos pensaba que se veía adorable, algo que Wanderer odiaba admitir.
—Estoy bien. Solo… —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas. Su honestidad a veces chocaba con su incapacidad para expresar deseos vulnerables—. He estado hablando con Kaveh. Sobre su relación con Alhaitham.
Sethos arqueó una ceja, intrigado. Apoyó el mentón en su mano, observando a su novio con atención.
—¿Ah, sí? ¿Y qué dice nuestro arquitecto favorito?
—Dice que hay cosas… —Wanderer bajó la voz, consciente de que estaban en una biblioteca— que nosotros no hemos hecho. O al menos, no de esa forma.
Sethos suavizó su expresión. Entendía perfectamente a dónde iba esto. Desde que empezaron a salir, él siempre había sido extremadamente respetuoso. Sabía que Wanderer tenía un pasado complicado, que era introspectivo y que valoraba su espacio personal por encima de todo. Sethos nunca quiso presionar, siempre preguntaba antes de dar un paso más: "¿Puedo besarte?", "¿Te molesta si te abrazo?", "¿Estás cómodo con esto?".
—Wanderer, sabes que no tenemos que hacer nada que no quieras —dijo Sethos con suavidad, extendiendo una mano para acariciar el dorso de la mano de su novio—. Vamos a tu ritmo. Siempre.
—Ese es el problema —espetó Wanderer, aunque sin veneno en la voz—. Siempre esperas a que yo dé el visto bueno. Pero… ¿y si quiero que tú tomes la iniciativa? ¿Y si quiero saber qué es lo que ellos experimentan?
Sethos se quedó en silencio un momento, procesando la confesión. La inocencia de Wanderer en ciertos aspectos siempre le había parecido conmovedora, un contraste directo con su lengua afilada.
—¿Estás diciendo que tienes curiosidad? —preguntó Sethos con una sonrisa pequeña y cálida.
—No te burles —gruñó Wanderer, aunque no retiró la mano—. Solo… quiero entenderlo. Quiero estar más cerca de ti.
Sethos apretó su mano con ternura.
—¿Qué te parece si vamos a mi casa? Mis padres salieron a una expedición y no volverán hasta mañana. Estaremos tranquilos. Podemos hablar, o simplemente estar juntos. Sin presiones.
Wanderer asintió lentamente.
—Está bien. Pero no esperes que sea fácil.
***
El apartamento de Sethos era un reflejo de su personalidad: cálido, un poco desordenado pero con estilo, lleno de plantas que Tighnari le había ayudado a elegir y recuerdos de sus viajes. Al entrar, Wanderer sintió que los nervios se le cerraban en el estómago.
Se sentaron en el sofá, la luz del atardecer tiñendo la sala de naranja. El silencio no era incómodo, pero estaba cargado de una expectativa que Wanderer no sabía cómo gestionar.
—¿En qué piensas? —preguntó Sethos, rompiendo el hielo. Se había quitado la chaqueta y ahora estaba más cerca de Wanderer, su aroma a sándalo y aire libre envolviéndolo.
—En que soy un idiota por no saber cómo decir las cosas —respondió Wanderer, mirando sus propias manos—. Se supone que somos novios hace un año. Debería ser natural.
—No hay una regla que diga cómo deben ser las cosas, Wan —Sethos se acercó un poco más, reduciendo la distancia—. Cada relación es un mundo. Si tienes curiosidad por los besos más profundos, o por ir más allá… solo tenemos que intentarlo. Si te sientes incómodo, nos detenemos. Te lo prometo.
Wanderer lo miró a los ojos. El delineador rojo bajo sus ojos azules resaltaba la intensidad de su mirada.
—¿Puedes… mostrarme? —susurró, casi inaudible.
Sethos sintió un vuelco en el corazón. La confianza que Wanderer depositaba en él era algo que atesoraba profundamente. Con cuidado, llevó una mano a la mejilla de Wanderer, acariciando la piel suave con el pulgar.
—¿Puedo besarte? —preguntó Sethos, manteniendo su promesa de siempre consultar.
Wanderer rodó los ojos, pero había una chispa de afecto en ellos.
—Cállate y hazlo de una vez.
Sethos se inclinó y unió sus labios en un beso suave, como los que solían compartir. Pero esta vez, no se detuvo ahí. Ladeó un poco la cabeza, profundizando el contacto. Sus labios se movieron con una lentitud experta, invitando a Wanderer a seguirle el ritmo.
Wanderer soltó un pequeño suspiro contra su boca, sus manos subiendo tímidamente para aferrarse a la camiseta de Sethos. Era diferente a los besos castos de antes; este era más cálido, más húmedo, más… demandante. Cuando la lengua de Sethos rozó la suya, Wanderer dio un respingo, pero no se alejó. Al contrario, se inclinó más hacia él, buscando ese contacto nuevo y electrizante.
Sethos se separó apenas unos milímetros, su respiración empezando a acelerarse.
—¿Estás bien? —susurró contra sus labios.
—Sí… —respondió Wanderer, con los ojos entreabiertos y brillantes—. No te detengas.
Sethos sonrió y volvió al ataque, esta vez con un poco más de confianza. Sus manos bajaron hasta la cintura de Wanderer, apretando ligeramente la tela de su camisa oscura. El cuerpo de Wanderer era delgado y menudo, pero bajo las manos de Sethos, se sentía firme y real. El beso se volvió más intenso, una danza de lenguas y suspiros que hizo que el mundo exterior desapareciera.
