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Nuevo comienzo
Фандом: Kengan ashura
Создан: 14.05.2026
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Sombras en el Elíseo de Sangre
Raian Kure no era un hombre de sutilezas. Su cuerpo, una máquina biológica diseñada para la guerra y la aniquilación, vibraba con una energía estancada que solo la violencia o el exceso podían mitigar. Esa tarde, el aburrimiento lo condujo a las profundidades de la aldea Kure, específicamente a un establecimiento de dudosa reputación que servía como válvula de escape para los instintos más oscuros de quienes allí residían.
Entró en el Love Hotel con la arrogancia de un monarca reclamando tributo. La dueña, una mujer de mirada afilada que conocía bien el linaje del clan, lo recibió con una reverencia tensa.
—Busco a alguien que aguante de verdad —gruñó Raian, apoyando los puños sobre el mostrador—. No quiero a una muñeca de porcelana que se rompa al primer contacto. Quiero a alguien que disfrute del dolor, que sepa lo que es el sexo violento.
La mujer permaneció en silencio unos segundos, evaluando la demanda. Finalmente, una sonrisa gélida cruzó su rostro.
—Tenemos a alguien nuevo —respondió ella—. Encajó de inmediato. Parece que su mente no está del todo aquí, pero su cuerpo... su cuerpo busca el castigo. Dice que es su forma de purificación.
—Tráelo —ordenó Raian sin rodeos.
La dueña lo guio hacia una zona privada del recibidor. Allí, sentada de espaldas, se encontraba una figura de cabellos largos, negros y lisos que caían como una cascada de seda sobre sus hombros. Al escuchar los pasos, la figura se dio la vuelta lentamente.
Raian soltó una carcajada seca y salvaje. Reconocería esos ojos en cualquier lugar. Era Kiryu Setsuna, el "Genio de las Bellezas", el hombre cuya obsesión por Ohma Tokita lo había llevado al borde de la locura absoluta. Verlo allí, en un burdel de mala muerte, era una ironía que Raian no pensaba desaprovechar. Sería el trofeo perfecto para restregárselo en la cara al "Asura".
—Vaya, vaya... pero si es el juguete roto de Ohma —dijo Raian, acercándose con paso pesado.
Agarró a Setsuna de los brazos con fuerza bruta, esperando una respuesta violenta, un despliegue de su técnica de la Palma de Rakshasa. Sin embargo, lo que obtuvo fue una sumisión absoluta. Setsuna no luchó; simplemente lo miró con esos ojos nublados, vacíos de toda voluntad propia, aceptando el agarre como si fuera su destino.
—Haz lo que quieras —susurró Setsuna, su voz era un hilo frágil—. Si puedes hacerme sentir algo, adelante.
Raian sintió una sacudida de excitación en su entrepierna. La falta de resistencia y la mirada perdida de Setsuna solo alimentaron su sadismo. Sin mediar palabra, lo arrastró fuera del lugar y lo llevó hasta su mansión privada dentro de los terrenos de la familia.
Al entrar en la habitación, Raian cerró la puerta de un puntapié. Sin preámbulos, agarró la camisa de Setsuna y la arrancó de un tirón violento, enviando botones volando por toda la estancia. Luego, con la misma brutalidad, lo despojó de los pantalones. Setsuna soltó un gemido ahogado cuando su piel quedó expuesta al frío aire de la habitación.
—No esperes que sea delicado, maldito loco —rugió Raian, empujando a Setsuna contra el suelo.
Sin lubricación, sin preparación, Raian lo penetró de una sola estocada brutal. Setsuna soltó un grito que desgarró el silencio de la mansión, un sonido que rápidamente se transformó en un gemido rítmico y desesperado. Raian comenzó a moverse con una velocidad y violencia inhumanas. No había ternura, solo la satisfacción de un instinto primario.
—¡Mírame! —exigió Raian, tirándole del cabello hacia atrás para obligarlo a arquear el cuello.
Le inmovilizó ambos brazos por la espalda, apretando hasta que los huesos crujieron. En un momento de frenesí, Raian rodeó el cuello de Setsuna con una de sus manos, estrangulándolo mientras seguía embistiéndolo. El rostro de Setsuna se tornó rojizo, sus ojos se pusieron en blanco por la falta de oxígeno, pero sus caderas seguían buscando el contacto, respondiendo a la agresión con una necesidad patológica de dolor.
