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Extranjera Sin Apellido

Фандом: Jujutsu Kaisen (Generación 2005: Satoru Gojo, Geto Suguru, Shoko Ieri, Nanami Kento y Haibara Yu)

Создан: 17.05.2026

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Hilos de Canela y Ojos de Obsidiana

El aire de Tokio en abril era pesado, cargado de una humedad citadina que chocaba frontalmente con la pureza gélida de los Andes que Antonia llevaba grabada en los pulmones. Al cruzar el umbral de la Institución de Hechicería de Tokio, la joven no se detuvo a admirar la arquitectura tradicional; sus pies, acostumbrados a la tierra viva del Lof, se sentían extrañamente distantes del suelo bajo las pesadas baldosas.

Caminaba con una rectitud militar, una herencia de su crianza como futura Lonko y Machi. Su cabello, negro y brillante como el plumaje de un cuervo bajo el sol, caía en una cascada perfecta hasta su cintura, moviéndose rítmicamente con cada paso de sus caderas anchas y firmes. Vestía el uniforme con una pulcritud que rozaba lo sagrado, aunque su presencia emanaba una "pureza" que resultaba casi alienígena en medio de la modernidad japonesa.

Justo en la recepción, sus ojos —grandes, oscuros y profundos como la tierra húmeda tras la lluvia— se cruzaron con los de un joven que acababa de llegar.

Geto Suguru se detuvo en seco. A sus quince años, Suguru ya poseía una estatura considerable y una mirada que oscilaba entre la amabilidad educada y una arrogancia intelectual todavía en desarrollo. Tenía el cabello recogido en un medio moño, dejando algunos mechones oscuros caer sobre su frente. Al ver a Antonia, su primera reacción fue de genuina sorpresa. No era solo su belleza exótica —esa piel color canela caramelizada que contrastaba con la palidez habitual de los hechiceros locales—, sino la densidad de su energía maldita. Era pesada, ancestral, y se sentía como el rugido silencioso de un bosque antiguo.

Antonia se detuvo a un metro de él. No habló. Sus ojos recorrieron el rostro de Suguru con una indiferencia natural, una calma que no era desprecio, sino una falta total de necesidad de aprobación externa.

—Buenos días —dijo Suguru, rompiendo el silencio con la cortesía que siempre lo caracterizaba—. Soy Geto Suguru. Supongo que eres la cuarta estudiante de primer año de la que habló el director Yaga.

Antonia inclinó la cabeza apenas unos grados. Su voz, cuando finalmente surgió, tenía un acento marcado, una cadencia rítmica que arrastraba las consonantes de una forma que Suguru nunca había escuchado, pero que ella mantenía así por elección, como un ancla a su origen.

—Antonia —respondió ella simplemente. No ofreció apellidos, ni reverencias excesivas.

—¿Solo Antonia? —preguntó él con una sonrisa curiosa.

—Solo Antonia —reafirmó ella.

Suguru notó que ella no llevaba maletas grandes, solo un bulto de tela tejida que parecía contener lo esencial. Caminaron juntos hacia los dormitorios bajo la guía de un asistente auxiliar. El silencio de Antonia no era incómodo para ella, pero para Suguru, acostumbrado a analizar a las personas, resultaba un enigma. Ella no miraba su teléfono, no buscaba señales de Wi-Fi, ni siquiera parecía curiosa por las instalaciones. Miraba los árboles del campus con una devoción casi religiosa, como si estuviera saludando a parientes lejanos.

Una vez en el pasillo de los dormitorios, se separaron. Suguru entró en su habitación, dejó sus pertenencias y, antes de empezar a desempacar, sacó su teléfono. La primera llamada fue para su madre.

—Sí, mamá… ya llegué. Todo está bien. La habitación es amplia —decía Suguru con una voz suave, muy distinta a la que usaría frente a sus compañeros—. No te preocupes, comeré bien. Te llamaré mañana.

Mientras tanto, en la habitación de al lado, Antonia no llamó a nadie. Se quitó los zapatos y se sentó en el suelo, ignorando la cama. Cerró los ojos y conectó con la Ñuke Mapu, pidiendo permiso al espíritu de esa tierra extranjera para habitarla. Para ella, el mundo era un sistema vivo de ancestros y espíritus, y Tokio, con todo su cemento, se sentía como un gigante herido al que debía respetar.

Días después, la atmósfera de la escuela cambió drásticamente. La calma se rompió con la llegada del heredero del Clan Gojo.

Satoru Gojo no llegó de manera humilde. Su entrada fue precedida por semanas de negociaciones políticas entre las Tres Grandes Familias. Los ancianos del Clan Gojo habían sido claros: Satoru asistiría a la escuela técnica solo si se celebraba primero su *genpuku*, la ceremonia de mayoría de edad, para asegurar que su posición como líder de facto fuera respetada y no interpretada como una provocación de guerra por los clanes Zen'in o Kamo.

Satoru, criado entre algodones de seda y muros de piedra, sin el afecto de unos padres que el Clan consideraba "mediocres" por no tener su nivel de hechicería, llegó a la institución con la carga de ser un dios entre hombres. No conocía la privacidad, solo la obediencia de los demás hacia sus Seis Ojos.

Sin embargo, antes de su llegada, los ancianos le habían entregado un informe que despertó su interés, algo que rara vez sucedía.

