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Los declaro...Enamorados!

Фандом: Ace Attorney

Создан: 19.05.2026

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Veredicto del Corazón: El Caso del Empujón de Pearl

El aire en la oficina de Wright & Co. se sentía inusualmente ligero aquella tarde. Phoenix se dejó caer en su silla giratoria, escuchando el crujido familiar del cuero, mientras soltaba un suspiro que parecía llevar acumulando semanas. El último juicio contra Miles Edgeworth había sido una auténtica montaña rusa de "¡Protestas!" y giros argumentales de último minuto que casi le provocan un infarto. Pero, como siempre, su instinto y esa fe ciega en sus clientes le habían dado la victoria.

A su lado, Maya Fey no perdía el tiempo. Estaba sentada en el sofá, hojeando un folleto de un nuevo restaurante de ramen que prometía porciones "monstruosas".

—¡Nick! Deberíamos ir a celebrar —exclamó Maya, agitando el papel con entusiasmo—. Después de lo de hoy, mi estómago siente que ha pasado por tres interrogatorios sin comer nada. ¡Es una injusticia criminal!

Phoenix sonrió, ajustándose la corbata azul.

—Tienes razón, Maya. Creo que nos merecemos un descanso de los tribunales por un tiempo. Nada de asesinatos, nada de fiscales intimidantes y, sobre todo, nada de pelucas voladoras.

Sin embargo, la paz duró exactamente tres segundos. La puerta de la oficina se abrió de par en par, revelando a una pequeña figura con túnica de entrenamiento y dos moños laterales que irradiaba una energía desbordante.

—¡Sr. Nick! ¡Maya! —Pearl Fey entró corriendo, con las mejillas encendidas por la emoción—. ¡He venido en cuanto he podido! ¡Sentí una perturbación en el aura de su relación y supe que tenía que intervenir!

Maya se incorporó de un salto, olvidando el ramen por un momento.

—¡Pearls! Qué sorpresa. ¿Perturbación? No sé de qué hablas, solo estábamos planeando ir a comer.

Pearl se detuvo frente a ellos, cruzando los brazos con una expresión de seriedad absoluta que resultaba adorable y aterradora a partes iguales.

—No intente ocultarlo, Maya. El hilo del destino entre usted y el Sr. Nick está muy tenso hoy. Lo he leído en las estrellas... y en la forma en que el Sr. Nick la miró cuando ganaron el caso en la televisión.

Phoenix sintió que el cuello le empezaba a arder. Se aclaró la garganta, tratando de recuperar su compostura de abogado.

—Pearl, ya hemos hablado de esto. Maya y yo somos... bueno, somos compañeros de trabajo. Muy buenos amigos.

—¡Exacto! —añadió Maya con una risa nerviosa—. Amigos especiales, como tú dices, pero en el sentido de "equipo de investigación".

Pearl no pareció convencida. Sus ojos brillaron con una chispa de astucia que Phoenix solía asociar con los fiscales más implacables.

—Si eso es cierto, entonces no tendrán inconveniente en participar en un pequeño ejercicio que he preparado. Lo llamo "El Juicio de la Verdad Interior". ¡Dice mi madre que para mejorar los debates en un juicio real, hay que practicar la honestidad absoluta bajo presión!

Phoenix y Maya se miraron. Normalmente, habrían ignorado las ocurrencias románticas de la niña, pero hoy había algo diferente. La tensión en la habitación no era la habitual; había un silencio pesado, una chispa de algo que ninguno de los dos quería admitir.

—Está bien, Pearls —cedió Maya, rascándose la mejilla—. ¿De qué se trata este "juicio"?

Pearl los hizo sentarse uno frente al otro en el escritorio de Phoenix. Ella se subió a una pila de libros de derecho para quedar a una altura superior, actuando como la jueza indiscutible de la sesión.

—¡Silencio en la sala! —Pearl golpeó el escritorio con un martillo de juguete que Phoenix no recordaba haber comprado—. Este tribunal decidirá la naturaleza de los sentimientos entre el acusado Phoenix Wright y la co-abogada Maya Fey. ¡Fiscal Pearl Fey toma la palabra!

Phoenix se hundió en su silla.

