Fanfy
.studio
Загрузка...
Фоновое изображение
← Назад
0 лайков

Znin

Фандом: Jujutsu Kaisen

Создан: 18.05.2026

Теги

РомантикаAUОмегаверсДрамаИсторические эпохиЭкшнHurt/ComfortФлаффCharacter studyЗанавесочная историяДискриминация
Содержание

Espinas de Azúcar y Manos de Tierra

El carruaje negro con el emblema del clan Zenin avanzaba con una elegancia que Megumi Fushiguro encontraba asfixiante. Sentado en el asiento de terciopelo, Megumi vestía un kimono de seda fina en tonos azul profundo, con bordados de grullas que parecían querer escapar de la tela. Sus manos, pálidas y aparentemente delicadas, descansaban sobre sus rodillas. Cualquiera que lo viera pensaría que era la viva imagen de la fragilidad omega que su clan tanto se esmeraba en pregonar.

Sin embargo, bajo esas mangas largas, los nudillos de Megumi estaban ligeramente enrojecidos por su práctica matutina con el bō, y en el muslo derecho llevaba oculta una pequeña daga que nadie en su familia sabía que poseía.

—Recuerda, Megumi —dijo la voz de su acompañante, un sirviente de alto rango que actuaba como chaperón—, el joven maestro Gojo ha sido muy persistente. Sus poemas hablan de una sensibilidad que solo un omega de tu linaje puede apreciar. No menciones nada de tus... pasatiempos rústicos.

Megumi suspiró, dirigiendo su mirada hacia la ventana.

—Lo sé. "Un omega es como una flor de loto: hermosa de ver, pero incapaz de soportar el peso del mundo" —recitó con un tono cargado de sarcasmo—. He escuchado el discurso un millón de veces.

El motivo de esta visita era un pretendiente, un alfa del clan Gojo que llevaba meses enviándole cartas cargadas de una cursilería que a Megumi le revolvía el estómago. "Tus ojos son como lagos de jade donde mi alma desea ahogarse", decía la última. Megumi solo quería saber si aquel alfa sabía sostener una espada o si se desmayaría al ver una gota de sudor.

Cuando el carruaje finalmente se detuvo en los terrenos de la inmensa propiedad Gojo, Megumi no esperó a que le abrieran la puerta. Saltó hacia el exterior con una agilidad que hizo que su chaperón soltara un grito ahogado de desaprobación.

El aire en la propiedad Gojo era diferente; olía a incienso caro y a una brisa marina que siempre parecía rodear a ese clan. Pero mientras caminaba hacia la entrada principal, un aroma distinto golpeó su olfato: tierra mojada, savia de árbol y un rastro de almizcle cítrico, potente y cálido. Era el aroma de un alfa, pero no uno que pasara el día escribiendo poemas en habitaciones cerradas.

Megumi se desvió del camino principal, ignorando las llamadas de su escolta. Sus pies lo llevaron hacia los jardines laterales, donde las famosas rosas de los Gojo crecían en hileras perfectas. Allí, en medio de la explosión de colores rojos y blancos, lo vio.

No era el pretendiente lánguido que esperaba.

Un hombre alto, de hombros anchos y espalda imponente, estaba arrodillado frente a un macizo de flores. Llevaba una yukata de trabajo sencilla, con las mangas recogidas hasta los hombros, revelando unos brazos musculosos y bronceados, marcados por el esfuerzo físico. Tenía el cabello de un extraño tono rosado, corto y rebelde, y una cicatriz pequeña bajo cada ojo que le daba un aire de experiencia que Megumi no había visto en los alfas de su propia casta noble.

El hombre estaba cargando un pesado saco de fertilizante con una sola mano mientras con la otra manejaba unas tijeras de podar con una precisión asombrosa. Era el jefe de área, Yuji Itadori, un hombre que, a pesar de sus casi treinta años y su estatus de trabajador, emanaba una autoridad natural.

Megumi se quedó paralizado, observando cómo el alfa se ponía de pie. El movimiento hizo que la tela de su ropa se tensara contra su pecho, y Megumi sintió un calor repentino en las mejillas que nada tenía que ver con el sol de la tarde.

Yuji se giró, sintiendo la presencia de alguien detrás de él. Al ver al joven omega, sus ojos color miel se iluminaron con una curiosidad genuina. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando una mancha de tierra en su piel.

—Vaya —dijo Yuji, con una voz profunda que pareció vibrar en el pecho de Megumi—. No esperaba visitas en esta sección del jardín hoy. ¿Te has perdido, jovencito?

Megumi enderezó la espalda, tratando de recuperar su compostura de "princesa Zenin".

