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Sombras de Acero y Rizos

Фандом: Gigantes de Acero

Создан: 18.05.2026

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El Renacer del Guerrero Púrpura

El aire en el taller de la zona portuaria de San Francisco era denso, cargado de una mezcla nostálgica de aceite hidráulico, ozono y el aroma dulce del café cubano que Kathe siempre tenía a mano. La luz del atardecer se filtraba por los ventanales rotos, bañando en tonos dorados la imponente figura de metal que dominaba el centro de la sala.

Noisy Boy. El "Shogun de la Justicia". El robot que Charlie Kenton había dado por muerto en una fosa de desguace tras una humillante derrota en Brasil.

Kathe se pasó una mano por su melena rizada, apartando un mechón rebelde que se había escapado de su bandana. Tenía motas de grasa en la mejilla y el mono de trabajo anudado a la cintura. Se acercó al armazón del robot y deslizó los dedos por las placas de color púrpura, donde los kanjis luminosos parpadeaban débilmente, como un corazón que intenta recordar cómo latir.

—No eres chatarra, mi amor —susurró ella en español, con esa suavidad que solo reservaba para las máquinas—. Él no supo leerte, pero yo sí.

—Es una pérdida de tiempo intentar reparar una reliquia que fue diseñada para la gloria y terminó en la basura.

Kathe no necesitó girarse para saber quién era. Esa voz, gélida, precisa y cargada de una arrogancia que rozaba lo divino, solo podía pertenecer a un hombre.

Tak Mashido estaba de pie en la entrada del taller. Vestido con un traje negro de corte impecable que contrastaba violentamente con el entorno industrial, el legendario diseñador de robots —el creador de Zeus— observaba la escena con una mezcla de desdén y una curiosidad que se esforzaba por ocultar.

—La última vez que revisé, este era mi taller, Mashido —dijo Kathe, dándose la vuelta con la llave inglesa aún en la mano—. Y la última vez que revisé la historia de Noisy Boy, tú fuiste quien lo creó. Deberías tenerle más respeto a tu propia sangre.

Mashido avanzó con paso lento, sus zapatos de diseño resonando contra el suelo de hormigón. Se detuvo a pocos centímetros de ella. Era más alto, pero Kathe no retrocedió ni un milímetro.

—El respeto se gana en el ring, no en un garaje polvoriento —replicó Tak, fijando sus ojos oscuros en los de ella—. Charlie Kenton lo destruyó. Lo que queda de él es solo un eco.

—Kenton lo usó como si fuera un juguete de control remoto barato —espetó Kathe, sintiendo el calor de la indignación subir por su cuello—. No entendió que Noisy Boy necesita una conexión, no solo comandos de voz gritados por un borracho desesperado. Yo le estoy devolviendo su alma.

Mashido dejó escapar una risa seca, casi inaudible.

—¿Alma? Eres una romántica, Kathe. Eso es peligroso en este negocio. Los robots son herramientas de precisión. Hardware y software. Nada más.

—Si de verdad creyeras eso, no habrías venido hasta aquí solo para verme trabajar —desafió ella, acortando la distancia entre ambos—. No me hables de precisión cuando sé que pasas las noches retocando el código de Zeus porque temes que alguien, algún día, encuentre su debilidad.

El ambiente se volvió pesado. No era solo la rivalidad técnica; era esa chispa eléctrica que siempre surgía cuando estaban en la misma habitación. Se odiaban por lo que representaban: él, la perfección fría y corporativa; ella, la pasión bruta y el ingenio de la calle. Pero también se reconocían como iguales.

—Vengo porque me resulta fascinante ver cómo una mujer con tanto talento desperdicia su vida en un modelo obsoleto —dijo él, bajando la voz. Su mirada descendió por un momento a los labios de Kathe antes de volver a sus ojos—. Podrías estar trabajando para mí. En la WRB. Tendrías laboratorios que ni en tus sueños podrías imaginar.

