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El sécreto del Egoista
Фандом: Blue Lock
Создан: 19.05.2026
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РомантикаЮморСтёбСеттинг оригинального произведенияДетективДрамаПовседневность
Fuera de Juego: El Secreto del Monitor
—Te lo digo en serio, Isagi. Fue solo un segundo, pero sus dedos estaban entrelazados como si fueran las piezas de un rompecabezas perfecto —susurró Meguru Bachira, balanceándose sobre sus talones con esa chispa de locura habitual en sus ojos amarillentos.
Isagi Yoichi suspiró, frotándose las sienes. Estaban en uno de los pasillos menos transitados de las instalaciones de Blue Lock, justo después de una sesión de entrenamiento agotadora.
—Bachira, es Ego de quien hablamos —respondió Isagi, tratando de sonar lógico—. El hombre vive de fideos instantáneos, cafeína y el deseo de destruir el fútbol tradicional. No creo que tenga tiempo para... ya sabes, contacto humano. Y Teieri-san es demasiado profesional.
—El "monstruo" no miente, Isagi —insistió Bachira con una sonrisa traviesa—. Los vi cerca de la sala de control. No había cámaras apuntándoles a ellos por una vez. Fue rápido, pero real.
La conversación podría haber terminado ahí si no fuera porque, dos días después, Isagi se quedó congelado frente a una de las pantallas de análisis. En el reflejo de un cristal, vio a Anri Teieri ajustándole la corbata bolo a Ego. No fue un gesto mecánico; fue la forma en que ella sonrió y la manera en que Ego, el hombre que despreciaba cualquier debilidad, no se apartó. Al contrario, pareció inclinarse ligeramente hacia ella.
—Tenías razón —murmuró Isagi esa noche en el dormitorio compartido, con el rostro pálido.
La noticia se propagó como un incendio forestal entre los "Diamantes en Bruto". Chigiri pensó que era un escándalo potencial; Kunigami, aunque reservado, admitió que el ambiente entre ambos era extraño; y Reo Mikage, acostumbrado a los dramas de la alta sociedad, vio en esto una oportunidad de entretenimiento sin igual.
—Si vamos a hacer esto, lo haremos al estilo Blue Lock —declaró Barou, aunque fingía desinterés—. No podemos dejar que esos dos jueguen con nuestra percepción. Si hay una anomalía en el sistema, hay que confirmarla.
Así nació la "Operación Espionaje Egoísta".
Utilizando el mapa de calor de las instalaciones y los horarios de mantenimiento que Niko había logrado "tomar prestados" del sistema, los jugadores se dividieron en escuadrones. No era una estrategia para marcar goles, sino para cazar la verdad.
—Escuadrón A: Chigiri y Hyoma vigilarán el ala este —instruyó Isagi, asumiendo el rol de estratega—. Bachira y yo iremos a la sala de monitores principal. Gagamaru, tú estarás en los conductos de ventilación superiores. Tu flexibilidad es clave aquí.
—Entendido —respondió Gagamaru con su habitual tono monótono, ya trepando por una pared con una agilidad inquietante.
El ambiente en el edificio era tenso. El grupo de Isagi se movía entre las sombras, evitando los sensores de movimiento que ellos mismos ya conocían de memoria tras meses de encierro. Llegaron a una zona restringida, un pequeño salón de descanso privado que Ego utilizaba cuando las jornadas de análisis se extendían hasta la madrugada.
—Silencio —susurró Isagi, haciendo una señal con la mano.
Se asomaron por la rendija de una puerta automática que no había cerrado del todo. Dentro, la luz era tenue, solo interrumpida por el brillo azulado de un par de tabletas sobre la mesa.
Lo que vieron los dejó sin aliento.
No era solo un apretón de manos. Anri Teieri estaba sentada sobre el borde del escritorio, con su habitual falda de tubo ligeramente subida. Ego, ese hombre alto, desgarbado y de aspecto casi cadavérico, la rodeaba con sus largos brazos, atrapándola contra su pecho. Sus gafas de montura negra estaban sobre la mesa, dejando al descubierto unos ojos que, por primera vez, no irradiaban desprecio, sino una intensidad abrasadora y posesiva.
—Ego-kun... —susurró Anri, con la voz entrecortada—. Si alguien entra...