Raian le propinó varias nalgadas sonoras, dejando marcas rojas profundas sobre su piel pálida. Al no sentirse satisfecho con el nivel de violencia, se desabrochó el cinturón de cuero y comenzó a azotar la espalda de Setsuna. El sonido del cuero impactando contra la carne llenó la habitación, seguido por el rastro de sangre que empezó a brotar de las heridas abiertas.
—Siéntate encima —ordenó Raian, dejándose caer sobre la cama.
Setsuna, temblando y cubierto de sudor y sangre, intentó obedecer. Se sentó sobre el miembro de Raian, pero no pudo bajar por completo debido al dolor punzante. Raian, perdiendo la paciencia, puso sus manos sobre los hombros del joven y lo presionó hacia abajo con fuerza, obligándolo a encajarse totalmente.
—¡Ahhh! —el grito de Setsuna fue el más fuerte hasta el momento—. ¡Ohma... Ohma!
—¡No soy él, idiota! —le gritó Raian de vuelta, dándole una bofetada que le giró la cara—. ¡Muévete rápido!
Setsuna comenzó a cabalgarlo, sus gemidos se volvieron erráticos mientras Raian le apretaba los pezones con una fuerza que amenazaba con arrancar la piel. Por momentos, Setsuna perdía la conciencia debido a la intensidad del acto y a la presión en su cuello, pero Raian lo despertaba con más golpes, manteniéndolo en el límite entre el placer agónico y el desmayo.
Finalmente, tras varias posiciones que dejaron a Setsuna exhausto y quebrado, el joven eyaculó sobre su propio abdomen. Raian se retiró de su interior con un gruñido de satisfacción insatisfecha.
—Aún no terminas —dijo Raian, agarrándolo del cabello una vez más—. Usa la boca. Trágatelo todo.
Setsuna obedeció mecánicamente. Cuando Raian finalmente alcanzó su clímax, el fluido resbaló por la comisura de los labios del joven, quien se quedó tendido en el suelo, temblando como una hoja al viento mientras Raian se vestía con total indiferencia.
A la mañana siguiente, el comedor de la familia Kure estaba lleno de actividad. Ohma Tokita se encontraba sentado junto a Karla, Fusui y el resto de los miembros principales, comiendo en relativo silencio. Su mente estaba en el entrenamiento, como siempre.
Raian entró en el comedor con una sonrisa de suficiencia grabada en el rostro. Se acercó a la mesa de Ohma y se apoyó con arrogancia.
—No sabes con quién tuve sexo anoche, Asura —soltó Raian, buscando una reacción.
Ohma ni siquiera levantó la vista de su plato de arroz.
—No me interesa tu vida sexual, Raian. Déjame comer en paz.
—Oh, creo que esto sí te interesa —insistió el Kure, inclinándose más—. Es alguien que conoces muy bien. Alguien que solía seguirte como un perro faldero.
Ohma se detuvo a mitad de un bocado. La curiosidad, mezclada con un presentimiento amargo, lo obligó a dejar los palillos.
—¿De quién hablas?
Raian soltó una carcajada y le hizo una señal para que lo siguiera. Ohma, sintiendo una tensión creciente en el pecho, se levantó y caminó tras él hasta llegar a la habitación de Raian. Al entrar, la estancia estaba vacía, pero el olor a sexo, sudor y sangre era abrumador. En el suelo todavía había restos de ropa rota.
—¿Quién era? —preguntó Ohma, su voz volviéndose peligrosa.
—Ese chico que está obsesionado contigo. Setsuna Kiryu —respondió Raian con naturalidad—. Estaba en un Love Hotel de la aldea. Trabajando como una puta cualquiera.
Ohma sintió un golpe en el estómago. Sus ojos se abrieron de par en par, reflejando una mezcla de sorpresa y horror.
—¿Setsuna? No puede ser... ¿Por qué no lo detuviste? —Ohma agarró a Raian por el cuello de la camisa—. ¡Sabes que no está bien de la cabeza!
Raian se zafó con un empujón, riendo.
—¿Detenerlo? ¿Por qué lo haría? Todavía no le había pagado a la dueña por el servicio, y además, es un loco masoquista. Soportó toda la noche como un campeón. Fue una de las mejores cogidas que he tenido. Es una perra excelente.
Ohma no esperó a escuchar más. Salió de la habitación a toda prisa, con el corazón martilleando contra sus costillas. No podía entenderlo. Él mismo le había dado a Setsuna una segunda oportunidad de vida tras su enfrentamiento final. Había esperado que el hombre encontrara algo de paz, no que se hundiera en el fango de la autodegradación.
—¿A dónde vas, Ohma? —gritó Raian desde el pasillo—. ¿Tanto te importa? ¡Solo es una puta!