—¿Eres la jueza y la fiscal al mismo tiempo? Eso va contra todas las normas procesales...

—¡Protesta denegada! —gritó Pearl—. Primera pregunta para el Sr. Nick. En el caso de hace dos años, cuando Maya fue secuestrada por ese hombre malvado... ¿en qué pensaba usted cada segundo que ella no estaba a su lado?

Phoenix se quedó helado. No esperaba una pregunta tan directa. Sus instintos le gritaban que buscara una prueba, una contradicción, algo para desviar el tema, pero solo encontró la mirada de Maya, que estaba inusualmente callada.

—Yo... bueno —comenzó Phoenix, rascándose la nuca—. Estaba desesperado. Sentía que si no la encontraba, nada de lo que hiciera volvería a tener sentido. La oficina se sentía vacía. El mundo se sentía... gris.

Maya parpadeó, sorprendida por la sinceridad del abogado. Pearl asintió con gravedad y se giró hacia su prima.

—¡Maya! Cuando el Sr. Nick se lanza a defender a alguien, incluso cuando todo el mundo dice que es imposible ganar... ¿qué es lo que siente en su pecho? ¿Es solo orgullo profesional?

Maya jugueteó con las cuentas de su collar de médium. Su rostro estaba del color de un tomate maduro.

—No es solo orgullo —susurró ella—. Siento que... que mientras Nick esté ahí, nada malo puede pasar de verdad. Siento que es la persona más valiente que conozco, aunque a veces sea un poco tonto y se meta en líos. Me hace sentir que el mundo es un lugar donde la justicia sí existe.

—¡Interesante! —Pearl anotó algo en un papel imaginario—. Siguiente prueba: Sr. Nick, ¿por qué guarda cada una de las baratijas de acero que Maya le regala, incluso las que ocupan todo su escritorio?

—¡Oye! —exclamó Phoenix—. ¡Eso es confidencialidad entre abogado y cliente!

—¡Conteste a la pregunta! —exigió Pearl.

—Las guardo porque... porque me recuerdan que no estoy solo en esto —admitió él en voz baja—. Me recuerdan que, pase lo que pase en el estrado, tengo a alguien que cree en mí sin dudarlo.

El silencio que siguió fue diferente a cualquier otro que hubieran compartido. No era el silencio de la derrota ni el de la espera de un veredicto. Era un silencio cargado de una verdad que ambos habían estado enterrando bajo capas de hamburguesas, bromas y casos de asesinato. Phoenix miró a Maya y, por primera vez, no vio solo a su asistente o a la chica que siempre pedía comida extra. Vio a la mujer que había sido su ancla durante los años más turbulentos de su vida.

Maya, por su parte, observaba a Phoenix con una expresión de vulnerabilidad que rara vez mostraba. La seguridad que él siempre proyectaba en el tribunal parecía haberse desvanecido, dejando ver a un hombre que simplemente se preocupaba profundamente por ella.

Pearl dio un golpe final con su martillo de juguete, haciendo que ambos dieran un respingo.

—¡He llegado a una conclusión! —anunció la pequeña con una sonrisa radiante—. Las pruebas son irrefutables. Las contradicciones en sus negaciones son demasiado obvias para este tribunal.

—¿Ah, sí? —dijo Maya con voz temblorosa—. ¿Y cuál es el veredicto, Jueza Pearls?

Pearl se puso de pie sobre los libros, extendiendo los brazos de forma dramática.

—¡Los declaro... culpables de estar enamorados! ¡El veredicto es amor de por vida!

Phoenix soltó un suspiro largo, su cuerpo relajándose de repente. Miró a Maya y se dio cuenta de que ella también estaba suspirando. Ninguno de los dos se apresuró a protestar. Ninguno gritó que la lógica de Pearl era defectuosa o que faltaban pruebas concluyentes. En el fondo, ambos sabían que la "fiscal" tenía toda la razón.

—Bueno —dijo Phoenix, con una pequeña sonrisa—. Supongo que no puedo apelar contra ese veredicto.

—Yo tampoco —coincidió Maya, riendo entre dientes—. Parece que el tribunal tiene pruebas más sólidas que nosotros.