—Hay otra —le había dicho uno de los hombres más viejos del consejo—. Una extranjera de las tierras del sur. Clase Especial. Su energía no sigue las leyes de nuestra técnica, Satoru. Es salvaje, vinculada a la naturaleza de una forma que no comprendemos. No la subestimes.

Satoru, con sus gafas oscuras puestas y esa sonrisa de suficiencia que ocultaba un vacío profundo, caminaba por el patio principal cuando la vio por primera vez.

Antonia estaba de pie bajo un cerezo que aún conservaba algunas flores. No estaba haciendo nada, simplemente existía. El sol de la tarde golpeaba su piel, haciéndola brillar como terciopelo. Satoru se detuvo a varios metros de distancia. Sus Seis Ojos, que normalmente procesaban cada átomo y flujo de energía con una precisión abrumadora, se toparon con algo fascinante.

La energía de Antonia no era un flujo lineal de emociones negativas como la de los demás hechiceros. Era un ciclo. Entraba y salía de ella en perfecta armonía con el entorno. Era como si la chica no fuera una entidad separada del mundo, sino una extensión de la tierra misma.

—Vaya… —susurró Satoru para sí mismo.

Antonia, sintiendo la mirada invasiva de algo que se sentía como un escáner infinito, giró la cabeza. Sus ojos oscuros se encontraron con los cristales negros de Satoru. Ella no se sintió intimidada por la presencia abrumadora del Infinito. Para alguien que había crecido temiendo y amando la inmensidad de los volcanes y la furia de los océanos, un chico con mucho poder no era más que otra manifestación de la vida.

Satoru comenzó a caminar hacia ella con las manos en los bolsillos, balanceándose sobre sus talones con una confianza exasperante.

—Así que tú eres la "Machi" de la que todos hablan —dijo Satoru, deteniéndose justo en su espacio personal—. Esperaba a alguien más… ruidosa. Los extranjeros suelen ser ruidosos.

Antonia lo observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Sus pestañas largas se agitaron una sola vez.

—La montaña no necesita gritar para mostrar su fuerza —respondió ella. Su voz era baja, pero firme, y ese acento peculiar hizo que Satoru arqueara una ceja—. Tú eres Satoru Gojo. Hueles a incienso y a encierro.

Satoru soltó una carcajada genuina, una que sorprendió incluso a Suguru, quien venía caminando por el pasillo junto a una chica de cabello corto y ojeras marcadas que solo podía ser Shoko Ieri.

—¡Me gusta! —exclamó Satoru—. "¿Huelo a encierro?", eso es nuevo. Suguru, ¿escuchaste eso?

Suguru se acercó, suspirando con resignación.

—Satoru, no molestes a Antonia el primer día. Ya te dije que es reservada.

Shoko se detuvo al lado de Antonia, evaluándola con una mirada clínica pero curiosa. Sacó un cigarrillo, pero antes de encenderlo, Antonia la miró directamente a los ojos. No hubo juicio, solo una observación profunda.

—Ese humo ensucia tu espíritu, pero calma tu mente —dijo Antonia—. Es un intercambio costoso.

Shoko se quedó con el encendedor a medio camino. Guardó el cigarrillo lentamente, intrigada por la falta de agresividad en la voz de la extranjera.

—Soy Shoko Ieri —se presentó la chica—. Bienvenida al manicomio.

Antonia asintió con la misma solemnidad con la que trataría a un espíritu del bosque.

—Gracias, Shoko.

Satoru no podía dejar de mirarla. Para él, que lo veía todo, Antonia era un punto ciego de paz en un mundo de ruido constante. Su indiferencia no era una máscara, como la de él; era su estado natural de ser. Ella no buscaba destacar, pero su sola presencia alteraba el equilibrio de la habitación.

—Bueno —dijo Satoru, estirando los brazos tras su nuca—, parece que este año no será tan aburrido después de todo. Tenemos a un monje moralista, a una doctora que se mata lentamente y a una guerrera de la naturaleza que no usa apellidos.

Antonia no respondió a la provocación. Simplemente miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a ocultarse tras los edificios de Tokio.

—La Ñuke Mapu nos ha reunido por una razón —dijo ella, hablando más para sí misma que para ellos—. El camino ya está trazado. Solo espero que sus pies sean lo suficientemente fuertes para recorrerlo.

Suguru frunció el ceño ligeramente, sintiendo una extraña premonición ante las palabras de la chica. Satoru, por su parte, solo sonrió con más fuerza. Antonia era un enigma que no podía resolver con sus Seis Ojos, y eso, para el joven que lo tenía todo, era el regalo más grande que podía recibir.

Aquella noche, mientras los tres jóvenes japoneses intentaban asimilar la dinámica de su nuevo grupo, Antonia se mantuvo en su habitación, sentada sobre una alfombra tejida que ella misma había traído de Chile. No había luz eléctrica encendida. En la oscuridad, sus ojos brillaban con la sabiduría de una linaje que no conocía fronteras.

Ella sabía que estos tres jóvenes cambiarían el mundo. Lo que no sabía era si ella sería capaz de salvarlos de sí mismos, o si la oscuridad de la hechicería japonesa terminaría por marchitar incluso a la flor más pura de la tierra mapuche.

Por ahora, el destino de la Generación 2005 se había sellado. Cuatro estudiantes, cuatro caminos distintos, y una presencia extranjera que, con su silencio y su devoción, estaba a punto de reescribir la historia que todos creían conocer.
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