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2p nordics

Фандом: Hetalia

Создан: 19.05.2026

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Ecos de Lavanda y Ceniza

El aire en la residencia de Lukas siempre había olido a libros viejos, café recién hecho y el leve rastro metálico de la magia que solía practicar hasta altas horas de la madrugada. Sin embargo, esa mañana, el ambiente era denso, cargado de un aroma dulce, casi empalagoso, que recordaba a las bayas silvestres tras la lluvia.

Lukas se removió entre las sábanas, sintiendo que su cuerpo pesaba toneladas. La fiebre, que inicialmente creyó que era consecuencia de una de sus maratones de videojuegos sin dormir, no había disminuido. Al contrario, se sentía extrañamente vulnerable, con una sensibilidad en la piel que lo hacía saltar ante el roce de su propia ropa.

— Esto no es normal... —susurró para sí mismo, su voz sonando más suave y melodiosa de lo habitual.

Con manos temblorosas, alcanzó su teléfono y llamó a su doctora personal. No pasó mucho tiempo antes de que la puerta principal se abriera con estrépito. No era la doctora, sino Emil. El menor de los hermanos, un Alfa de presencia imponente a pesar de su juventud, entró en la habitación con el rostro desencajado por la preocupación.

— ¡Lukas! No respondías mis mensajes y... —Emil se detuvo en seco al cruzar el umbral. Sus orificios nasales se dilataron y sus pupilas se contrajeron—. ¿Qué es este olor?

Lukas lo miró con sus grandes ojos morados, parpadeando tras sus gafas.

— No lo sé, Emil. Me siento muy mareado... y feliz, de una forma extraña.

La doctora llegó poco después, confirmando lo que el instinto de Emil ya gritaba. Lukas, el eterno hermano mayor, el caótico y amigable mago, se había presentado como Omega. La noticia dejó a Emil en un estado de shock protector; sus tendencias posesivas se dispararon al instante. Se mantuvo firme al lado de la cama, mirando a la doctora como si fuera una amenaza.

— Es un cambio tardío, pero saludable —explicó la mujer mientras recogía sus cosas—. Necesitará supresores y mucho descanso.

Lukas, lejos de deprimirse, soltó una risita infantil y se ajustó el broche de cruz negra en su cabello rubio fresa.

— ¡Vaya! Un Omega. ¡Eso suena divertido! —exclamó con genuino entusiasmo—. Podré comprar ropa más suave y quizás esto me ayude con mi flujo de maná. ¿No crees, Emil?

— No es divertido, Lukas —gruñó Emil, cruzando los brazos sobre su traje militar negro—. Ahora tendré que vigilarte el doble. No tienes idea de cómo son los Alfas ahí fuera. Especialmente... él.

Lukas no tuvo que preguntar a quién se refería. Sabía que la reunión mensual de los países nórdicos era esa misma tarde en su casa.

***

La sala de estar de la casa noruega estaba inusualmente tensa. El primero en llegar fue Mathias. El danés entró con su habitual paso pesado, pero su semblante no era el de un líder alegre. Sus ojos azules, apagados y rodeados de ojeras, recorrieron la estancia con desconfianza. Llevaba una barba de varios días y el olor a tabaco rancio de su cigarrillo se aferraba a su ropa informal y oscura.

Mathias se detuvo cerca de la chimenea, ignorando el saludo de Emil. Desde hacía siglos, guardaba un sentimiento profundo y doloroso por Lukas, una devoción que había enterrado bajo capas de cinismo y distancia. Se había convencido de que Lukas nunca lo vería de esa forma, y verlo ahora, tan cambiado, fue como un golpe en el estómago.

El aroma de Lukas inundaba la casa. Era embriagador. Mathias apretó los puños, sintiendo el impulso primario de su naturaleza Alfa de reclamar ese aroma como suyo, pero se obligó a retroceder, apoyándose contra la pared con una expresión de absoluto desprecio fingido.

Poco después entraron Berwald y Tino. La pareja era un estudio de contrastes inquietantes. Tino, el Omega finlandés, caminaba con una rigidez militar, su mirada gélida y cínica analizando cada rincón en busca de debilidades. Berwald, el Alfa sueco, lo seguía con una sonrisa angelical e ingenua que no llegaba a sus ojos calculadores.

— Huele a debilidad aquí —espetó Tino, quitándose los guantes con brusquedad—. ¿Quién de ustedes ha decidido finalmente sucumbir a su naturaleza?

Lukas bajó las escaleras en ese momento. Vestía un jersey azul marino de lana suave que le quedaba un poco grande y sus inseparables lentes. Se veía radiante, casi etéreo.

— ¡Hola a todos! —saludó Lukas con una energía que contrastaba violentamente con la pesadez de los demás—. Siento la tardanza, estaba terminando una partida de "Skyrim". ¡Tengo noticias maravillosas!

Mathias no pudo evitar mirarlo. El noruego se veía tan... pequeño. Tan vulnerable y, a la vez, tan peligrosamente atractivo. El danés desvió la mirada hacia el suelo, sacando un cigarrillo nuevo pero sin encenderlo.

— Lukas es un Omega —soltó Emil, colocándose detrás de su hermano como una sombra amenazante—. Así que mantengan las distancias. Especialmente tú, Dinamarca.

El silencio que siguió fue sepulcral. Tino soltó una carcajada seca y carente de humor.

— Otro más para el club de los sumisos —dijo Tino, cruzándose de brazos—. Espero que seas más inteligente que la mayoría, Lukas. Ser un Omega en este mundo es una condena, no un motivo para sonreír como un idiota.

