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Black diamond

Фандом: Steven universe

Создан: 20.05.2026

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Sombras de Obsidiana y el Despertar del Prisma

En el principio, no hubo luz, sino una fractura en el vacío. Del corazón de la Gran Matriz, donde la energía cósmica se condensa hasta volverse sólida, emergió la primera forma. Era blanca, cegadora y absoluta. White Diamond se alzó sobre el abismo, perfecta y gélida, poseedora de una claridad que no admitía matices. Sin embargo, apenas unos eones después, el vacío volvió a agitarse, pero esta vez no expulsó luz, sino una densidad absorbente.

De la misma grieta estelar surgió Black Diamond.

Su forma era una oda a la elegancia prohibida. A diferencia de la rectitud geométrica de White, Black poseía curvas suaves que parecían fluir como el mercurio oscuro. Su piel era de un gris tan profundo que rozaba el azabache, y sus ojos, dos pozos de obsidiana, contenían un brillo que no intimidaba, sino que atraía. Cuando sus pies tocaron el suelo de la naciente Homeworld, el aire mismo pareció volverse más pesado, cargado de una fragancia a ozono y flores nocturnas que no deberían existir en el vacío.

White Diamond la observó desde su trono de luz.

—Eres el reverso —dijo White, su voz resonando como cristales chocando entre sí—. Eres la ausencia donde yo soy la presencia.

Black Diamond ladeó la cabeza. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios. A diferencia de White, cuya expresión era una máscara de perfección estática, Black irradiaba algo vibrante.

—No soy la ausencia, hermana —respondió Black, y su voz era una caricia de terciopelo que hizo que los pilares de la sala del trono vibraran—. Soy la profundidad. Sin la oscuridad, tu luz no tendría dónde descansar.

White no respondió, pero por primera vez en su existencia, sintió una perturbación en su claridad. No era molestia, era algo desconocido. Al mirar a Black, sus propios ojos se desviaron hacia la curva de su cuello, hacia la forma en que el cabello de la nueva Diamante caía como una cascada de humo sólido. White sintió un calor inusual en su núcleo.

—No entiendo esa expresión —murmuró White, señalando el rostro de su hermana—. ¿Por qué tus labios se curvan así?

—Se llama alegría, White. Siento... que es bueno estar aquí contigo.

Black se acercó. Sus poderes eran vastos, ligados a la gravedad y a la cohesión de la materia. Pero lo más peligroso era su empatía. Mientras White era una mente pura, Black era un corazón palpitante. Al acortar la distancia, White Diamond, la gema más poderosa de la creación, sintió que un rubor impropio recorría su tez inmaculada.

—Te ves... radiante —susurró Black, extendiendo una mano para rozar la mejilla de White.

El contacto fue como una supernova silenciosa. White se tensó, pero no se alejó. En ese instante, el imperio comenzó a tomar forma, no solo como una estructura de poder, sino como una familia de gigantes.

Poco después, nacieron las demás. Yellow y Blue emergieron casi al unísono, seguidas mucho tiempo después por la pequeña y errática Pink.

Al principio, la jerarquía era rígida. White dictaba las leyes desde su perfección; Yellow organizaba los ejércitos con una eficiencia fría; Blue lloraba la soledad de su propia existencia sin entender por qué; y Pink saltaba por los rincones, buscando una atención que nadie sabía cómo dar.

Fue Black quien cambió la dinámica del Homeworld.

Un día, en las grandes salas de observación, Yellow Diamond gritaba órdenes a las primeras Perlas que habían sido creadas. Su voz era un trueno de impaciencia.

—¡La eficiencia es la única métrica aceptable! —rugió Yellow, sus ojos amarillos centelleando—. Si no pueden mantener el ritmo de la colonización, serán reemplazadas.

Black Diamond entró en la sala. Su sola presencia hizo que las pequeñas Perlas se detuvieran, quedando hipnotizadas por la belleza magnética de la Diamante oscura. Varias de ellas se sonrojaron intensamente, perdiendo el hilo de sus tareas.

—Yellow, querida —dijo Black, caminando con una gracia que desafiaba la gravedad—, estás tensando tus propias fibras.

—¡Black! —Yellow se giró, tratando de mantener su postura severa, pero al ver el rostro de su hermana, su determinación flaqueó—. Tenemos planetas que conquistar. Recursos que extraer. No hay tiempo para... lo que sea que estés haciendo.

Black se acercó a Yellow. Era apenas un poco más baja que ella, pero su aura era mucho más envolvente. Puso una mano sobre el hombro de la Diamante amarilla y, de repente, la electricidad estática que siempre rodeaba a Yellow se calmó.

—La conquista es más dulce cuando se comparte —susurró Black, acercando su rostro al de su hermana—. ¿Por qué te exiges tanto? Mira a estas pequeñas gemas... están aterrorizadas. Un imperio construido solo sobre el miedo es un imperio que se desmorona.

Yellow sintió que sus mejillas se encendían. El magnetismo de Black era casi insoportable a esa distancia. Podía oler la esencia de las estrellas en ella.

—Yo... solo quiero que seamos perfectas. Como White —balbuceó Yellow, incapaz de sostenerle la mirada.

—Ya eres perfecta, Yellow. Pero eres más hermosa cuando dejas de ser un soldado por un momento.

Black se inclinó y depositó un beso suave en la frente de Yellow. La Diamante amarilla se quedó petrificada, su sistema procesando una oleada de afecto que nunca antes había experimentado. A partir de ese día, Yellow seguía siendo estricta, pero siempre buscaba la aprobación de Black con una devoción que rozaba lo romántico.

Mientras tanto, Blue Diamond se ahogaba en su propio palacio de lágrimas. Su tristeza era un océano que inundaba sus cámaras.