—¡Él recibió una segunda oportunidad! —le gritó Ohma de vuelta, sin detenerse—. ¡No voy a dejar que se destruya así!
El escándalo en los pasillos atrajo la atención de los demás. Yamashita Kazuo, Kaede, incluso Lihito y Okubo, que estaban de visita, salieron a ver qué ocurría. Karla y Fusui se acercaron rápidamente al ver la agitación de Ohma.
—¿Qué pasa, Ohma-kun? —preguntó Karla, preocupada por la expresión sombría de su prometido.
—Es Setsuna. Raian lo encontró y... tengo que encontrarlo antes de que haga algo irreparable —explicó Ohma brevemente.
Al enterarse de la situación, el ambiente cambió. A pesar de los crímenes pasados de Kiryu, la idea de que estuviera siendo utilizado de esa manera dentro de los terrenos Kure no sentó bien a los que buscaban mantener un mínimo de orden.
—Nosotros ayudaremos —dijo Fusui, cargando su rifle por costumbre—. Si está en la aldea o en los alrededores, mis exploradores lo encontrarán en un abrir y cerrar de ojos.
Hanafusa, que pasaba por allí con su habitual aire desinteresado, comentó con curiosidad médica:
—Si ha estado bajo el "tratamiento" de Raian toda la noche, es probable que necesite atención inmediata. El trauma físico sumado a su inestabilidad mental es una combinación fascinante... digo, peligrosa.
Incluso Himuro y Cosmo se ofrecieron a peinar las zonas comerciales cercanas. Ohma asintió, agradecido por el apoyo inesperado.
—Gracias. Necesito toda la ayuda posible. Setsuna no es solo un enemigo del pasado... es alguien que se perdió en el camino.
Mientras el grupo se organizaba para la búsqueda, Ohma miró hacia el horizonte de la aldea. Se preguntaba qué había pasado por la mente de Setsuna para terminar en ese estado. ¿Acaso el perdón de Ohma había sido una carga demasiado pesada para él? ¿O era simplemente que el "Genio de las Bellezas" solo encontraba realidad a través del dolor extremo?
La búsqueda comenzó bajo un cielo que empezaba a nublarse, presagiando una tormenta que reflejaba la agitación en el corazón de Ohma. Tenía que encontrarlo, no por amor romántico, sino por una responsabilidad moral que lo ligaba a aquel hombre quebrado. No permitiría que Raian o cualquier otro terminaran de romper lo poco que quedaba del alma de Kiryu Setsuna.
Entró en el Love Hotel con la arrogancia de un monarca reclamando tributo. La dueña, una mujer de mirada afilada que conocía bien el linaje del clan, lo recibió con una reverencia tensa.
—Busco a alguien que aguante de verdad —gruñó Raian, apoyando los puños sobre el mostrador—. No quiero a una muñeca de porcelana que se rompa al primer contacto. Quiero a alguien que disfrute del dolor, que sepa lo que es el sexo violento.
La mujer permaneció en silencio unos segundos, evaluando la demanda. Finalmente, una sonrisa gélida cruzó su rostro.
—Tenemos a alguien nuevo —respondió ella—. Encajó de inmediato. Parece que su mente no está del todo aquí, pero su cuerpo... su cuerpo busca el castigo. Dice que es su forma de purificación.
—Tráelo —ordenó Raian sin rodeos.
La dueña lo guio hacia una zona privada del recibidor. Allí, sentada de espaldas, se encontraba una figura de cabellos largos, negros y lisos que caían como una cascada de seda sobre sus hombros. Al escuchar los pasos, la figura se dio la vuelta lentamente.
Raian soltó una carcajada seca y salvaje. Reconocería esos ojos en cualquier lugar. Era Kiryu Setsuna, el "Genio de las Bellezas", el hombre cuya obsesión por Ohma Tokita lo había llevado al borde de la locura absoluta. Verlo allí, en un burdel de mala muerte, era una ironía que Raian no pensaba desaprovechar. Sería el trofeo perfecto para restregárselo en la cara al "Asura".
—Vaya, vaya... pero si es el juguete roto de Ohma —dijo Raian, acercándose con paso pesado.
Agarró a Setsuna de los brazos con fuerza bruta, esperando una respuesta violenta, un despliegue de su técnica de la Palma de Rakshasa. Sin embargo, lo que obtuvo fue una sumisión absoluta. Setsuna no luchó; simplemente lo miró con esos ojos nublados, vacíos de toda voluntad propia, aceptando el agarre como si fuera su destino.
