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rencarnando en bokuno hero academia
Фандом: Bokuno hero academia
Создан: 18.05.2026
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El Blanco que Divide el Destino
La ciudad de Musutafu bullía con una energía que Kairo todavía encontraba extraña, a pesar de llevar diecinueve años viviendo en este mundo. Para la mayoría, este era un mundo de "Dones" y héroes profesionales. Para él, era simplemente el tablero donde le había tocado jugar su segunda vida.
Kairo se ajustó la sudadera técnica de color negro mientras caminaba hacia las canchas de baloncesto municipales. Su cabello gris plateado, con esos reflejos blancos que parecían brillar bajo el sol de la tarde, caía con un desorden calculado sobre sus ojos azul grisáceo. El piercing en su oreja izquierda atrapó un destello de luz, un pequeño recordatorio de su estilo minimalista.
Al llegar, el sonido rítmico de los balones contra el pavimento y el chirrido de las zapatillas eran música para sus oídos. El baloncesto no era solo un deporte para él; era el método que utilizaba para calibrar su cuerpo y su mente analítica.
—¡Eh, Nagi! —gritó un joven desde la cancha central—. ¿Te unes? Nos falta uno para el tres contra tres.
Kairo asintió levemente, sin una sonrisa exagerada, pero con una seguridad que irradiaba liderazgo.
—Cuenten conmigo —respondió mientras se quitaba la sudadera, revelando una complexión atlética y definida, fruto de cuatro años de batallas que nadie en esa cancha podría imaginar.
Mientras empezaba el calentamiento, una voz profunda y antigua resonó en su mente, una voz que nadie más podía oír.
—*Estos humanos tienen naturalezas interesantes, Kairo. Pero sus "Dones" son simples juguetes comparados con nuestro poder.*
Kairo botó el balón con fuerza, sintiendo la vibración en sus palmas.
—Lo sé, Albion —pensó Kairo, dirigiéndose al Dragón Desvaneciente que residía en su interior—. Pero la discreción es nuestra mejor herramienta por ahora. En este mundo, si no tienes una licencia de héroe, usar tu poder es un crimen. Y nosotros no somos precisamente "héroes".
—*Somos algo mucho más antiguo* —replicó el dragón con un tono de orgullo—. *Somos la División.*
El partido comenzó. Kairo se movía con una fluidez que rayaba en lo sobrenatural. No necesitaba usar su Sacred Gear para dominar. Su lectura de juego era perfecta; anticipaba el pase del oponente antes de que este siquiera soltara el balón. Como capitán que había sido durante dos años en la élite juvenil, su visión periférica abarcaba cada rincón de la cancha.
Sin embargo, a mitad del encuentro, la atmósfera cambió. El aire se volvió pesado, cargado de una intención asesina que solo alguien acostumbrado a los *Rating Games* y a los combates contra demonios de clase media-alta podría detectar.
Kairo se detuvo en seco, sosteniendo el balón bajo el brazo. Sus compañeros y oponentes lo miraron confundidos.
—¿Qué pasa, Nagi? ¡Pasa la bola! —exclamó uno.
Kairo no respondió. Sus ojos azul grisáceo se entrecerraron, escaneando el perímetro de la plaza. A unos cincuenta metros, cerca de un callejón sombrío, una distorsión en el espacio comenzó a manifestarse. No era un Quirk de teletransporte común; la energía era errática, oscura.
—Se acabó el juego —dijo Kairo con una calma que heló la sangre de sus amigos—. Váyanse de aquí. Ahora.
—¿De qué hablas? —preguntó el más alto del grupo, acercándose a él—. Si es por esos tipos de la liga de villanos que mencionaron en las noticias...
—No son villanos —lo interrumpió Kairo, lanzándole el balón al pecho con tal precisión que el chico retrocedió dos pasos—. Es algo peor. Corran.
La autoridad en su voz no admitía réplicas. Los jóvenes, instintivamente intimidados por la presencia que Kairo estaba empezando a liberar, recogieron sus cosas y se alejaron a toda prisa.
Kairo se quedó solo en el centro de la cancha. El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el sonido de sus propios latidos rítmicos.