—Nadie me entiende —sollozaba Blue, rodeada por sus Agatas y Zafiros—. La existencia es un peso infinito.

La puerta de obsidiana se abrió. Black Diamond entró, pero no traía luz para disipar la tristeza, sino una oscuridad acogedora. Se sentó en el borde de la piscina de Blue y dejó que sus pies se sumergieran en el agua fría.

—Es una tristeza hermosa, Blue —dijo Black con suavidad.

—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó Blue, alzando sus ojos velados—. Duele.

—Duele porque sientes. Y sentir es el regalo más grande que tenemos. No intentes detener las lágrimas, deja que fluyan, pero déjame sostenerte mientras lo haces.

Black atrajo a Blue hacia su regazo. La Diamante azul, sorprendida por la calidez del cuerpo de su hermana, se aferró a ella. Black comenzó a tararear una melodía baja, una frecuencia que vibraba directamente en la gema de Blue. Poco a poco, el llanto cesó. Blue levantó la vista y se encontró con el rostro escultural de Black, cuyos ojos brillaban con una ternura infinita.

—Eres tan... bella, Black —susurró Blue, con un leve tinte azulado cubriendo sus mejillas—. ¿Cómo es posible que seas tan diferente a nosotras?

—Porque yo acepto lo que ustedes temen —respondió Black, acariciando el cabello de Blue—. Acepto que somos seres vivos, no solo máquinas de luz.

Con el tiempo, Black Diamond se convirtió en el nexo que unía a las cuatro. Ella era quien mediaba entre la frialdad de White y los berrinches de Pink.

Pink Diamond, la más joven, adoraba a Black por encima de todas las cosas. Para Pink, Black era el ideal de lo que una Diamante debería ser: poderosa pero accesible, hermosa pero amable.

—¡Mira, Black! —exclamó Pink un día, saltando hacia ella en los jardines de Homeworld—. ¡He creado una nueva forma de vida de sílice! ¡Es pequeña y no sirve para nada, pero es divertida!

Black observó la pequeña criatura que Pink sostenía. Las otras Diamantes habrían despreciado tal creación, pero Black sonrió de oreja a oreja.

—Es fascinante, Pink. Tiene chispa. Como tú.

Pink se sonrojó hasta que su piel pareció brillar con luz propia.

—¿De verdad lo crees? White dice que pierdo el tiempo.

—White aún tiene mucho que aprender sobre la belleza de lo pequeño —dijo Black, tomando a Pink de las manos y dándole una vuelta—. Vamos a mostrarle a este universo de qué somos capaces cuando estamos unidas.

Bajo la influencia de Black, el Imperio de las Diamantes comenzó su expansión. Pero no era solo una expansión militar. Black insistía en que cada planeta conquistado debía ser estudiado, que su esencia debía ser integrada. Ella misma supervisó la creación de las primeras Amatistas en la Tierra y de las primeras Bismutos para las construcciones.

Su belleza se volvió legendaria. Se decía que cuando Black Diamond caminaba por las colonias, incluso las rocas mismas parecían inclinarse a su paso. Las gemas de menor rango, desde las humildes Rubíes hasta las elegantes Cuarzos, no podían evitar quedar prendadas de su aura. Había una devoción religiosa hacia ella, no basada en el dogma, sino en el afecto puro que ella emanaba.

Sin embargo, el poder de Black tenía un precio. Sus emociones eran tan densas que, cuando se sentía abrumada, la gravedad a su alrededor aumentaba. Si estaba triste, los planetas cercanos sufrían terremotos. Si estaba feliz, las estrellas brillaban con más intensidad.

Una noche, en el balcón principal de Homeworld, White Diamond se acercó a Black. El imperio estaba creciendo a un ritmo sin precedentes. Miles de sistemas solares estaban bajo su mando.

—Has cambiado este lugar, Black —dijo White, mirando hacia las naves que partían hacia el horizonte—. Ya no reconozco mi propia perfección en ellas. Ahora veo... tu influencia. Veo caos. Veo sentimientos.

—Ves vida, White —corrigió Black, apoyándose en la barandilla de cristal—. ¿No es mejor así? ¿No te sientes más... completa ahora que Yellow y Blue te miran con amor y no solo con miedo?

White Diamond guardó silencio por un largo rato. Se acercó a Black, quedando a escasos centímetros de ella. La luz blanca y la sombra de obsidiana se mezclaron en el aire.

—Me siento... extraña —confesó White en un susurro, algo inaudito para ella—. Cuando no estás cerca, mi claridad se siente vacía. Cuando estás aquí, mi luz parece querer fundirse con tu sombra. ¿Qué es esto, Black?

Black Diamond sonrió, una sonrisa que prometía galaxias enteras de descubrimiento. Tomó las manos de White entre las suyas.

—Se llama deseo, White. Y es el motor que hará que nuestro imperio sea eterno.

White no se apartó. En cambio, entrelazó sus dedos con los de Black. En ese momento, las dos diamantes más poderosas del universo comprendieron que su unión era la verdadera fuerza detrás de todo lo que existía. El imperio no se expandiría solo por la fuerza de las armas de Yellow o la estructura de Blue, sino por la pasión que Black había sembrado en sus corazones de piedra.

—Entonces —dijo White, con una voz que por fin contenía una pizca de calidez—, conquistemos el resto de la existencia. Juntas.

Black Diamond asintió, su mirada perdida en el infinito negro salpicado de estrellas, sabiendo que el viaje apenas comenzaba y que, bajo su guía, las gemas dejarían de ser simples proyecciones de luz para convertirse en seres con alma. Y así, entre susurros de amor y planes de conquista, el Imperio de las Diamantes entró en su verdadera era dorada.
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