—Nadie vendrá —respondió Ego, su voz era un susurro ronco que erizó la piel de los chicos que escuchaban tras la puerta—. Esos diamantes en bruto están demasiado ocupados lamiéndose las heridas del último partido. Además, yo controlo las cámaras, ¿recuerdas?
Ego inclinó su largo cuello y comenzó a besar la base de la garganta de Anri, mientras una de sus manos subía por la cintura de la secretaria, deshaciendo con destreza los botones inferiores de su blusa blanca. La imagen era tan íntima, tan alejada de la frialdad robótica que ambos proyectaban, que Isagi sintió que no debería estar allí.
—Ya vimos suficiente —susurró Isagi, rojo hasta las orejas—. Vámonos ahora.
—Un poco más... —murmuró Raichi, empujando para ver mejor—. Esto es mejor que cualquier final de liga.
—¡Cállate! —siseó Chigiri.
En el forcejeo por mantener el equilibrio en el estrecho pasillo, Gagamaru, que intentaba bajar silenciosamente desde una rejilla superior para unirse al grupo, calculó mal el peso de una placa de metal.
*¡CLANG!*
El sonido del metal chocando contra el suelo resonó como una explosión en el silencio del pasillo.
Dentro de la habitación, el tiempo se detuvo. Anri soltó un pequeño grito de sorpresa y, de un salto, trató de bajarse del escritorio mientras sus manos volaban a su blusa desabrochada, su rostro pasando de un rosa suave a un rojo carmesí profundo.
Ego, sin embargo, reaccionó con la velocidad de un depredador. Se puso las gafas en un movimiento fluido y se giró hacia la puerta. Su expresión no era de vergüenza, sino de una furia gélida que prometía el fin del mundo.
—¿Quién está ahí? —preguntó Ego. No gritó, pero su voz cortó el aire como un bisturí.
La puerta terminó de abrirse por la inercia del golpe. Los "Diamantes en Bruto" quedaron expuestos, amontonados unos sobre otros como un equipo que acababa de fallar estrepitosamente una barrera defensiva.
—¡Hola, Ego-san! —saludó Bachira con una risa nerviosa, rascándose la nuca—. Solo... buscábamos una pelota perdida.
Anri, de espaldas a ellos, terminaba de abotonarse la blusa con dedos temblorosos, tratando de recuperar su compostura profesional, aunque sus orejas delataban su estado.
Ego caminó hacia ellos. Sus Crocs golpeaban el suelo con un ritmo desquiciante. Se detuvo a escasos centímetros de Isagi, quien sintió que el aura negra del entrenador lo asfixiaba.
—Así que... —comenzó Ego, ajustándose la corbata bolo con una calma aterradora—. Han decidido que sus carreras son tan aburridas que prefieren jugar a los detectives.
—Ego, nosotros no queríamos... —intentó explicar Isagi, pero Ego lo interrumpió levantando un dedo largo y pálido.
—Escúchenme bien, pedazos de basura egoísta —dijo Ego, inclinándose para que su rostro quedara a la altura del de ellos—. Si vuelvo a ver una sola de sus caras fuera de sus dormitorios en los próximos cinco minutos, o si escucho un solo rumor, un solo susurro o una sola broma sobre lo que creen haber visto hoy... les juro por mi ambición que haré de su vida en la Liga Neo Egoista un infierno viviente.
Los jugadores tragaron saliva al unísono.
—No solo los expulsaré de Blue Lock —continuó Ego con una sonrisa cruel que no llegaba a sus ojos—. Me encargaré personalmente de que ningún club en el mundo, desde la base hasta la élite, quiera contratar a un solo "delantero" que no sabe respetar la privacidad de su superior. Serán parias del fútbol. ¿Fui claro?
—¡Sí, señor! —gritaron todos, el miedo superando cualquier curiosidad.
—¡Largo de aquí! —rugió Ego.
Los jugadores salieron disparados por el pasillo. Chigiri corría como si estuviera en una final de cien metros, y Barou ni siquiera se quejó de que alguien lo empujara. Bachira, mientras corría, no pudo evitar soltar una carcajada.
—¡Valió la pena! —gritó—. ¡El secreto de Ego es más grande que el Blue Lock mismo!