—Haz lo que quieras —susurró Setsuna, su voz era un hilo frágil—. Si puedes hacerme sentir algo, adelante.
Raian sintió una sacudida de excitación en su entrepierna. La falta de resistencia y la mirada perdida de Setsuna solo alimentaron su sadismo. Sin mediar palabra, lo arrastró fuera del lugar y lo llevó hasta su mansión privada dentro de los terrenos de la familia.
Al entrar en la habitación, Raian cerró la puerta de un puntapié. Sin preámbulos, agarró la camisa de Setsuna y la arrancó de un tirón violento, enviando botones volando por toda la estancia. Luego, con la misma brutalidad, lo despojó de los pantalones. Setsuna soltó un gemido ahogado cuando su piel quedó expuesta al frío aire de la habitación.
—No esperes que sea delicado, maldito loco —rugió Raian, empujando a Setsuna contra el suelo.
Sin lubricación, sin preparación, Raian lo penetró de una sola estocada brutal. Setsuna soltó un grito que desgarró el silencio de la mansión, un sonido que rápidamente se transformó en un gemido rítmico y desesperado. Raian comenzó a moverse con una velocidad y violencia inhumanas. No había ternura, solo la satisfacción de un instinto primario.
—¡Mírame! —exigió Raian, tirándole del cabello hacia atrás para obligarlo a arquear el cuello.
Le inmovilizó ambos brazos por la espalda, apretando hasta que los huesos crujieron. En un momento de frenesí, Raian rodeó el cuello de Setsuna con una de sus manos, estrangulándolo mientras seguía embistiéndolo. El rostro de Setsuna se tornó rojizo, sus ojos se pusieron en blanco por la falta de oxígeno, pero sus caderas seguían buscando el contacto, respondiendo a la agresión con una necesidad patológica de dolor.
Raian le propinó varias nalgadas sonoras, dejando marcas rojas profundas sobre su piel pálida. Al no sentirse satisfecho con el nivel de violencia, se desabrochó el cinturón de cuero y comenzó a azotar la espalda de Setsuna. El sonido del cuero impactando contra la carne llenó la habitación, seguido por el rastro de sangre que empezó a brotar de las heridas abiertas.
—Siéntate encima —ordenó Raian, dejándose caer sobre la cama.
Setsuna, temblando y cubierto de sudor y sangre, intentó obedecer. Se sentó sobre el miembro de Raian, pero no pudo bajar por completo debido al dolor punzante. Raian, perdiendo la paciencia, puso sus manos sobre los hombros del joven y lo presionó hacia abajo con fuerza, obligándolo a encajarse totalmente.
—¡Ahhh! —el grito de Setsuna fue el más fuerte hasta el momento—. ¡Ohma... Ohma!
—¡No soy él, idiota! —le gritó Raian de vuelta, dándole una bofetada que le giró la cara—. ¡Muévete rápido!
Setsuna comenzó a cabalgarlo, sus gemidos se volvieron erráticos mientras Raian le apretaba los pezones con una fuerza que amenazaba con arrancar la piel. Por momentos, Setsuna perdía la conciencia debido a la intensidad del acto y a la presión en su cuello, pero Raian lo despertaba con más golpes, manteniéndolo en el límite entre el placer agónico y el desmayo.
Finalmente, tras varias posiciones que dejaron a Setsuna exhausto y quebrado, el joven eyaculó sobre su propio abdomen. Raian se retiró de su interior con un gruñido de satisfacción insatisfecha.
—Aún no terminas —dijo Raian, agarrándolo del cabello una vez más—. Usa la boca. Trágatelo todo.
Setsuna obedeció mecánicamente. Cuando Raian finalmente alcanzó su clímax, el fluido resbaló por la comisura de los labios del joven, quien se quedó tendido en el suelo, temblando como una hoja al viento mientras Raian se vestía con total indiferencia.
A la mañana siguiente, el comedor de la familia Kure estaba lleno de actividad. Ohma Tokita se encontraba sentado junto a Karla, Fusui y el resto de los miembros principales, comiendo en relativo silencio. Su mente estaba en el entrenamiento, como siempre.
Raian entró en el comedor con una sonrisa de suficiencia grabada en el rostro. Se acercó a la mesa de Ohma y se apoyó con arrogancia.
—No sabes con quién tuve sexo anoche, Asura —soltó Raian, buscando una reacción.
Ohma ni siquiera levantó la vista de su plato de arroz.
—No me interesa tu vida sexual, Raian. Déjame comer en paz.
