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Corazón de hielo

Фандом: Country humans

Создан: 19.05.2026

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Cicatrices sobre la Nieve: El Pacto de las Sombras

El frío de Moscú no era simplemente una condición climática; era una entidad viva que devoraba la piel y congelaba el aliento antes de que este pudiera abandonar los labios. En el despacho privado de la Unión Soviética, el silencio era tan denso que podía cortarse con la misma bayoneta que descansaba sobre el escritorio de caoba. URSS, un hombre cuya estatura parecía desafiar los techos de la habitación, permanecía de pie junto al ventanal, observando cómo los copos de nieve caían como cenizas blancas sobre la Plaza Roja.

Detrás de él, la puerta se abrió con un chasquido metálico. No necesitó girarse para saber quién era. El aroma a tabaco fuerte, cuero pulido y un rastro metálico de odio puro lo precedía.

Third Reich entró en la habitación con la barbilla en alto, compensando su baja estatura con una rigidez militar que rozaba lo antinatural. Sus ojos, cargados de un resentimiento que ardía más que cualquier hoguera, recorrieron la espalda del gigante soviético.

— Te ves muy cómodo en tu trono de hielo, Unión —dijo Reich, su voz era un susurro afilado que cortaba el aire—. Casi parece que has olvidado por qué estoy aquí.

URSS se giró lentamente. Su rostro, una máscara de seriedad imperturbable, no mostró ni un ápice de emoción. Sin embargo, sus ojos dorados analizaron cada detalle del uniforme gris del alemán, deteniéndose en la esvástica que adornaba su brazo.

— No he olvidado nada, Reich —respondió URSS con una voz profunda que hizo vibrar los cristales—. He preparado los documentos. El pacto de no agresión está listo para ser firmado. Aunque ambos sabemos que las palabras en papel son tan frágiles como el cristal.

Reich se acercó a la mesa, sus botas resonando contra el suelo de madera. Se detuvo a escasos centímetros del hombre más alto, obligándose a mirar hacia arriba, un gesto que detestaba pero que en ese momento cargó con una intensidad eléctrica.

— El papel es solo una formalidad para el mundo —murmuró Reich, apoyando sus manos enguantadas sobre el escritorio—. Lo que importa es la ambición. Tú quieres media Polonia, yo quiero la otra mitad. Es un negocio, nada más.

— ¿Un negocio? —URSS soltó una risa seca, carente de humor—. Eres un animal acorralado que busca expandir su jaula, y yo soy el único muro que no puedes derribar todavía. No me hables de negocios cuando tus ojos gritan que quieres verme arder.

Reich sonrió, una mueca retorcida que mostraba sus dientes. Se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal del soviético.

— ¿Y no es eso lo que nos hace iguales? —preguntó Reich—. El odio es la forma más pura de reconocimiento. Tú me odias porque me temes, y yo te odio porque eres el único que puede seguirme el ritmo en esta danza macabra.

URSS no retrocedió. Al contrario, se inclinó también, reduciendo la distancia hasta que sus frentes casi se tocaron. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo del alemán, una energía frenética que contrastaba con su propia calma gélida.

— No te temo —dijo URSS en un susurro—. Te vigilo. Hay una diferencia.

El silencio volvió a reinar, pero esta vez era distinto. No era el silencio de la guerra inminente, sino el de una tensión que empezaba a transformarse en algo más oscuro y complejo. La traición estaba escrita en el destino de ambos; sus ideologías eran polos opuestos destinados a colisionar en una explosión que cambiaría el curso de la historia. Pero en ese rincón del Kremlin, apartados de los mapas y los ejércitos, eran simplemente dos hombres cargando con el peso de naciones enteras sobre sus hombros.

— Si vamos a firmar este pacto —dijo Reich, su voz perdiendo parte de su veneno—, mírame a los ojos y dime que no disfrutarás cada segundo de este engaño.

URSS extendió una mano grande y callosa, sujetando la barbilla de Reich con una firmeza que no llegaba a ser violenta, pero que exigía sumisión.

— Disfrutaré el momento en que nuestras naciones dejen de ser un concepto y se conviertan en algo real —sentenció el soviético—. Pero hasta entonces, alemán, eres mi aliado más odiado.

— Y tú mi enemigo más deseado —replicó Reich con una audacia que le hizo ganar un apretón más fuerte.

Los meses pasaron, y lo que comenzó como un tratado de conveniencia política se transformó en una serie de encuentros clandestinos en las fronteras de sus imperios. Entre trincheras y búnkeres, el odio mutuo empezó a alimentar una pasión retorcida. Eran como dos estrellas de neutrones colisionando: la destrucción era inevitable, pero la luz que generaban era cegadora.