—Tres demonios renegados de clase media y algo más... ¿un usuario de Sacred Gear artificial? —analizó Kairo en voz alta, estirando el cuello hasta que crujió.
—*Parece que nos han rastreado hasta este sector, compañero* —dijo Albion—. *¿Vas a contenerte?*
—En absoluto. Aquí no hay cámaras y los héroes tardarán al menos cinco minutos en llegar —Kairo extendió su mano izquierda—. Vamos, Albion.
Un destello cegador de luz blanca envolvió su brazo. De la nada, un guantelete de armadura blanca con gemas azules apareció, emitiendo un zumbido de energía pura.
—**[DIVINE DIVIDING]** —anunció una voz mecánica que pareció vibrar en la realidad misma.
De las sombras del callejón surgieron cuatro figuras. Tres de ellas eran masas grotescas de músculos y alas membranosas, restos de demonios que habían perdido su humanidad. El cuarto era un hombre flaco, con una sonrisa desquiciada, que portaba una lanza imbuida en una energía violeta inestable.
—Vaya, vaya... el portador del Vanishing Dragon se esconde en un mundo de aspirantes a héroes —dijo el hombre de la lanza, apuntando a Kairo—. Mi señor quiere esa Longinus. Y yo quiero ver si un "niño" de diecinueve años puede realmente sostener el peso de un dragón celestial.
Kairo no se inmutó. Su mente ya estaba trazando vectores de ataque. Evaluó la distancia, la velocidad del viento y la densidad de la energía del oponente. Cuatro años de entrenamiento estricto bajo tutores que no conocían la piedad habían forjado una voluntad de hierro.
—Hablas demasiado —sentenció Kairo.
Antes de que el enemigo pudiera reaccionar, Kairo desapareció en un estallido de velocidad. No volaba aún, pero su fuerza física base, potenciada por el Sacred Gear, era inmensa. Apareció frente a uno de los demonios renegados y simplemente apoyó su mano en el pecho de la criatura.
—**[DIVIDE]**
Una onda de choque azulada recorrió el cuerpo del demonio. La criatura soltó un alarido de agonía mientras su tamaño se reducía a la mitad y su energía vital fluía hacia Kairo.
—**[DIVIDE]** —repitió la voz del guantelete.
Kairo sintió el subidón de poder. Su resistencia mental le permitía absorber esa energía externa sin que su propio sistema colapsara. Con un movimiento fluido, giró sobre su propio eje y conectó una patada ascendente en la mandíbula del segundo demonio, enviándolo a volar contra un edificio cercano.
—¡Mátenlo! —rugió el usuario de la lanza, lanzando una estocada de energía.
Kairo se movió con la elegancia de un base de baloncesto esquivando una defensa presionante. Se deslizó por debajo del ataque, sintiendo el calor de la energía violeta rozar su cabello plateado.
—Lento —susurró Kairo.
Dos alas de luz blanca, majestuosas y afiladas como cuchillas de plasma, brotaron de su espalda. El brillo era tan intenso que las sombras de la cancha desaparecieron. Con un aleteo, se elevó en el aire, dominando el campo de batalla desde las alturas.
—*Kairo, el usuario de la lanza está canalizando un ataque de área* —advirtió Albion—. *Su Sacred Gear es inestable, podría causar daños colaterales.*
—No se lo permitiré.
Kairo extendió ambas manos. Su capacidad para adaptarse a oponentes más fuertes usando la división era su mayor fortaleza táctica. No necesitaba ser más fuerte que ellos desde el principio; solo necesitaba que ellos fueran más débiles que él al final.
—**[DIVIDE]** —**[DIVIDE]** —**[DIVIDE]**
El espacio alrededor del hombre de la lanza pareció encogerse. Cada vez que Albion anunciaba la división, el poder acumulado en la lanza se reducía a la mitad, transfiriéndose a las alas de Kairo, que brillaban con una intensidad casi divina.
—¿Qué... qué es esto? ¡Mi poder! —gritó el villano, cayendo de rodillas mientras su arma se desvanecía.