—¿Y ser otra de tus piezas de ajedrez? No, gracias —Kathe sonrió con ironía—. Prefiero el olor a grasa y mi libertad. Además, alguien tiene que demostrarte que tus "herramientas" tienen mucho más que ofrecer cuando se las trata con algo de humanidad.

—La humanidad es una falla en el sistema —sentenció Mashido.

En ese momento, la puerta del taller se abrió de golpe, interrumpiendo la tensión. Max Kenton entró corriendo, seguido de cerca por un Charlie que parecía haber dormido apenas tres horas.

—¡Kathe! ¡Dime que ya lo tienes! —exclamó el niño, ignorando por completo la presencia del imponente Tak Mashido. Se detuvo en seco al ver al diseñador—. Oh. Hola, señor Mashido.

Charlie se detuvo al lado de su hijo, rascándose la nuca con incomodidad. Miró a Noisy Boy, luego a Mashido, y finalmente a Kathe.

—Veo que la fiesta está completa —gruñó Charlie—. Mashido, ¿qué haces aquí? ¿Vienes a comprarnos el taller para demolerlo?

—Solo estaba de paso, Kenton —respondió Tak, recuperando su máscara de indiferencia—. Observando cómo tu antigua negligencia es ahora el proyecto de caridad de esta mujer.

—Oye, yo no fui negligente —se defendió Charlie, aunque su voz carecía de convicción—. El robot no respondía. Estaba viejo.

Kathe rodó los ojos y volvió a subirse a la plataforma de mantenimiento de Noisy Boy.

—No estaba viejo, Charlie. Estaba mal configurado para tu estilo de pelea —explicó ella mientras conectaba un cable de datos al procesador central del robot—. Max, pásame la tableta de diagnóstico.

El niño obedeció al instante. Mientras Kathe tecleaba frenéticamente, Bailey Tallet apareció por la puerta trasera, cargando una caja de suministros. Se detuvo al ver el grupo tan ecléctico.

—Si esto es una reunión de la junta directiva de la WRB, nadie me avisó —dijo Bailey con una sonrisa cansada, dejando la caja sobre una mesa—. Hola, Kathe. ¿Cómo va el gran chico?

—Está despertando, Bailey —respondió Kathe, su rostro iluminado por el resplandor de la pantalla—. Tak dice que es una pérdida de tiempo. ¿Qué opinas tú?

Bailey miró a Mashido con respeto pero sin miedo. Ella sabía lo que era mantener robots con piezas de desguace.

—Opino que si alguien puede hacer que Noisy Boy vuelva a bailar, es ella.

Mashido permaneció en silencio, observando cómo Kathe se movía con una agilidad casi felina alrededor de la máquina. Había algo en la forma en que ella tocaba los cables, en cómo susurraba comandos en una mezcla de inglés y español, que lo perturbaba. Era una técnica que él no podía cuantificar.

—Voy a iniciar la secuencia de reconocimiento —anunció Kathe. El silencio cayó sobre el taller, solo roto por el zumbido de los ventiladores—. Vamos, azulito... muéstrales de qué estás hecho.

Las luces de los kanjis en el pecho de Noisy Boy comenzaron a brillar con un púrpura intenso. Sus ojos se encendieron, primero con un parpadeo errático y luego con una luz constante y poderosa. El robot emitió un sonido hidráulico profundo, un suspiro de metal, y giró la cabeza lentamente hacia Kathe.

No hubo comandos de voz. Solo un movimiento fluido. Noisy Boy levantó una de sus enormes manos y, con una delicadeza asombrosa, rozó el hombro de Kathe.

Max soltó un grito de alegría. Charlie se quedó boquiabierto.

—Imposible —susurró Mashido, dando un paso adelante—. El sensor de proximidad no debería ser tan preciso sin un controlador externo.

—Es porque no lo estoy controlando, Tak —dijo Kathe, mirándolo por encima del hombro con una sonrisa triunfal—. Lo estoy dejando ser. Le he dado un sistema de aprendizaje adaptativo basado en sus combates pasados, pero filtrando tus algoritmos rígidos. Ahora él elige cómo moverse.