—Soy Megumi Fushiguro —anunció, intentando sonar distante—. Estoy aquí para ver al maestro Gojo.

Yuji soltó una carcajada corta y vibrante, apoyando las manos en sus caderas.

—Ah, el invitado de honor. El que recibe los poemas de amor —Yuji lo recorrió con la mirada, no de una forma lasciva, sino con la evaluación experta de alguien que sabía distinguir la calidad—. Te ves mucho más... sólido de lo que las cartas de mi señor sugieren. Él te describe como un pétalo de cerezo que se rompería con el viento.

Megumi frunció el ceño, sintiendo una punzada de irritación y, extrañamente, un deseo de impresionar a este trabajador de manos sucias.

—Esas cartas son una tontería —espetó Megumi, olvidando las advertencias de su clan—. No soy un pétalo de nada.

Yuji enarcó una ceja, divertido. Dejó las herramientas a un lado y dio un paso hacia él. El aroma a alfa se intensificó, envolviendo a Megumi en una calidez que lo hacía sentir extrañamente seguro.

—¿Ah, sí? —Yuji señaló un enorme tronco de madera que habían traído para tallar unos bancos nuevos—. Entonces supongo que no te desmayarías si vieras cómo se hace el trabajo de verdad en este lugar.

—He manejado armas más pesadas que esas tijeras de podar —replicó Megumi, dando un paso adelante también, desafiante.

Yuji lo observó en silencio durante un momento. A sus casi treinta años, Itadori había visto a muchos omegas de la nobleza, todos ellos asustadizos y refinados, pero este chico tenía un fuego en los ojos que le resultaba fascinante. Había algo en la forma en que Megumi se paraba, una tensión en sus hombros que gritaba que estaba harto de ser tratado como cristal.

—Me gusta tu espíritu, Megumi del clan Zenin —dijo Yuji con una sonrisa honesta que hizo que el corazón del omega diera un vuelco—. Soy Yuji Itadori. Manejo esta sección y a los hombres que trabajan en ella. Si te cansas de los poemas aburridos y el té frío allá adentro, siempre puedes venir aquí. Siempre necesito a alguien que no le tenga miedo a mancharse las manos.

—No me dan miedo las manchas —dijo Megumi, su voz bajando un octavo de tono.

En ese momento, el chaperón de Megumi apareció a la vuelta del sendero, jadeando y con el rostro rojo de indignación.

—¡Joven maestro! ¡Por los dioses! ¿Qué hace hablando con el personal de mantenimiento? El señor Gojo lo espera en el salón de los espejos.

Megumi miró a Yuji una última vez. El alfa le guiñó un ojo, una señal de complicidad que rompió todas las reglas de etiqueta imaginables.

—Tenga un buen día, joven maestro Fushiguro —dijo Yuji, inclinando la cabeza lo justo para ser respetuoso, pero manteniendo esa chispa de diversión en su mirada—. Cuidado con las espinas. Algunas rosas no son tan delicadas como parecen.

Megumi fue arrastrado hacia el palacio, pero sus pensamientos se quedaron en el jardín.

La reunión con el pretendiente Gojo fue exactamente el desastre que Megumi predijo. El alfa era un hombre joven, de su misma edad, que hablaba sin parar sobre la estética de la melancolía y cómo el cutis de Megumi recordaba a la porcelana fina. Megumi solo podía pensar en las manos de Yuji: grandes, fuertes, llenas de cicatrices y vida. Manos que construían cosas, manos que no temían a la realidad.

—...y por eso, he decidido dedicarte mi próximo soneto —concluyó el pretendiente, mirándolo con una devoción que a Megumi le pareció vacía.

—¿Sabes manejar un hacha? —preguntó Megumi de repente, interrumpiendo el flujo de palabras dulces.

El alfa Gojo parpadeó, confundido.

—¿Un... un hacha? Megumi, querido, por supuesto que no. Para eso tenemos a gente como Itadori y los demás trabajadores. Un alfa de mi posición se dedica a las artes y a la política.

Megumi sintió un vacío en el estómago.

—Entiendo.

Esa misma noche, Megumi se escapó de su habitación asignada. No fue difícil; los guardias del clan Gojo estaban acostumbrados a protegerse de ataques externos, no de un omega "delicado" que sabía moverse por las sombras como un gato.

Regresó al jardín. La luna llena bañaba las flores de un color plateado fantasmal. Cerca del cobertizo de herramientas, vio una luz tenue. Yuji estaba allí, sentado en un banco de piedra que él mismo estaba terminando de pulir. Estaba sin camisa, y su torso era un mapa de fuerza y resistencia.

