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El regreso del genio olvidado

Фандом: Lookism

Создан: 19.05.2026

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El Renacimiento del Demonio de la Medicina

El silencio en el laboratorio subterráneo era absoluto, roto únicamente por el rítmico goteo de un condensador que destilaba una sustancia de un color ámbar casi iridiscente. Park Jinyeong, el hombre que una vez fue conocido como el genio de la medicina de la Generación 0, observaba el frasco con una intensidad maníaca. Sus manos, antes temblorosas por la locura y el peso de los pecados del pasado, estaban ahora firmes.

Había transmigrado. No a otro mundo, sino a una versión de sí mismo que se negaba a aceptar el declive. En su mente, los recuerdos de una vida de derrotas y de la pérdida de sus amigos se entrelazaban con un conocimiento médico que desafiaba las leyes de la naturaleza. Había descubierto la fórmula: el "Suero de la Regresión Celular". No era magia, era ciencia llevada al límite del sacrificio humano.

—Finalmente —susurró Jinyeong, su voz sonando más clara de lo que había sido en décadas—. El cuerpo es una prisión, pero yo he encontrado la llave.

Se acercó al espejo picado por la humedad. Su reflejo mostraba a un hombre demacrado, con ojeras profundas y cabello canoso. Sin dudarlo, hundió la aguja en su vena y presionó el émbolo. El líquido ardía como fuego líquido recorriendo sus arterias. Cayó de rodillas, el dolor era insoportable, como si cada hueso de su cuerpo estuviera siendo triturado y reconstruido en un molde más fuerte, más denso.

Pasaron horas, o quizás días, en la penumbra del sótano secreto que nadie en la Unión ni en el HNH conocía. Cuando Jinyeong finalmente se puso en pie, el hombre viejo había desaparecido. En su lugar, un joven de unos veinte años, con una musculatura tallada en granito y ojos que brillaban con una lucidez peligrosa, se miraba las manos. Su físico no solo había vuelto a su apogeo; lo había superado. Cada fibra muscular estaba optimizada para la copia, para la violencia, para la perfección.

—Esto es solo el comienzo —dijo, estirando sus extremidades y sintiendo una potencia explosiva en cada movimiento—. Si quiero destruir este ciclo, debo ser el depredador más grande de todos.

Salió del laboratorio, moviéndose con una agilidad que desafiaba la vista humana. El mundo exterior seguía sumido en las guerras de bandas, en los planes de Charles Choi y la ambición de los Cuatro Grandes Grupos. Jinyeong sabía que necesitaba recursos, y no los obtendría pidiendo permiso.

Caminaba por las calles de Gangnam bajo la lluvia nocturna, ocultando su rostro bajo una capucha. No pasó mucho tiempo antes de que un grupo de matones de bajo nivel, que custodiaban un almacén de suministros médicos ilegales perteneciente a una subsidiaria de los Trabajadores, lo interceptaran.

—Oye, tú, este no es lugar para pasear —dijo uno de los hombres, un tipo corpulento con cicatrices en los nudillos—. Lárgate antes de que te rompamos las piernas.

Jinyeong se detuvo y levantó la vista. Una sonrisa gélida se dibujó en su rostro rejuvenecido.

—Necesito lo que hay dentro de ese almacén —dijo Jinyeong con una calma que erizaba la piel—. Pueden dármelo y vivir, o pueden intentar detenerme y servir como mis primeros sujetos de prueba.

—¿De qué demonios hablas, mocoso? —El matón lanzó un puñetazo directo a la mandíbula de Jinyeong.

El movimiento fue lento para los ojos del genio. Jinyeong no solo esquivó el golpe con una elegancia mínima, sino que, en el mismo instante, su mano derecha se disparó como un látigo. No fue un golpe de fuerza bruta, fue un ataque de precisión quirúrgica. Sus dedos golpearon el plexo braquial del hombre, dejándolo instantáneamente paralizado.

—Punto de presión uno —murmuró Jinyeong, mientras el hombre caía al suelo como un saco de patatas—. Eficiente, pero necesito ver si mi nueva fuerza puede soportar técnicas más pesadas.

Los otros cinco hombres se lanzaron al ataque simultáneamente. Jinyeong cerró los ojos por una fracción de segundo, visualizando los movimientos de sus antiguos compañeros de la Generación 0. En su mente, vio a Tom Lee, vio a Gapryong Kim.

—Copia: Destrucción de Entorno —dijo en voz baja.

Giró sobre su propio eje, lanzando una patada circular que no solo derribó a dos hombres, sino que la onda de choque rompió las baldosas del suelo. Sus movimientos eran una danza de muerte y medicina; golpeaba articulaciones, bloqueaba el flujo sanguíneo y quebraba voluntades con una facilidad aterradora.