Kairo descendió lentamente, sus pies tocando el suelo sin hacer ruido. La calma en su rostro era absoluta, la de un depredador que ha calculado cada variable del encuentro.
—La diferencia entre nosotros no es el poder —dijo Kairo, acercándose al hombre que temblaba en el suelo—. Es la disciplina. Tú usas tu Sacred Gear como un garrote. Yo lo uso como un escalpelo.
Justo cuando se disponía a noquear al intruso, un sonido familiar cortó el aire. Sirenas. Y no eran sirenas de policía comunes. Eran los héroes locales.
Kairo suspiró. Odiaba las complicaciones burocráticas.
—Albion, repliegue —ordenó internamente.
La armadura y las alas desaparecieron en un instante, dejando a Kairo de nuevo con su aspecto de joven deportista. Se puso rápidamente la sudadera negra, ocultando cualquier rastro de la batalla.
—*¿Vas a dejarlos aquí?* —preguntó el dragón.
—Ya no tienen energía para pelear. Los héroes se llevarán el crédito, y nosotros mantendremos nuestro perfil bajo —respondió Kairo, empezando a caminar hacia el callejón opuesto antes de que los primeros vehículos de emergencia llegaran a la escena.
Sin embargo, antes de desaparecer en las sombras, Kairo se detuvo. Sintió una mirada sobre él. No era una mirada hostil, sino una de profunda curiosidad. En la azotea de un edificio cercano, una figura con bufandas grises y ojos cansados lo observaba.
Eraserhead. Shouta Aizawa.
Kairo no se giró. Solo ajustó su capucha y siguió caminando. Sabía que su vida tranquila como estudiante y deportista estaba llegando a su fin. En un mundo de héroes, un portador de una Longinus de clase divina era una anomalía que no pasaría desapercibida por mucho tiempo.
—*Ese hombre te vio, Kairo* —comentó Albion con un tono divertido—. *El héroe que anula los dones.*
—Que lo intente —pensó Kairo con una pequeña y fría sonrisa—. Mi poder no es un Quirk. No puede borrar lo que es parte de mi alma.
Kairo salió del sector residencial y se mezcló con la multitud de la zona comercial. Su mente ya no estaba en la pelea que acababa de ganar, sino en el futuro. Tenía diecinueve años, el potencial de un demonio de clase definitiva y una mente estratégica que lo ponía por delante de casi cualquier héroe profesional.
Sabía que pronto tendría que elegir un bando, o crear el suyo propio. En sus combates anteriores contra usuarios de otros Sacred Gears, había aprendido que el equilibrio del mundo era frágil. Y en este mundo de héroes y villanos, él era el factor que podía dividir ese equilibrio a la mitad.
Al llegar a su pequeño apartamento, Kairo se miró en el espejo del baño. Sus ojos azul grisáceo parecían retener un poco del brillo blanco de Albion.
—Ochenta partidos oficiales, treinta y cinco combates reales —murmuró para sí mismo—. Veintinueve victorias ahora.
—*Tu crecimiento es rápido, compañero* —dijo Albion—. *Pronto, ni siquiera los "Símbolos de la Paz" de este mundo podrán ignorar tu presencia. ¿Estás listo para el Juggernaut Drive si llega el momento?*
Kairo guardó silencio. Recordó el entrenamiento, la presión insoportable de la energía del dragón intentando consumir su cordura. A diferencia de otros portadores, su control emocional era su mayor escudo. No se perdería en la rabia. No se convertiría en un monstruo sin sentido.
—Dominaré esa forma, Albion —prometió Kairo—. Pero lo haré a mi manera. Sin ego, sin desperdicio de movimientos. Solo eficiencia.
Se acostó en su cama, cerrando los ojos. Mañana tenía entrenamiento de baloncesto a las siete de la mañana y un examen de táctica deportiva por la tarde. Su vida como Kairo, el estudiante modelo y atleta de élite, continuaría por ahora.
Pero en las profundidades de su ser, el Dragón Blanco esperaba. Y en las calles de Musutafu, los rumores sobre un "Héroe Alado de Luz Blanca" empezarían a circular, atrayendo la atención de aquellos que buscaban cambiar el mundo, para bien o para mal.