Yuji no se sorprendió al verlo. Simplemente dejó el cincel y tomó un trozo de tela para limpiarse.

—Los poemas fueron tan malos, ¿eh? —preguntó Yuji, su voz rompiendo el silencio de la noche.

Megumi se acercó, sentándose a una distancia prudencial, pero lo suficientemente cerca como para sentir el calor que emanaba del cuerpo del alfa.

—Dijo que mi piel era como porcelana —susurró Megumi, mirando sus propias manos—. La porcelana es bonita, pero se rompe si la golpeas. Yo no quiero ser algo que se rompa.

Yuji se movió, acortando la distancia. Su aroma, ahora mezclado con el frescor de la noche, envolvió a Megumi como una manta pesada y reconfortante. El alfa extendió una mano y, con una delicadeza que Megumi no esperaba de alguien tan robusto, tomó la mano del omega.

Con el pulgar, Yuji acarició los nudillos enrojecidos de Megumi.

—Estas no son manos de porcelana —dijo Yuji suavemente—. Son manos que han trabajado. Manos que tienen fuerza. En mi pueblo, decimos que la verdadera belleza no está en lo que se mantiene intacto, sino en lo que resiste a pesar de las cicatrices.

Megumi sintió que algo dentro de él se soltaba. Durante años, su clan lo había moldeado para ser un adorno, una moneda de cambio. Y aquí, un hombre que apenas lo conocía, un trabajador que no tenía títulos ni tierras, lo estaba viendo de verdad.

—Enséñame —pidió Megumi, levantando la vista para encontrar los ojos de Yuji.

—¿A podar rosas? —sonrió el alfa.

—A ser como tú —respondió Megumi con seriedad—. A dirigir, a ser fuerte, a no tener que pedir permiso para existir.

Yuji soltó una pequeña risa, pero sus ojos estaban llenos de respeto.

—Va a ser un camino difícil, "princesa". Te saldrán callos, te dolerá la espalda y tu clan probablemente querrá colgarme de un árbol.

—Que lo intenten —desafió Megumi, una sonrisa genuina apareciendo en su rostro por primera vez en todo el día.

Yuji se puso de pie y le tendió la mano.

—Bien. Empecemos por lo básico. Si vas a ser un guerrero disfrazado de loto, necesitas saber cómo equilibrar tu peso.

Esa noche, bajo la luz de la luna y rodeados por el aroma de las rosas que Yuji cuidaba con tanto esmero, Megumi Fushiguro dejó de ser el omega de cuento de hadas que todos esperaban. Encontró en un alfa de casi treinta años, un hombre de tierra y sudor, el espejo de lo que él siempre quiso ser.

Las visitas al clan Gojo se volvieron más frecuentes. Los pretendientes iban y venían, cada uno más aburrido que el anterior, pero Megumi siempre encontraba la forma de escapar al jardín. Allí, lejos de los poemas y la seda, aprendió a cargar su propio peso, a manejar la fuerza y a entender que el aroma de un alfa de verdad no venía de perfumes caros, sino del compromiso con el trabajo y la protección de lo que amaba.

Yuji Itadori, por su parte, descubrió que su jardín nunca había estado tan vivo como cuando aquel omega de ojos intensos estaba en él. Megumi no era una flor que necesitaba ser protegida del mundo; era una tormenta que estaba aprendiendo a desatarse, y Yuji estaba más que dispuesto a estar en el centro de ella.

—¿Sabes? —dijo Yuji una tarde, mientras ambos descansaban tras una sesión de entrenamiento ocultos tras los arbustos altos—. El joven maestro Gojo se quejó ayer de que ya no le prestas atención a sus rimas.

Megumi, que estaba limpiando una mancha de barro de su kimono de seda, se encogió de hombros.

—Dile que si quiere mi atención, tendrá que aprender a distinguir una azada de un pincel. Aunque dudo que sus manos aguanten un minuto de trabajo real.

Yuji rió, pasando un brazo por los hombros de Megumi. El omega se apoyó contra él, disfrutando de la solidez de su cuerpo.

—Tienes razón —concluyó Yuji—. Pero no se lo diré. Prefiero que siga escribiendo poemas mientras tú y yo nos encargamos de que este lugar siga en pie.

Megumi cerró los ojos, sintiéndose por fin en casa, no en un palacio de cristal, sino entre la tierra y las espinas, donde la vida era real y el amor no necesitaba rimas para ser verdadero.
Содержание

Хотите создать свой фанфик?

Зарегистрируйтесь на Fanfy и создавайте свои собственные истории!

Создать свой фанфик