Wanderer sintió una oleada de calor que nunca antes había experimentado. Era abrumador, pero de una manera extrañamente adictiva. Sus dedos se enredaron en el cabello oscuro de Sethos, deshaciendo un poco la coleta.
—Sethos… —jadeó Wanderer cuando el beso bajó hacia su mandíbula y luego hacia su cuello.
—Dime, Wan. ¿Te gusta? ¿Quieres que pare?
—No… no pares —Wanderer echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello. Sethos dejó un rastro de besos húmedos allí, encontrando un punto sensible que hizo que Wanderer soltara un gemido ahogado—. Se siente… extraño. Pero bien.
Sethos se detuvo y lo miró a los ojos, su expresión llena de una seriedad cariñosa.
—Esto es solo el principio, si tú quieres. Podemos ir a la habitación, o podemos quedarnos aquí. Podemos simplemente seguir besándonos. Tú tienes el control.
Wanderer lo observó. Sethos siempre era así: el aventurero carismático que todos amaban, el estudiante responsable que ayudaba a Cyno con sus casos de estudio, el hijo que Nahida siempre elogiaba por su buen corazón. Y ahora, era el hombre que lo miraba como si fuera lo más preciado del mundo, respetando sus miedos y su inocencia.
—Quiero ver… quiero ver a dónde llega esto —dijo Wanderer, su voz recuperando un poco de su firmeza habitual, aunque sus mejillas seguían rojas—. Pero si te ríes de mí porque no sé qué hacer, te juro que te arrepentirás.
Sethos soltó una carcajada limpia y vibrante, abrazándolo con fuerza.
—Nunca me reiría de ti, Wan. Me encanta enseñarte cosas nuevas. Además, eres muy lindo cuando te pones así de serio.
—¡No soy lindo! —protestó Wanderer, aunque no hizo nada por soltarse del abrazo.
Se levantaron y caminaron hacia la habitación de Sethos. Al pasar por el pasillo, Wanderer vio una foto en la pared: Sethos, Cyno y Tighnari en lo que parecía ser una acampada en la selva, todos riendo. Se preguntó si algún día él también se sentiría así de libre, así de abierto al mundo.
Al entrar en la habitación, el ambiente cambió. Era un espacio más íntimo. Sethos encendió una pequeña lámpara de noche, bañando el cuarto en una luz tenue. Se sentaron en la cama, uno frente al otro.
—¿Sabes? —dijo Sethos, tomando las manos de Wanderer—. Alhaitham y Kaveh llevan mucho tiempo juntos. Ellos pasaron por esto mismo. Todos empezamos en algún lugar. No tienes que compararte con ellos.
—Lo sé —susurró Wanderer—. Es solo que… a veces siento que estoy atrapado en mi propia cabeza. Y tú eres tan… libre.
—Soy libre porque te tengo a ti para volver a casa —respondió Sethos con una honestidad que desarmó a Wanderer—. Ahora, ¿puedo quitarte la camisa?
Wanderer asintió, sintiendo que el corazón le latía con fuerza en los oídos. Sethos procedió con una lentitud casi agónica, sus dedos rozando la piel del abdomen de Wanderer, provocándole escalofríos. Cuando la prenda cayó al suelo, Sethos se quedó un momento admirándolo.
—Eres hermoso, Wanderer.
—Cállate —respondió él, aunque esta vez lo acompañó con una pequeña sonrisa, la primera de la noche—. Ven aquí.
Sethos se inclinó, y esta vez fue Wanderer quien inició el beso. Era un territorio nuevo, un mapa sin marcar que estaban empezando a dibujar juntos. Había dudas, había torpeza, pero sobre todo, había un deseo genuino de conocerse más allá de las palabras.
Esa noche, en la tranquilidad del apartamento, Wanderer descubrió que no necesitaba las explicaciones de Kaveh ni observar a nadie más. Sethos era un guía paciente, alguien que convertía cada caricia en una pregunta y cada suspiro en una respuesta.
Horas más tarde, mientras descansaban bajo las sábanas, con la respiración ya calmada y las manos entrelazadas, Wanderer rompió el silencio.
—Sethos.
—¿Mmm? —el moreno estaba medio dormido, con la cabeza apoyada en el hombro de su novio.
—Gracias.
Sethos abrió un ojo y le dedicó una sonrisa perezosa pero llena de amor.
—No tienes que agradecer nada. Te quiero, Wan.
Wanderer guardó silencio un momento, procesando la calidez en su pecho.
—Yo también… supongo que te quiero un poco.
Sethos soltó una risita.
—Eso es lo máximo que voy a obtener hoy, ¿verdad?
—Dalo por hecho.
Se quedaron dormidos así, unidos por algo más que un simple contrato de noviazgo. Habían cruzado una puerta, y aunque el camino por delante era desconocido, Wanderer sabía que, mientras Sethos sostuviera su mano y preguntara antes de cada paso, no tenía nada de qué temer. Al final del día, la curiosidad no lo había matado; lo había acercado más al único hogar que realmente había conocido.
Хотите создать свой фанфик?
Зарегистрируйтесь на Fanfy и создавайте свои собственные истории!
Создать свой фанфик