—¡Cállate, Bachira, que nos va a matar! —le gritó Isagi de vuelta, aunque en el fondo, su corazón latía con fuerza por la adrenalina del descubrimiento.
Una vez que los pasos se desvanecieron en la distancia y el silencio volvió a reinar en el ala restringida, Ego soltó un largo suspiro y se pasó una mano por el cabello negro. Se volvió hacia Anri, que finalmente se había girado, todavía con las mejillas encendidas.
—Esos mocosos... —gruñó Ego, aunque la furia asesina se había disipado, dejando paso a una irritación cansada—. Debería haberles puesto más horas de entrenamiento físico para que no tuvieran energía para esto.
Anri soltó una risa suave, todavía un poco nerviosa, mientras terminaba de alisarse la falda.
—Te lo dije, Ego-kun. Son demasiado curiosos para su propio bien. Son delanteros, buscan cualquier hueco en la defensa.
Ego caminó hacia ella y volvió a colocar sus manos en el escritorio, encerrándola de nuevo, aunque esta vez con menos urgencia.
—Han arruinado el ambiente —dijo él, entrecerrando los ojos tras sus gafas—. Pero supongo que su capacidad de infiltración es algo que podemos usar a nuestro favor en el análisis de campo.
Anri puso una mano sobre el pecho de Ego, sintiendo el latido constante de su corazón bajo la camisa negra.
—¿De verdad vas a arruinar sus carreras? —preguntó ella con una ceja levantada.
—Solo si abren la boca —respondió él con una mueca que casi parecía una sonrisa—. Pero ahora mismo, tengo un problema más inmediato que su falta de disciplina.
Anri sonrió de forma juguetona, enredando sus dedos en la corbata bolo de él.
—¿Y cuál es ese problema, Ego-san?
Ego se inclinó, acortando la distancia entre sus rostros hasta que sus alientos se mezclaron.
—Que nos interrumpieron justo cuando el análisis se estaba poniendo interesante.
Sin más palabras, Ego volvió a lo suyo, ignorando por completo que, en algún lugar de los dormitorios, un grupo de jóvenes delanteros no podía dejar de murmurar sobre el descubrimiento del siglo. En el mundo de Blue Lock, el egoísmo era la clave del éxito, y esa noche, Jinpachi Ego había demostrado ser el más egoísta de todos al reclamar para sí mismo el corazón de la mujer que compartía su sueño de conquistar el mundo.
Isagi Yoichi suspiró, frotándose las sienes. Estaban en uno de los pasillos menos transitados de las instalaciones de Blue Lock, justo después de una sesión de entrenamiento agotadora.
—Bachira, es Ego de quien hablamos —respondió Isagi, tratando de sonar lógico—. El hombre vive de fideos instantáneos, cafeína y el deseo de destruir el fútbol tradicional. No creo que tenga tiempo para... ya sabes, contacto humano. Y Teieri-san es demasiado profesional.
—El "monstruo" no miente, Isagi —insistió Bachira con una sonrisa traviesa—. Los vi cerca de la sala de control. No había cámaras apuntándoles a ellos por una vez. Fue rápido, pero real.
La conversación podría haber terminado ahí si no fuera porque, dos días después, Isagi se quedó congelado frente a una de las pantallas de análisis. En el reflejo de un cristal, vio a Anri Teieri ajustándole la corbata bolo a Ego. No fue un gesto mecánico; fue la forma en que ella sonrió y la manera en que Ego, el hombre que despreciaba cualquier debilidad, no se apartó. Al contrario, pareció inclinarse ligeramente hacia ella.
—Tenías razón —murmuró Isagi esa noche en el dormitorio compartido, con el rostro pálido.
La noticia se propagó como un incendio forestal entre los "Diamantes en Bruto". Chigiri pensó que era un escándalo potencial; Kunigami, aunque reservado, admitió que el ambiente entre ambos era extraño; y Reo Mikage, acostumbrado a los dramas de la alta sociedad, vio en esto una oportunidad de entretenimiento sin igual.
—Si vamos a hacer esto, lo haremos al estilo Blue Lock —declaró Barou, aunque fingía desinterés—. No podemos dejar que esos dos jueguen con nuestra percepción. Si hay una anomalía en el sistema, hay que confirmarla.