Se miraron el uno al otro, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. Phoenix pensó en decir algo, en proponer una cena que no fuera solo por trabajo, en dar ese paso que llevaba años postergando. Maya se inclinó un poco hacia adelante, con los ojos brillantes, esperando quizás que él tomara la iniciativa.

Pero Pearl Fey no era conocida por su paciencia cuando se trataba del romance de su "Sr. Nick".

—¡Oh, por favor! —exclamó Pearl, perdiendo su compostura de jueza—. ¡Son demasiado lentos! ¡Si esperan a que el Sr. Nick se decida, el juicio prescribirá!

Antes de que cualquiera de los dos pudiera reaccionar, Pearl saltó del escritorio con una agilidad asombrosa. Con la fuerza que solo una pequeña médium con una misión divina podía tener, rodeó a Phoenix y a Maya con sus brazos, colocando una mano detrás de la cabeza de cada uno.

—¡Ahora, sellen el veredicto! —gritó ella.

Con un movimiento rápido y decidido, Pearl empujó las cabezas de ambos adultos, juntándolas con fuerza.

El choque fue un poco torpe al principio; Phoenix sintió el golpe de sus dientes contra los de Maya, pero en un segundo, la torpeza se transformó en algo real. Sus labios se encontraron en un beso que sabía a alivio, a años de complicidad y a una promesa silenciosa de que ya no habría más secretos entre ellos.

Fue un beso breve pero definitivo. Cuando Pearl finalmente los soltó, ambos se separaron, jadeando y con el rostro completamente encendido.

—¡Lo logré! —Pearl empezó a saltar de alegría por toda la oficina—. ¡El hilo del destino está perfectamente anudado! ¡Voy a escribirle a mi madre ahora mismo!

Phoenix se ajustó la chaqueta, sintiéndose más nervioso que en su primer juicio contra Winston Payne. Miró a Maya, temiendo haber arruinado su amistad, pero ella se estaba tapando la boca con las manos, tratando de ocultar una sonrisa enorme.

—Nick... —dijo ella finalmente.

—¿Sí, Maya?

—Creo que... creo que este es el mejor veredicto que hemos recibido nunca.

Phoenix se rió, una risa genuina y cálida que llenó la habitación. Se acercó a ella y, esta vez sin necesidad de que Pearl lo empujara, tomó su mano con suavidad.

—Tienes razón. Aunque, técnicamente, Pearl nos ha forzado a una confesión bajo coacción. Podríamos pedir una anulación.

Maya entrelazó sus dedos con los de él, apretándolos con firmeza.

—Ni se te ocurra, abogado. No pienso presentar ninguna apelación.

Pearl, que ya estaba en la puerta lista para ir a contar sus hazañas, se giró una última vez.

—¡Sr. Nick! ¡No olvide que ahora tiene que llevar a Maya a esa cena romántica! ¡Y nada de hablar de leyes o de huellas dactilares!

—Lo prometo, Pearls —dijo Phoenix, mirando a Maya con una intensidad que lo decía todo—. Nada de leyes. Solo nosotros.

Maya se apoyó en el hombro de Phoenix, sintiendo finalmente que el rompecabezas de sus vidas estaba completo. El caos de los tribunales siempre estaría allí, los fiscales siempre intentarían acorralarlos y los testigos siempre mentirían, pero ahora sabía que, al final del día, siempre tendría a Phoenix a su lado. Y Phoenix, por fin, entendió que su instinto no solo servía para ganar juicios, sino para encontrar el camino hacia la persona que siempre había estado allí, esperando a que él finalmente abriera los ojos.

—Entonces... ¿ramen? —preguntó Maya con picardía.

Phoenix sonrió, dándole un suave apretón en la mano.

—Ramen. Pero esta vez, yo invito, y no es por el caso. Es por nosotros.

Y así, mientras Pearl corría por el pasillo celebrando su victoria, Phoenix y Maya salieron de la oficina, no como abogado y asistente, sino como algo mucho más fuerte, dejando atrás el silencio de las dudas para abrazar el ruido feliz de un nuevo comienzo. El veredicto final estaba dictado, y no había poder en el sistema legal que pudiera cambiarlo.
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