Kairo sonrió antes de quedarse dormido. Que vinieran. Él ya había leído sus movimientos antes de que siquiera empezaran a jugar.
Kairo se ajustó la sudadera técnica de color negro mientras caminaba hacia las canchas de baloncesto municipales. Su cabello gris plateado, con esos reflejos blancos que parecían brillar bajo el sol de la tarde, caía con un desorden calculado sobre sus ojos azul grisáceo. El piercing en su oreja izquierda atrapó un destello de luz, un pequeño recordatorio de su estilo minimalista.
Al llegar, el sonido rítmico de los balones contra el pavimento y el chirrido de las zapatillas eran música para sus oídos. El baloncesto no era solo un deporte para él; era el método que utilizaba para calibrar su cuerpo y su mente analítica.
—¡Eh, Nagi! —gritó un joven desde la cancha central—. ¿Te unes? Nos falta uno para el tres contra tres.
Kairo asintió levemente, sin una sonrisa exagerada, pero con una seguridad que irradiaba liderazgo.
—Cuenten conmigo —respondió mientras se quitaba la sudadera, revelando una complexión atlética y definida, fruto de cuatro años de batallas que nadie en esa cancha podría imaginar.
Mientras empezaba el calentamiento, una voz profunda y antigua resonó en su mente, una voz que nadie más podía oír.
—*Estos humanos tienen naturalezas interesantes, Kairo. Pero sus "Dones" son simples juguetes comparados con nuestro poder.*
Kairo botó el balón con fuerza, sintiendo la vibración en sus palmas.
—Lo sé, Albion —pensó Kairo, dirigiéndose al Dragón Desvaneciente que residía en su interior—. Pero la discreción es nuestra mejor herramienta por ahora. En este mundo, si no tienes una licencia de héroe, usar tu poder es un crimen. Y nosotros no somos precisamente "héroes".
—*Somos algo mucho más antiguo* —replicó el dragón con un tono de orgullo—. *Somos la División.*
El partido comenzó. Kairo se movía con una fluidez que rayaba en lo sobrenatural. No necesitaba usar su Sacred Gear para dominar. Su lectura de juego era perfecta; anticipaba el pase del oponente antes de que este siquiera soltara el balón. Como capitán que había sido durante dos años en la élite juvenil, su visión periférica abarcaba cada rincón de la cancha.
Sin embargo, a mitad del encuentro, la atmósfera cambió. El aire se volvió pesado, cargado de una intención asesina que solo alguien acostumbrado a los *Rating Games* y a los combates contra demonios de clase media-alta podría detectar.
Kairo se detuvo en seco, sosteniendo el balón bajo el brazo. Sus compañeros y oponentes lo miraron confundidos.
—¿Qué pasa, Nagi? ¡Pasa la bola! —exclamó uno.
Kairo no respondió. Sus ojos azul grisáceo se entrecerraron, escaneando el perímetro de la plaza. A unos cincuenta metros, cerca de un callejón sombrío, una distorsión en el espacio comenzó a manifestarse. No era un Quirk de teletransporte común; la energía era errática, oscura.
—Se acabó el juego —dijo Kairo con una calma que heló la sangre de sus amigos—. Váyanse de aquí. Ahora.
—¿De qué hablas? —preguntó el más alto del grupo, acercándose a él—. Si es por esos tipos de la liga de villanos que mencionaron en las noticias...
—No son villanos —lo interrumpió Kairo, lanzándole el balón al pecho con tal precisión que el chico retrocedió dos pasos—. Es algo peor. Corran.
La autoridad en su voz no admitía réplicas. Los jóvenes, instintivamente intimidados por la presencia que Kairo estaba empezando a liberar, recogieron sus cosas y se alejaron a toda prisa.
Kairo se quedó solo en el centro de la cancha. El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el sonido de sus propios latidos rítmicos.
—Tres demonios renegados de clase media y algo más... ¿un usuario de Sacred Gear artificial? —analizó Kairo en voz alta, estirando el cuello hasta que crujió.