La traición llegó, como ambos sabían que pasaría. La Operación Barbarroja rompió el cristal, y la sangre manchó la nieve. La guerra fue larga, cruel y devastadora. Sin embargo, en el fragor de la batalla, cuando el mundo pensaba que se aniquilarían el uno al otro, algo sobrevivió en las sombras de la historia oficial.

Años después, lejos de los libros de texto que hablaban de victoria y derrota, en un refugio que el tiempo parecía haber olvidado, la relación entre el gigante y el caído tomó una forma que nadie hubiera podido predecir. El castigo y el perdón se entrelazaron de tal manera que las fronteras se borraron.

— ¿Alguna vez pensaste que terminaríamos así? —preguntó Reich una tarde, años después de que el humo de las ruinas de Berlín se hubiera disipado.

Estaba sentado en un sofá desgastado, con una manta sobre las piernas. Su figura, antes imponente en su maldad, ahora parecía frágil, aunque sus ojos seguían conservando ese fuego indomable.

URSS, que estaba sentado frente a él limpiando una vieja pipa, levantó la vista. Su rostro estaba marcado por las cicatrices de la guerra, pero su expresión era más suave de lo que nunca fue durante el conflicto.

— Pensé que uno de los dos moriría —admitió URSS—. No contaba con que el destino fuera tan irónico como para obligarnos a reconstruir lo que destruimos.

En ese momento, un estallido de risas y pasos apresurados se escuchó en el pasillo. La puerta se abrió de par en par y un grupo de niños y adolescentes entró en la sala, llenándola de una energía vibrante.

Eran sus hijos. Diecisiete en total, aunque representaban a dieciséis naciones que estaban naciendo o renaciendo de las cenizas de la vieja Europa y Asia. Cada uno de ellos llevaba en sus rasgos la mezcla de la severidad rusa y la disciplina alemana, pero con una identidad propia que desafiaba a sus padres.

— ¡Padre, Rusia no me deja leer el mapa! —se quejó una pequeña niña, representando a una de las repúblicas bálticas, tirando de la manga de la túnica de URSS.

— Es porque no sabe leer coordenadas todavía —replicó un joven de mirada gélida y porte firme, el futuro representante de la Federación Rusa, cruzándose de brazos.

Reich soltó una carcajada, un sonido que ahora era común en esa casa oculta.

— Déjalos, Unión —dijo Reich, extendiendo una mano hacia los niños—. Tienen el fuego de su padre y la terquedad del mío. Es una combinación peligrosa.

URSS dejó la pipa a un lado y observó el caos controlado de su numerosa prole. Ucrania discutía con Bielorrusia en un rincón, mientras que Kazajistán intentaba poner orden entre los más pequeños. Eran diecisiete vidas nacidas de un conflicto que casi acaba con el mundo. Diecisiete promesas de que, a pesar de la traición y el dolor, algo nuevo podía florecer.

— Son nuestra mayor victoria —murmuró URSS, sentándose al lado de Reich.

El alemán apoyó la cabeza en el hombro del soviético, cerrando los ojos. El odio se había evaporado hacía mucho tiempo, dejando en su lugar un vínculo forjado en el fuego y templado en la paz.

— Quién lo diría —susurró Reich—. El hombre que quería conquistar el mundo y el hombre que quería salvarlo, terminaron criando a los dueños del futuro.

— No los criamos nosotros solos —corrigió URSS, rodeando los hombros de Reich con su brazo—. Ellos nos criaron a nosotros. Nos enseñaron que la guerra termina, pero la familia es el único territorio que vale la pena defender.

Afuera, la nieve seguía cayendo sobre el paisaje, pero dentro de aquella casa, el calor era constante. Las naciones crecían, los mapas cambiaban, pero en ese rincón secreto, el antiguo enemigo era ahora el compañero de vida, y las cicatrices del pasado eran simplemente recordatorios de que incluso desde el abismo más profundo, se puede escalar hacia la luz.

— ¿Crees que ellos cometerán nuestros mismos errores? —preguntó Reich, mirando a Alemania, su hijo predilecto, quien ayudaba a los más pequeños con sus deberes.

— Cometerán sus propios errores —respondió URSS con sabiduría—. Pero a diferencia de nosotros, ellos tienen dieciséis hermanos para ayudarlos a levantarse. Nosotros solo nos teníamos el uno al otro para derribarnos.

Reich sonrió, esta vez con una paz genuina que iluminó su rostro.

— Entonces lo hicimos bien, Unión. A pesar de todo, lo hicimos bien.

El soviético asintió en silencio, observando cómo sus hijos jugaban y discutían, ajenos al peso histórico que sus padres habían cargado. La guerra era un eco lejano, y el amor, nacido del odio más profundo, era ahora la única bandera que ondeaba en aquel hogar.
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