—¡Es un monstruo! —gritó uno de ellos, intentando sacar un cuchillo.

Jinyeong apareció frente a él antes de que pudiera parpadear. Le arrebató el arma y, con una fuerza sobrehumana, la dobló como si fuera de papel antes de clavarla en el hombro del atacante, evitando arterias principales pero asegurando un dolor insoportable.

—La anatomía humana es tan frágil —comentó Jinyeong, observando el caos a su alrededor—. Por eso tuve que cambiar la mía.

Entró en el almacén, ignorando los quejidos de los hombres derrotados. Dentro, encontró cajas de esteroides experimentales y equipos de laboratorio de alta gama. Era exactamente lo que necesitaba para la siguiente fase de su evolución. No se trataba solo de rejuvenecer; se trataba de trascender.

Mientras cargaba el equipo en una furgoneta robada, una presencia en las sombras lo hizo detenerse. Un hombre delgado, vestido con un traje impecable, salió de la oscuridad. Era un ejecutivo de nivel medio de los Trabajadores, alguien que sabía reconocer cuando un lobo entraba en el redil.

—No sé quién eres, chico —dijo el ejecutivo, ajustándose las gafas—, pero ese equipo pertenece al Director de la Primera Subsidiaria. Si te lo llevas, estarás muerto antes del amanecer.

Jinyeong soltó una carcajada seca, un sonido que conservaba la locura de sus años de encierro pero con una nueva capa de autoridad.

—Dile a tu Director que Park Jinyeong ha vuelto —dijo, acercándose al ejecutivo—. Y dile que no busco una alianza. Busco materias primas.

El ejecutivo retrocedió, sintiendo un instinto de supervivencia que le gritaba que huyera. La presión que emanaba de aquel joven era idéntica a la de las leyendas de las que solo había oído hablar en susurros.

—¿Park Jinyeong? —tartamudeó el hombre—. Eso es imposible. Él es un viejo loco...

—Era —interrumpió Jinyeong, agarrando al hombre por el cuello con una sola mano y levantándolo del suelo—. Ahora soy la cura para este mundo podrido. Y la cura suele ser dolorosa.

Sin matarlo, lo lanzó contra una pila de cajas y se alejó en la furgoneta. Tenía un plan. Usaría los recursos de sus enemigos para fortalecerse aún más. Investigaría la genética de la Segunda Generación, los cuerpos de Daniel Park y Johan Seong. Si podía replicar y mejorar sus habilidades en su propio cuerpo perfecto, no habría nadie en este mundo, ni siquiera Charles Choi, que pudiera detenerlo.

De regreso en su nuevo escondite, un búnker abandonado en las afueras de la ciudad, Jinyeong comenzó a instalar el equipo. Sus ojos brillaban con una determinación oscura. Cada cicatriz en su mente era un combustible, cada traición un motivo.

—Mañana —se dijo a sí mismo, mirando un frasco de suero que aún estaba en desarrollo—, empezaré con el entrenamiento de sobrecarga. Mi cuerpo debe ser capaz de copiar incluso lo imposible.

Se sentó en el suelo, entrando en un estado de meditación profunda. En su mente, recreaba las batallas de la Generación 0, analizando cada error, cada debilidad. Con su nuevo físico, podía ejecutar movimientos que antes habrían destrozado sus ligamentos. Era una máquina de guerra biológica.

—Gapryong... —susurró, y por un momento, una pizca de tristeza cruzó su rostro, pero fue rápidamente reemplazada por una frialdad absoluta—. Voy a terminar lo que empezamos. Pero esta vez, no habrá nadie que me detenga por mi propia mente. Soy el genio de la medicina, y voy a diseccionar este mundo hasta que no quede nada más que mi voluntad.

La noche avanzaba, y en la oscuridad, Park Jinyeong continuaba su transformación. No le importaba el método, no le importaba el costo. Si tenía que convertirse en el villano de la historia para obtener el poder necesario, lo haría con gusto. La transmigración le había dado una segunda oportunidad, y esta vez, el Demonio de la Medicina no tendría piedad.

—Pronto —concluyó, cerrando los puños y sintiendo cómo la energía recorría sus músculos mejorados—, todos sabrán que el verdadero poder no reside en la fuerza bruta, sino en la perfección de la forma. Y yo soy la perfección personificada.

El camino hacia la cima estaba pavimentado con ciencia y sangre, y Park Jinyeong acababa de dar el primer paso firme hacia un trono que siempre debió ser suyo. Por cualquier medio necesario, alcanzaría la cima, y los Cuatro Grandes Grupos serían solo los peldaños de su escalera hacia la divinidad física.
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