—*Parece que nos han rastreado hasta este sector, compañero* —dijo Albion—. *¿Vas a contenerte?*
—En absoluto. Aquí no hay cámaras y los héroes tardarán al menos cinco minutos en llegar —Kairo extendió su mano izquierda—. Vamos, Albion.
Un destello cegador de luz blanca envolvió su brazo. De la nada, un guantelete de armadura blanca con gemas azules apareció, emitiendo un zumbido de energía pura.
—**[DIVINE DIVIDING]** —anunció una voz mecánica que pareció vibrar en la realidad misma.
De las sombras del callejón surgieron cuatro figuras. Tres de ellas eran masas grotescas de músculos y alas membranosas, restos de demonios que habían perdido su humanidad. El cuarto era un hombre flaco, con una sonrisa desquiciada, que portaba una lanza imbuida en una energía violeta inestable.
—Vaya, vaya... el portador del Vanishing Dragon se esconde en un mundo de aspirantes a héroes —dijo el hombre de la lanza, apuntando a Kairo—. Mi señor quiere esa Longinus. Y yo quiero ver si un "niño" de diecinueve años puede realmente sostener el peso de un dragón celestial.
Kairo no se inmutó. Su mente ya estaba trazando vectores de ataque. Evaluó la distancia, la velocidad del viento y la densidad de la energía del oponente. Cuatro años de entrenamiento estricto bajo tutores que no conocían la piedad habían forjado una voluntad de hierro.
—Hablas demasiado —sentenció Kairo.
Antes de que el enemigo pudiera reaccionar, Kairo desapareció en un estallido de velocidad. No volaba aún, pero su fuerza física base, potenciada por el Sacred Gear, era inmensa. Apareció frente a uno de los demonios renegados y simplemente apoyó su mano en el pecho de la criatura.
—**[DIVIDE]**
Una onda de choque azulada recorrió el cuerpo del demonio. La criatura soltó un alarido de agonía mientras su tamaño se reducía a la mitad y su energía vital fluía hacia Kairo.
—**[DIVIDE]** —repitió la voz del guantelete.
Kairo sintió el subidón de poder. Su resistencia mental le permitía absorber esa energía externa sin que su propio sistema colapsara. Con un movimiento fluido, giró sobre su propio eje y conectó una patada ascendente en la mandíbula del segundo demonio, enviándolo a volar contra un edificio cercano.
—¡Mátenlo! —rugió el usuario de la lanza, lanzando una estocada de energía.
Kairo se movió con la elegancia de un base de baloncesto esquivando una defensa presionante. Se deslizó por debajo del ataque, sintiendo el calor de la energía violeta rozar su cabello plateado.
—Lento —susurró Kairo.
Dos alas de luz blanca, majestuosas y afiladas como cuchillas de plasma, brotaron de su espalda. El brillo era tan intenso que las sombras de la cancha desaparecieron. Con un aleteo, se elevó en el aire, dominando el campo de batalla desde las alturas.
—*Kairo, el usuario de la lanza está canalizando un ataque de área* —advirtió Albion—. *Su Sacred Gear es inestable, podría causar daños colaterales.*
—No se lo permitiré.
Kairo extendió ambas manos. Su capacidad para adaptarse a oponentes más fuertes usando la división era su mayor fortaleza táctica. No necesitaba ser más fuerte que ellos desde el principio; solo necesitaba que ellos fueran más débiles que él al final.
—**[DIVIDE]** —**[DIVIDE]** —**[DIVIDE]**
El espacio alrededor del hombre de la lanza pareció encogerse. Cada vez que Albion anunciaba la división, el poder acumulado en la lanza se reducía a la mitad, transfiriéndose a las alas de Kairo, que brillaban con una intensidad casi divina.
—¿Qué... qué es esto? ¡Mi poder! —gritó el villano, cayendo de rodillas mientras su arma se desvanecía.
Kairo descendió lentamente, sus pies tocando el suelo sin hacer ruido. La calma en su rostro era absoluta, la de un depredador que ha calculado cada variable del encuentro.