Así nació la "Operación Espionaje Egoísta".
Utilizando el mapa de calor de las instalaciones y los horarios de mantenimiento que Niko había logrado "tomar prestados" del sistema, los jugadores se dividieron en escuadrones. No era una estrategia para marcar goles, sino para cazar la verdad.
—Escuadrón A: Chigiri y Hyoma vigilarán el ala este —instruyó Isagi, asumiendo el rol de estratega—. Bachira y yo iremos a la sala de monitores principal. Gagamaru, tú estarás en los conductos de ventilación superiores. Tu flexibilidad es clave aquí.
—Entendido —respondió Gagamaru con su habitual tono monótono, ya trepando por una pared con una agilidad inquietante.
El ambiente en el edificio era tenso. El grupo de Isagi se movía entre las sombras, evitando los sensores de movimiento que ellos mismos ya conocían de memoria tras meses de encierro. Llegaron a una zona restringida, un pequeño salón de descanso privado que Ego utilizaba cuando las jornadas de análisis se extendían hasta la madrugada.
—Silencio —susurró Isagi, haciendo una señal con la mano.
Se asomaron por la rendija de una puerta automática que no había cerrado del todo. Dentro, la luz era tenue, solo interrumpida por el brillo azulado de un par de tabletas sobre la mesa.
Lo que vieron los dejó sin aliento.
No era solo un apretón de manos. Anri Teieri estaba sentada sobre el borde del escritorio, con su habitual falda de tubo ligeramente subida. Ego, ese hombre alto, desgarbado y de aspecto casi cadavérico, la rodeaba con sus largos brazos, atrapándola contra su pecho. Sus gafas de montura negra estaban sobre la mesa, dejando al descubierto unos ojos que, por primera vez, no irradiaban desprecio, sino una intensidad abrasadora y posesiva.
—Ego-kun... —susurró Anri, con la voz entrecortada—. Si alguien entra...
—Nadie vendrá —respondió Ego, su voz era un susurro ronco que erizó la piel de los chicos que escuchaban tras la puerta—. Esos diamantes en bruto están demasiado ocupados lamiéndose las heridas del último partido. Además, yo controlo las cámaras, ¿recuerdas?
Ego inclinó su largo cuello y comenzó a besar la base de la garganta de Anri, mientras una de sus manos subía por la cintura de la secretaria, deshaciendo con destreza los botones inferiores de su blusa blanca. La imagen era tan íntima, tan alejada de la frialdad robótica que ambos proyectaban, que Isagi sintió que no debería estar allí.
—Ya vimos suficiente —susurró Isagi, rojo hasta las orejas—. Vámonos ahora.
—Un poco más... —murmuró Raichi, empujando para ver mejor—. Esto es mejor que cualquier final de liga.
—¡Cállate! —siseó Chigiri.
En el forcejeo por mantener el equilibrio en el estrecho pasillo, Gagamaru, que intentaba bajar silenciosamente desde una rejilla superior para unirse al grupo, calculó mal el peso de una placa de metal.
*¡CLANG!*
El sonido del metal chocando contra el suelo resonó como una explosión en el silencio del pasillo.
Dentro de la habitación, el tiempo se detuvo. Anri soltó un pequeño grito de sorpresa y, de un salto, trató de bajarse del escritorio mientras sus manos volaban a su blusa desabrochada, su rostro pasando de un rosa suave a un rojo carmesí profundo.
Ego, sin embargo, reaccionó con la velocidad de un depredador. Se puso las gafas en un movimiento fluido y se giró hacia la puerta. Su expresión no era de vergüenza, sino de una furia gélida que prometía el fin del mundo.
—¿Quién está ahí? —preguntó Ego. No gritó, pero su voz cortó el aire como un bisturí.
La puerta terminó de abrirse por la inercia del golpe. Los "Diamantes en Bruto" quedaron expuestos, amontonados unos sobre otros como un equipo que acababa de fallar estrepitosamente una barrera defensiva.
—¡Hola, Ego-san! —saludó Bachira con una risa nerviosa, rascándose la nuca—. Solo... buscábamos una pelota perdida.
Anri, de espaldas a ellos, terminaba de abotonarse la blusa con dedos temblorosos, tratando de recuperar su compostura profesional, aunque sus orejas delataban su estado.