Mashido se acercó tanto a ella que Kathe pudo oler su perfume costoso, una mezcla de sándalo y acero frío.

—Has hackeado mi código base —dijo él, y su voz no sonaba enojada, sino extrañamente excitada—. Nadie ha podido entrar en mis sistemas de esa manera.

—Siempre hay una primera vez para todo, ¿no? —desafió ella.

La tensión entre ellos escaló de nuevo, pero esta vez era diferente. Charlie y los demás se alejaron un poco, sintiendo que estaban sobrando en una conversación que se había vuelto privada a pesar de las palabras técnicas.

—Esto es peligroso, Kathe —murmuró Mashido, ignorando a los Kenton—. Si esto sale a la luz, la WRB querrá poseerlo. Yo querré poseerlo.

—Tendrás que pasar por encima de mí primero —respondió ella, clavando sus ojos en los de él.

—No me tientes.

El roce de sus manos sobre el panel de control fue accidental, o quizás no. El calor de la piel de Kathe contra la frialdad de Mashido provocó una reacción casi química. Él la tomó por la muñeca, no con fuerza, sino con una urgencia contenida.

—Ven conmigo esta noche —dijo Tak, bajando la voz al mínimo—. Deja que te muestre lo que la verdadera tecnología puede hacer. Deja de jugar en este garaje.

Kathe se soltó suavemente, pero no se alejó.

—Solo iré si tú vienes mañana a ver a Noisy Boy en su primera pelea de exhibición en el submundo. Sin trajes, sin guardaespaldas. Solo tú, viendo cómo tu creación me pertenece ahora.

Mashido la miró durante un largo tiempo. El genio frío frente a la mecánica rebelde.

—Estaré allí —aceptó él—. Pero si pierde, vendrás a trabajar a mi laboratorio bajo mis reglas.

—Y si gana —añadió Kathe, acercándose a su oído para que solo él pudiera escucharla—, tendrás que admitir ante todo el mundo que una latina rizada de barrio sabe más sobre el alma de las máquinas que el gran Tak Mashido. Y luego, me invitarás a cenar donde yo elija.

Mashido esbozó una sonrisa real por primera vez, una que no llegó a sus ojos pero que encendió un fuego en el pecho de Kathe.

—Trato hecho.

Él se dio la vuelta y salió del taller sin decir una palabra más a Charlie ni a Max. Kathe se quedó allí, respirando agitadamente, sintiendo la mirada de Noisy Boy sobre ella.

—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Charlie, acercándose con cautela—. ¿Acabas de hacer una apuesta con el hombre más poderoso de la robótica mundial?

—Acabo de asegurar el futuro de este robot, Charlie —dijo Kathe, volviendo a su trabajo con una energía renovada—. Y quizás, el mío también.

Max se acercó a Noisy Boy y tocó su pierna de metal.

—Él es diferente ahora, ¿verdad, Kathe? Ya no parece una máquina de pelea. Parece... un guerrero de verdad.

—Lo es, Max. Y mañana se lo vamos a demostrar a todos.

Esa noche, cuando todos se fueron y el taller quedó en silencio, Kathe se quedó a solas con el gigante púrpura. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el pie del robot, y cerró los ojos. Podía sentir el calor que emanaba de los circuitos de Noisy Boy.

No era solo metal. No era solo código. Era una segunda oportunidad para ambos.

En su oficina de cristal en el centro de la ciudad, Tak Mashido observaba a través de las cámaras de seguridad que, muy a su pesar, aún tenía conectadas al sistema de Noisy Boy. Veía a Kathe dormir al pie de la máquina.

—Eres un problema, Kathe —susurró para sí mismo, desabrochándose la corbata—. Un problema precioso que no puedo esperar a resolver.

La rivalidad estaba servida, pero bajo las capas de acero y orgullo, algo mucho más humano y volátil estaba empezando a forjarse. Mañana, el ring decidiría el destino de Noisy Boy, pero el destino de Kathe y Tak ya parecía estar entrelazado en una danza de odio, admiración y un deseo que quemaba más que cualquier soplete.
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