—La diferencia entre nosotros no es el poder —dijo Kairo, acercándose al hombre que temblaba en el suelo—. Es la disciplina. Tú usas tu Sacred Gear como un garrote. Yo lo uso como un escalpelo.
Justo cuando se disponía a noquear al intruso, un sonido familiar cortó el aire. Sirenas. Y no eran sirenas de policía comunes. Eran los héroes locales.
Kairo suspiró. Odiaba las complicaciones burocráticas.
—Albion, repliegue —ordenó internamente.
La armadura y las alas desaparecieron en un instante, dejando a Kairo de nuevo con su aspecto de joven deportista. Se puso rápidamente la sudadera negra, ocultando cualquier rastro de la batalla.
—*¿Vas a dejarlos aquí?* —preguntó el dragón.
—Ya no tienen energía para pelear. Los héroes se llevarán el crédito, y nosotros mantendremos nuestro perfil bajo —respondió Kairo, empezando a caminar hacia el callejón opuesto antes de que los primeros vehículos de emergencia llegaran a la escena.
Sin embargo, antes de desaparecer en las sombras, Kairo se detuvo. Sintió una mirada sobre él. No era una mirada hostil, sino una de profunda curiosidad. En la azotea de un edificio cercano, una figura con bufandas grises y ojos cansados lo observaba.
Eraserhead. Shouta Aizawa.
Kairo no se giró. Solo ajustó su capucha y siguió caminando. Sabía que su vida tranquila como estudiante y deportista estaba llegando a su fin. En un mundo de héroes, un portador de una Longinus de clase divina era una anomalía que no pasaría desapercibida por mucho tiempo.
—*Ese hombre te vio, Kairo* —comentó Albion con un tono divertido—. *El héroe que anula los dones.*
—Que lo intente —pensó Kairo con una pequeña y fría sonrisa—. Mi poder no es un Quirk. No puede borrar lo que es parte de mi alma.
Kairo salió del sector residencial y se mezcló con la multitud de la zona comercial. Su mente ya no estaba en la pelea que acababa de ganar, sino en el futuro. Tenía diecinueve años, el potencial de un demonio de clase definitiva y una mente estratégica que lo ponía por delante de casi cualquier héroe profesional.
Sabía que pronto tendría que elegir un bando, o crear el suyo propio. En sus combates anteriores contra usuarios de otros Sacred Gears, había aprendido que el equilibrio del mundo era frágil. Y en este mundo de héroes y villanos, él era el factor que podía dividir ese equilibrio a la mitad.
Al llegar a su pequeño apartamento, Kairo se miró en el espejo del baño. Sus ojos azul grisáceo parecían retener un poco del brillo blanco de Albion.
—Ochenta partidos oficiales, treinta y cinco combates reales —murmuró para sí mismo—. Veintinueve victorias ahora.
—*Tu crecimiento es rápido, compañero* —dijo Albion—. *Pronto, ni siquiera los "Símbolos de la Paz" de este mundo podrán ignorar tu presencia. ¿Estás listo para el Juggernaut Drive si llega el momento?*
Kairo guardó silencio. Recordó el entrenamiento, la presión insoportable de la energía del dragón intentando consumir su cordura. A diferencia de otros portadores, su control emocional era su mayor escudo. No se perdería en la rabia. No se convertiría en un monstruo sin sentido.
—Dominaré esa forma, Albion —prometió Kairo—. Pero lo haré a mi manera. Sin ego, sin desperdicio de movimientos. Solo eficiencia.
Se acostó en su cama, cerrando los ojos. Mañana tenía entrenamiento de baloncesto a las siete de la mañana y un examen de táctica deportiva por la tarde. Su vida como Kairo, el estudiante modelo y atleta de élite, continuaría por ahora.
Pero en las profundidades de su ser, el Dragón Blanco esperaba. Y en las calles de Musutafu, los rumores sobre un "Héroe Alado de Luz Blanca" empezarían a circular, atrayendo la atención de aquellos que buscaban cambiar el mundo, para bien o para mal.
Kairo sonrió antes de quedarse dormido. Que vinieran. Él ya había leído sus movimientos antes de que siquiera empezaran a jugar.
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