— ¡Oh, Tino! No seas tan pesimista —intervino Berwald con una voz suave y melodiosa, aunque su mano se posó en el hombro de Tino con una presión que hizo que el finlandés se tensara visiblemente—. Es una noticia encantadora. Lukas siempre tuvo un aura... especial. Ahora todo encaja.

Berwald miró a Lukas con una intensidad manipuladora, como si estuviera calculando cómo encajar esta nueva pieza en su tablero de juego.

— Yo creo que es genial —insistió Lukas, ignorando el veneno en las palabras de Tino—. Me siento más conectado con mi magia. Y además, Emil dice que me cuidará, ¿verdad, hermanito?

Emil asintió con ferocidad, sus ojos fijos en Mathias. El danés, por su parte, sentía que el aire se le escapaba de los pulmones. No podía estar en la misma habitación que Lukas sin querer acercarse, sin querer protegerlo de la mirada depredadora de Berwald o del cinismo de Tino. Y eso lo aterraba.

— Tengo que irme —dijo Mathias de repente, su voz ronca y distante.

— ¿Ya? —Lukas hizo un puchero, acercándose a él con una inocencia que hizo que el Alfa diera un paso atrás—. Pero si acaban de llegar. ¡Quería mostrarte un nuevo truco de cartas!

— No tengo tiempo para tus juegos infantiles, Noruega —respondió Mathias, siendo deliberadamente grosero para ocultar su agitación—. Algunos tenemos responsabilidades de verdad.

Lukas parpadeó, sorprendido por la frialdad del tono. Su sonrisa no desapareció, pero sus ojos morados mostraron un destello de confusión.

— Solo quería ser amable, Mathias...

— Pues no lo seas —espetó el danés, dirigiéndose a la puerta—. Tu olor es... molesto. Me da dolor de cabeza.

Mentira. Era el aroma más maravilloso que jamás había percibido, y por eso mismo, tenía que huir. No podía permitirse caer ante un Omega, no cuando se había jurado a sí mismo que nunca volvería a mostrarse vulnerable ante Lukas.

— ¡No le hables así! —gritó Emil, dando un paso al frente, pero Lukas le puso una mano en el pecho para detenerlo.

— Déjalo, Emil. Quizás el tabaco le ha arruinado el olfato —dijo Lukas, recuperando su tono alegre aunque un poco forzado—. ¡Más tarta para nosotros! Tino, ¿quieres tarta? La he hecho yo mismo, tiene un poco de purpurina mágica.

Tino miró la tarta con desprecio.

— La purpurina no quita el hecho de que eres un blanco fácil ahora, Lukas —dijo el finlandés, sentándose a la mesa con una elegancia agresiva—. Berwald, siéntate. Tenemos que discutir los tratados comerciales, no perder el tiempo con las fantasías de este niño.

Berwald se sentó, manteniendo su sonrisa imperturbable.

— Por supuesto, mi querido Tino. Pero seamos amables con nuestro anfitrión. Es su primer día como Omega. Es un momento de transición... delicado.

Lukas se sentó entre ellos, sintiéndose por primera vez un poco fuera de lugar, pero decidido a mantener su positividad. Sin embargo, su mirada se desvió hacia la puerta por donde Mathias se había marchado. No entendía por qué el danés era tan distante, tan deprimido. Siempre había querido llamar su atención, jugar con él, compartir su mundo de magia y videojuegos, pero Mathias parecía estar envuelto en una nube de ceniza que nadie podía disipar.

— ¿Creen que Mathias está bien? —preguntó Lukas mientras servía el té—. Se veía muy... gris.

— Mathias es un estúpido que no sabe lo que quiere —respondió Emil con amargura—. Olvídalo, Lukas. Tienes cosas más importantes de qué preocuparte. Como tu primer celo.

Lukas se sonrojó ligeramente, pero luego rió.

— ¡Ah, eso! La doctora me dio pastillas. Dijo que si me sentía muy solo, podía abrazar un peluche grande. ¡Tengo un oso de peluche gigante en mi cuarto!

Tino rodó los ojos, golpeando la mesa con los dedos.

— Eres increíblemente desesperante. ¿Cómo puedes ser tan ingenuo? Berwald, dile algo.

Suecia inclinó la cabeza, observando a Lukas con una curiosidad casi científica.

— Lukas es... auténtico —dijo Berwald—. Es una cualidad rara. Pero Tino tiene razón en algo; el mundo de los Alfas y Omegas no es un videojuego, Lukas. Hay reglas. Hay jerarquías.

— Las reglas se hicieron para romperse con magia —replicó Lukas, ajustándose las gafas con orgullo—. Y yo soy un gran mago. No voy a dejar que ser un Omega cambie quién soy.

En el exterior, bajo la lluvia fina que empezaba a caer, Mathias se detuvo a pocos metros de la casa. Encendió finalmente su cigarrillo, inhalando el humo amargo para intentar borrar el rastro de lavanda y bayas de sus pulmones.

— Maldita sea, Lukas —susurró hacia la ventana iluminada—. ¿Por qué tenías que ser tú?

Sabía que evitarlo sería imposible. Vivían en el mismo rincón del mundo, compartían historia, sangre y reuniones. Pero ver a Lukas tan feliz, tan ajeno al peligro que representaba su propia naturaleza y al deseo oscuro que despertaba en los demás —y en él mismo—, era una tortura que Mathias no estaba seguro de poder soportar por mucho tiempo.

Dentro, Lukas seguía hablando, llenando el vacío de la sala con su voz brillante, mientras Emil lo vigilaba como un halcón, Tino planeaba su próxima crítica mordaz y Berwald sonreía, imaginando mil formas de manipular la nueva y fascinante realidad del noruego. El equilibrio de los nórdicos había cambiado para siempre, y ninguno de ellos estaba realmente preparado para lo que vendría después.
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