Ego caminó hacia ellos. Sus Crocs golpeaban el suelo con un ritmo desquiciante. Se detuvo a escasos centímetros de Isagi, quien sintió que el aura negra del entrenador lo asfixiaba.
—Así que... —comenzó Ego, ajustándose la corbata bolo con una calma aterradora—. Han decidido que sus carreras son tan aburridas que prefieren jugar a los detectives.
—Ego, nosotros no queríamos... —intentó explicar Isagi, pero Ego lo interrumpió levantando un dedo largo y pálido.
—Escúchenme bien, pedazos de basura egoísta —dijo Ego, inclinándose para que su rostro quedara a la altura del de ellos—. Si vuelvo a ver una sola de sus caras fuera de sus dormitorios en los próximos cinco minutos, o si escucho un solo rumor, un solo susurro o una sola broma sobre lo que creen haber visto hoy... les juro por mi ambición que haré de su vida en la Liga Neo Egoista un infierno viviente.
Los jugadores tragaron saliva al unísono.
—No solo los expulsaré de Blue Lock —continuó Ego con una sonrisa cruel que no llegaba a sus ojos—. Me encargaré personalmente de que ningún club en el mundo, desde la base hasta la élite, quiera contratar a un solo "delantero" que no sabe respetar la privacidad de su superior. Serán parias del fútbol. ¿Fui claro?
—¡Sí, señor! —gritaron todos, el miedo superando cualquier curiosidad.
—¡Largo de aquí! —rugió Ego.
Los jugadores salieron disparados por el pasillo. Chigiri corría como si estuviera en una final de cien metros, y Barou ni siquiera se quejó de que alguien lo empujara. Bachira, mientras corría, no pudo evitar soltar una carcajada.
—¡Valió la pena! —gritó—. ¡El secreto de Ego es más grande que el Blue Lock mismo!
—¡Cállate, Bachira, que nos va a matar! —le gritó Isagi de vuelta, aunque en el fondo, su corazón latía con fuerza por la adrenalina del descubrimiento.
Una vez que los pasos se desvanecieron en la distancia y el silencio volvió a reinar en el ala restringida, Ego soltó un largo suspiro y se pasó una mano por el cabello negro. Se volvió hacia Anri, que finalmente se había girado, todavía con las mejillas encendidas.
—Esos mocosos... —gruñó Ego, aunque la furia asesina se había disipado, dejando paso a una irritación cansada—. Debería haberles puesto más horas de entrenamiento físico para que no tuvieran energía para esto.
Anri soltó una risa suave, todavía un poco nerviosa, mientras terminaba de alisarse la falda.
—Te lo dije, Ego-kun. Son demasiado curiosos para su propio bien. Son delanteros, buscan cualquier hueco en la defensa.
Ego caminó hacia ella y volvió a colocar sus manos en el escritorio, encerrándola de nuevo, aunque esta vez con menos urgencia.
—Han arruinado el ambiente —dijo él, entrecerrando los ojos tras sus gafas—. Pero supongo que su capacidad de infiltración es algo que podemos usar a nuestro favor en el análisis de campo.
Anri puso una mano sobre el pecho de Ego, sintiendo el latido constante de su corazón bajo la camisa negra.
—¿De verdad vas a arruinar sus carreras? —preguntó ella con una ceja levantada.
—Solo si abren la boca —respondió él con una mueca que casi parecía una sonrisa—. Pero ahora mismo, tengo un problema más inmediato que su falta de disciplina.
Anri sonrió de forma juguetona, enredando sus dedos en la corbata bolo de él.
—¿Y cuál es ese problema, Ego-san?
Ego se inclinó, acortando la distancia entre sus rostros hasta que sus alientos se mezclaron.
—Que nos interrumpieron justo cuando el análisis se estaba poniendo interesante.
Sin más palabras, Ego volvió a lo suyo, ignorando por completo que, en algún lugar de los dormitorios, un grupo de jóvenes delanteros no podía dejar de murmurar sobre el descubrimiento del siglo. En el mundo de Blue Lock, el egoísmo era la clave del éxito, y esa noche, Jinpachi Ego había demostrado ser el más egoísta de todos al reclamar para sí mismo el corazón de la mujer que compartía su sueño de conquistar el mundo.
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