—Oh, creo que esto sí te interesa —insistió el Kure, inclinándose más—. Es alguien que conoces muy bien. Alguien que solía seguirte como un perro faldero.
Ohma se detuvo a mitad de un bocado. La curiosidad, mezclada con un presentimiento amargo, lo obligó a dejar los palillos.
—¿De quién hablas?
Raian soltó una carcajada y le hizo una señal para que lo siguiera. Ohma, sintiendo una tensión creciente en el pecho, se levantó y caminó tras él hasta llegar a la habitación de Raian. Al entrar, la estancia estaba vacía, pero el olor a sexo, sudor y sangre era abrumador. En el suelo todavía había restos de ropa rota.
—¿Quién era? —preguntó Ohma, su voz volviéndose peligrosa.
—Ese chico que está obsesionado contigo. Setsuna Kiryu —respondió Raian con naturalidad—. Estaba en un Love Hotel de la aldea. Trabajando como una puta cualquiera.
Ohma sintió un golpe en el estómago. Sus ojos se abrieron de par en par, reflejando una mezcla de sorpresa y horror.
—¿Setsuna? No puede ser... ¿Por qué no lo detuviste? —Ohma agarró a Raian por el cuello de la camisa—. ¡Sabes que no está bien de la cabeza!
Raian se zafó con un empujón, riendo.
—¿Detenerlo? ¿Por qué lo haría? Todavía no le había pagado a la dueña por el servicio, y además, es un loco masoquista. Soportó toda la noche como un campeón. Fue una de las mejores cogidas que he tenido. Es una perra excelente.
Ohma no esperó a escuchar más. Salió de la habitación a toda prisa, con el corazón martilleando contra sus costillas. No podía entenderlo. Él mismo le había dado a Setsuna una segunda oportunidad de vida tras su enfrentamiento final. Había esperado que el hombre encontrara algo de paz, no que se hundiera en el fango de la autodegradación.
—¿A dónde vas, Ohma? —gritó Raian desde el pasillo—. ¿Tanto te importa? ¡Solo es una puta!
—¡Él recibió una segunda oportunidad! —le gritó Ohma de vuelta, sin detenerse—. ¡No voy a dejar que se destruya así!
El escándalo en los pasillos atrajo la atención de los demás. Yamashita Kazuo, Kaede, incluso Lihito y Okubo, que estaban de visita, salieron a ver qué ocurría. Karla y Fusui se acercaron rápidamente al ver la agitación de Ohma.
—¿Qué pasa, Ohma-kun? —preguntó Karla, preocupada por la expresión sombría de su prometido.
—Es Setsuna. Raian lo encontró y... tengo que encontrarlo antes de que haga algo irreparable —explicó Ohma brevemente.
Al enterarse de la situación, el ambiente cambió. A pesar de los crímenes pasados de Kiryu, la idea de que estuviera siendo utilizado de esa manera dentro de los terrenos Kure no sentó bien a los que buscaban mantener un mínimo de orden.
—Nosotros ayudaremos —dijo Fusui, cargando su rifle por costumbre—. Si está en la aldea o en los alrededores, mis exploradores lo encontrarán en un abrir y cerrar de ojos.
Hanafusa, que pasaba por allí con su habitual aire desinteresado, comentó con curiosidad médica:
—Si ha estado bajo el "tratamiento" de Raian toda la noche, es probable que necesite atención inmediata. El trauma físico sumado a su inestabilidad mental es una combinación fascinante... digo, peligrosa.
Incluso Himuro y Cosmo se ofrecieron a peinar las zonas comerciales cercanas. Ohma asintió, agradecido por el apoyo inesperado.
—Gracias. Necesito toda la ayuda posible. Setsuna no es solo un enemigo del pasado... es alguien que se perdió en el camino.
Mientras el grupo se organizaba para la búsqueda, Ohma miró hacia el horizonte de la aldea. Se preguntaba qué había pasado por la mente de Setsuna para terminar en ese estado. ¿Acaso el perdón de Ohma había sido una carga demasiado pesada para él? ¿O era simplemente que el "Genio de las Bellezas" solo encontraba realidad a través del dolor extremo?
La búsqueda comenzó bajo un cielo que empezaba a nublarse, presagiando una tormenta que reflejaba la agitación en el corazón de Ohma. Tenía que encontrarlo, no por amor romántico, sino por una responsabilidad moral que lo ligaba a aquel hombre quebrado. No permitiría que Raian o cualquier otro terminaran de romper lo poco que quedaba del alma de Kiryu Setsuna.
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